El imaginario de Daniel Hidalgo

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“Es una cachetada, es tragarse una granada de mano y disfrutarlo. Es social porno violence. El video snuff de toda una ciudad”. Así describió Jorge Baradit el segundo libro del escritor porteño Daniel Hidalgo, Canciones Punk para Señoritas Autodestructivas (Das Kapital, 2011). Hidalgo —que publicó su primer libro, Barrio Miseria 221, el 2007 en Animita Cartonera— trabaja como profesor, edita el e-zine Paniko y dirije Ciudad Invisible. Su escritura, aquí nos dice, siempre ha estado ligada a la música y a Valparaíso, ciudad que está demasiado cerca del fuego.

Entrevista de Germán Gautier / Ilustración de Marcelo Parra.

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—¿Cómo empezaste a escribir?

—Recuerdo un diario mural a fines de la básica, cuando un profesor en un liceo municipal, de esos bien pobres en Playa Ancha, me dejó a cargo de él durante un mes, un diario que se renovaba cada semana. A mí me gustaban las revistas de rock, la mayoría españolas como la Rockdelux o argentinas como Los Inrockuptibles que llegaban, no tan atrasadas, a una feria artesanal. Además había un auge de los medios culturales en Chile, particularmente con el rock, así que cada semana me llenaba de suplementos y revistas, y soñaba, en secreto, con tener una banda e inventar un género musical nuevo; pero, por el momento, leer y escribir, a partir de ese entonces, sobre músicos, me instaló en un lugar que me voló la cabeza.

Leer y escribir sobre músicos, me instaló en un lugar que me voló la cabeza

Se suponía que iban a ser recortes de prensa en el diario mural, pero al final terminé haciendo mis propias notas, a manuscrita, con dibujos. Me gustó esa idea de ir descubriendo y escribir sobre ello, porque para mí la escritura es eso: una investigación llena de pistas falsas. Al profe le gustó y terminé haciéndome cargo del diario todo el año. Disfruté tanto escribir sobre las cosas que no paré más, al principio fue solo música pero después metí cuentos, columnas y hasta historietas, no puedo decir que haya sido un furor, pero al menos conseguí amigos que leían esas cosas y después me las comentaban. Siempre he estado en esa cruza entre las historias, la música y las ideas, descubrí que los textos podían condensar lo que pensaba como ningún otro lenguaje. Creo que no es muy distinto a mi relación actual con la escritura.

—¿Te consideras un escritor?

portada-cpunkparaseñoritas—La verdad es que me negaba a denominarme escritor hasta que saqué un libro y tuve que dar entrevistas. Tenían que rotularte de alguna forma que no fuera tan confusa para un lector. Aún me causa mucho pudor la idea de ser escritor, porque encarna una fantasía pomposa e insoportable, un culto al narcisismo horrible, por eso prefiero decir que soy un profesor que en sus ratos libres lee y escribe; se parece mucho más a la realidad.

No tengo la ansiedad por armar panorama, ni levantar una editorial independiente, ni organizar lecturas, son cosas que me provocan demasiadas contradicciones, y no me gusta esa ficción del escritor que parece habitar un mundo paralelo. Yo trabajo. Recibo un sueldo. Educo gente. Salgo con mis colegas. Debo planificar clases en la casa, los fines de semana, sentirme miserable y basureado como cualquier profe. Tengo que pagar cuentas, pero pasarlo bien, además, siendo profe, en la medida de lo posible. Y creo que eso es lo que me hace parte de una comunidad real como todos los que trabajamos para poder vivir, que es lo que nos tocó. Además, escribir, tiene relación con todo esto. A mí me sirve para ordenar cosas de la vida común y corriente, y para proponer y debatir otras.

—Describe el paisaje donde se sitúan (o suelen situarse) tus personajes.

—En mitad de una resaca.

—¿Cuáles son para ti las mejores condiciones para escribir?

—Estando en las peores condiciones de la vida.

—¿Cómo imaginas que es la música o el sonido de tus escritos?

—Tuve un par de bandas y fracasaron todas. Fracasaron en el sentido de que nunca tuvimos de público a alguien que no fuera familiar, pareja o amigo, porque nunca grabamos discos, y probablemente nadie se acuerde de sus existencias, pero nunca aprendí tanto de la vida como en esos proyectos casi sin aspiraciones. Hice canciones, aprendí su esqueleto, sus músculos, y creo que la canción es el género literario perfecto. Entonces, normalmente escribo como si se tratara de canciones, me fijo en el ritmo, en cómo suenan las palabras, busco cierta cadencia, armonía, que el clímax, si es que tiene, sea pegajoso, así que creo que constantemente estoy imaginándome ese sonido. Que suenan a eso o yo quiero que suenen a eso: a canciones pop, con ruiditos dub, mixturas latinas, como de cumbia, con métrica rapera y energía punk rock.

Escribo como si se tratara de canciones, me fijo en el ritmo, en cómo suenan las palabras, busco cierta armonía, que el clímax, si es que tiene, sea pegajoso.

—Has señalado que en tu época de estudiante secundario te marcaron mucho las lecturas de Manuel Rojas y Alfonso Alcalde. ¿Cómo eres tú como profesor, qué lecturas recomiendas a jóvenes lectores y que estrategias de mediación empleas?

