El imaginario de Bruno Lloret

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Nancy es la primera novela de Bruno Lloret (1990). Una historia situada en el terrible norte grande, que juega con la ilusión de la clase media y deambula a penas con fantasmas religiosos. “Nancy es lo que dice, lo que recuerda, pero también lo que calla”, apunta Lloret. Este es el imaginario de un joven escritor que dejó una novela tapizada de cruces (X).

Entrevista de Pablo Espinosa / Ilustración de Marcelo Parra

bruno lloret

—¿Cuándo empezaste a escribir?

—En básica un profesor de castellano nos hacía una lista con palabras y luego había que escribir un texto incluyéndolas. En esa época mi vida era el juego Age of Empires II, así que me inspiré en los videos de introducción a las campañas de “grandes héroes” y usé la idea de Juana de Arco para el diario de vida de un soldado. En media también tuve un taller de escritura con dos veinteañeros. Con ellos compartimos poemas y cosas que íbamos escribiendo, hicimos cadáveres exquisitos y otros ejercicios. Me despertaron un entusiasmo infinito. Me mostraron la alegría del oficio. Luego del colegio tuve un momento muy tenso. Como una forma de ir canalizando cosas que me iban pasando empecé a escribir en un cuaderno lo que decidí iba a ser una novela. Los cuadernos se perdieron pero me quedaron las ganas. El resto fue ponerse plazos para concursos, ir trabajando textos, conversándolos. A fin de cuentas un equilibrio entre leer, escribir, conversar y escuchar.

—¿Qué tipo de escritor crees que eres y con qué autores te sientes cercano?

Nancy_LloretUn escritor que escribe. Trabajo en proyectos, practico el oficio. Menos cortesano y más escribano. Por lo mismo, por lo quitado de bulla, por lo metido en el oficio, me interesa el trabajo de Sanhueza, de Geisse. Me gustó mucho Lacra de Leonart, creo que desde la ficción abraza una construcción discursiva que es consciente de su politicidad y frontalidad con “lo real” que es poco común hoy, donde sobre todo los autores “jóvenes” tratan de pisar con pie de plomo, como si la primera publicación fuese una especie de oráculo exitista que va a definir para bien o mal una “carrera literaria”. También varios amigos y amigas, que han publicado y no. Gente que creció en otra época, que tiene una manera de acercarse a la escritura mucho menos ansiosa. Que le tienen, en el fondo, menos fe a la escritura como acto que consagra a alguien, y por lo mismo desarrollan una escritura mucho más potente. Igual asumo una deuda con los autores de ahora. Me gustaría leer mucho más. Sobre todo de cosas que se están publicando recién. Me ha pasado sí que se ha instalado una relación de trueque con otros autores y sus libros que me parece muy interesante. Ahí ha ido fluyendo una especie de respeto por el oficio.

—Describe el paisaje donde se sitúan (o suelen situarse) tus personajes.

—Siempre abordo los proyectos de escritura de manera individual. No creo en la construcción de una ‘obra total’ que establezca un ‘estilo’ o ‘sello’ particular de un autor. Tengo 26 años y eso sería triste: pensarse desde una coherencia forzada hacia el futuro. Triste y pelmazo. En Nancy, para aterrizar la pregunta a lo que tengo publicado, se puede precisamente hablar de paisaje, porque hay un tránsito. Tránsito por un par de pueblos del “norte de Chile”, para citar el inmenso lugar que ha sido descrito y re-escrito desde que Almagro cruzó el desierto. Tránsito que circula entre la realidad del 80% de los chilenos en las villas, en el terror a ser pobre que termina instalando la ilusión de una clase media. Tránsito también por los páramos que parecen siempre haber estado ahí y que estarán seguramente después de nosotros. Tránsito por los lugares que ha trizado el capitalismo y ese galope de modernización que sólo deja mierda a su paso; donde quedan personas, algunos animales y muchas cosas apiladas. Tránsito del peregrino, sea mormón, evangélico o drogadicto.

