Arantxa Martínez, editora de Kindberg: “Lo bueno de ser una editorial chica es que cada libro se cuida mucho”

A A

Detrás de cada libro publicado por esta editora española brilla la bahía de Valparaíso. Su pulso se trasluce tanto en el cuidado diseño como en la calidad de los autores que sustentan su incipiente catálogo. Chejfec, Vila-Matas, Mena o Jufresa son nombres con los cuales siente una responsabilidad y trabaja detalladamente para que lleguen de la mejor manera a nuevos lectores. Nuestro colaborador, Germán Gautier conversó con Arantxa Martínez en la antesala del lanzamiento de La experiencia dramática, quinto libro de esta editorial que busca crear un “refugio de lectores en tiempos de tormenta”.

Créditos: Arantxa Martínez.

Cuando Arantxa Martínez habla de su editorial, se refiere a ella como “pequeña”. Y es cierto. Con un quinto libro recién publicado no podría ser otra cosa. Da lo mismo que el nombre de la editorial remita a un cuento de un inmenso Julio Cortázar o que en el catálogo figure un colosal Enrique Vila-Matas. Para Arantxa, su editorial, Kindberg, sigue siendo pequeña. Y, por ahora, eso está bien.

El último libro es La experiencia dramática del argentino Sergio Chejfec. También fue el debut, cuando en agosto de 2015 publicó Mis dos mundos y empezó a situar en el mapa literario de este lado de la cordillera a un autor que hasta entonces se mantenía vagabundeando entre calles oscuras. De cierta forma Chejfec disparó Kindberg o, al menos, disparó directo a la nube donde se mantenía la vieja fantasía de “si alguna vez tuviera una editorial…”.

Chejfec, de intenciones más sutiles, jamás se reconocería como un incitador. Precisamente el quid de su narrativa reside en el juego dramático de poner un pie y otro y otro en una dimensión alterna y autónoma. Tiene la lectura de Chejfec tanto de placer como de zozobra.

—De repente empecé a buscar en Chile La experiencia dramática y no lo encontraba por ningún lado –cuenta Arantxa–. Hice un viaje a Buenos Aires y allí tampoco encontraba libros de Sergio Chejfec. Dije: ´si no lo encuentro y lo quiero leer, pues lo saco yo´. Ahí se me ocurrió de verdad hacer la editorial.

—¿Hacer una editorial por necesidad?
—Sí, fue por una necesidad. Y esto lo dicen mucho los editores: uno monta una editorial para leer los libros que le gustan.

—¿No es una frase hecha?
—No. En mi caso era así. Yo quiero leer a Chejfec y no lo encuentro, entonces lo publico yo.

El bueno de Enrique

Arantxa Martínez nació en Zaragoza. Allá estudió Filología Hispánica y luego Traducción e Interpretación en Barcelona. “Probé”, confiesa, “pero nunca me fue bien”. La sinuosa “cosa editorial” partió en Wolters Kluwer, una firma dedicada al área jurídica. Luego vino Planeta, una editorial grande, y después Melusina, una editorial chica.

—Yo la encontraba muy underground, con autores que no había escuchado en mi vida, muy de combate, con textos anarquistas y feministas radicales. Y el libro que más fama alcanzó, por lo menos cuando yo estuve, fue Teoría King Kong de una francesa llamada Virginie Despentes, y que después fue publicada por Random House.

—Y luego, ¿con qué te encuentras en Seix Barral?
—Mucha pega, mucha presión, pero libros muy buenos. Siempre trabajé como freelance haciendo informes de lectura y correcciones. Trabajé para Salamandra y me daban unos libros malos, malos, malos. Luego llegué a Seix Barral y era leer puro filete, una maravilla. Aparte la directora es seca. Lo que aprendí, lo aprendí de Elena Ramírez: la intuición que tenía, cómo tratar a los autores y a los agentes. Eso no lo había visto nunca.

—¿Con qué libros te deslumbraste?
—Sigue estando en mi top Enrique Vila-Matas. Antes publicaba en Anagrama y de repente pasó a Seix Barral cuando trabajaba allá. Leí Dublinesca y después Perder teorías, que yo lo saqué aquí porque no había llegado.

—¿Por qué ese amor con Enrique Vila-Matas?
—Porque me encanta. Me gusta mucho como escribe, me gusta los juegos que hace –los que yo pillo, porque debe tener un millón y no me doy cuenta–. Me gusta cuando encuentro esas cositas que le tira al lector. Y creo que el hombre tiene sentido del humor sin querer tenerlo. Escribe de literatura, de autores y editores, pero es muy chistoso.

Enrique Vila-Matas. Créditos: Elpais.com

La ecuación chilena

Editoriales pequeñas hay muchas y veo que la mayoría saca a autores chilenos. Eso no me cuadra.

