Anotaciones sobre Japón: la sensibilidad de los símbolos

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Quisimos enfrentar dos publicaciones, en apariencia distintas, para completar el mapa íntimo que nos supone la creación de novelas gráficas japonesas. Así, la mirada europea del italiano Igort, en Cuadernos Japoneses, y la sencillez profunda del relato de Jiro Taniguchi, en Tomoji, nos demuestran que a pesar de los temas los hilos conductores de la cultura nipona siguen siendo los mismos.

Japon Tradicional

Castillo de Osaka, Japón

Si bien estamos acostumbrados a conocer Japón a partir de las películas del Studio Ghibli —especializado en animación y considerado uno de los mejores del mundo— que introduce este país con elementos extraordinarios, con seres particulares que protegen y celebran la infancia; encontramos libros donde solo la realidad y su belleza natural son suficientes para recrear una historia.

Este año llegaron a nuestro comité Troquel dos novelas gráficas que retratan Japón desde un aspecto sencillo y tradicional. No obstante para algunas personas el manga puede resultar aún desconocido —aunque la animación japonesa ha popularizado su lectura— es interesante descubrir cómo estas dos obras: Cuadernos Japoneses y Tomoji, se alejan de la ficción y presentan al país del sol naciente desde lo cotidiano, logrando cautivar a todo lector que encuentre el placer en la sensibilidad estética oriental.

Un italiano en Japón

Portada SalamandraCuadernos japoneses, del ilustrador italiano Igort y publicado el año 2016 en español por Salamandra graphic, narra su propia vida como dibujante europeo publicado en la brutal industria japonesa del manga, con horarios tan increíbles como exagerados; en las páginas de esta novela gráfica nos muestra su relación con la cultura nipona y cómo su visión artística de corte europeo convive con influencias orientales.

Lo interesante de Cuadernos japoneses es su construcción: un hibrido que combina la propia historia del autor, anécdotas sobre personajes japoneses (como Mishima, Hokusai o Miyazaki, entre otros), y fotografías e intertextualidades entre obras: un despliegue de elementos que ayuda a Igort a retratar su amor por el país nipón. Aun cuando en la novela se plantean temáticas críticas, como la prostitución o el sistema de castas, el autor no transmite juicios de valor, sino más bien otorga una visión empática respecto a cómo estos temas siguen siendo una herida en ese país.

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El dibujante italiano Igort. Créditos: Cinemacomics

Debemos comprender que el Japón retratado por Igort no se compuso únicamente de paseos por la ciudad y de relaciones sociales, ya que cuando su vínculo con la editorial Kodansha se intensifica y comienza a ser tratado bajo los estándares de trabajo japoneses, Igortu-san, como lo llaman sus compañeros, comienza a colapsar bajo las cantidades de estrés y agobio a la que deben someterse los mangakas todas las semanas. Sin embargo, al igual que ellos, sigue creando sin detenerse a dormir o comer lo suficiente.

Aquella fascinación del autor italiano por el arte japonés se manifiesta en su permanencia en el país a pesar de las dificultades, aun cuando sus experiencias contrastan del espíritu tradicional que busca y anhela, se aferra a este cofre de los deseos que significa trabajar en la tierra de los artistas que tanto admira. De ahí que Igort nos muestra cómo los artistas japoneses se calan en su estilo, propiciando una atracción e identificación con la sensibilidad que comparte con ellos. Así, reflexiona y comenta su adoración por el escritor Tanizaki — piedra angular de la novela contemporánea del Japón— al encontrar grietas en el interior de una taza de té. Estas imperfecciones representan el valor estético llamado Wabisabi [wabi (soledad) sabi (envejecimiento de los objetos)]. A raíz de esto y otras situaciones que lo conmueven, es posible entender por qué sus compañeros le dicen: nosotros, japoneses, estamos felices de trabajar con usted, que a su vez, en otra vida, ha sido japonés, aquellas palabras de acogida se deben a su sensibilidad ante la belleza de los símbolos.

