Daniel Rabanal: El maestro que salió del ático

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Entre risas y copas, la escritora Sara Bertrand conoció a Daniel Rabanal. Ilustrador argentino -que comenzó su trabajo en Colombia, luego de padecer en carne propia los horrores de la dictadura de su país- es autor de imágenes memorables para álbumes, cómics y novelas gráficas. Hoy, junto a la premiada escritora María Teresa Andruetto, forma parte de la dupla tras Los ahogados (2017), novela ilustrada que editó la colombiana Babel, y que esperamos pronto en nuestros anaqueles.

Daniel rabanal

El lilustrador Daniel Rabanal en Bogotá. Créditos: Babel Libros

Nos conocimos en El barrio, un bar de Bogotá, hace algunas ferias del libro atrás, cuando al término de una jornada o de una presentación, no recuerdo qué, terminamos sentados en la misma mesa bebiendo cervezas y martinis como si la Filbo se hubiese acabado, como si no existiese día siguiente y no hubiese guayabo o caña que lamentar. Solo la alegría de encontrarnos. Yo recuerdo la risa. La risa de Daniel Rabanal que tiene la capacidad de arrastrarte a la carcajada, porque es porteño y cultiva ese humor negro que te lleva, como si nada, del llanto a la risa. Arquitecto, ilustrador, autor de un sinfín de historietas, además de crónicas y viñetas para prensa, el argentino tiene esa manera de decir que vos no sabés, ¿viste?, si está hablando en serio o está jodiendo. El único recurso que te queda es ajustar los abdominales.

Un botón de muestra: para la última feria, nuevamente en El barrio, nuevamente con nuestros cócteles en manos, se anima a contarme la historia de Antonio Ricaurte, quien, por los milagros de la pólvora, voló durante la guerra de independencia colombiana. Esa gesta heroica lo convirtió en el padre de la aviación en tiempos en los que los aviones todavía eran sueños de lunáticos. ¿Aviador un tipo que desparramó por aire carne y huesos? Una placa de bronce en Leyva, su pueblo natal, lo atestigua, además del himno nacional:

«Ricaurte en San Mateo

en átomos volando

‘deber antes que vida’

con llamas escribió».

Cuenta Rabanal que cuando vio la placa entendió que Gabriel García Márquez y el realismo mágico corren por la mismísima columna vertebral de la historia de Colombia. Es decir, que no fue un invento literario, sino una transmisión de ADN.

Daniel Rabanal no olvida detalle. Ni caras. Ni voces ni sonidos. El relato acerca de su expedición con un grupo de banqueros japoneses por la selva colombiana —y que dejaré para otra ocasión— es hilarante, precisamente por los diálogos y muecas que reproduce. Esa es su gracia y, quizás, su grandeza, porque buena parte de su historia no es para la risa, sino, más bien, todo lo contrario. Por alguna razón, a los trece años, después de leer El manifiesto, se hizo marxista. Luego en la universidad, cuando la efervescencia revolucionaria recorría el mundo y, especialmente sus venas, comenzó a militar en el movimiento estudiantil hasta llegar al peronismo. El año setenta y uno tenía claro que la guerra popular era el único camino posible —como alguna vez declaró Cortázar— y terminó formando parte de los montoneros, organización guerrillera de la izquierda peronista que hizo resistencia a la dictadura.

Marie Anne Erize Taringa

Marie Anne Erize era estudiante de Ciencias Antropológicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Estudiando periodismo en la Universidad de Lomas de Zamora, Marianne dejó la vida de modelo para comenzar a militar en la Juventud Peronista (JP) y luego en Montoneros.

Hasta aquí, la historia de Rabanal es la de un joven idealista y combatiente, con ideas políticas marcadas a fuego, pero sin conciencia de que esa guerra le rompería el corazón al torturar y asesinar a su compañera, la militante Marie Anne Erize; lo mantendría nueve años preso; que su cuerpo pagaría caro esa militancia y que más tarde, muchísimo después, viajaría a Colombia para alejarse de todo, para olvidar, si ustedes quieren, porque tanto horror no se puede sostener entre las manos sin que te haga polvo.

Sin más que una carpeta de dibujos se presentó un día en la oficina de una prominente editora colombiana para pedirle trabajo. Detrás de la puerta estaba Clarisabel, la mujer de quien se enamoró perdidamente y quien, dice, lo rescató. La historia de esa vuelta, porque un hombre no se transforma en hombre de la noche a la mañana —el proceso es duro y doloroso como suelen ser los caminos que se toman en serio—, es la de un artista dueño de un discurso y garra a toda prueba. Para decirlo de una vez: el relato de Daniel Rabanal está matizado por ese pathos.