Un abismo separaba literariamente a España de Chile. Lo más próximo que tenía Arantxa en sus manos eran las esquirlas del boom Bolaño. Así cruzó el charco y empezó a ver cómo funcionaban las cosas por este lado y qué podía hacer. Colaboró con la Editorial de la Universidad de Valparaíso y con el Museo de Arte Precolombino, “pero no eran el tipo de libro que a mí me gustan, que es la literatura”.

En la editorial porteña conoció a Jovana Skarmeta, quien terminó por convencerla de montar la editorial. Juntas publicaron Mis dos mundos, y ya con una visión más clara del paisaje editorial chileno, el camino lo continuó Arantxa.

—¿Qué te sorprendió cuando llegaste a Chile?
—La cantidad de buenas editoriales pequeñas que hay. También la cantidad de autores buenos pequeños que hay. Y sobre todo el pequeño número de lectores.

—¿Y qué indica tu olfato al día de hoy sobre ese cúmulo de pequeñas editoriales?
—Creo que están muy enfocadas en autores chilenos. Y pese a que cuando llegué me sorprendió la cantidad de autores jóvenes muy buenos, creo que tampoco da para tanto. Editoriales pequeñas hay muchas y veo que la mayoría saca a autores chilenos. Eso no me cuadra. No creo que todo lo que saquen sea tan bueno.

—¿Por qué crees que se da esa concentración?
—Por una parte, hay una labor de descubrimiento de autores que está bien. Si publicas a treinta autores, capaz que haya uno o dos que sean realmente buenos. Y por lo que he visto en ferias, cuando la gente va a comprar libros y está entre varios del mismo precio se decantan por el autor local. Quizás eso sea una estrategia de ventas o tenga que ver con los fondos públicos.

—Sigue siendo complicado conseguir un libro de una autora salvadoreña o un autor ecuatoriano. La famosa fragmentación editorial del continente.
—Se me hace raro. Es un fenómeno que se da en toda Latinoamérica. Lo dijo Piglia: los autores viajan, pero los libros no. Y es verdad, los libros no llegan. Y yo con la editorial trato de sacar autores de otros lados, aunque ya hayan sido publicados en sus países. No es un riesgo de cero, y quizás a los editores independientes les interesa esa tarea de descubrir.

Arriesgarse y tirarse

—¿Qué retroalimentación has tenido a partir del libro de Chejfec?
—Encuentro que Sergio es difícil. No es un autor para cualquiera, en el sentido que exige mucho esfuerzo, sobre todo porque es lento y no pasa nada en sus libros. O casi nada. Me han dicho que su escritura es maravillosa y otros que no han podido con el libro.

—¿Y no es un acto suicida arrancar un catálogo de una editorial chica con un libro tildado de lento y difícil?
—Tengo la sensación que la gente que compra libros de editoriales independientes lee bastante. Son libros que no están en todas las librerías y, por tanto, tienes que buscarlos. Y es raro, porque es mucho más fácil tirarse a los grandes grupos editoriales que tienen toda esa difusión, ese marketing y todos esos autorazos, que arriesgarse a leer el libro de alguien que no has leído en tu vida.

—¿Por qué aventurarse con Vila-Matas, teniendo la oportunidad de llegar a él a través de grandes editoriales?
—Pensé en Perder teorías porque aquí no circulaba. No está publicado en Latinoamérica. Sí en Seix Barral, pero en una edición chiquitita, que eran libros de tapa dura de textos B de autores muy conocidos. Y a mí este libro me encanta, me gusta mucho, mucho más que Dublinesca.

—De Chejfec y Vila-Matas pasas a publicar a Fernando Mena y su novela Hogar. ¿Hubo en esa decisión una intención deliberada por aterrizar en Valparaíso?
—Yo quería sacar a un autor chileno, pero no tenía ninguno. Creo que en esa época me mandaban pocos manuscritos. Y lo de Fernando fue una casualidad. Un día Nicolás Muñoz, que trabaja en la librería Concreto Azul, me dijo ‘tengo un amigo que escribió una novela’ . Yo: ‘Nico, noooo, no me hagas esto’ . Al cabo de un rato apareció Fernando con la novela. Yo lo tiré para afuera, le dije que en Cuneta existe una colección de primeras novelas. Imagino que quedó decepcionado. El texto llegó a mi correo, yo me fui de vacaciones a España y me lo llevé con muy poca fe. Lo empecé a leer y al tiro me gustó. No tiene nada que ver con lo anterior. Lo encontré fresco y con un tema generacional. Fue un riesgo y me tiré.