—Trato de no recomendar, sino de que logremos conversar sobre determinados textos. A pesar de que uno creció en esa tiranía de las lecturas obligadas por un profesor; que en lo personal fue mi entrada al mundo lector, pero sé de otros amigos que las padecieron mes a mes, al punto de abandonar la lectura por completo al terminar el colegio. Me parece terrible lo que estoy diciendo porque es un temor que vivo casi todos los días: el de no encantar a algún alumno con los libros en tiempos desleales. Y pasa, y casi siempre y está bien porque, al mismo tiempo, leer debe ser un acto libertario en todos sus sentidos. Por eso a veces los libros los elijo yo, otras, las menos, los proponen ellos, como buceando, buscando algo.

Al final me interesa que dejen de pensar en una nota y que logremos conversar a través de las líneas de un libro. Y ahí uno se reinventa y redescubre como lector año a año, lee cosas distintas, cosas nuevas, descubre gracias a los ojos de sus alumnos libros increíbles y otros que odia exageradamente. El año pasado, por ejemplo, como estoy en un liceo de niñas, quise entrar desde lo que puede ser una literatura de mujeres para la adolescencia. Fue muy divertido porque revisamos desde Mujercitas, hasta Orgullo y Prejuicio. Desde María Luisa Bombal hasta Camila Gutiérrez. Este año estamos en los libros raros latinoamericanos, ya empezamos con Pedro Páramo –que es un libro rarísimo– y vimos también la Historias de Cronopios y de Famas que no entendí mucho cuando yo lo leí en el colegio, pero ahora fue divertido leerlo de otra forma.

—El que Valparaíso se incendie año tras año en su propio basural es sintomático de la condición de abandono en que está la ciudad. ¿En qué medida la literatura puede operar como un signo de exclamación ante esta realidad, que en el caso de “Canciones punk” narra una vida cruda y salvaje en una de las tantas capas sociales con las que convive el puerto?

—En el fondo el único género es el policial. Escribir si no es para investigar un crimen no tiene sentido. Qué mejor que Valparaíso para evidenciar esto, una ciudad saqueada y criminalizada, en donde el mismo municipio se echa un montón de plata de forma criminal al bolsillo y pasa como si fuera un acto común y corriente, sin posibilidad de remedio alguno. Es una ciudad azotada y abandonada sistemáticamente, llena de ratones, forajidos y saqueadores culturales, empresariales y políticos.

Valparaíso es una ciudad azotada y abandonada sistemáticamente, llena de ratones, forajidos y saqueadores culturales, empresariales y políticos.

Canciones punk narraba desde ese lugar violentado por diversos motivos, pero también se trataba de una metáfora de muchas cosas, de entre ellas el amor, porque creo que es un volumen de cuentos de amor, en el fondo. Ahora preparo una novela que ocurre en Valparaíso también, uno un poco distinto al de esos cuentos, pero tiene un incendio en un cerro que es un enigma. Es fuerte esa imagen pero muy decidora la de los cerros ardiendo, porque nos habla de esa pena, está escrito en El Incendio de Valparaíso de Eduardo Correa, o en Estrellas Muertas del Álvaro Bisama, pero también en algún grabado de Claudio Gay, en las llamas de la disco Divine, en la explosión de la calle Serrano, en el fin del Mercado, y en las molotovs que lanzaron unos nazis al interior de un antro punk, porque el fuego ha estado siempre ahí, combustionando con nosotros. Y no es por una cosa mística sino por un abandono total de las instituciones.

—Hace poco participaste de un libro de crónicas llamado “Las historias de la calle son mías” donde escribiste sobre Playa Ancha. ¿Crees que tu uso del lenguaje como escritor tenga que ver con la labor que has desempeñado en varias revistas electrónicas?

—He estado en papel, también, en esas revistas que tienes que ir a distribuir personalmente, seas editor o colaborador entusiasta, a kioskeros con algo de conciencia por su oficio: el de transmitir información verídica a la gran parte de la población chilena que pasa por frente tu kiosko. Sé que los textos tienen dinámicas distintas, he sido bloggero y editor de e-zines, pero la verdad nunca encontré un lenguaje digno de usar en términos literarios en internet, tampoco yo me posiciono de una forma distinta al escribir algo que sé que estará ahí, dentro de una pantalla. Sigo, como decía antes, una estructura que tiene que ver con una mezcla entre lo rítmico, pero además, ese simulacro que llamamos lengua, mezcla de películas, cómics, libros, los bares, la calle y la cancha del barrio. No creo que mi lenguaje sea estrictamente urbano, para nada, pero sí creo que las cosas pasan cuando apagas el notebook y te vas a otro lado. Descreo de cualquier posibilidad de vanguardia en los medios electrónicos: al final son eso, un medio. Considerando lo anterior, debo ser el autor de los posteos más raros que se hayan leído, cuando publico en internet.

Autor: Marcelo Parra (15 Entradas)

Diseñador gráfico de la Universidad Tecnológica Metropolitana. Ha participado de diferentes proyectos relacionados a la cultura y el mundo gráfico. Actualmente trabaja como diseñador e ilustrador en La Fuente, además de ser vocalista y letrista de la banda Delatores.


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