Carlos Soto Román, poeta y traductor: «Era cosa de mirar las vanguardias para atrás y todo era como un recocido»

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Poeta y traductor, Carlos Soto Román ha desarrollado un trabajo de renovación del registro poético mediante la experimentación y la construcción de una obra que abarca desde la poesía documental hasta el cruce con disciplinas como la música y la plástica. Es el caso de 11 (autoedición, 2017), un libro en torno al golpe de Estado trabajado centralmente con informes, discursos y otros materiales de archivo en torno al tema. Por su parte, como traductor ha llevado a cabo una prolífica labor, poniendo a nuestra disposición obras de importantes autores norteamericanos contemporáneos, entre ellos Charles Reznikoff, de quien hizo la primera traducción íntegra al castellano de Holocaust, de pronta aparición bajo el sello Das Kapital Ediciones. Nuestro colaborador Camilo Brodsky conversó con él sobre sus inicios en la poesía y sobre la escena cultural de mediados de los 90 en nuestro país, sobre su primera estadía en Filadelfia –lugar donde entró en contacto con la tradición poética norteamericana–, y sobre el desarrollo de la poesía conceptual en el presente.

Créditos: Laseleccionesafectivaschile.blogspot.cl

—Bueno, lo primero es saber cómo fue que llegaste a la poesía, a la literatura. Porque vienes de un campo en apariencia bastante alejado de las letras, salvo que sea para escribir fórmulas. Tú eres químico.
—Es raro, porque de chico yo siempre decía que me gustaba la literatura, pero no tenía ningún vínculo con ella, no hacía nada. Será porque mi viejo nos leía y había libros en la casa, pero la verdad es que yo no hacía mucho más al respecto. Después, como a los 15, entro por la música, porque tenía unos amigos metaleros que sabían que yo cachaba algo de inglés y me piden que les escriba letras para una banda que tenían. Y ahí me empiezo a meter en la traducción, empiezo a traducir letras y empiezan las primeras lecturas por el lado de la ficción y el horror: Bradbury, Poe, Lovecraft. Como a los 17 o 18 me dio la volada, me metí a una librería y me fui a la sección de poesía chilena y empecé solo a buscar cosas. Ahí por ejemplo encontré Purgatorio, de Zurita, y me llamó mucho la atención, también Maquieira. Y empecé a repetir esas visitas a la Universitaria, que estaba en Agustinas, al lado del Banco Central. Ahí tenían una sección de poesía decente, no mucho, pero para mis fines estaba bien.

—No hiciste el recorrido de los “clásicos” para adelante: Neruda, Mistral, De Rokha, Huidobro…
—O sea, después empecé a encontrar cosas de De Rokha que me interesaron, en algún momento llegué a Huidobro, obviamente, y también fue como un impacto en ese momento. Pero claro, empecé al tiro como por cosas medio anómalas, medias locas…

—Que es también parte de lo que empiezas a hacer después con tus textos.
—Sí, a pesar de que al principio lo que hago es bien lírico, pero de alguna manera temático, como siguiendo un concepto. Y claro, ahí me pongo a leer más seriamente, me meto a un taller de literatura en el colegio. Creo que tengo que haber ido a dos o tres sesiones, pero eso a me marcó heavy, porque ahí el profesor en una de ellas dijo: “yo no les voy a enseñar a escribir, sino que les voy a enseñar cómo no tienen que escribir”. Y empezó a ver distintas cosas, no sé, lugares comunes, clichés y lo encontré súper útil.

—¿Era un profe del colegio?
—Era un profe del colegio, pero que trabajaba haciendo correcciones de prueba para El Mercurio, tenía talleres en otros lados y un bagaje literario potente. Y él, después de que yo salgo del colegio, cuando ya estaba en Química y Farmacia, por el año 95, me invita a darle una charla a los cabros de cuarto medio. La idea era que llevara textos míos y les contara un poco mi experiencia tratando de ser poeta y estar estudiando una cosa completamente distinta. Entonces yo le pasé textos y me los criticó favorablemente, “tú acá tienes un libro”, me dijo, y eso fue La marcha de los quiltros (1999). Este profe fue el primero que me dijo “loco, esto es publicable”. Yo hasta ese momento estaba escribiendo no más, ni pensaba en eso. Y después, más adelante, conozco a Ratón, Rodrigo Hidalgo y a “Los calabazas”.

