Calvin & Hobbes: la integridad artística de Bill Watterson

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Una tira cómica con un niño travieso y un tigre que lo sigue en todas las aventuras. Un documental sobre su creador: el hombre que defendió el cómic como expresión artística. Una reflexión sobre el choque entre arte y negocio en el mundo de las historietas.

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“El caricaturista puede hablar a los lectores por años y eso representa un increíble acceso en la mente de las personas. Es un privilegio extraordinario que tu trabajo sea leído por las personas cada día, año tras año”.
Bill Watterson.

Duele. Para quien recuerda los viejos seriales y especiales navideños de Charlie Brown, duele ver a Snoopy y sus amigos saltando de aquí para allá con la intención de vendernos un seguro de vida MetLife. Los personajes de Charles M. Schulz y su humor existencialista despojados de contenido para ofrecernos un producto más. Lo siento, pero para quien disfrutó de sus historias tristes y tiernas resulta doloroso. Como cualquier traición.

posterEstá bien, puedo entenderlo. Hoy en día, los personajes de cómics están más presentes que nunca en la cultura popular y en cierta medida es algo que me alegra: películas de superhéroes acumulan millones en cartelera y sus actores son celebrados por ello (Heath Ledger y su Joker inolvidable), series de televisión rompen la sintonía y complacen a la crítica al dar carne a lo que antes fueron dibujos (The walking dead), y en las tiendas de juguetes los pasillos están llenos de personajes que saltaron del papel al peluche o al plástico o a las toallas o a las poleras o a los perfumes infantiles…. Y eso ya no me gusta tanto. Eso ya me molesta. Lo entiendo, claro. Un guionista o un dibujante tiene que vivir de lo que hace y todos queremos vivir bien. Y para vivir bien, se necesita dinero. Así es el mundo, ya lo sé. Pero siempre queda la esperanza de que sea de otra forma. De que alguien se atreva a quedar al margen del negocio. Un tonto. Un loco. Un valiente. Un artista.

De eso se trata en parte el documental Dear Mr. Watterson (2013), dirigido por el estadounidense Joel Allen Schroeder (1979), quien busca comprender la influencia en las personas de Calvin & Hobbes -tira cómica aparecida en los periódicos estadounidenses entre 1985 y 1995- para entender así a su creador. Y lo hace a partir de su propia experiencia como fanático de los personajes creados por el Mr. Watterson del título.
Mr. Bill Watterson (1958), para ser más precisos.

 

El autor y su obra

Curiosamente, Watterson es el gran ausente del documental. No dio entrevistas a Joel Allen Schroeder en su peregrinaje de fan y el director tuvo que conformarse con viejas fotografías de su héroe, comentarios de otros dibujantes y de los editores que Watterson tuvo. Bill Watterson no ha dado prácticamente ninguna entrevista desde que dejó de escribir y dibujar Calvin & Hobbes, la serie que lo haría famoso y que aparecería diariamente en más de 2000 periódicos del mundo. Se desvaneció luego de dibujar en su última viñeta a Calvin y su tigre Hobbes sobre un trineo, dispuestos a explorar el mundo al que se enfrentaron junto a su creador durante diez años. Una imagen que más que el final de una historieta es una declaración de principios de lo que el cómic puede ser: un lienzo blanco que hay que redescubrir.

Watterson hace de sus protagonistas los dueños del mundo, incapaces de comprender el razonamiento tedioso de unos padres superados por la imaginación desbordante de su hijo.

