Arturo Navarro, creador de la colección Cuncuna

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Arturo Navarro fue el creador y director de la colección infantil de Quimantú, Cuncuna; colección que no ha perdido vigencia con el tiempo. Les contamos en un post anterior sobre 2 libros de Cuncuna de 1972 que fueron reeditados recientemente por Amanuta con muy pocos cambios. Conversamos con Arturo Navarro para recordar este sello de la Unidad Popular, 40 años después de que haya cerrado sus puertas.

Portada de “La flor del cobre”, escrito por Marta Brunet e ilustrado por Guidú (1971)

 

Los libros de la colección Cuncuna son hoy difíciles de encontrar. Ni siquiera la Biblioteca Nacional tiene todos los títulos que fueron publicados. Este sello, sin embargo, fue decisivo para la historia de la literatura infantil en Chile. Verónica Uribe, editora de Ekaré y responsable de la reedición de los libros que Fernando Krahn publicó en aquel sello, considera: “Cuncuna fue muy importante. Era la primera vez que se hacían en Chile libros en los que se le daban espacios generosos a la ilustración”.

El proyecto de Quimantú era democratizar la cultura. Comenzó en 1971 cuando el Estado, bajo el gobierno de Salvador Allende, compró la editorial Zig-Zag y dejó de existir el 11 de septiembre de 1973, luego del Golpe de Estado. La colección infantil de este sello, Cuncuna, fue fundada por Arturo Navarro cuando él tenía sólo 20 años, el mismo año 1971. Su misión fue crear desde cero una colección de cuentos para niños.

—Usted venía de la Sociología, ¿fue dificil internarse en la literatura infantil?

—Ya conocía la literatura infantil pues había resuelto hacer mi Memoria para obtener el grado de Sociólogo sobre “Los valores en los cuentos infantiles chilenos”. Llegué premunido de una Antología de cuentos infantiles que me había regalado mi abuelo, en la que leí cientos de textos. Además, conté con la asesoría de profesoras de la Escuela de Educación Parvularia de la Universidad de Chile, en especial su Directora, Linda Volosky, y María Angélica Rodríguez.

Me di cuenta que prácticamente no había en el mercado libros infantiles hechos en Chile, con lenguaje chileno y mucho menos de autores chilenos.

Durante tres años, leí mucho, muchos cuentos, poesías y otras creaciones para niños o aparentemente para ellos. Me di cuenta que prácticamente no había en el mercado libros infantiles hechos en Chile, con lenguaje chileno y mucho menos de autores chilenos. Era el reino del pardiez, el melocotón y otras expresiones tan castizas como desconocidas. Decidí, con la aprobación de mi Jefe de División, Joaquín Gutiérrez, crear la “Primera colección chilena de cuentos infantiles”. Esto significaba que habría autores internacionales y nacionales, pero todos publicados en lenguaje chileno, con ilustradores chilenos e impreso por trabajadores chilenos.

Tuve la generosa y cariñosa ayuda  de mis compañeros trabajadores de Quimantú, que me asesoraron en la elección del nombre –Cuncuna-, del logotipo de la colección, del papel, del tipo de letra, del formato y del tipo de prensas y aplicaciones de color que emplearíamos. Para los compañeros del taller, yo era “Cuncunita” y ellos quienes me llamaban para ofrecerme espacio sobrante en los pliegos de otras colecciones para incorporar marcadores, afiches, tarjetones u otros impresos espontáneos para apoyar a Cuncuna, sin mayor costo para nuestra empresa.

Taller de Quimantú / Fotografía de Punto Final

—¿Cómo llegaban a sus manos los proyectos y cómo seleccionaba cuáles se publicarían?

—A través de mis lecturas y la asesoría de Alfonso Calderón y María Angélica Rodríguez, pude acceder a cuentos de la literatura universal que estimulaban los valores que queríamos fomentar, como la solidaridad (El rabanito que volvió), la belleza (El negrito zambo), el trabajo (La flor del cobre) y en general, la buena literatura, que no tiene edad (El gigante egoísta, El príncipe feliz). Lo más dificultoso fue encontrar autores chilenos contemporáneos. Convocamos a los más promisorios autores del momento (Skármeta, Dorfman, Luis Domínguez…) y todos honestamente lo intentaron, pero descubrieron que era mucho más difícil escribir para niños.