Le pregunto cómo se sobrevive a la tortura y encierro durante nueve años, cómo, sin volverse loco. Rabanal nombra dos razones. La primera: sus viejos. Pese a que se habían mantenido al margen de las disputas ideológicas de la Argentina de los años 70, aceptaron la lucha de Daniel con la confianza de los padres que aman a sus hijos, es decir, sin criticar ni entorpecer. Ellos estuvieron ahí, antes, durante y después. Lo segundo, dice, fue la literatura. Los libros. La posibilidad de dejar las rejas y volverse muchas historias, una detrás de otras o una junto a la otra y todas mezcladas en su cabeza, tantas posibilidades, tanto que entender.

Dino BuzzatiRecuerda con una emoción que estremece, El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, porque la estaba leyendo cuando fue trasladado desde la cárcel de Mendoza a la Patagonia, en medio de ese paisaje inmenso, de esa belleza que no estaba a su disposición, pero intuía allá afuera y se sintió como el teniente Giovanni Drogo: sacrificando su juventud por una batalla que no llegaba, porque los tártaros no honrarían la espera y seguían pasando los días, meses, años. Durante este período que llama irónicamente “de reflexión”, decidió dedicarse al dibujo, en especial a la historieta. Sus primeros trabajos, cuenta, fueron éxitos editoriales carcelarios y clandestinos que narraban la vida de unos “prisioneros mutantes y olvidados en las catacumbas de alguna dictadura”. Pese a las circunstancias, Daniel Rabanal no perdió la capacidad de delatar lo ridículo y la estupidez detrás de las ansias de superioridad respondiendo con malicioso ingenio. Que quede claro: no es llegar y ser divertido, el humor es cosa seria. Lamentablemente para nosotros, de esos cuadernos de historietas no quedó nada. Sus custodios se los llevaron y, según supo después, los coleccionaron.

Salió de cárcel envejecido, pero no derrotado, a los dos meses hacía historietas para la revista Fierro. Una cosa llevó a la otra: se volvió ilustrador para libros de niños sin proponérselo. Él, que pensó dedicar su vida a la historieta adulta, fue seleccionado para ilustrar una enciclopedia infantil dirigida por María Elena Walsh y Beatriz Ferro. Éxito rotundo. Más tarde, lo invitaron a presentar su trabajo en la Feria de Bologna, nuevos éxitos y más libros que ilustrar y premios que recibir y reconocimientos que sumar y, sin embargo, atención a este pero: él no se sentía un artista. No. Lo dice sin complejos, consciente de que ha dedicado casi toda su vida a ilustrar el mundo creado a partir de la palabra. Las palabras de otros, los escritores, sus comparsas y, muchas veces, amigos íntimos, pero palabras ajenas después de todo.

Los ahogados sin marco

Ilustración de Daniel Rabanal para el libro “Los ahogados” (2017), escrito por María Teresa Andruetto y editado en Colombia por Babel.

Y aquí se precipita el final de estas líneas, un final feliz, porque el día en que Daniel Rabanal salió del ático (citando a la librera Ana María Aragón), el día en que confesó que por primera vez en su carrera se ha sentido un artista, estábamos en el altillo de la librería Casa Tomada, en Bogotá, sentados en una mesa hablando acerca de niños y guerras, porque los niños no están exentos de ellas, pululan por ahí como en el libro de Los ahogados (Babel, 2017), una nouvelle escrita por María Teresa Andruetto y que a Rabanal le correspondió ilustrar.

Portada los ahogadosPero no solo eso, también saldar una deuda consigo mismo. Pues pese a que dibujó su vida en el encierro mientras permanecía preso, una vez que salió de la cárcel nunca volvió a tocar el tema, no artísticamente. No así de personal. Y sucedió que Los ahogados era una historia bella, qué duda cabe, elegante, llena de silencios, de esos que retumban como terremotos y que tienen la capacidad de arrastrarte tan atrás que parece que sigue preso, que pasan los días, meses, años y es pura espera.

Y Daniel decidió contar, hablar acerca de esas siluetas que cada veinticuatro de marzo se dibujan en la marcha a favor de los desaparecidos de la dictadura argentina. El resultado: páginas de mar embravecido, figuras difusas que caen del cielo, carboncillo sobre papel en tonos negros, grises y blancos para el dolor que acompaña a los ahogados. Esos que quedaron escritos mientras todo era murmullo, rumores que traían buenas y malas, vivos y muertos, tan frágil, tan cerca el desierto, el bosque, el mar, la brisa, todo tan absurdo y, él, en vez de oscuridad, pura luz.

Autor: Sara Bertrand (12 Entradas)

Estudió Historia y Periodismo en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Combina la escritura de libros infantiles y juveniles con el trabajo periodístico. Su último libro "La mujer de la guarda", editado por Babel, recibió el primer premio en la categoría New Horizons, de los Bologna Ragazzi Award 2016.


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