El imaginario de Matías Correa

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Dentro de un archipiélago de autores jóvenes, Matías Correa (1982) es la isla más lejana y extravagante en su forma. Licenciado en Filosofía, debutó en 2011 con Geografía de lo inútil (Chancacazo), libro donde trazó sus propias coordenadas de lo raro, una condición que pareciera afectar a su generación: “Si hoy se escribe de un modo que resulta extraño es porque, en algún momento, quienes están escribiendo aprendieron a mirar el mundo de manera oblicua, torcida, rara”. Autoayuda (Chancacazo, 2014) y Alma (Penguin Radom House, 2016), son la flora y la fauna de esta isla que no cesa de interrogar a treinteañeros semi adolescentes sobre la memoria, la felicidad y el éxito.

Entrevista de Germán Gautier / Ilustración de Marcelo Parra

Matias Correa_web

—¿Qué te motivó a escribir?

Leer, eso fue lo me motivó a escribir. Cuando chico lo hacía para no estar solo. Escribir se convirtió de a poco en algo parecido a seguir acompañado de los autores que leía, de las historias y las ideas que se me enredaban en la cabeza después de que el libro de turno se terminaba. Eso me pasó sobre todo durante un par de veranos, en vacaciones. Recuerdo que si recién había descubierto a Borges, a Easton Ellis, incluso a Stevenson o Sergio Gómez, el cuaderno que tenía –un block de notas que también me servía para tratar de armar un diario de vida– se llenaba de líneas y hasta párrafos enteros que copiaba sin saber por qué ni para qué. Por entonces habré tenido unos trece años, creo. En algún momento, imposible saber exactamente cuándo, empecé a reescribir citas que me resultaban extrañas o desconcertantes, cualquier anécdota o idea que me hiciera ver el mundo de un modo distinto. Imagino que tenía la esperanza de hacer mío lo que otros habían escrito antes y mejor que yo; luego, forzosamente, mis primeros cuentos fueron plagios secretos en un doble sentido: nadie nunca leyó lo que yo versionaba, pero además había veces en que de veras olvidaba a quién había copiado. Empecé a escribir por mi cuenta después de eso. Pasó cuando, ya sin versionar ni plagiar lo que leía, me animé a hacer trampa con las entradas de mi diario de vida. La alteración de esos episodios biográficos que describía no eran mentiras en estricto rigor, sino más bien la expresión de cierto favoritismo por la imaginación antes que por los hechos, lo que “realmente” había sucedido. Estaba tratando de hacer lo mismo que esos autores que leía y la forma que tenía el mundo me importaba menos que el modo en que yo lo veía. La literatura, creo ahora, tiene que ver con ese gesto. Apostar por una vida imaginaria, una vida distinta a la que uno cree que le tocó. Eso tal vez sea lo que a uno le lleva a pensar que vale la pena tratar de aprender a escribir como los escritores que uno quiere y admira.

—¿Qué tipo de escritor crees que eres y con qué autores te sientes cercano?

Primer libro de Matías Correa. Edición de Chancacazo. Año 2011

Primer libro de Matías Correa. Edición de Chancacazo. Año 2011

—No tengo idea qué clase de escritor soy ni tampoco tengo claro cómo me ven quienes me han leído. En reseñas y críticas, me han pintado como un autor de libros raros, a veces complejos, novelas de ideas; también tengo la impresión de que algunos opinan que escribo desde la superficie del mundo, que tras mis novelas hay puro vacío. Puede ser. Solo tengo claro que es imposible que alguien llegue a conocer de veras eso que se esconde tras la persona que uno interpreta. A demasiada gente le preocupa hoy inventarse una biografía de ocasión, una definición de sí mismo le ayude a hacer pública su identidad. No sé muy bien cómo hacer eso, me enredo. Es más fácil hablar del resto que de uno mismo. Pero creo que está bien confundirse y confundir a los demás cuando te toca responder preguntas relativas a quién uno es. Abrazar las contradicciones es fundamental. Quizá por eso me caen bien Wittgenstein y Borges, Houellebecq y Perec, Calvino y Cheever, además de Corrales, Salinger, Piglia, Donoso, Cristián Huneeus, Fuguet. En todos ellos he leído a autores que han sido más de una persona a la vez.

—Describe el paisaje donde se sitúan tus personajes.

