El bosque infinito

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El bosque ha sido en incontables ocasiones fuente de inspiración para escritores. Lo más seguro es que el famoso Walden de Henry David Thoreau no haya sido el primero en encontrar en el retiro de la ciudad una vía de escape a la vertiginosa vida en la ciudad, mientras que El bosque infinito de Annie Proulx (Tusquets, 2016), tampoco será el último en tener la naturaleza como escenario. Nuestra colaboradora, Milena Vodanovic nos cuenta sobre esta última novela, donde el bosque y su relación con el hombre es la parte central de un relato que gira en torno a una saga histórica familiar.

Hay dos maneras de leer El bosque infinito de Annie Proulx  (Tusquets, 2016). La primera es enfrentarlo como una entretenida saga familiar que cruza 400 años y cuatro continentes, entremezclando los destinos de dos colonos franceses en el Canadá del siglo XVII y sus aventureros descendientes.

Uno, René Sel, se asienta en una cabaña del bosque impenetrable, se une a una india mi’kmaq y a través del devenir de su árbol genealógico nos enteramos del doloroso declive de un pueblo originario privado de sus tradiciones por las sucesivas invasiones expoliadoras y colonialistas –primero francesas y luego inglesas–. Actos de fuerza que, junto con destruir su hábitat natural van reduciéndolos a mano de obra barata, empobrecida y alcoholizada, patéticos fantasmas de un tiempo anterior cuando sus vidas de cazadores alertas y vigorosos amarraban su destino a las claves de los cielos, las corrientes de los ríos y las octavas que susurra el viento.

El otro, Charles Duquet, un muerto de hambre inmigrado de los campos galos, maloliente y sin dientes, tan astuto como desagradable, sufre las mezquindades a que lo someten los “señores” franceses asentados en Canadá. A ellos se debe, a cambio de techo y comida, como trabajador tiempo completo en la incipiente explotación maderera de lo que entonces se llamó Nueva Francia. Desesperado ante la humillación, se promete salir de la trampa y, engañando a indios que le entregan el fruto de su caza a cambio de algunos palmos de tela barata y whisky adulterado, se reconvierte en próspero mercachifle de pieles; viaja a Holanda para realizar alianzas náuticas, maritales y comerciales y consigue crear un imperio forestal en los bosques que antes azotó a hachazos con la única fuerza de su cuerpo.

Créditos: Cathedralgrove.eu

Sus nietos y bisnietos se encargarán de hacer crecer la empresa, ampliarán las operaciones a otros bosques del planeta, dejarán de ser “Duquet et fils” para transformarse en “Duke & sons”, cuando sean los ingleses los que lleven el pandero y nueva Francia se convierta en Nueva Escocia, modernizarán la producción e incorporarán los adelantos de cada época –la cierra circular, la eléctrica, el barco a vapor–, de todo lo cual nos iremos enterando en las 840 páginas que dura esta epopeya, junto a amores felices y otros no tanto, catástrofes naturales, enfermedades diezmantes, relaciones homosexuales y amargas traiciones de negocios.

Se trata, por tanto, de una saga histórica plena de peripecias que revela la formación de una industria y de un país a lo largo de los siglos. Un relato que pone en perspectiva la amalgama cultural que explica, en parte, el crisol variopinto en que se forjó una nación cuyo respeto por la diversidad ha sido emblemático en tiempos actuales.

Pero hay otra manera de aproximarse a esta lectura. Y es, quizás, la más valiosa y sobrecogedora. Consiste en centrarse en el bosque, el personaje silencioso que no hace más que padecer a lo largo de estas páginas. Como un mártir. Un bosque majestuoso e inimaginable cuando se inicia el relato, en 1693. Una maravilla de la naturaleza, un espacio inexpugnable, tan vasto, que el hombre lo creyó infinito. La idea de que pudiese extinguirse algún día no resultaba coherente con la inverosímil altitud de sus copas y menos con la solidez apabullante de sus troncos gigantescos.

Motivada por las descripciones de Proulx –árboles que no pueden ser abatidos en días de hachazos continuos, que requieren ser rodeados por una docena y más hombres para medir su contorno– trato de encontrar alguna imagen de esa época.

Por cierto, no hay fotos. Algunas pinturas, pero no aportan la fidelidad que busco. Escribo en google “industria forestal en Canadá”, “árboles grandes”, “enormous tres” y doy finalmente en Pinterest con varios tableros de “logging history”. Son fotografías en blanco y negro. Las más antiguas, de fines del siglo XIX. Corresponden, en su mayoría, a bosques de secuoyas en Estados Unidos. Pero se trata de árboles impensados en nuestros días. En una imagen, más de 50 leñadores y unos 20 caballos están subidos en línea arriba de un tronco caído, tan largo como eso. En otra, una familia posa frente a un tocón. El diámetro supera por tres la altura del marido. Veo otro leño viajando en un tren a vapor: más de 10 vagones se necesitan para transportarlo.

Pienso que estas imágenes fueron tomadas tres siglos después de que los primeros colonos franceses llegaran a los bosques de Nueva Francia. ¿Qué tamaño tendrían entonces los árboles de esas selvas inexpugnables? ¿Cuánto más grandes que estos ejemplares extintos del siglo XIX que observo en el computador, maravillada e incrédula? ¿Cuánto habrán tardado en llegar al tamaño espectacular que inspiró la reverencia de los indígenas y la codicia de los colonos? Muy probablemente más siglos que los que se extiende la epopeya de Annie Proulx.

Ya no quedan árboles así sobre la faz de la tierra. Y esta historia, la narración de cómo el hombre acabó con unos seres únicos e irrepetibles, lo que hace de este libro mucho más que una saga familiar finamente entretejida. Lo que narra Proulx es, en realidad, una tragedia: la de la destrucción sistemática de un patrimonio colectivo irrecuperable.

Autor: Milena Vodanovic (11 Entradas)

Periodista y magíster en Gestión de Negocios. Trabajó en las revistas Solidaridad, Apsi y Paula, dirigiendo esta última por 8 años, entre 2007 y 2015. Es docente en el Magíster de Edición UDP y recientemente en la Escuela de Periodismo UAH. En el último tiempo se ha abierto a nuevas formas expresivas, como ceramista y dibujante. En 2016 publicó el libro La Vida a Mano, colorea, borda, estampa (Hueders). Foto: Alejandro Araya


 

 

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