—Ok, te empiezas a vincular con todo ese circuito. ¿Alrededor de qué años?
—96 o 97, yo creo. Yo entro a la Universidad el 95… creo que a finales del 95 organizamos algo, porque adentro empiezo a encontrarme con personajes que también tienen este bichito de la literatura y empezamos a cachar donde se arman cosas.  Algunos de ellos estaban vinculados con la FECH. Organizamos el “Encuentro de alquimistas poetas”, que fue un encuentro bien mítico, porque era de las cosas que estaban pasando en la Chile, en Facultades que no necesariamente eran de Arte. Ahí conecto con el Piero Montebruno, que estaba en Medicina, el Mauricio Araya, un poeta que estaba en Tecnología Médica. Ellos organizaban cosas en Medicina Norte y nosotros organizábamos cosas en Farmacia, que estaba en Santos Dumont. Y ahí se arma un núcleo, que después armó los “Alquimistas”, y al otro año empieza toda la onda con los movimientos de la FECH de ese tiempo.

—Se vinculan por ese lado con el movimiento estudiantil, en el momento en que se empieza a rearticular todo eso…
—El 96 hay paro heavy. Y ahí estuvimos muy metidos, éramos como los poetas oficiales. Fue entretenido eso, conocimos harta gente, al Santiago Barcaza y al Leo Sanhueza, que estaban en Ingeniería. Ahí también apareció Julio Carrasco, que estaba en música.

—En la Chile en ese momento había mucho movimiento, estaba toda la gente de Gómez Millas, de Literatura.
—Con la gente de Literatura propiamente tal no tuve contacto muy directo. Yo siempre estaba con los de Beauchef, que eran ingenieros, Piero que era médico… siempre con los más outsiders. Coincidentemente en esos tiempos conozco a Jaime [Pinos], a Marcelo [Montecinos] y cacho la revista La calabaza del Diablo, que están sacando recién los primeros libros y habían sacado uno o dos números de la revista. En ese tiempo organizaban fiestas en Periodismo, que estaba ahí en Arquitectura, en un pasajito por Vicuña Mackenna.

—Claro, que antes era el Cuartel Belgrado, de la DINA.
—Sí, exactamente. De hecho, a esa generación nos marcó mucho haber estado en ese edificio. Yo iba para allá y me encontraba con gente y no iba a clases, me quedaba en Periodismo y hablando de literatura. Ahí se genera el vínculo más fuerte con Rodrigo Hidalgo, por los textos, porque yo ya tenía armado La marcha de los quiltros, y Ratón me presenta a la gente de La calabaza. Y bueno, ahí empezamos a conversar, les paso el manuscrito, les gusta y comenzamos a trabajar en el libro.

Casa Fech, antigua Facultad de Periodismo U. de Chile. Créditos: Uchile.cl

—¿Ahí empiezas a colaborar con La calabaza?
—A la revista llego después. Ellos primero me publican La marcha de los quiltros el 99 y el 2007 saco el Haikú Minero. Pero bueno, con La calabaza fue un taller literario. De alguna manera una especie de bohemia literaria de los 90, porque se trataba mucho de estar en la calle, de ir a eventos. Piensa que estamos hablando de una época en internet tampoco estaba muy masificado, entonces las cosas tenían otro canal. Y claro, los amigos eran reales, te juntabas con ellos y te enterabas de cosas. Había otro pulso, uno sabía que se juntaban los jueves en tal parte, como que había que hacer esos ritos y uno llegaba o no llegaba…

—Hay una cosa generacional también, porque esa es como la última generación que alcanza a vivir los 80 de manera más consciente, en términos políticos, de noción de la realidad.
—Bueno, yo siempre digo mitad en broma y mitad en serio que los 80 terminaron como el 94. Hay una cola que sigue. De alguna manera está ese saborcillo siempre presente. Estaba todo eso de los ejercicios de enlace, Pinochet todavía estaba como comandante en jefe y después como senador vitalicio, todo un cuento que se termina recién cuando se lo llevan preso.

—Tú después te metes a la revista, ¿como en qué año fue eso?
—Como 2000 o el 2001, cuando La calabaza se pega el salto a quioscos y lo que necesitaban era tener un núcleo editorial duro. Lo que teníamos que lograr era una periodicidad y un esquema de trabajo; entonces estos compadres me invitan a ser parte.

—Jaime Pinos, Marcelo Montecinos y Rodrigo Hidalgo.
—Sí. Cuando me invitan ahí empieza el taller duro, porque había que escribir. Las secciones estaban hechas, teníamos un esqueleto con secciones establecidas que se iban rotando. Tuve que entrevistar a Juan Pablo Sutherland, que estaba haciendo una antología de literatura chilena con el cruce queer. Lemebel también empieza a aparecer al ruedo, de la mano de Sergio Parra en Calabaza, o Ramón Díaz Eterovic. Y es bien loco eso, porque él también vivió otro tipo de bohemia en los 80, con Teillier, entonces empieza a haber estos cruces, un rescate de estas tradiciones, un efecto de espejo, ¿no? Que se repite un poco, pero de una manera renovada.

