Camila Bunster: “Uno está traduciendo el contenido de una cultura”

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No hay que subestimar al lector. Es algo que nos queda claro tras conversar con Camila Bunster, la traductora de libros daneses publicados en Chile que este año nos sorprendieron, tanto por su calidad visual como por los temas que nos conectan con la literatura infantil del país del célebre escritor Hans Christian Andersen.

Camila Bunster. Créditos: María Jesús Blanche

Este 2018 se confirmó una tendencia que se ha venido dando desde hace algunos años, con apuestas de editoriales como LOM y su colección de Libros Peludos; el trabajo de Ediciones Liberalia, que publicó la serie del famoso elefante Carlos, escrito por Ida Jessen e ilustrado por Hanne Bartholin; o los más de treinta títulos traducidos del danés y publicados por Edebé. Según un artículo publicado en El Mercurio, en 2017 se editaron en Chile más de 40 libros infantiles provenientes de Dinamarca, y en los últimos meses han llegado a estanterías libros de este país que, por su contenido, podrían ser catalogados como polémicos. Y sin embargo, aquí están, esperando ser leídos por niños, niñas y jóvenes.

Con una tradición literaria que se remonta a los relatos infantiles de Hans Christian Andersen, este influjo fue posible, en gran medida, por un programa de financiamiento que ofrece el gobierno danés para la traducción y publicación de su literatura en el extranjero. En el caso de Chile, ha sido Trine Danklefsen, consejera de cultura de la Embajada de Dinamarca, quien ha establecido nexo entre Chile y el gobierno del país nórdico.

Interesados por el trabajo que significa adaptar a nuestro contexto una literatura que puede parecer ajena a nuestra realidad, conversamos con Camila Bunster, licenciada en Letras Hispánicas y magíster en Estudios Latinoamericanos, quien, impulsada por un vínculo familiar y afecto por esta literatura, ha sido la encargada de traducir al español algunos de los títulos más destacados de esta temporada. Nos referimos a Skifting (Grafito Ediciones) o a los seleccionados por el Comité de valoración Troquel, Pssst! (Saposcat) y Abuelo (LOM).

Primero, cuéntanos un poco sobre cómo llegaste a la traducción.
—A la traducción llegué casi por accidente. Mi relación con la literatura infantil no fue académica, sino más bien biográfica. Mi mamá es danesa y mi papá es chileno, y ella siempre, hasta que ya éramos bastante grandes, nos leía todas las noches libros infantiles hasta que nosotros nos dormíamos. Incluso cuando ya vivíamos acá, cada vez que ella viajaba a Dinamarca se traía la maleta llena de libros infantiles para leernos. Ella misma fue quien me comentó sobre estos libros que se iban a publicar, por si quería participar. Yo por esa cosa medio nostálgica acepté, más que por una cosa de carrera o de que yo hubiera estudiado. Trabajar con estos libros infantiles para mí era casi como para mantener esa raíz, esa vinculación con Dinamarca.

¿Cómo fue el proceso de edición?
—Primero me contactaron de las editoriales, porque fueron hechos con el apoyo del gobierno danés, que tiene un programa para difundir su cultura. Ellos abren un concurso y postulan las editoriales de distintos países para publicar tal título, de tal editorial danesa. Y el gobierno danés los apoya con dinero para la traducción y producción del libro, entonces ahí me contactaron cuando ganaron la postulación y me mandaron los originales.

¿Cuáles fueron las dificultades de la traducción?
—Bueno, la traducción siempre tiene cosas difíciles. O sea, juegos de palabras, cosas que no existen acá… Una dificultad, en su momento, fue que hay varios de los libros que tienen garabatos en danés. Entonces ahí uno trataba de encontrar un garabato –porque obviamente no son los mismos– que sea de la misma intensidad. Como en el caso de Sapito (LOM, 2009), yo lo traduje con las palabras que me parecían que podían ser equivalentes, pero eso fue como polémico igual. Hubo organizaciones que no querían comprar el libro porque no era apto para los niños. Bueno, incluso el personaje en sí también era polémico, porque decían que era una apología a portarse mal, que daba un mal ejemplo, porque el sapito se porta mal a lo largo de toda la historia y no tiene ningún tipo de reprimenda al final. De hecho, todas sus maldades se transforman en obras de arte y es eso lo que lo lleva a triunfar, entonces como que la moraleja de la historia era “pórtense mal”.