—¿Cómo sintoniza esta novela en el catálogo, considerando además que hiciste una segunda edición?
—Son tiradas chicas, la primera fue de 300 ejemplares. El libro lo compraron para las bibliotecas públicas y tuve que hacer una segunda edición. Dentro del catálogo es raro porque genera un quiebre, pero está bien porque se abre. Partes súper cabezón con Sergio, después súper literario con Vila-Matas, y luego llega Fernando sin ninguna pretensión más que narrar una historia.

—¿Es Umami, de Laia Jufresa, el libro que más vuelo le ha dado a la editorial?
—El texto de Laia está más trabajado que el de Fernando y es más abierto que el de Sergio y Vila-Matas. Umami es el libro que más difusión ha tenido y en cuanto a ventas van a la par con el de Fernando. Los personajes son increíbles, sobre todo cómo está trabajado las voces de ellos. Son muy naturales y resulta fácil identificarse.

Laia Jufresa. Créditos: Revistavisperas.com

Laia Jufresa (Ciudad de México, 1983) forma parte del club Bogotá39, aquella caleidoscópica lista que elabora la versión en español del Hay Festival para destacar las más prometedoras plumas sub40 de América Latina en el campo de la ficción.

Umami circulaba desde el 2015 por el hemisferio norte y Arantxa varó en el sur a una autora llena de humor, creadora de personajes adorables, y que en reversa narra con elegancia los sentimientos de pérdida y dolor de un México desbordante. Por alguna razón fue el primer libro que se agotó en la última Feria del Libro Independiente de Valparaíso que celebraba el mes del Libro.

Los libros en la cabeza

—¿Cómo surge el diseño de los libros de Kindberg, que tienen un sello característico y valorado por los lectores?
–Surge a partir del libro Cuentos completos de la norteamericana Lydia Davis. Me gustaba mucho el marco y el diseñador, Sebastián Paublo, llegó a esta propuesta con la tipografía y los colores. La caja interior me parece perfecta porque facilita mucho la lectura.

—¿Y las ilustraciones de las portadas?
–Esas van cambiando. La primera nos la mandó Sergio, y es del pintor argentino Eduardo Stupía. La de Perder teorías es de Francisco Cancino, un artista de Santiago. Y las de Hogar, Umami y La experiencia dramática son de un artista de Valparaíso que se llama Renato Órdenes. Me encantan sus diseños lineales, muy mínimos. Mi idea es trabajar con él de ahora en adelante porque ya les da una línea.

—¿Qué valor le otorgas a las ferias literarias?
–Voy a todas las ferias que se organizan en Valparaíso cada dos meses y en Santiago asisto a la Primavera y la Furia del Libro. Es un contacto directo con la gente donde puedes mostrar los libros, cosa que no sucede en una librería. Más que las ventas, importan que la gente se vaya quedando con la imagen de los libros en la cabeza.

—¿Influyen los medios de comunicación tradicionales en la difusión de un catálogo incipiente?
–La queja general es que todo pasa en Santiago y fuera es como si no existiera. Pero no solo para editoriales, sino que imagino para cualquier emprendimiento. Creo que he tenido buena recepción por parte de críticos literarios tradicionales, pero considero que deberían hacer una difusión más continuada. Sacan una reseña y después queda en el vacío. Encuentro que hay editoriales regionales muy importantes a las cuales no se les hace caso, y que los periodistas deberían estar más atentos.

Yo siento una responsabilidad ante los autores que publico.

—¿Por ejemplo?
–En Viña del Mar está Catálogo, que la encuentro filete a pesar que no es literatura. Es una editorial súper seria, con autores gigantes. En poesía me parece muy bueno lo que está sacando Libros del Cardo. Me llamó la atención cuando Cristóbal Gaete ganó el Premio Municipal con Motel Ciudad Negra.
La editorial Hebra hace la serigrafía de la portada en su casa, los cosen a manos, los imprimen. Encuentro que la editorial debería haber recibido más atención. O no solo esa en concreto, sino que debería haber sido una llamada de atención para mirar lo que está pasando en otros lados que no sea Santiago. Eso me da un poco de pica.

—¿Cómo observas la editorial a futuro?
–No tengo planes. Mi idea al momento de montar la editorial no era ganar plata, pero sí que se haga más conocida para que me inviten a viajar. Estoy cómoda con el tamaño que tiene ahora porque para mí supone mucha pega. Y lo bueno de ser una editorial chica es que cada libro se cuida mucho. Yo siento una responsabilidad ante los autores que publico. Tengo que hacer lo mejor posible para que el trabajo de esa persona sea reconocido y apreciado, aunque sea por poca gente.

Autor: Germán Gautier (36 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Tiene una pasión por las revistas que desaparecen, donde ha escrito sobre viajes, conservación ambiental y cultura.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *