El imaginario de Francisco Ovando

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Un pequeño pueblo sin nombre, en pleno desierto y rodeado de torres de alta tensión. Allí transcurre Acerca de Suárez (Libros del Pez Espiral, 2016), la última novela de un autor que ya había desparramado algunos sesos con Casa volada (Cuneta, 2014). Este es el imaginario de un escritor mutante, a quien le basta lo mínimo para escribir y que cuando lee en voz alta sigue el ritmo con su pie.

Entrevista de Germán Gautier / Ilustración de Marcelo Parra

Fco Ovando_web

—¿Cuándo empezaste a escribir?

Cuando chico siempre tuve curiosidad: en la adolescencia escribí cuentos y poemas, aunque eran pésimos e instintivos. No conocía a nadie que le gustaran los libros de la misma forma, no conversaba mis textos y no salía demasiado. Desconocía los talleres a esa edad. Después entré a la universidad y conocí al grupo de amigos con los que empecé a escribir con más dedicación. Estaba, entre ellos, Paulina Flores, y en algún momento del 2010 me recibieron de allegado en un dúplex de Villa Frei. Esos meses fueron claves para mí. Estudiábamos literatura y al salir de clases hablábamos de los autores que nos gustaban y no veíamos en la carrera. Nos compartíamos los textos, nos motivábamos, nos criticábamos con dureza. Nos levantábamos la moral cuando llegábamos de trabajos mal pagados y extenuantes. En ese tiempo le tomé mucho placer a la idea del proceso colectivo de un texto: de ir corrigiéndolo y conversándolo con otras personas. Esa dinámica dictó una forma de relacionarme con la escritura que me acompaña muy de cerca hasta hoy.

—¿Qué tipo de escritor crees que eres y con qué autores te sientes cercano?

acerca de suárezMe planteo como un escritor mutante, que va cambiando. Esto podría ser una obviedad, pero lo cierto es que es muy fácil ser lo contrario y terminar escribiendo siempre el mismo libro. Y esa, me parece, es una forma prematura de envejecimiento o muerte. Creo en las exploraciones de terrenos nuevos o poco visitados, de arriesgarse con algo y fracasar o descubrir que el riesgo es bien recibido. Tengo la certeza que una perspectiva así me mantendrá interesado en mi propia labor, despierto. Se dice mucho – aunque espero que cada vez menos – eso de que el escritor tiene que encontrar una voz, y yo más bien me adhiero a la idea de que hay que encontrar varias voces, nunca quedarse con una: sospecho del escritor propietario.

Por lo mismo, ahora me siento cercano con escrituras como la de Carlos Cociña o César Aira o Mike Wilson. Como creo ser un escritor mutante esto podría cambiar, de todos modos. También con varios autores más recientes, por lo que les mencionada más arriba. Hay gente con la que trabajo, que es parte de mi proceso de escritura muchas veces, publicados y no. El mismo Bruno Lloret, que también es un mamífero mutante y Lucas Costa.

—Describe el paisaje donde se sitúan o sueles situarse tus personajes.

Por esta naturaleza mutante no hay un paisaje favorito o único. En Casa volada los paisajes eran principalmente de interior, es una novela muy claustrofóbica en ese sentido. Cuando la escribí pensaba en la casa de un amigo del colegio, que vivía en Macul con Grecia, y en parte por eso la novela transcurre por ahí, pero pudo ser en cualquier otra parte. Ahora, en Acerca de Suárez, hay desierto, titánicas torres de alta tensión y un pequeño pueblo sin nombre, un lugar que podría ser o no ser Chile. Fue muy divertido trabajar con un lugar que no tenía una determinación geopolítica explicita. Al escribirlo tuve una sensación de intemperie, que me parece que es la propicia para la exploración.

—¿Cuáles son para ti las mejores condiciones para escribir?

Hay que hacerse la idea de trabajar en condiciones básicas: tener un escritorio, ojalá despejado, y algo donde escribir

Es engañoso lo de las condiciones ideales o mejores. Creer que existen abre una brecha peligrosa: la de tomar su falta como excusa para no escribir. Dicho esto, en algún momento pensé que las mejores condiciones para escribir pasaban por tener mucho tiempo (lo que quiere decir, a fin de cuentas, plata guardada para no tener un trabajo de nueve a seis), pero resulta que tampoco. El otro lado de esto es un fenómeno que se presenta extraño: hay ocasiones en que teniendo el horario lleno, más escribo. Al final resulta que no hay garantías. Por eso hay que hacerse la idea de trabajar en condiciones básicas: tener un escritorio, ojalá despejado, y algo donde escribir. Si a eso se le suma tiempo y calma, en cualquiera de sus formas, entonces se me hace bastante grata la visión.