—¿Qué diferencias encuentras entre la literatura infantil chilena y la danesa?
—Creo que una gran diferencia es que acá estuvo, durante mucho tiempo (ahora creo que ya no tanto), esa idea de que la literatura para niños tiene que ser pedagógica, que es una herramienta más para enseñarles cosas. O sea, no se me ocurre nada más fome que un libro sobre la importancia de lavarse los dientes o algo así. En cambio la literatura danesa, la gracia es que tiene que ser una experiencia literaria, una experiencia artística para el lector, no una forma de enseñarte algo. Imagínate, un niño que está todo el día en el colegio, que los profesores le están diciendo lo que tiene que hacer, después está en la casa donde los papás le dicen lo que tiene que hacer, ¿va a tomar un libro que es para enseñarle a hacer algo bien?

Ellos saben lo que les interesa, lo que no, lo que es atrayente, lo que es un formato muy fome… van forjando sus gustos. Además, en un país donde a muy pocos les gusta leer, uno tiene que tratar de que la historia sea algo que apele al lector, el formato, el lenguaje, sino imposible. Y en realidad es raro, porque esa expectativa educativa solo se tiene respecto de los libros infantiles, respecto de la literatura para adultos nadie espera que haya una enseñanza.

Uno tiene que tratar de que la historia apele al lector

—Eso pasa también con la literatura juvenil…
—Sí, es que de partida la sociedad chilena es más conservadora que la danesa y claro, tiene una visión distinta sobre la literatura infantil y juvenil. Pero bueno, también lo interesante de la traducción –más allá de las dificultades concretas–, es que uno en el fondo está traduciendo el contenido de una cultura para que se entienda dentro de los parámetros de una sociedad distinta en muchos sentidos, pero que a la vez mantenga esa diferencia. Pero ahí está siempre el criterio de las editoriales que han pedido las traducciones y a mí me han tocado experiencias distintas, con algunas que quieren que uno transforme el libro en un equivalente para Chile y que cambie las referencias, y otras que quieren que uno lo traduzca lo mejor posible, y si hay que ponerle una nota explicativa de qué se trata, se pone para mantenerlo cercano al original.

Y en cuanto al tono del idioma, ¿cómo lo trabajas?
—Sí, es difícil, yo no soy traductora de formación, pero yo creo que me ha ido bien porque aprendí danés y español de niña. Entonces ambas son un poco “lenguas maternas”.  Por eso, como hablante nativa, quizás me es un poco más sencillo encontrar algo similar en el tono y en el sentido.

“Abuelo” (LOM, 2018), de Lilja Scherfig y Otto Dickmeiss, traducción de Camila Bunster

—Diríamos que es un trabajo más intuitivo, sobre todo con algunos textos más poéticos, como “Skifting”.
—Yo creo que sí. Igual la traducción es una cosa que ya, yo lo traduzco, después pasan un par de días, lo vuelvo a leer y encuentro algunas cosas ridículas, con escritos que ni siquiera son palabras en español. Uno como que entra en el interlenguaje, porque está pensando en ambos idiomas. Por eso, traducir un texto es volver a leerlo diez veces y uno lo sigue cambiando, afinando cómo suena.

—¿Cómo es tu relación con los textos que traduces? ¿Qué pierde y qué gana un texto del danés al español?
—Igual a uno como traductor eso le da miedo. Lo que va a pensar el autor al final del proceso, pero yo trato de hacer una traducción lo más fiel posible al sentido que uno interpreta que el autor le quiso dar. Y bueno, la lectura, la literatura es siempre una interpretación de cada lector, entonces yo hago la traducción fiel a mi interpretación del texto, pero que quizás es diferente a lo que en su momento el autor destinó.