El documental, entonces, trata de descubrir a Bill Watterson. Pero no es una búsqueda de paparazzi tras el J.D. Salinger de los cómics o la despiadada persecución de la Greta Garbo de las viñetas. La admiración del director de Dear Mr. Watterson se traduce más bien en la búsqueda amorosa y respetuosa de quien pretende rescatar un fragmento de su infancia, de aquel tiempo en el que el periódico traía cada día las aventuras de un niño rebelde y su tigre de peluche/amigo imaginario. En ese sentido, la historieta de Watterson es hija de una tradición del cómic estadounidense: una serie diaria cuya premisa es básicamente la misma que la de Charlie Brown y su perro Snoopy. Un niño y su compañero se enfrentan a las aventuras que el mundo puede ofrecerles, regalando una mirada particular sobre nuestra realidad y la naturaleza humana. Pero allí donde para Charles M. Schulz el mundo implicaba una perpetua derrota, aquí Watterson hace de sus protagonistas los dueños del mundo, incapaces de comprender el razonamiento tedioso de unos padres superados por la imaginación desbordante de su hijo, Calvin.

Como cualquier niño, Calvin es capaz de ver en una caja de cartón mil aparatos maravillosos que lo duplican y lo multiplican hasta confundirlo sobre quién es él o que lo llevan al espacio a explorar mundos monstruosos que acaban siendo el reflejo del nuestro; aparatos que lo hacen invisible o le permiten viajar en el tiempo para evitar hacer una tarea escolar. Puede también perturbar a sus padres con curiosas observaciones sobre el papel que cada uno ocupa en el núcleo familiar o con elaboradas representaciones de muñecos de nieve caníbales o suicidas. Es capaz de asumir la personalidad de un superhéroe o de un dinosaurio al tiempo que reflexiona sobre la política y el arte moderno. Siempre con los comentarios oportunos y realistas de Hobbes, el alargado tigre que todos ven como un simplemuñeco de peluche, pero que para su dueño es el mejor amigo que cualquier niño puede tener.

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Uno de los méritos de Calvin & Hobbes es justamente el choque que se establece entre la imaginación de sus protagonistas y el mundo que los circunda, choque que llevará a un remate cómico o una certera observación sobre la distancia sideral que separa a niños de adultos. Pero también está el diálogo que Watterson genera entre la fantasía en la que viven sus personajes y la forma de enfrentar el relato visual. Porque no es raro en Calvin & Hobbes encontrarse con la ruptura del formato tradicional de viñetas, con la transformación del protagonista en una imagen cubista, con dibujos que parecen copiados de cómics sentimentales o detectivescos, con aventuras en un mundo en el que se han invertido los colores o en el que una hoja arrancada de cuaderno sirve de soporte para las aventuras de un Calvin y un Hobbes trazados como si un niño los hubiese hecho. Como si los mismos personajes los hubieran dibujado. Es decir, el cómic de Bill Watterson se convierte así en terreno para explorar los límites de un arte que para muchos solo sirve de excusa comercial. Y lo hace en uno de los terrenos más comerciales del cómic estadounidense: los periódicos.

Arte y negocio: ¿un conflicto sin solución?

El documental también aborda las causas del distanciamiento de Bill Watterson del medio. Desde el comienzo de su carrera tuvo problemas para enfrentar las exigencias de sus editores en cuanto a la mercantilización de sus creaciones. “Calvin y Hobbes fue diseñada para ser un cómic y eso es lo que quiero que sea. Es el único lugar donde todo funciona como yo quiero”, cita el documental al dibujante. El éxito de los personajes hizo que muchos vieran en ellos una serie de productos de todo tipo, tal como ya había ocurrido con otros personajes (el ya mencionado Snoopy, los Pitufos o Garfield, por ejemplo). Pero Bill Watterson se opuso. Una y otra vez. Rechazó ofertas millonarias y, para muchos, desperdició la oportunidad de alcanzar la gloria. Tal como él lo veía, el cómic era un arte y debía mantenerse en su ámbito. Para sus desesperados editores, Bill Watterson se convirtió en un dolor de cabeza.

Desde el comienzo de su carrera, Watterson tuvo problemas para enfrentar las exigencias de sus editores en cuanto a la mercantilización de sus creaciones.