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Referente del budismo

En Tomoji (Ponent Mon, 2016) de Jiro Taniguchi y del guionista Miwako Ogihara conocemos la biografía de Tomoji Uchida, quien junto a su esposo fundaría una nueva rama del budismo llamada Shinnyo-en. Aunque claro, al tratarse de Taniguchi, esta narración no podría simplemente basarse en el aspecto histórico. En una visita al templo budista, junto a su mujer, le piden dibujar esta historia y decide aceptar el desafío de retratar la vida de una religiosa bajo sus propias condiciones. Entonces, se aleja de la figura espiritual para basarse en la niñez y juventud de una chica japonesa de principios del siglo XX.

Jiro Taniguchi Ramen para dos

Jiro Taniguchi. Créditos: Ramen para dos

El relato de Tomoji nos sumerge en una vida sencilla, cruda y sin adornos, no hay espacio para acontecimientos extraordinarios. Así desde el nacimiento de Tomoji (el nombre de la protagonista que es el título de la novela gráfica) hasta su adultez, presenciamos íntimamente su núcleo familiar, su cotidianidad. Junto a ella, observamos la muerte de sus seres queridos, el abandono y soledad. Entonces, aquellas vivencias que han conformado su vida pueden identificar a quien descubre, al finalizar la historia, que todo está basado en hechos reales.

Portada TomojiEste develamiento es magníficamente planificado desde el primer capítulo, que nos presenta una estructura circular que comienza cuando Fumiaki y Tomoji casi se conocen. Ambos van en direcciones opuestas por un sendero — no  hay intercambio de miradas ni primeros planos a sus rostros—, pero este encuentro parece suficiente para que Taniguchi deje entrever la importancia del destino, pues deberán pasar siete años para el reencuentro de estos futuros amantes, tiempo que el autor aprovechará para construir el carácter de Tomoji.

Taniguchi es poseedor de un estilo inconfundible, con un trazo limpio y detallado que nos permite apreciar el uso que le entrega al lenguaje visual. En el caso de Tomoji en comparación a otros mangas pertenecientes al estilo Slice of Life (como Paradise kiss o A silent voice), el uso de los bocadillos y ladrillos de texto son pequeños, dándonos la información justa y precisa para saber qué está sucediendo, pero no hay variación en la forma de este ícono, el que se limita al globo tradicional. Por lo mismo, las perspectivas cumplen un rol muy importante, pues tanto los personajes como de los fondos dentro de las viñetas se encargan de reflejar lo que las onomatopeyas o nubes de pensamientos deberían expresar.

Una mirada conjunta

No es necesario leer Cuadernos Japoneses para entender Tomoji, pero sin duda la lectura de ambos enriquecerá nuestra visión: muchas de las vivencias y anécdotas relatadas por Igort cobran vida en el Japón tradicional en que vive Uchida, por ejemplo: los rastros de la guerra, la importancia de la comunidad o la belleza en la naturaleza son algunos de esos temas. Quizá por eso ambos autores – Igort y Taniguchi—han mantenido una amistad tan duradera, como lo señala el propio italiano en su novela.

Si relacionamos la lectura de las obras entre sí, Tomojies el fondo histórico que nos proporciona escenas de antaño. Así, podemos imaginar que Igort es quien las habita a través de su permanente nostalgia hacia el esqueleto de la antigua belleza de Japón, con edificaciones de papel de arroz y madera, él —su propio personaje— sufre de melancolía por presenciar cómo aquella ciudad se ha transformado en una megalópolis.

