Carla Baredes, directora de Iamiqué: “Todos los temas filosos nos parecen un desafío”

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El catálogo completo de Iamiqué es un botiquín de primeros auxilios para aquellas personas que están diagnosticadas como curiosos insaciables. Luego de 16 años de labor editorial, se puede encontrar prácticamente de todo. Carla Baredes e Ileana Lotersztain, una física y otra bióloga, ambas fundadoras y directoras, hicieron que el libro informativo abandonara el lastre con que los lectores solían identificarlo y se empecinaron en demostrar que la ciencia no muerde. Y tampoco la filosofía, la política o la ética. La impronta de Iamiqué está justamente en la valentía de seguir probando nuevos temas, y en eso Carla es enfática: «no nos asusta el fracaso».

Carla Baredes web

Carla Baredes, en su visita a Chile.

 

 

—¿Qué hace que un acto tan natural como preguntarnos cosas vaya quedando en el olvido a medida que crecemos?

Hay muchas cosas. En principio la escuela no fomenta la pregunta y elude la práctica de la respuesta. Creo que los maestros tienen mucho temor a no saber la respuesta y eso va a tener que ser seriamente revisado en los tiempos que corren. Hay muchas formas de acceder a la información y eso genera niños muy informados, por lo tanto, el lugar del saber está en discusión. ¿Quién es el que sabe? Todos saben un poco de algo y no hay tanta diferencia entre el que transmite y el que recibe el conocimiento.

—¿La pregunta siempre supone un riesgo?

Yo creo que sí. Primero, encontrar una respuesta es un trabajo. Incluso en esta mar de información. Me parece que el maestro a veces se siente hackeado frente a esta pregunta que no sabe contestar, que es lo más normal que ocurra. Y si el maestro no lo transforma en algo motor, es un problema. Si dice ‘no tengo la menor idea, investiguémoslo’, eso genera un movimiento muy positivo, solo por decir ‘no sé la respuesta’.

—¿Qué dice un niño de cinco o seis años sobre esa poderosa palabra llamada ciencia?

A los niños no los intimida; a un adulto lo intimida. En una época hacía talleres de ciencia con niños y yo sabía que si les daba una lupa ellos se iban a motivar mucho más. Ser científicos les parecía súper atractivo. Un niño no te va a preguntar por la física cuántica, pero sí por qué lloramos cuando cortamos una cebolla o cosas obvias, como por qué me duele cuando me agarro un dedo. Y lo que hacemos es mantener vivo aquello. Chicos que dicen ‘ay, yo justo me había preguntado eso y di vuelta la página y estaba’.

—¿Los libros Iamiqué deberían ser un instrumento más del laboratorio de ciencias en los colegios?

Yo creo sí, pero no con el objetivo que tiene el laboratorio, que es más concreto. Todos tenemos que saber qué es la fotosíntesis y estará en el profesor encontrar la forma más creativa de contarlo. Me parece que los libros son un buen aliado para generar un clima receptivo. Lo veo desde ese lugar. Alguien, como tratando de elogiarme, me contaba que su hijo tenía una tarea en la cual responder cómo se llaman los ocho planetas, y esa respuesta era mucho más fácil obtenerla en otro lado antes que en nuestros libros. Pero si ven el libro Guía turística del sistema solar y el profesor dice ‘hagamos una guía para ir a la luna’ –que no está en el libro- ahí los niños se ponen a investigar sobre la luna y cómo le ofrecerían a un turista cosas atractivas para hacer, y todo lo que su imaginación sea capaz de desarrollar. Para eso se necesitan docentes creativos, tiempo y un montón de factores entre el ideal y lo posible.

Me parece que los libros son un buen aliado para generar un clima receptivo

—En un libro literario infantil, generalmente, se lee un inicio, trama, desenlace, con personajes y conflictos. ¿Cómo se trabaja la arquitectura de un libro de Iamiqué? ¿Hay una estructura que sigan?

