Daniel Goldin (México, 1958) se inició en la edición de libros infantiles a fines de los años 80, cuando dirigió la colección “A la orilla del viento” del Fondo de Cultura Económica (FCE). Anthony Browne, Satoshi Kitamura y Chris Van Allsburg son algunos de los autores que dio a conocer al público latinoamericano. En 2004 fundó Abrapalabra, filial mexicana de Serres, y desde el año 2007 es el director editorial de Océano Travesía, la sección infantil y juvenil de Océano.

La educación y la formación de lectores son temas a los que Daniel Goldin les ha prestado particular atención. Es coautor de los libros Bibliotecas y escuelas. Retos y posibilidades en la sociedad del conocimiento (Océano Travesía, 2008), Al otro lado de la página. Imágenes de la lectura en México (Santillana, 2008) y del ensayo Los días y los libros. Divagaciones sobre la hospitalidad de la lectura (Paidós, 2006). En México fue asesor de la Encuesta Nacional de Lectura del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA).

Goldin estuvo en Chile participando en el seminario ¿Qué Leer? ¿Cómo leer?, organizado por Lee Chile Lee. En esta entrevista conversamos con él sobre sus inicios en el rubro editorial, la importancia de estimular la apropiación de las lecturas y, lo que considera, el fin de la época de oro del libro álbum. Casi al final de la entrevista, Goldin nos explica el concepto de hospitalidad, asociado a la edición de libros: “Una persona que llega a una biblioteca o a una librería, a partir del contacto con una obra, una frase o una palabra, puede sentir que el mundo es un poco más amigable y un poco más habitable”.

Por Pablo Espinosa.

Los primeros libros que publicaste fueron considerados raros y locos. Cuéntanos sobre tu visión de la literatura infantil y los esquemas que rompiste.

Creo que el impacto que han tenido los proyectos que he realizado —desde luego mi proyecto inaugural en el FCE, pero también el que hago en Océano —tiene que ver con una idea de juego de arriesgue. Había antes muchos libros para niños y jóvenes pensados desde una formula pedagógica y muy psicologizada de quién es el niño y cuáles son los libros adecuados para él. Cuando me inicié como editor hice a un lado todas esas teorías porque me parecía que hablaban mucho de los saberes de la pedagogía y de la psicología, pero no hablaban de los niños ni les hablaban a los niños. Por eso quise experimentar en todo los sentidos. Experimentar con temas más arriesgados, con estéticas distintas y, sobre todo, experimentar con una idea de la diversidad. Todos los proyectos que he realizado son proyectos muy diversos: en los formatos, en los temas, en las estéticas, en las nacionalidades de los autores.

Desde que empecé a publicar estos libros me he encontrado con que los niños y los jóvenes los reciben muy bien. Esto sucede porque se dan cuenta de que no hay una idea prefijada de lo que es el niño y de lo que es el joven, sino que hay una invitación a que sean algo, algo distinto de lo que son en ese momento. Creo que parte del acceso a la cultura tiene que ver con eso, con una invitación a  transformarte y a vivir cosas que no has vivido hasta ese momento. Es entonces cuando sientes la seducción de un mundo distinto, la invitación a un  mundo al que tú puedes acceder, un mundo que te separa de tu propia identidad y que te revela una identidad hasta ese momento desconocida.

Primero fueron los chicos los que tuvieron una reacción positiva con estos libros, pero luego los padres se dieron cuenta de que no pasaba nada malo con ellos, nada extraño, nada peligroso; sino que, al contrario, se suscitaban diálogos, habían emociones, momentos de placer y de dicha compartida. Creo que los últimos 20 años de los libros para niños y jóvenes tiene que ver con el aprendizaje de la sociedad adulta a recibir de una forma distinta a los chicos. En eso tuvo mucho que ver la idea de divertirse con los libros y descubrir de qué son capaces los niños.

“El libro álbum ya vivió su época de oro”, dijiste en una entrevista reciente ¿Cómo notas esta decadencia?

Es una declaración un poco polémica y está hecha expresamente para polemizar. Creo que hay una gran confusión en torno al libro álbum y al libro ilustrado, que son cosas diferentes. El libro álbum supone una relación compleja y complementaria entre dos lenguajes: el lenguaje textual y el lenguaje de las imágenes, en donde ninguna de las dos cosas se pueden entender por separado. El álbum, que se ha desarrollado fundamentalmente en la literatura para niños y jóvenes, es un género que muy pronto ha derivado —aquí es donde yo veo el peligro— en el libro ilustrado, en donde hay un cierto texto (muchas veces, supuestamente poético) con ilustraciones más o menos bonitas, más o menos estimulantes y más o menos vinculadas con el texto. Y eso lo quieren convertir en un libro álbum.

En este momento hay una sobresaturación de producción de libro ilustrado. Se produce mucho y se trabaja muy poco lo que se produce. Un libro álbum no es solamente el libro que hace un buen ilustrador, sino que es un libro que tiene un texto muy potente. Un texto sustancioso (que habla de algo profundo, que puede ser entendido de muchas formas distintas) y que tiene una contracción y una condensación muy fuerte, en el sentido de que el creador (el escritor) le está dando un espacio a otro creador (el ilustrador). Y es toda una historia narrada en no más de 15 o 20 renglones. Esos textos son extremadamente difíciles de encontrar.