—¿Cómo imaginas que es la música o el sonido de tus escritos?

Imagino un golpeteo, un ritmo. Creo que es una idea que toca la literatura en muchas formas, tanto en su composición como en su lectura. También es en lo que pienso de inmediato cuando se habla del material de la escritura.

Me parece importante porque también establece relaciones comprobables. Por ejemplo, la respiración tiene ritmo y afecta cómo se habla. De ahí que la puntuación de un texto pueda dejarte sin aliento. La disposición del teclado QWERTY también tiene que ver con el ritmo. Las teclas fueron dispuestas de modo tal que quedaran juntas las combinaciones de letras que menos tienen probabilidades de salir en inglés. Esto se hizo para disminuir la posibilidad que se trabaran las varas de las máquinas de escribir, pero a la vez también dicta un ritmo, un tiempo mínimo que debe pasar entre el golpe de una tecla y otra.

Al final, mediante puntuaciones y sintaxis, uno le imprime un ritmo a la escritura. Si se topan con un texto que sea realmente placentero de leer probablemente tenga un ritmo impecable. Me gusta mucho seguir el ritmo con el pie cuando leo un texto en voz alta. Creo que en ese aspecto es saludable lo que la narrativa puede aprenderle a la poesía.

—Has dirigido talleres literarios y también has participado de ellos. ¿Qué entregan y qué quitan a la labor creativa estos espacios tan particulares? 

La principal ventaja de los talleres literarios tiene que ver con los fenómenos que ocurren en el colectivo. Pienso, por ejemplo, en lo motivante que fue para mí rodearme con personas comprometidas con la escritura, que trabajaban con disciplina. Uno aprende mucho de sus compañeros, probablemente más que de quien guía los talleres.

Por eso, cuando hicimos el taller «Grafógrafo» con Matías Correa, el enfoque era guiar una conversación, ser árbitro como dice él. No creo en la figura de un profesor, de dar cátedra; por lo mismo seguimos el modelo de «Al pulso de la letra», un taller de poesía guiado por Lucas Costa y Cristián Foerster, y decidimos trabajar en dúos. Esto permite abrir la discusión: muchas veces yo no estaba de acuerdo con Matías ni él conmigo, y eso daba la chance de que un texto se abriera con más posibilidades.

Me parece que lo saludable es entender los talleres como espacios de trabajo, laboratorios críticos y colaborativos

Al final, me parece que lo saludable es entender los talleres como espacios de trabajo, laboratorios críticos y colaborativos. El principal peligro que hay que evitar en los talleres es reproducirse uno mismo en quienes asisten al taller. No es fácil, pero creo que tiene que ver con una disposición  de trabajo que hay que asumir, más abierta, y que parte con mantener el ego de quien guía a raya.

Creo que si quitan algo los talleres son en instancias como esas, donde la opinión de un solo guía de taller es tan cerrada que termina moldeando las escrituras del resto. Ahí sí se pierde algo, una libertad de trabajo, y termina uniformándose un estilo.

—Pasaste de Casa volada, un primer libro de 200 y tantas páginas, con rasgos metaliterarios, a una novele breve, como Acerca de Suárez, anclada en la ciencia ficción. ¿Qué pasó entre medio y por qué te inclinaste a escribir este libro?

casa volada—Tiene que ver con la idea de explorar, arriesgarse o alejarse de cosas que uno ya ha hecho. La escritura de Casa volada se dio en un contexto muy particular, que no quise constatar en el libro para no determinarlo tanto. Esa novela fue mi tesis de licenciatura para recibirme de literatura en la Universidad de Chile: fue la primera vez que se aceptó un texto de ficción como tesis. Por lo mismo es una novela que está más cerca de lo académico, aún cuando para mí era una manera de desembarazarme de ese espíritu. El seminario de grado en el que se gestó tenía que ver con la metaliteratura, y de alguna forma era el pie forzado del ejercicio. Fue, también, una escritura muy poco contenida. Quería explorar muchos terrenos y por eso el texto se conforma con materiales diversos.