Le pedimos al autor que nos cuente cosas sobre lo que debería andar el libro. En general, vienen con una idea muy ambiciosa o que no está definida y, sobre eso, le pedimos que intente un índice. Si hacés un libro de historia, como La escuela no fue siempre así, por ejemplo, el historiador tiene la cronología instalada en el cerebro. Una le propone que desordene esa información, que busque otros ejes temáticos. Entonces aparece una doble página sobre la historia del asiento y cómo fue evolucionando la idea de que el niño tenía que tener un espacio físico apropiado a su tamaño. Porque eso si nos queda en la cronología no tiene importancia. ¿Por qué no le dedicamos una doble página a la evaluación?, ¿el recreo existió siempre? Porque si uno lo pone en un libro de historia vos decís cuán interesante es saber que a mediados del siglo tal apareció la idea de que el niño era un sujeto a tener en cuenta. Es mejor si lo voy contando de distintas formas: que necesitaba descansar, que necesitaba muebles para su tamaño.

La escuela no fue siempre así

La escuela no fue siempre así, escrito por Pablo Pineau y Carla Baredes. Ilustraciones de Javier Basile.

—¿Tiemblan los autores cuando editas un texto?

El texto lo tocamos bastante y eso lo aviso siempre, que soy un poco salvaje, pero en general el autor confía. Para mí es una práctica que me sale muy natural esto de mover y mover. Ahí aparece mi pensamiento. Digo esto podría ser un dato curioso que me distrae en lo que estoy contando o esto estaría interesante ponerlo en otra página porque dialoga con aquello. Hay una mirada que es parte del desarrollo de un oficio.

—¿Les cuesta a los autores emplear una voz para niños?

A veces pasa que la persona que está acostumbrada a dirigirse a los adultos, emplean el término “bajarlo” cuando tienen que hablarles a niños. Cuando uno habla con un niño se “agacha” para ponerse a la misma altura, que no es lo mismo que “bajar”. Entonces, empiezan a ñoñar y vos decís ‘simple no es tonto’. Todo eso es un trabajo con el divulgador y muchas veces terminan pidiendo coautoría, es decir, lo escriben como a ellos les sale y uno lo adapta.

—Es casi garantía en los libros Iamiqué las grandes dosis de humor. ¿De dónde surge?

Ileana y yo somos muy irónicas, tenemos un enganche así, nos gusta el humor. La gente que nos conoce dice que nos ve en los textos. En lo personal debo decir que hay una parte que pude liberar con el humor, que hasta me desconozco a veces. Y, por otro lado, me gustan mucho los niños, me encanta conversar con ellos.

Uno de los últimos libros editados por Iamiqué trata sobre distintas preguntas que trae la estación más fría del año.

Uno de los últimos libros editados por Iamiqué trata sobre distintas preguntas que trae la estación más fría del año.

—Ese humor es un puente también para conversar con un niño.

Yo soy el físico de la familia, el físico de los amigos. Entonces cada vez que llego a una casa donde hay niños viene el ‘¿qué era lo que teníamos que preguntarle a Carla?’ Y este momento que yo siento con el otro, de total conexión, donde siento que está entendiendo y está sintiendo ese placer porque está entendiendo… Me parece que la idea de los libros es tratar de ver si uno puede replicar dos mil veces eso. Porque el libro igual tiene una relación uno a uno, no es una clase. Y una cosa muy de los científicos es el ‘imaginemos’, el ‘tomemos’. ¡No están dando clases, no estamos muchos acá, es uno, estás contando a una persona nada más! Y les cuesta mucho bajar del escenario. La primera persona del plural es la del docente y aquí no estamos dando clases de nada.

—¿Cuáles son los errores más comunes en un libro informativo?

Uno es esto de atontar, que por querer hacerlo para niños adoptan una forma como si uno le hablara a gente que no tiene el poder de entender. En esa línea muchas veces va una gota de agua con ojos, que se desliza por una nube. Esa cosa animista, como una neurona con dos piernas y brazos, como una voluntad de pensar. Creo que no es necesario, que por querer hacerlo amigable pierde el sentido. Luego están los errores conceptuales, que hay un montón. Porque me parece que la formación del que escribe es muy importante, aunque escriba el ciclo del agua. Si el que está escribiendo tiene formación en meteorología, le pone algo mucho más interesante al texto.