Departamentos vacíos, con cielos altos y paredes blancas. Casas y edificios improbables que rara vez superan los dos, cuatro pisos de altura. Teatros y bares y cafés que tal vez existan de veras, calles inventadas de ciudades y pueblos que sin ningún problema cualquier lector podría encontrar en mapa cualquiera, aunque en papel y por escrito aparezcan de algún modo distorsionados. Mis personajes han vivido en un Puerto Rosales imaginario del sur de Chile, en una versión aséptica de La Dehesa y dentro de una casona mediterránea en Peñalolén. También han existido en Londres, Edimburgo, Tübingen y Bollenar, en Ñuñoa, Santiago Centro y el Cajón del Maipo.

—¿Cuáles son para ti las mejores condiciones para escribir?

Cuando las condiciones de escritura son inmejorables, lo que más conviene hacer es leer.

Ojalá no escribir en las mejores condiciones posibles. He aprendido que cierto grado de incomodidad ayuda a mantenerte despierto, atento. No me resulta concentrarme de manera accidental. Es algo que demanda una cuota de esfuerzo, cierto cuidado en la disposición del ánimo y la postura del cuerpo. No creo en las condiciones ideales para la escritura. Tampoco puedo escribir en sillones ni en sofás. Me da sueño. Por eso, hay que mantenerse alejado de la cama, también. Una cafetera decente y que el café no sea tan malo, por otro lado, sirve mucho. Poder disponer de unas tres horas diarias me parece importante para no atragantarse con lo que se quiere contar. Cuando uno escribe maniáticamente, hay que evitar las jornadas maratónicas. No es sano. Pero la salud no es lo que más importa cuando intentas escribir una novela. Un escritorio o una mesa de uso exclusivo para el computador, imprescindible. Da igual si prefieres trabajar lo que escribes al aire libre, en un café o en tu dormitorio; lo fundamental es que nadie te interrumpa, que el teléfono no suene, que no estés preocupado de nada más. Ojalá escribir cuando te toca viajar. Mejor aún: viajar para escribir. Cuando las condiciones de escritura son inmejorables, lo que más conviene hacer es leer.

—¿Cómo imaginas que es la música o el sonido de tus escritos?

Escribo con música. No siempre, no a lo largo de todo el día, pero cuando estoy frente el computador suele haber un disco sonando que se repite una y otra vez. Hasta que dejo de prestarle atención al sonido y la música se convierte en ruido blanco, en una atmósfera familiar. Así como la luz solo se manifiesta al rebotar en las superficies que nos rodean, la música de lo que escribo supongo que se espejea con esa música que suena cuando escribo. (Y si eso llega a ocurrir de veras, entonces todo el esfuerzo vale la pena.) Para la última novela que escribí, ese disco que repitió una y otra vez no fue un único disco, sino tres: el que mejor recuerdo es Hot Dreams de Timber Timbre, pero también hubo días en que sonaron el Pet Sounds de los Beach Boys y Music for Airports de Brian Eno.

autoayuda

Segundo libro de Matías Correa. También editado por Chancacazo. Año 2014

Para construir tu novela Autoayuda leíste muchos textos de este género, los cuales, en muchos casos, no pudiste terminar de leer. Ya sea en estos casos u otros, ¿qué significa para ti abandonar una lectura?

—Dejar de lado el libro que estás leyendo implica tomar conciencia del motivo que te llevó a abrirlo en primer lugar: la curiosidad, la necesidad de sentirse acompañado, las ganas por empatizar con el otro, la urgencia por descubrir un mundo más amplio. Si lees por cumplir, muy mal. Nadie está obligado a la lectura. Da lo mismo si se trata de literatura chatarra o de la más alta poesía, hay que poder desentenderse del libro que uno tiene entre manos sin el menor atisbo de culpa. A veces, cuando el goce se posterga y la lectura es meramente instrumental –leer para estudiar sobre algún asunto en especial, leer para documentarse o informarse un poco más–, podemos sentir que nos enfrentamos a una tarea escolar, a una pega mal pagada. Pero entonces hay que recordar cuál fue la razón que te llevó a escoger ese libro en primer lugar. Sobre esos libros de autoayuda que no terminé de leer, muchas veces agotaron el propósito de la lectura después de las primeras páginas. En otras ocasiones, tuve que llegar hasta el final para encontrar lo que estaba buscando: las estrategias y herramientas que emplea ese género para ofrecer soluciones existenciales exprés, respuestas prácticas al sobrepeso o catalizadores de autocompasión.