Al lado de esto está surgiendo una idea de educación visual y de alfabetización visual que a mí me parece altamente peligrosa. Con la alfabetización visual se realiza una decodificación de las ilustraciones, una cierta metodología para desmontar el poder de una imagen, pero el poder de un libro álbum no va por eso, sino que va por su capacidad de entrar al inconsciente, de seducirte y de dejar —en la gravitación de esa ola inmensa que te lleva— una cantidad de palabras que están ahí y que van a crecer contigo. En ese sentido creo que en este momento no estamos viviendo la época dorada del libro álbum.

Cuántos libros —por decir un libro que yo no publiqué y me parece un clásico y un hito—  hay como Donde viven los monstruos, de Sendak. O como algunos de Van Allsburg, Kitamura, Anthony Browne o Isol. Muy pocos. En cambio, hay una gran cantidad de gente que tiene un poemita o un textito y lo llena con unas ilustraciones. Y me parece que ahí se perdió un cierto oficio. Y ese oficio tiene que ver en parte con el oficio editorial y en parte también con el oficio de la capacidad de escucha y de imaginación de lo que pasa en el proceso lector de un álbum.

Ilustración del libro "Donde viven los monstruos"

¿La escuela debe generar cambios para recibir libros álbum?

Creo que hay escuelas que han sabido incorporar todos los libros —informativos, libros de imágenes, libros álbum—  y que les han dado un lugar central a esas prácticas. Son las escuelas que me parece que han desarrollado un trabajo mucho más interesante en la renovación de sus propias prácticas pedagógicas y la renovación de los saberes docentes. Pero hay una tendencia a escolarizar el libro y me parece que ese es un terreno delicado, porque acompañando un discurso que habla sobre el placer de la lectura y sobre el desarrollo autónomo, hay una serie de practicas que tienen que ver mucho con la escolarización de la lectura, la pedagogización y la evaluación de la comprensión lectora, y  me parece que ahí entramos a un terreno que puede hacer un cortocircuito  grave. Entiendo que la escuela debe trabajar por la comprensión lectora, pero creo que el problema de la comprensión lectora es mucho más complejo y atraviesa también por estimular el acercamiento cercano de los niños a los libros, aunque sea no desde la comprensión, sino que desde la apropiación, para después de ahí desarrollar una compresión más amplia.

Tengo una relación de amor odio con la escuela. Me interesa muchísimo lo que pasa en las escuelas, pero cada vez más hago libros pensando en que no son libros destinados a la escuela. Ahora estoy tratando de hacer libros para niños que los compren solos o para padres que estimulen que los niños los lean solos, sin que sean útiles. Tendrán una cierta uttilidad, pero no son previsto como útiles.

Se repite en los textos que has escrito el concepto de apropiación, relacionado con la lectura ¿Podrías profundizar en él?

Es una categoría que viene desde los estudios históricos y filosóficos sobre la lectura. Los libros tienen un cierto valor que se puede analizar desde la crítica o la teoría literaria, pero lo que sucede con cada lector es una cosa absolutamente distinta y sorprendente. Y estimular eso es algo que me parece fundamental. La única forma en que los libros obtienen valor (que no es repitiendo que los libros tienen valor) sucede cuando la gente en verdad siente que un libro le dijo algo a él, como si fuese una carta privada y casi secreta, y que se lo puede apropiar. Cuando piensas de un libro: “este es un mensaje para mí y nada más que para mí y me está diciendo a mí en este momento algo”, me parece que ahí logramos el click que hace que la gente sienta que los libros sí tienen un valor.

Esto nos pone en un problema muy serio. Muchas veces uno considera que los libros son muy valiosos y que deben decirles cosas valiosas a la gente, pero nos encontramos con que hay muchos libros que son considerados valiosos que no le dicen nada a esa gente. Y hay otros libros (que pueden ser de literatura considerada “basura”) que les dicen cosas muy importantes; es decir, se lo apropian de una manera absolutamente sorprendente. Muchas veces los maestros, los padres e incluso los editores, tendemos a penalizar esas apropiaciones. Y me parece que ahí estamos cometiendo un error: hay que estimular el deseo de apropiación. Pero no de una apropiación no razonada, sino que de una apropiación que poco a poco sea una apropiación más razonada y que tienda a analizar las riquezas de una obra literaria, pero ya desde el interior, desde lo que puede aportar un lector. Si tú no vas a lograr que un chico de alguna forma sienta que la literatura es algo propio y que le está diciendo algo a él, no vas a lograr que aprecien los libros por muchos rollos que le tires de que los libros son la quintaesencia de la felicidad y de las posibilidades de desarrollo.

Eso parece ir en contra de la existencia de un canon literario.