—Abro esta página al azar de Asquerosología y me encuentro con cuatro tipografías distintas. ¿Qué valor tiene este oficio en un libro informativo?

La tipografía ordena la lectura y da la posibilidad de desordenarla también

Da niveles de lectura. Hay códigos que el lector los va entendiendo a medida que los lee. Y me gusta el lector autónomo, está bueno apelar a una lectura autónoma de los libros, esto de que lo puedo compartir, pero lo puedo leer solo, y puedo decidir yo el orden en que lo leo, y empieza a aparecer un código de lectura. Entonces, uno ve que leen el cuerpo principal, después vuelven para atrás, un día no están con ganas de leer cuerpos principales y leen recuadros. La tipografía ordena la lectura y da la posibilidad de desordenarla también.

—Aunque es distinguible una estética común en los libros Iamiqué, los ilustradores varían y aparecen nuevas voces. ¿Qué significa la ilustración para ustedes?

A mí me da placer y me divierte elegir quién va a ilustrar. La última palabra también la tiene Javier Basile, el diagramador, que a estas alturas es un director de arte. La realidad es que a los ilustradores mucho no les gusta trabajar con libros informativos, sienten que son muy encorchetados, que no pueden ser muy creativos. Yo creo que los ilustradores lo que quieren es hacer un libro álbum. En general los vínculos son muy duraderos. Una vez que el ilustrador entendió cómo trabajamos me gusta volver a trabajar con él. Por ejemplo, no puedo trabajar, porque sé que no va a terminar bien, con un ilustrador que no lee lo que está viendo. Me encanta que se interese por lo que leyó. Por ejemplo, en Química hasta en la sopa, Pablo Picyk estaba encantado, trabajó súper motivado y estaba comprometido. Pero para el estilo de Iamiqué yo lo veo como una falla del texto si necesita demasiado de un ilustrador porque el texto debería sostenerse.

Química hasta en la sopa, escrito por Silvana Fucito e Ileana Lotersztain. Ilustraciones de Pablo Picyk.

Química hasta en la sopa, escrito por Silvana Fucito e Ileana Lotersztain. Ilustraciones de Pablo Picyk.

—¿Qué pasa en libros como De familia en familia donde se juntan 15 ilustradores?

Eso fue como jugar al editor todopoderoso porque ahí hay ilustradores que nunca trabajarían para un libro informativo. Hay consagrados y no tan consagrados. Apostamos a que hubiera distintas edades y escuelas. A cada uno le mandé estrictamente su familia. Nadie sabía qué otras familias habían y fue muy divertido porque cuando volvieron las ilustraciones habían un montón de gente con anteojos. Trabajamos la lectura crítica con Gabriela Larralde, que hizo una tesis en temas de género en literatura infantil, y nos marcó que no hay una sola mujer que tenga falda. Pero es un libro bien diverso.

—En este anclaje hacia las ciencias sociales ha tenido una fuerte resonancia  el libro Abuelas con identidad. ¿Qué significa este libro para la editorial y cómo surgió la idea?

Para la editorial significa un montón. Yo estaba en Colombia, en un congreso sobre el libro informativo, y quien daba la clase era Jochen Weber, el director de la Jugendbibliothek. En un momento él mostró las portadas de los libros informativos más exitosos de Alemania y Europa. Un editor colombiano preguntó por qué seguían habiendo tantos libros sobre el Holocausto, entonces Jochen, que fue la primera vez que lo vi más conectado con su ser alemán que con su saber, dijo ‘me parece que todavía no terminamos de entender por qué nos pasó’ y además dijo ‘hay un compromiso que asumimos todos de no olvidarnos y mantener vivo lo que pasó’. Me pregunté por nosotros y vi que lo que había era muy de los ochenta, muy cargado de subjetividad, muchos adjetivos, mucha declaración, mucha necesidad de contar una verdad de la que no se hablaba. Una mirada que casi es vintage. Yo nunca contaría algo con tanta toma de posición, aunque cuando uno decide editar un libro así está tomando una posición.

Abuelas con identidad fue destacado en los premios The White Ravens de Alemania.