¿Consideras que es un texto distanciado del original?
—Sí, yo creo que nunca es lo mismo, porque también uno al traducir siempre aporta algo de sí. Queda ahí una huella de la persona que lo tradujo, para bien o para mal. También creo que el puro hecho de que sean libros sacados de su contexto y puestos en otro, siempre va a ser un libro distinto. Porque, por ejemplo, allá hay libros que son libros comunes y corrientes con los que nadie tendría ninguna objeción y que acá son libros polémicos y eso ya los hace ser una historia distinta. Como el de Oliver y Rasmus son pololos (LOM, 2005) que es de dos niños de básica, que se gustan, se hacen novios y se someten, lógicamente, al bullying del curso. Claro, si existe ese libro en Dinamarca es porque lógicamente la homofobia también existe y también hay bullying, pero no se compara con el escenario acá. O los Libros Peludos, la colección de LOM. Esa colección se llama así porque la editorial eligió ponerles ese nombre, pero esos libros no son “peludos” o polémicos en Dinamarca, sino que son libros que cuestionan una realidad de acá. También este libro Pedro Paff (LOM, 2013), que vincula la violencia con la represión de la identidad sexual y que se vuelve un libro súper contingente. Esa distancia creo que enriquece mucho a los libros y generan discusiones aquí que en Dinamarca no.

¿Crees que a eso se debe también la recepción que han tenido esos libros?
—Claro, creo que la recepción es lo que más los hace libros distintos acá. Yo creo que las editoriales se la han jugado por los títulos que eligieron, porque claramente no primó el criterio de cuáles van a ser los grandes vendedores aquí. Creo que fueron bien valientes, sobre todo con Skifting (Grafito Ediciones, 2018) que fue uno de los más complicados. Incluso decidieron dejarle el título, porque skifting es una figura mitológica que no existe acá y no hay forma de traducirlo. Luego de conversarlo con la editorial chilena, ellos lo comentaron con la editorial danesa y dejaron una nota explicativa de qué significaba.

Y Abuelo (LOM, 2018) yo creo que también es uno de los que refleja la idea que hay en torno a la literatura infantil en Dinamarca, como no tan pedagógica, porque plantea el tema de que los niños no pueden ser enfrentados a cosas que quizás no son felices. Pero también yo creo que es un poco reconocer la realidad, porque uno quisiera quizás darle a un niño puras cosas maravillosas, pero ellos igual están expuestos a cosas tristes, a cosas terribles. Es como negar la realidad no querer enfrentarlos con eso, porque no es que uno los salve de eso que, de todas formas, existe.

…Y también negar que ellos interpretan desde su lugar de niños.
—Claro, ellos no por ser niños no tienen esa capacidad reflexiva o esa capacidad para tener una postura que sea propia de ellos respecto de los conflictos. Por ejemplo en Abuelo, el niño finalmente tiene una postura que es distinta de la del papá y es crítico, él entiende la situación, no es que desconozca los hechos y aunque sea un niño, su postura es legítima. Entonces no hay que subestimar al lector solo porque es un lector infantil, no creer que uno tiene que darle un producto literal, acabado y que no haya lugar a confusión. Ellos también pueden recibir este objeto y hacer su propia elaboración al respecto. Me parece que eso es lo más atractivo de estos libros.

—¿Estás trabajando en alguna traducción actualmente?
—No, en nada, porque yo creo todo esto de las traducciones se dio gracias a la campaña que el gobierno danés financiaba. En gran parte, eso es lo que llevó a las editoriales a querer publicar literatura danesa y hasta que no se haga una nueva convocatoria no creo que salgan muchos más… no es que estén saliendo proyectos permanentemente ni mucho menos. Salen en el marco de este tipo de iniciativas y si no, saldrá hasta la próxima. Pero yo espero que aparezcan más. A mí me entretiene mucho hacer esto.

Uno de los Libros Peludos: “Pedro Paff” (LOM, 2013), con ilustraciones de Dorte Karrebaek

 

Autor: María Jesús Blanche (31 Entradas)

Licenciada en Letras Hispánicas y diplomada en Edición. Su amor por el libro como objeto y como una fuente inagotable de experiencias lectoras diversas, han sido una motivación constante para seguir trabajando desde distintos frentes en busca de nuevos amantes de la lectura.


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