El canon es algo que se necesita. Pero se necesita para tener un lugar común, donde se llegue y se discuta; no forzosamente para que se respete lo que se supone en el canon. El problema es que habitualmente no se quieren discutir las figuras canónicas. Yo tengo problemas no con el establecimiento de un canon, sino que con la idea de que lo canónico es para obedecer. El canon tiene que estar reformulándose continuamente y evidenciando sus propias condiciones de selección. En literatura escolar, por ejemplo, hoy no es el mismo canon de hace 50 años. Habría que dejar entrar probablemente otras cosas. Hay que propiciar momentos para discutirlo.

En Chile ha habido discusiones relacionadas con esto, sobre lo que debe o no debe estar en las bibliotecas públicas.

En México hubo algunas discusiones, por ejemplo, acerca de “Aura” de Carlos Fuentes, si debía o no debía estar en las bibliotecas escolares. O “Piedra de sol” de Octavio Paz, que era como Homero o Shakespeare. Mucha gente estaba indignada de que no estuvieran esos libros. Para mí no era un gran problema que no estuvieran, también hay que pensar un poquito en ese publico. Vuelvo a la idea de que lo fundamental es generar una discusión pública y participativa en donde se haga una propuesta y se contribuya a discutir eso.

Me gustaría que explicaras el concepto de hospitalidad que desarrollas en tu obra “Los días y los libros. Divagaciones sobre la hospitalidad de la lectura” ¿Cómo relacionas la hospitalidad con el rol de editor?

La hospitalidad es un arte practicada por la antigüedad. Es el arte de hacer sentir al otro, al extranjero, en casa cuando no está en su casa. Ahora, hay muchas dimensiones de esto. La primera es una dimensión ontológica: hacer sentir a una persona en el mundo (que no es su casa) que está en su casa. Es decir, una persona que llega a una biblioteca o a una librería, a partir del contacto con una obra, una frase o una palabra, puede sentir que el mundo es un poco más amigable y un poco más habitable. Aunque no sea su casa. Esa dimensión más amplia es algo que me parece absolutamente importante y central.

Para bajar de esa dimensión metafísica y ontológica a una dimensión mucho más concreta, la hospitalidad tiene que ver con el diseño de la página, con la elección de la interlinea, con la elección de los blancos en una página, con la elección del tema, con la forma en que tú pones o no pones ciertas palabras en la cuarta de forros (contraportada), con la construcción de tu catálogo. A mí el mundo muchas veces me representa una realidad muy hostil y extraña, muy desconcertante, muy angustiante. Y si yo quiero compartir con las personas una idea de que el mundo y la vida puede ser vivible, si quiero hacer sentir a una persona con estas palabras que puede estar viviendo en el mundo, con las palabras, entonces no se lo voy a dar con un libro en el que no pueda depositar la vista y verlo con comodidad.

Es como si tú dices: “Bienvenido, ésta es su casa. Tome un vasito de agua” y el agua que das está caliente o salada. Entonces la gente dice: “Me dices bienvenido y me das agua espantosa. Entonces, pues me voy”. La hospitalidad tiene que ver con ese diálogo, con esa capacidad que tú tienes de construir con el otro un espacio. Yo aprendí mucho de una regla de hospitalidad que existe entre los beduinos. Los beduinos cuando quieren que te vayas te sirven la copa llena y cuando quieren que te quedes te sirven la copa a la mitad. La copa a la mitad quiere decir que la van a continuar llenando. El vacío que queda es lo que tú tienes que llenar, la otra parte que debes construir. Ese vacío es el blanco de una página.

Volviendo a lo que conversábamos antes, lo importante no es el libro, ni lo valioso que es, ni lo importante que es Joyce, Homero o Hesiodo. Lo importante es que tú te lo apropies. Entonces, te sirvo la copa a la mitad y llénala tú. Acá habrá siempre un manantial que se va a estar llenando y llenando y llenando. Pero siempre va a estar abierto a que haya un espacio vacío para que tú te estires,  reposes, te recuestes y guardes un ratito de silencio. Me parece que, en parte, el arte de la lectura tiene que ver con el arte de la conversación que requiere, entre otras cosas, de la capacidad de silencio. Callarse un momento y dejar que las palabras hablen solas.

Comentarios

  1. Rodrigo dice:

    ¡Que buena entrevista! Felicidades al entrevistador y al entrevistado.
    Realmente eso es sacarle jugo al conocimiento (de ambos).

  2. sandra dice:

    Increíble. Muy bueno saber que hay gente capaz tratando de acercar a los niños a los libros.

  3. Pep Bruno dice:

    Fantástico Daniel Goldin una vez más. Maestro en lo suyo. Una entrevista bien valiosa. Gracias

  4. Claudia dice:

    Me encantó.

  5. Bárbara Bub dice:

    Me pareció increíble la entrevista. Realmente “me apropié” de ella.
    Gracias a Daniel y a Pablo por tan buena conversación!

  6. Marcy Ana dice:

    Excelente entrevista! Para tener en cuenta en el oficio de editor. Saludos desde Colombia.

  7. claudia dice:

    espectacularrrr gracias