—Y después partes a Filadelfia. ¿En qué año fue eso?
—Yo me voy el 2009, porque Verónica, mi mujer, necesitaba hacer una pasantía afuera, de estadía larga. Entonces busca un posdoctorado, un laboratorio que la puede acoger y me propone irnos, una salida de más o menos cinco años.

—A Filadelfia llegas a la nada, en términos personales, más allá de lo de Verónica…
—Cuando Verónica me propone esto yo digo: “Ya, filo. La pega me tiene chato, renuncio y me busco algo que hacer”. Justo fue el primer año de las Becas Chile y me tiré al agua con un Magíster en Bioética en la Universidad de Pensilvania –la universidad de William Carlos Williams y de Ezra Pound–. Yo ahí ya estaba metido avanzando en un libro sobre un dilema bioético (que de hecho es un libro que todavía no termino, que lo he estado pateando), y me había puesto a estudiar epistemología de las ciencias, me había metido a cursos el año anterior en la Chile, y ahí caché que para sacar este libro necesitaba leer más, estudiar filosofía. Luego sale esto del viaje, postulo, me sale la beca y me voy. Lo único que sabía era que iba a tener tiempo, algo que acá me estaba faltando. Me puse como objetivo ver qué estaba pasando en poesía allá, porque me interesaban los idiomas, traducir, quería perfeccionar el inglés; porque en ese momento sobre poesía norteamericana era poco lo que se sabía, había muy pocas traducciones. Entonces antes busco en internet y me contacto con un grupo de jóvenes que recién habían salido de programas de escritura creativa, los New Philadelphia Poets.

—¿Y te contactas directamente con ellos?
—Les escribo a un mail genérico y me contesta una chica, me dice que le mande un correo cuando llegue. Entonces, llegando le escribo a esta chica, era la Debrah Morkun, y nos juntamos un día a tomar un café y conversamos mucho rato, hablamos de poesía, qué estaba pasando en Chile, en Estados Unidos, cómo era la movida allá, cómo eran los programas de escritura creativa, etc. Había dos o tres núcleos importantes, por ejemplo, estaba la Kelly Writers House, que era una casa que dependía de la Universidad de Pensilvania, donde tenían un programa constante. Era increíble, porque los escritores más destacados en el oficio llegaban o pasaban por ahí. Había lecturas o charlas, entrevistas, todo muy completo y abierto al público.

Frank Sherlock y Carlos Sot Román. Créditos: Jacket2.org

—¿Ahí ya estabas escribiendo en inglés?
—No, en ese momento yo había hecho unas traducciones de mis textos, nada más, y le pedí a algunas personas que las revisaran. Entonces voy y leo, en un inglés muy champurreado y las traducciones además eran malas, pero les gustan, los encuentran interesantes. Después de esas lecturas me invitan a ser parte del grupo.

—Te metes a los New Philadelphia Poets…
—Sí. Y el grupo básicamente consistía en otro taller, porque se juntaban los domingos en un bar irlandés a hacer revisión de textos. Y era lo mismo que acá, igual al Baquedano: era chupar, ponerse al día y trabajar. Textos en la mesa, fotocopias, se leían, se marcaban, se revisaban los comentarios. Y ahí fue que empecé a leer a los L=A=N=G=U=A=G=E poets, los Black Mountain, los New York School; pero sobre la misma empiezo a conocer a poetas nuevos y a ponerme al día de toda la tradición norteamericana por el destilado, por los poetas que están percolando esa tradición y escribiendo ahora. Y bueno, los locos me daban pistas: “no, este es puro Spicer”, y yo iba y leía a Jack Spicer; “no, este es puro Berrigan”, y partía a leer a Ted Berrigan. Entonces fue un período de aprendizaje muy intenso…

—¿Y por ahí te vas metiendo más en todo el asunto de la poesía conceptual, concreta?

Esta movida me sorprende mucho porque no lo podía encontrar más “martiniano”, y digo “pero si esto ya existe, ya está hecho”.