Lo más dificultoso era seleccionar a los ilustradores. Llegaban muchos a ofrecer su trabajo y había que hacerlos calzar con alguno de los textos escogidos. Así  aparecieron el trazo delicado de Marta Carrasco, el clásico de NATO o Guidú, el rupturista de Guillermo Tejeda (ilustrando un cuento de su padre, Juan, El huevo vanidoso), los grabados de Irene Domínguez (El medio pollo), hasta las historietas de HERVI (La desaparición del carpincho).

La responsabilidad de selección de cuentos  e ilustradores era mía, bajo la atenta mirada de Joaquín Gutiérrez.

—¿Hay algún libro que recuerde con especial cariño?

—Como el hijo mayor, amo El negrito zambo. Sus ilustraciones nos sirvieron para difundir la colección y uno de mis slogans favoritos del gobierno de la UP: “Los únicos privilegiados serán los niños”. Hicimos, gracias a los compañeros del taller, un tarjetón con el negrito de ombligo parado, recostado en una palmera, luego de devorar cientos de panqueques hechos con la grasa de los tigres que lo acosaron, con la leyenda: “Perdón, pero somos privilegiados”. Más tarde la vi en jardines infantiles, dormitorios de niños y no pocas oficinas o prensas del taller.

—Usted recuerda en una columna, que los textos de la revista para niños Cabrochico “eran alterados por nuestro Departamento de Evaluación e Investigaciones” (haciendo cantar a Caperucita Roja la canción “Venceremos”, por ejemplo) ¿Cómo era su relación con este departamento y cómo reaccionaba a las medidas que tomaban?

—De amor y de sombras. Allí trabajaba mi polola. Pero las sombras surgían cuando alteraban contenidos de obras clásicas para introducir el mensaje ideológico, burdamente. Mi reacción era muy tranquila, reforzaba mi convicción de que Cuncuna sólo publicaría cuentos tal cual fueron creados por su autor, o sencillamente no los publicaría, pero jamás los alteraría. La segunda reacción era discutir el tema en Comités de Producción o círculos de trabajadores de la empresa. Siempre tuve la satisfacción de que los compañeros obreros compartían mi visión. Lo que en esa época no era menor.

Las sombras surgían cuando alteraban contenidos de obras clásicas para introducir el mensaje ideológico, burdamente.


¿Sería posible hoy un proyecto como lo fue Quimantú?

—En términos absolutos, ya no existen empresas editoriales de esa envergadura, es decir que contengan en su seno talleres de impresión con tres o cuatro tecnologías diferentes, empresas de distribución (Quimantú tenía tres), agencias de publicidad, bodegas, equipos de dibujantes letristas y coloristas para historietas, equipos de creación de contenidos, revistas periodísticas, centro de documentación…

El concepto de Quimantú, para recrearse, requiere de un proceso político como el que la creó. Más que una editorial, fue un gigante no egoísta que difundió literatura, de la buena, entre quienes entonces no tenían acceso a la cultura.Ese propósito es el que puede y debe recuperarse.

Sobre Arturo Navarro

Arturo Navarro Ceardi es actualmente uno de los principales expertos chilenos en política y gestión cultural. Sociólogo y Periodista, es director ejecutivo del Centro Cultural Estación Mapocho y profesor de Políticas Culturales en el Magíster en Gestión Cultural de la Universidad de Chile. Navarro es también autor de libros para niños, como la recopilación de literatura oral chilena Pin Uno, Pin Dos (Ekaré).

En 2006 publicó Cultura: ¿quién paga? Gestión, infraestructura y audiencias en el modelo chileno de desarrollo cultural. En 2009 recibió, como director del Centro Cultural Estación Mapocho, el VI° Premio Internacional Reina Sofía de Conservación y Restauración Patrimonial. Fue condecorado con la Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral. [Fuente Cooperativa].

Sitio web: http://arturo-navarro.blogspot.com/


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