No contento con rechazar las propuestas de juguetes, carteras, sombrillas, pastas de dientes y pantuflas, también empezó a jugar con la disposición visual de los elementos en la historieta, obligando a los diagramadores de periódicos a no cortar sus viñetas para ajustarlas al diseño de cada edición. Es decir, cuando un cómic está diseñado con viñetas cuadradas, todas del mismo tamaño, es fácil cortarlas y reordenarlas para hacerlas calzar en un espacio determinado. ¿Pero qué se hace cuando el cómic no tiene una estructura regular y el autor juega con el orden de lectura? ¿Cómo se corta eso? Y la pregunta que más me interesa: cuando uno no es el artista, ¿puede cortar una obra para hacerla calzar en un espacio determinado? ¿Lo haríamos con el Guernica? Para que quepa en el living de nuestras casas, por ejemplo.

Calvin & Hobbes: piezas de museo

Quizás exagero. Quizás no merezcan estar en un museo, no tanto porque sean obras imperfectas o baratas, sino porque para Watterson sus historietas solo estaban vivas en esos periódicos que quisieron forzarlo a ajustarse a medidas y tamaños a costa de la imaginación y el cuidado en el dibujo o en el color. Un conflicto que al parecer lo hartó y lo alejó del mundo. Un mundo que, tal como se apunta en el documental, comenzaba a reducir el espacio para las historietas a causa de la crisis provocada por la irrupción de los medios digitales.

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Pero también hay algo de cierto en que Calvin & Hobbes es hoy una pieza de museo. La negativa tenaz de su creador a vender los derechos de explotación comercial de sus personajes ha hecho que la serie se convierta en un objeto de culto. Quizás por eso uno de los momentos más emotivos del documental es cuando Joel Allen Schroeder observa los originales de Watterson en la biblioteca que los conserva. En silencio, el documentalista revisa una imagen tras otra. Con cuidado las contempla y dedica largos minutos a cada una. Trata de decidir cuál es su favorita y percibe en el trazo de cada línea la intención de su autor, el titubeo o el error disimulado. Admira ceremoniosamente las brillantes acuarelas que ilustran el mundo de una infancia cuestionadora y feliz, consiguiendo así que el espectador comprenda el vínculo profundo, perpetuo y quizás incomprensible que puede establecerse entre una historieta y un lector. Entre un niño, un tigre y un lector. Algo que difícilmente podría conseguir un cojín o un peluche producido en serie.

Autor: Rodrigo Costas (21 Entradas)

Licenciado en Literatura de la Universidad Católica de Chile. Es fanático de los cómics desde niño. Además, pinta, ilustra y escribe. Ha ganado diversos concursos de cuentos. Actualmente trabaja como profesor.


6 comentarios para “Calvin & Hobbes: la integridad artística de Bill Watterson

  1. carolina

    Qué buen artículo. Es grato encontrar de vez en cuando una lectura placentera y estimulante. Me encantaría escribir como tú.

  2. Julián Seco

    Gran artículo, Rodrigo. Me imagino que ya debes saber, pero por si no, las historietas preferidas de Bill Watterson son Peanuts, Pogo y por encima de todas Krazy Kat. Un abrazo y gracias. Julián.

    • Rodrigo

      Peanuts y Krazy Kat los ubico (y entiendo la relación con Calvin &; Hobbes). Pogo se me escapa. Lo buscaré. Muchas gracias por el comentario y qué bueno que te haya gustado el artículo.

      • Julián

        No tiene nada que ver con este post, pero quizás podría gustarte King’s Kat escrito por John Porcellino y las viñetas de Ander Nilsen. Suerte en todo, Julián.

  3. Marcelo Parra

    Las mejores obras son las que aguantan el paso de las generaciones y siguen cautivando a quienes las reciben. Es un poco inevitable sentir nostalgia y un poco de pena ver como terminó la historia de Waterson con Calvin y Hobbes, pero definitivamente es mejor quedarse con ese final que ver a Calvin como rostro de un banco.

    Buen artículo (lo leí un poco tarde pero se disfrutó igual).

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