 —¿Cuáles son para ti las mejores condiciones para escribir?

—Tener tiempo y buen humor.

—¿Cómo imaginas que es la música o el sonido de tus escritos?

—En Nancy hay un ritmo marcado por cruces (X). Es el ritmo de la voz de la protagonista -Nancy-, ritmo que arroja señales, marcas, del florecimiento de la voz en una lectura silenciosa dentro del lector. Es un ritmo marcado por la muerte y el recuerdo, de un espacio que se abre, indeterminado, al final de una metástasis. Es, entonces, un ritmo vivo, que marca ruidos, silencios y palabras.

—¿Qué tienen de nuevo los nuevos autores chilenos?

En narrativa se está valorizando mucho más la experiencia como moneda de cambio

—Podría hablar sobre narradores, porque la poesía, por tener una forma de difusión y producción muy distinta, menos “comercial”, es mucho más difícil de encajonar. En narrativa se está valorizando mucho más la experiencia como moneda de cambio, por decirlo de manera burda. Ya no una experiencia que dé cuenta de una memoria histórica comunitaria como valor último, sino una experiencia de vida, desde lo cotidiano. Se puede volver a la vida de los padres, a la infancia, a la sexualidad, incluso a una forma crítica de ver qué chucha pasó con Chile en los últimos doscientos años, pero ya no desde una distancia, un sermón, una reflexión general, sino que pasando por la afección, la que tiene como piedra angular, siempre, una fe total en la experiencia. Incluso cuando se echa mano o se dialoga con cualquier tipo de discurso -quizás lo más interesante de escribir novelas-, se le fagocita, estos se están valorando, o están circulando, por cuerpos.

Siento que hay una emergencia por decir cosas, por transmitir desde la afección, por compartir una ficción íntima. La idea que lo vivido vale la pena ser contado precisamente porque fue vivido. Hay hasta una palabra para eso: autoficción. Pero ahora cualquier cosa es autoficción. Quizás es una forma más cómoda de poder exponerse. Como si se debería valorar el hecho de escribir sólo por el hecho de que se está narrando parte del universo interior. Desde que están las redes sociales, por lo demás, que nos vamos exponiendo, construyendo nuestra subjetividad pública virtual con una ironía como apoyo básico. Es interesante qué tan poco en serio nos tomamos.

También se está escribiendo sobre la fragmentación social causada por el neoliberalismo ya no en su aspecto cívico, esto es, la tragedia de no ser una democracia, de no ser una sociedad dueña de su destino, sino en su aspecto más brutal. Es interesante esto porque plantea un presente que ya es el futuro que muchos anunciaron en los noventa: los recursos y su administración. Ya no el drama de la familia solamente. Personajes y paisajes privados, precarizados. Escritura de la estrategia en tiempos de miseria y desierto. Ahora, más allá de esto, seguro que hay cosas diferentes que están pasando y que “marcan distancia” entre los escritores de hoy con los de ayer. Se publica mucho más. De hecho hoy se están consagrando autores que eran “jóvenes” ayer. En verdad no creo en una separación tan bruta.

 —Hay una preocupación por el ritmo en Nancy, marcado por X, pero también hay una preocupación por el lenguaje. Por las palabras, que son locales y coloquiales

Acá el trabajo fue poner atención en cómo escribir como alguien hablaría sin dejar de articular frases poéticas.

—La preocupación acá pasa por la importancia de una escritura que dé cuenta del habla al estar narrada desde una primera persona, así que hubo un trabajo atento en la fluidez, la naturalidad con que podría construirse el personaje desde sus frases. Porque al final de eso se trata en este caso: Nancy  es lo que dice, lo que recuerda, pero también lo que calla. Creo que lo coloquial trabaja en solidaridad con otros aspectos de la novela, en las señas que están ahí para que el lector “escuche” a Nancy. También, obvio, pasa por “desanagramizar” (por la editorial española Anagrama) la novela. No me imagino a Nancy diciendo “follar”, por ejemplo. Acá el trabajo fue poner atención en cómo escribir como alguien hablaría sin dejar de articular frases poéticas.