Abuelas con identidad fue destacado en los premios The White Ravens de Alemania.

—¿Desde el comienzo pensaron en escribirlo ustedes?

No, primero no me sentí capacitada para hacerlo y contratamos a una autora y ella no soportó la cosa del informativo. Entonces hablando con Ana Lucía Salgado, que es una muy buena editora, nos dijo ‘ustedes deberían escribirlo porque son ustedes las que quieren saber y saben lo que quieren hacer’. Le dijimos a Lucía si quería ser nuestra editora y contratamos a alguien para que nos haga la investigación, que para mí era muy delicado. Y hacía mucho tiempo que no escribíamos un libro juntas y la verdad es que lo hicimos con mucho cariño.

—¿Tuvieron que defender mucho este libro?

A los involucrados en Derechos Humanos les costó. Preguntaban por qué íbamos a poner recién en la página 28 que el resultado fueron 30 mil desaparecidos. La cronología del libro es así. Tuvimos que defender mucho la postura de donde lo escribimos, y yo creo que el reconocimiento, excepto porque hay que ir actualizando los nietos recuperados, es que no pierde ninguna vigencia. Logra mucha empatia con el lector. Y me sorprendió que lo eligieran en México para el plan de lectura.

iamique

—La serie Los filosos es un espacio también para la reflexión. Acaban de lanzar Mundo cruel. ¿Hay algún libro que se deban?

Nos debemos un libro sobre sexualidad. Nos debemos un libro sobre drogas. El asunto es si vamos a decir todas las cosas que los adultos quieren que digamos o no

Nos debemos un libro sobre sexualidad. Nos debemos un libro sobre drogas. El asunto es si vamos a decir todas las cosas que los adultos quieren que digamos o no. Todos estos temas filosos a nosotros nos resulta un desafío, nos parece interesante.

—¿Estos libros filosos son más difíciles de tratar para un mediador de lectura?

Sí. El de la familia salió el año pasado y no pasó nada. Y este año, de pronto, mucha gente empezó a interesarse por el libro. Con Asquerosología me pasa que hay bibliotecarios que no lo han comprado por mucho tiempo y yo hasta les regalaría uno para que lo tengan.

—¿Qué es? ¿Desconocimiento, temor, falta de habilidades del mediador?

No sé, por ahí se les desbanda la situación o alguien puede quejarse. Pero ¡permitite divertirte! A veces les dejaba Asquerosología a algunas maestras y me contaban que al principio había risas nerviosas de los chicos, entonces yo les preguntaba para qué o en qué momento utilizarían ese libro. Y al principio nadie sabía mucho, pero de pronto empezaron a encontrar un montón de espacios donde podría ir el libro. Pero hay que vencer ese temor.

—Con 16 años de trabajo editorial, más de 50 libros publicados podemos inferir que Ediciones Iamique no fue siempre así. ¿Qué cosas te sorprenden al ver hacia atrás?

Nos fuimos profesionalizando y pese a que crecimos como empresa, mantuvimos la esencia, esa frescura en los textos, la impronta de Iamiqué

Me sorprende lo que aprendimos porque todo fue haciendo. No venimos de la edición, del mundo infantil o del libro. A veces me sorprendo cómo fui cambiando la mirada sobre algunas cosas. Me sorprende el crecimiento de Iamiqué, que hoy está consolidada y como un referente. Me encanta y me halaga un montón. Y creo que nos fuimos profesionalizando y pese a que crecimos como empresa, mantuvimos la esencia, esa frescura en los textos, la impronta de Iamiqué. Y nos seguimos divirtiendo mucho y seguimos probando. No nos asusta el fracaso.

—¿Los premios les dicen algo?

Los premios nos los da la gente que era más resistente a nuestros libros, entonces en algún lugar hay una batalla ganada. ALIJA, que es el IBBY de Argentina, no tenía ni siquiera la categoría de libro informativo. Siento que hay un reconocimiento del medio -del cual me aclararon de entrada que no era parte- a nuestra tarea.

Autor: Germán Gautier (36 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Tiene una pasión por las revistas que desaparecen, donde ha escrito sobre viajes, conservación ambiental y cultura.


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