—Claro. En ese tiempo se pone de moda y empieza a meter ruido la poesía conceptual norteamericana, con gente como Vanessa Place, Kenneth Goldsmith, el canadiense Christian Bök, la Rachel Blau DuPlessis, la Jena Osman, Charles Bernstein. Ahí empiezo a cachar esta movida que me sorprende mucho, porque no lo podía encontrar más “martiniano” [por Juan Luis Martínez], y digo “pero si esto ya existe, ya está hecho”. Obviamente sí, estaba todo hecho, era cosa de mirar las vanguardias para atrás y todo es como un recocido. Pero estos tipos estaban tratando de hacer otra cosa y no sé, será porque la poesía es muy tradicional que estas cuestiones llaman la atención y causan roncha. Pero ahí los conozco y me llama la atención porque es algo que acá de alguna manera ya estaba, con gente como Parra, Martínez y un montón de escritores que acá cada tanto se mandan algo así. Como Jorge Torres, que hizo esta cuestión de collage con los diarios, el mismo Pepe Cuevas, que hizo el Álbum del ex Chile (2008), el Alejandro Gomabieta con La Hinteligencia Militar (1991), la Cecilia Vicuña, quizás algunos poemas de Bertoni. Entonces para mí todo esto no era para nada nuevo y de alguna manera me subo al carro con esa seguridad de que tenía esa tradición incorporada.

—¿Cómo se proyecta todo esto mientras sigues en EE.UU., en términos de tu actividad poética?
—Y bueno, toda esa onda comunitaria me va quedando. Con Los New Philadelphia Poets empezamos a organizar lecturas, hay poetas viajando desde otras ciudades, hago buenas amistades en Oakland, donde hay otro foco político potente, ligado a la universidad de Berkeley. Me empiezan a invitar a leer en otras ciudades, a simposios de traducción, de literatura experimental, hago una residencia de artista en New Hampshire, mucho movimiento. En cada viaje voy conociendo más escritores y artistas que de alguna manera van influyendo, me van contaminando positivamente, se va ampliando el campo.

“Chile Project: [Re-Classified]” (Libros del Pez Espiral)

—¿Cómo es la vuelta a Chile, por dónde empiezas a desplegar toda esa experiencia con que venías, tanto en términos de tu propia obra como de traducción?
—A mi regreso me pasa lo que le ha pasado a casi todos los retornados de Becas Chile, no encuentro pega en ninguna parte. Por mientras me reconecto con la escena local, me enfoco en la traducción con el ánimo de ir mostrando todas esas cosas que conocí allá y que creo firmemente resuenan o podrían establecer conexiones insospechadas con los escritores acá. Empiezo a trabajar en las traducciones de Frank Sherlock, que salieron después por Pez Espiral y Das Kapital. También traduje a Ryan Eckes y a Rachel Blau DuPlessis, publico una traducción de Ron Silliman con Cuadro de Tiza y trabajo harto con Felipe Cussen organizando cuestiones en la USACH, como charlas para sus alumnos de magíster, presentaciones de libros, etc. Mientras tanto iba preparando 11, que era algo que ya traía listo pero que había que pulir un poco. Y con Daniel Madrid, de Pez Espiral, hicimos un par de revistas también, un especial de poesía visual y otro de traducción. También sacamos la versión impresa del Chile Project, mi librito de tachaduras que ya había salido como PDF gratuito en EE.UU. Él diseñó un sobre increíble y metimos los documentos “re-clasificados” adentro. Es un objeto bien interesante y llama harto la atención, un trabajo muy fino.

—¿Ahora en qué estás, qué es lo que se viene?
—Ahora estoy moviendo 11, que como salió autoeditado la pega de distribución la hago a pulso. Por suerte cuento con el apoyo de Carlos Cardani y su Librería Pedaleo, que es ubicua como Dios y la Vitamina C; está en todas partes. También esperando que salga mi traducción más importante hasta ahora, la de Holocaust, de Charles Reznikoff, por Das Kapital, que será la primera traducción de ese poeta al español. También ad portas de sacar una plaquette con Cuadro de Tiza y traduciendo al poeta egipcio, residente en EE.UU., Maged Zaher. Hay por ahí algunos proyectos sonoros y visuales, y algunos viajes dando vuelta, pero eso prefiero dejarlo para cuando se confirmen…

Autor: Camilo Brodsky Bertoni (1 Entradas)

Poeta y editor. Ha colaborado en la sección de Cultura del diario La Nación y las revistas Mapocho y Patrimonio Cultural de la DIBAM. Además de ser director y editor del suplemento cultural «Párrafo Izquierdo», de revista Surda, formó parte del comité editorial de El Desconcierto, donde también se desempeñó como editor de Cultura. Fue director hasta 2016 de Das Kapital Ediciones.


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