—La religión está muy presente en este libro, los mormones particularmente ¿Cuál es tu proximidad con la religión? ¿Por qué te interesaba literariamente?

—A los 18 viví en Israel casi un año entero y tuve una severa crisis de identidad. El lugar, por supuesto, ayudó a esa crisis en aspectos positivos y negativos. Pasé un mes y medio estudiando en una yeshivá (centro de estudios talmúdicos) y fue una experiencia intensa, sobre todo por un par de personajes, maestros, que conocí afuera de la yeshivá pero en el mismo barrio. Al final el viaje me sirvió para confirmar, ahí, pero también con el tiempo, de vuelta en Chile, qué está sucediendo con los discursos religiosos cuando se utilizan con fines políticos. La deshumanización de los palestinos, por ejemplo, que siempre parecía haberse construido desde un discurso de fundación de un Estado sobre un desierto, avanza lentamente en otra dirección, a saber, la posibilidad de utilizar a la religión, desde el Estado, para construir un discurso de exculpación sobre un trato inhumano -autoridades rabínicas declarando que la sangre no pesa si no es judía-, sobre todo en el caso de poblaciones que tienen conceptos cruzados, como es los ortodoxos nacionalistas, la gente de los asentamientos -muchos laicos por sobre todo- y los judíos pobres provenientes de países árabes que poseen una alta cuota de racismo, mezclada con pobreza y segregación dentro de la misma sociedad (son religiosos en un sentido más tradicional, sin ser ortodoxos, pero muy patriarcales, muy conservadores, muy derechistas). En el fondo, y pasados los años, esta crisis me sirvió para dar cuenta, dentro de mis procesos de identidad, cómo funcionan los discursos sobre los sujetos. Pasé un par de años en donde me re-armé como persona luego de haberme desarmado y re-armado de manera provisoria. Esto fue muy fuerte.

Recuerdo una discusión con mi papá donde lo acusé, una vez, de no tener una vida religiosa. Él me contestó que la tenía, que era posible, incluso siendo ateo. Creo que ese encuentro fue clave para poder entender la espiritualidad fuera de una matriz exotérica, vinculada hoy en día, en casi todos los casos, a un programa político. Esto, por supuesto, excede al judaísmo. En Chile contamos con una población protestante no-histórica que crece día a día. Están en las cárceles, en las plazas, en todas las puertas. Se están haciendo cargo del “rebaño” que la iglesia católica abandonó -aunque creo que nunca estuvo muy presente tampoco- sobre todo durante la dictadura. Suele suceder también que las congregaciones se reparten “estratos”, es decir, conforman núcleos que no sólo cruzan una comunidad espiritual sino que constituyen espacios de cristalización socio-económica. Dan estabilidad ahí donde ninguna otra forma de habitar esta realidad ha sabido darla. Esto me interesa “literariamente” porque es potente ver cómo los sujetos pueden ser sujetos, en momentos de crisis, a discursos y prácticas sociales salvíficas en un sentido material. La literatura puede trabajar con todos los otros tipos de discursos que circulan en la sociedad: creo que ahí reside su potencia revolucionaria. Parte de la desolación de un paisaje, entonces, se puede construir no sólo desde el paisaje físico mismo, sino también desde la relación entre los pasajeros y el paisaje. Porque podríamos decir que los paisajes son los mismos, pero cambian cuando son habitados y cuando habitan al sujeto, lo hacen ver cosas que otros no verían.

Autor: Marcelo Parra (15 Entradas)

Diseñador gráfico de la Universidad Tecnológica Metropolitana. Ha participado de diferentes proyectos relacionados a la cultura y el mundo gráfico. Actualmente trabaja como diseñador e ilustrador en La Fuente, además de ser vocalista y letrista de la banda Delatores.


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