¿Cuánta tierra necesita un hombre?: un rescate necesario

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Un clásico de León Tolstói que no pierde ni una gota de vigencia. Es un cuento que parece venir anudado a la historia de la humanidad, y cada nueva edición propone una pulsación y un modo particular de enfrentarse a las aspiraciones del campesino Pahom.

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Nació en Yásnaia Poliana, la finca que poseía su familia en la región de Tula (Rusia). Los Tolstói eran una conocida familia de la antigua nobleza rusa. León fue el cuarto de los cinco hijos del conde Nikolái Ilich Tolstói y la condesa Mariya Tolstaya (Volkónskaya).

En lo caminado de esta década, el cuento ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, de León Tolstói ya lleva tres ediciones distintas, todas ellas pensadas particularmente para un público infantil y juvenil: una novela gráfica de Edelvives con el dibujante de cómic Miguel Ángel Diez; un libro de Nórdica con ilustraciones de Elena Odriozola; y ahora un álbum editado por Ekaré, con adaptación de los franceses Annelise Heurtier en el texto y Raphaël Urwiller en la ilustración. ¿Qué hace que un breve cuento escrito hace más de 130 años continúe generando tanta resonancia? Veamos.

Pahom es un campesino que vive con su mujer y tres hijos en el oeste siberiano. Tiene una pequeña parcela, pero no le basta. Desea tener más tierra y así poder ser completamente feliz. Cada vez que compra una propiedad o decide partir en búsqueda de nuevos campos de cultivos, la sensación de congoja retorna a su alma. Tiene más tierras, es más feliz, pero nunca es suficiente.

¿Cuánta tierra necesita un hombre? es un relato sencillo, directo, que insufla aires de parábola y que Tolstói versionó, infatigable, más de treinta veces. Emparentado con la tradición oral, este cuento bien pudiera hallarse en los Libros Sapienciales del Antiguo Testamento. Es uno de esos textos que siembran inquietud, que lejos de brindar respuestas salvíficas, hacen al ser humano interrogarse sobre su propia condición. En definitiva, un cuento sin edad, un cuento para la vida.

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En la versión de Ediciones Ekaré y antes, en la francesa de Éditions Thierry Magnier, aquella relación entre individuo y hábitat, tan común en la literatura rusa, es rastreable, editorialmente, desde la decisión de optar por un formato apaisado. El libro mismo y cada vuelta de página se lee como un horizonte en el cual se proyecta la mirada del campesino.

Las ilustraciones en serigrafías de Raphaël Urwiller —fundador junto con Mayumi Otero del estudio experimental Icinori—remiten al cartel soviético de la primera mitad del siglo pasado. Hay cierta estética propia de los países de Europa del Este, que se ve amplificada también al convocar en esta edición algunos vocablos en su lengua original, como por ejemplo, borsch, isba, samovar, vatrushka, las cuales se entienden claramente en su contexto. Todo esto, más la adaptación literaria de Annelise Heurtier, muy cercana a las formas de narración infantil y juvenil contemporánea, entregan a esta obra clásica nuevos sentidos de lectura, bastante más versátiles que las estrictas orientaciones pedagógicas que pensó Tolstói originalmente.

En este relato Pahom jamás se muestra con una segadora o un azadón trabajando la tierra. Su actitud es la de alguien insatisfecho que elucubra posibles alternativas. Decidido sale del campo para establecer comercio con la nobleza para adquirir unos pocos acres. No teme en recibir a un extranjero y dejarse llevar por sus promesas de fertilidad. O escuchar a un mercader que lo insta a viajar siete días para encontrar la felicidad en un lejano lugar. Pahom busca y busca y cuando parece encontrar, se pierde.

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Esta libro, responsabilidad de Ediciones Ekaré, fue elegido por el comité Troquel dentro de los imprescindibles en el último boletín de diciembre de 2016.

La familia, la casa, los cultivos y los animales evidentemente son importantes, pero se muestran en la ilustración como si fueran la pirámide alimenticia de un libro de ciencias naturales o la infografía de una nota de prensa. Hay en toda la situación una grieta: aun con el orden de los datos, de la estadística, el cuadro completo no cuaja. Puede que, entre el amarillo brillante, rojo pasión y tinta azul con que se van alterando los escenarios, el campesino Pahom esté más cerca de la ilusión que de otra cosa. A fin de cuentas, su objetivo siempre está latente: en un pueblo vecino, en la tierra de los festivos beskires, pero nunca en sus manos.

Hay una frase de Ricardo Piglia, un escritor que conoce de estos espejismos, que dice: “La ilusión es una forma perfecta. No es un error, no se la debe confundir con una equivocación involuntaria. Se trata de una construcción deliberada, que está pensada para engañar al mismo que la construye”.Qué imagen conjuga mejor esta aseveración que Pahom apoyado en un tronco y mascando una espiga de brazos cruzados. Una de las materias primas de la literatura —la energía del autoengaño—aparece fulgurante en estas páginas. Poco le costó a James Joyce catalogar ¿Cuánta tierra necesita un hombre? como “el mejor cuento jamás escrito”.

Preguntábamos al inicio por el eco que este texto produce en la actualidad. Los invito a mediar el libro en un grupo de niños o jóvenes. Los debates más apasionados surgen acerca de la ambición y las ansias humanas por poseer efectos materiales. Reviso en mi libreta de apuntes estas palabras claves: políticos, colusión, avaricia, consumismo. Es así. Nuevas publicaciones vuelven a plantear la pregunta de Tolstói y nuevas generaciones intentan responderla. ¡Más de 130 años y sigue fresca como una lechuga!

Autor: Germán Gautier (35 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Tiene una pasión por las revistas que desaparecen, donde ha escrito sobre viajes, conservación ambiental y cultura. Actualmente trabaja en el área de comunicaciones de Fundación La Fuente y cada semana visitas escuelas y bibliotecas en el puerto principal.


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