 Llenar los espacios vacíos es imprescindible para disfrutar de Tomoji, a pesar de los escasos diálogos de la protagonista, la historia nos transporta por un vaivén de emociones que sorprende al lector, ya que durante todo el relato existe un ambiente de tranquilidad y contemplación donde pareciera que no sucede nada. Sin embargo, hallamos magia allí, en encuentro del hombre con lo inevitable. Algo similar sucede en el peregrinaje de Igort por Tokio, en Cuadernos japoneses, quien visita templos, tiendas y plazas, observando con cuidado su alrededor. De esa forma, su travesía existencialista por las calles de Tokio nos evoca inesperada y gratamente a la famosa obra El caminante (2004) de Taniguchi.

Al igual que los mangas de Taniguchi —que nos sumergen en la contemplación utilizando viñetas amplias que destacan la naturaleza del paisaje, alejando al personaje para que observemos su entorno—la novela de Igort nos invita contemplar  y experimentar la sociedad japonesa desde su punto de vista. Por lo mismo, cuando se vuelve difícil el proceso de trabajo en Editorial Kodansha, las viñetas van palideciendo al igual que su estado anímico.

Igort habla de El imperio de los signos de Roland Barthes para citar lo siguiente “Las imágenes no ilustran el texto, los textos no ilustran las imágenes”, y hay varias escenas en Tomoji que expresan lo anterior. Por ejemplo, posterior al encuentro de sus familias para propiciar la unión de Tomoji y Fumiaki, ella le escribe “Si me vas a tomar por esposa, te ruego vengas por mi cuanto antes (…) Estoy preparada para irme contigo en cualquier momento”. La frase concentra el largo recorrido de Tomoji hasta su encuentro con la felicidad, un arrojo de sentimiento que durante los tristes acontecimientos de su vida no habíamos presenciado. Esta frase remece al lector, ya que el personaje principal es sumiso y hermético, además la escena nos presenta Tomoji tranquila y feliz.

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El trabajo de los mangakas retratado por Igort

Es justamente allí, casi al final de esta novela gráfica, que todos los elementos estilísticos de Taniguchi adquieren sentido; lo mínimo del lenguaje, la escasez de onomatopeyas o lo amplio de sus viñetas, todo funciona en favor de la intuición como señala Barthes.

Palabras al cierre

Japón en estas obras se transforma en una tierra mística, donde la belleza es profunda y trascendente. Por lo mismo es que en la actualidad es común ver en abril a los japoneses disfrutando del Hanami, el florecimiento de los cerezos. Hay un concepto de la estética japonesa que es posible relacionar con la emoción que despierta la contemplación de este evento y es llamado Mono no aware, este término es descrito como el sentimiento de conmoverse ante lo efímero, aquello que nos provoca nostalgia. Una sensación que nos remece, pero al mismo tiempo nos hace sentir vivos.

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Hanami en el Ueno Park. Créditos: Dick Thomas Johnson

Al terminar de leer Cuadernos Japoneses es posible empatizar con el autor italiano, aquella estética  tradicional capturada en Tomoji, puede desvanecerse con el torbellino de la vida moderna. Entonces, lo que estas novelas gráficas pueden ofrecer va más allá de la representación física de un país, son una invitación a alejarnos de la ajetreada vida citadina para involucrarnos con nuestro entorno. Con otro ritmo de narración y una estética cautivante, estas obras  pueden acercar a quienes no acostumbran leer manga a este género.  Afortunadamente, Tomoji  ha sido editado en un formato occidental que rompe el modo de lectura tradicional de leerlo de derecha a izquierda. No obstante mantiene otras características como las clásicas viñetas en blanco y negro.

Ambas son un gran y hermoso paso para descubrir a los artistas japoneses en distintas áreas del arte, la literatura y el cine, pero principalmente nos servirán para introducirnos en la cultura japonesa desde lo íntimo  y tradicional.

 

Autor: Nicole Jara V. (1 Entradas)

Licenciada en Literatura Creativa y diplomada en Fomento de la lectura y literatura infantil y juvenil. Trabaja como mediadora de lectura en Biblioteca Viva Sur y desde allí intenta contribuir al fomento lector en niños y jóvenes. Fanática de los cómics, novelas grácas y mangas.


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