Entre la escritura de Casa volada y Acerca de Suárez pasaron un par de años y otros textos entre medio, que también varían en extensión, temática y registro. El año pasado tuve la oportunidad de dedicarme a escribir una novela negra, pero corregirla me ha costado y para airear la cabeza fui formando Acerca de Suárez, que es en verdad un texto menor.

Al comienzo era un ejercicio que surgió a partir de un artículo que leí. En él se retrataba un pueblo de la India en el que la electricidad no era constante, y la falta de garantía de ese flujo hacía que afuera de los juzgados se instalaran escribanos con máquinas de escribir a tipear los documentos y trámites que se perdían en los computadores. De ahí quería ensayar cómo la falta de algo que damos por sentado, como la electricidad, podía afectar a un colectivo delimitado.

Otra diferencia está en la metodología de escritura. Casa volada no tenía un plan trazado de trabajo, iba avanzando sin saber demasiado qué iba a pasar. Tenía, nada más, un par de cosas claras. En Acerca de Suárez, en cambio, trabajé antes la trama y la dibujé en un cuaderno. Sabía todo lo que iba a pasar, cómo iba a pasar y por qué. Sabía más menos qué extensión quería que tuviera.

—Participaste en el proyecto “Escritores en tránsito”, donde diversos autores recorren el país para estar en contacto con estudiantes de enseñanza media. ¿Qué sacaste en conclusión y cómo ves la llegada de autores chilenos en relación al público juvenil?

En esta experiencia pude reafirmar la importancia absoluta que el profesor tiene en tanto mediador de lectura, motivador y guía. Recuerdo el momento en que terminé unas palabras al inicio e invité a los estudiantes a preguntar y conversar, y todos, sin excepción, levantaron las manos con dudas de toda índole. Había mucha curiosidad. Esa actividad salió bien fundamentalmente porque el profesor tuvo un periodo de preparación y trabajo con los alumnos: leyeron cuentos que les mandé e hicieron actividades con ellos. Creo que acercarse a un texto sabiendo que luego tendrás la oportunidad de preguntarle cosas al autor es un ejercicio que permite relacionarte de otra forma con la literatura, con más vitalidad o intensidad.

Además estas actividades ayudan a quebrar el estereotipo del escritor. Los alumnos se sorprenden mucho cuando llega gente joven, o con aros o tatuajes, o llegan autoras – porque tristemente las listas de lectura del ministerio han marginado la escritura de mujeres –, y se dan cuenta que es gente común. Muchos esperan viejos de pipa o boina. Creo que esa mitificación de la figura del autor es también una de las razones de por qué se alejan los estudiantes de la escritura. Hay algo que preguntan mucho en estas situaciones y es que si uno cree que cualquiera puede escribir. Eso a mí me impacta mucho, pues creo que la escritura debería ser impartida en los colegios como el dibujo, como otra forma de aprendizaje y de relacionarse con el mundo y la experiencia: claro que cualquiera puede escribir. Todos deberían.

Mucho del disgusto frente a la escritura pasa también por la distancia que hay entre lo que dan a leer en el colegio y el mundo que rodea a esa juventud

Por otro lado, estas instancias tienen una importancia fundamental, ya que presentan escrituras realmente contemporáneas a los estudiantes. Me he dado cuenta que mucho del disgusto frente a la escritura pasa también por la distancia que hay entre lo que dan a leer en el colegio y el mundo que rodea a esa juventud. Y no sé si tiene que ver tanto con temáticas, o en qué época se fije el texto que estás escribiendo, sino en algo más sutil: en una forma de mirar, una sensibilidad que los estudiantes sienten inmediatemente más cercana si se compara con textos como, por ejemplo, Martín Rivas o El Mío Cid.

Además hay que considerar que desde las mismas instituciones se están valorando estas instancias – de actividades en colegios con autores – cada vez más: el CNCA tiene un programa permanente, si no me equivoco, de visitas que partió hace un par de años y ha ido madurando. Hoy el Fondo del Libro te pide que realices una retribución en una escuela pública, y aunque no hay demasiada claridad con cómo se quiere implementar eso, no me cabe duda que dentro de los próximos años esa idea de retribución se irá afinando, y que eso tendrá un impacto en cómo los estudiantes de colegios se acercan a la literatura.

 

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