—Nuestra memoria la maneja Facebook. Nos dice a quién saludar en su cumpleaños, guarda nuestras mejores fotografías del verano, nos pregunta sobre nuestro estado emocional. ¿En qué pie está el concepto de memoria hoy en día? ¿Nos acercamos generacionalmente a un Mal de Searle, como Alma?

Cada tanto volvemos a olvidar que la memoria no es museo de hechos pasados, sino un espectáculo en vivo de lo que somos y de lo que hemos sido

Generacionalmente, nuestra memoria personal es más floja de lo que era antes. Quizás en un sentido blando de la expresión, sufrimos un alzhéimer cultural prematuro. Confiamos en imágenes digitales más que en nuestros recuerdos privados, de modo que la memoria colectiva también parece tener mayor peso que la memoria secreta de cada individuo. Pero esto no es nuevo: así como ahora podemos despotricar contra internet, mucho antes estuvo Platón recriminándole a la escritura que nos había estropeado la memoria. En cualquier caso, las invenciones tecnológicas no tienen la culpa de nada. Los únicos responsables somos siempre nosotros, que cada tanto volvemos a olvidar que la memoria no es museo de hechos pasados, sino un espectáculo en vivo de lo que somos y de lo que hemos sido. Sin embargo, hoy en día la memoria parece haber tomado la forma de un enorme collage de datos que de manera azarosa armamos entre todos. Más que un orden o una narrativa, es una yuxtaposición caótica lo que ahora organiza nuestras impresiones del pasado. El símil de la memoria como museo de la vida, siempre equívoco, ha mutado en otro levemente distinto: la memoria como un instalación de arte que nos desconcierta, que todavía no aprendemos a leer ni interpretar.

alma

En octubre de 2016 Penguin Random House editó su tercer libro

—Has dicho que tu generación cultiva la literatura de la rareza. ¿Cómo podrías describir esta geografía? ¿Crees que tiende a visibilizar lo inútil?

No es fácil mapear una generación literaria y tampoco me interesa hacerlo, pero pienso que la imagen de un archipiélago de autores –cada uno de ellos, islas muy distintas entre sí, con diferentes ecosistemas donde conviven una flora y una fauna que no encuentras en otras latitudes– podría servir para reconstruir el gran cuadro de la producción literaria contemporánea. Si acaso esta generación tiende a visibilizar lo inútil, puede ser. (Lo inútil es aquello que no tiene un para qué definido de antemano, lo inútil es toda actividad u obra que constituye un fin en sí mismo, lo inútil es el arte.) Creo que solamente una escasa parte de la literatura local se puede explotar utilitariamente hoy en día para construir el discurso de una época, de una visión de mundo, de una atmósfera afectiva en común. En ese sentido, hoy primaría lo inútil. Eso no quita que haya críticos y académicos interesados en leer utilitariamente (es decir, en función de sus propios intereses discursivos) lo que hoy en día se escribe. Yo prefiero leer de otra forma. No sé, a modo de ejemplo, en El libro de los bolsillos (Minúscula, 2016) de Gonzalo Maier veo una mayor preocupación por el estilo y el modo de explorar la propia intimidad antes que un intento por descifrar lo que está pasando en la calle. Lo que importa ahí es más la singularidad de una mirada antes que los lugares comunes tratados a lo largo del libro. Lo mismo vale para Charapo (Cuneta, 2016), de Pablo D. Sheng: antes que el ejercicio sociológico de retratar el mundo migrante, es ese extraño naturalismo sucio que permea su novela lo que más me llama la atención. Si es que lo raro puede ser un rasgo generacional, creo que la rareza no se encuentra en los temas ni en las historias, sino en el tratamiento que se les da. En otras palabras: si hoy se escribe de un modo que resulta extraño es porque, en algún momento, quienes están escribiendo aprendieron a mirar el mundo de manera oblicua, torcida, rara. En todo caso, la rareza no es nunca una cualidad aislada ni puede existir en sí misma. Lo raro se establece siempre en términos relativos a un patrón estándar, a lo establecido, a lo normal.

Autor: Marcelo Parra (11 Entradas)

Diseñador gráfico titulado de la Universidad Tecnológica Metropolitana. Ha participado de diferentes proyectos relacionados a la cultura y el mundo gráfico. Actualmente trabaja como diseñador e ilustrador en Fundación La Fuente, además de ser vocalista y letrista de la banda Delatores.


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