Enrique Redel, editor de Impedimenta: «Aspiramos a publicar autores que digan algo genuino al lector de hoy»

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El sello español Impedimenta se distingue por su diseño y por su arriesgado catálogo, en el que conviven autores de culto como Georges Perec, Stanislaw Lem y Natsume Sōseki, y una colección infantil de calidad que se destacó entre el total de libros revisados por nuestro comité Troquel en la última temporada. Nuestro colaborador, Pablo Espinosa, conversó con el fundador de este sello, Enrique Redel.

Enrique Redel, editor, fundador de Impedimenta

La impedimenta era la mochila que llevaban los romanos a la batalla, con todo lo imprescindible. La palabra le hizo sentido a Enrique Redel, cuando el año 2007 fundó su propio sello, después de trabajar en otros, como Funambulista. Nombró Impedimenta a su proyecto editorial con el objetivo de publicar libros duraderos, que acompañaran por mucho tiempo a sus lectores.

Algunos libros se convirtieron en hitos del catálogo de Impedimenta: Botchan, de Natsume Sōseki, que puso en el mapa a la editorial; La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, que ha vendido más de 50.000 ejemplares; y Solenoide, de Mircea Cărtărescu, que los hizo crecer, logrando que sonaran en lugares tan apartados de Madrid como Chile, donde el sello es distribuido por Liberalia.

Aunque el equipo de Impedimenta es pequeño —son solo cinco personas, incluida la mujer de Redel, Pilar Adón— y publican alrededor de diez libros al año, han logrado expandir rápidamente las colecciones del sello. De clásicos pasaron a publicar autores contemporáneos y también novelas gráficas, libros infantiles y libros visuales, como los Cuentos de Hadas de Angela Carter, y Botanicum, escrito por Kathy J. Willis e ilustrado por Katie Scott, destacados en el último boletín de Troquel.

Illustraciones de Katie Scott, para el libro “Botanicum”

—Los libros de Impedimenta se destacan por su cuidado diseño. Desde la portada llaman la atención de los lectores.

—Los editores somos intermediarios. Intermediarios privilegiados, si se quiere, pero meros mediadores entre un artista y un lector al que consideramos como un igual. El hecho de cuidar la estética de un libro es una señal de respeto por el autor (que invierte mucho tiempo y esfuerzo en concebir su obra), por el lector, que invierte dinero en el libro, en el librero, que apuesta por ese libro por encima de otros… No concibo comprar un libro mal hecho. Un libro descuidado denota falta de interés en la obra. Falta de cariño y de profesionalidad. Incluso me atrevo a afirmar que, en estos momentos en que la tecnología nos permite hacer bien los libros con ciertas garantías de éxito, hacer mal un libro es un pecado.

—¿Hay sellos o colecciones que te hayan inspirado, en materia de diseño editorial?

—Cuando creé las colecciones de Impedimenta no puede decirse que tuviera un modelo único. Todos somos discípulos de Jan Tschichold, de Jacques Sabon, de Claude Garamond. Más modernamente, de Daniel Gil, de Enric Satué. Modelos inalcanzables para casi todos. Ellos sentaron las bases y los demás construimos encima de sus sólidos cimientos.

— Has dicho que como editor te interesa publicar no solo libros buenos, sino que también libros pertinentes.

—La palabra “pertinente” me parece importante. Es decir, no aspiramos a publicar autores “importantes”, y menos “de moda” o supuestos “maestros”, sino a autores —paradójicamente algunos no muy conocidos— con capacidad de decir algo genuino al lector de hoy, o que iluminen algún rincón oscuro de nuestra realidad. Libros que dan respuestas o revelan lados ocultos de lo que vemos. Antes publicábamos más “clásicos”, entendidos como libros de más de cinco, seis décadas, que pertenecían a una realidad diferente a la nuestra, muy anterior, pero cuyos valores estéticos permanecían invariables. Ahora nuestro catálogo está más centrado en autores contemporáneos, o al menos coetáneos de aquellos que son nuestros referentes directos. Su peripecia se desarrolla en lo que podemos considerar “nuestra era”, que es el mundo que surge tras la última gran guerra mundial, y recorren y analizan problemas propios de este nuevo paradigma: la lucha de bloques (con su crisis y la irrupción de voces ocultas), las nuevas migraciones, Europa, la nueva cultura popular y de masas. Creo que la buena literatura es la que nos explica quiénes somos y de dónde venimos. La que no se preocupa de lo coyuntural, sino de lo estructural.

—Impedimenta tiene la política de acompañar a los autores desde su nacimiento literario. Publicarles todo. Una apuesta que pareciera que cada vez menos editoriales hacen.

Pienso que la obra genuina de un autor es una obra continua, que ha de ser tomada en su conjunto

—Creo que los grandes autores, las obras de los grandes autores, son meros eslabones en una larga cadena que, si se remonta, llega al Gilgamesh, a la Ilíada, a La Eneida. Toda la obra genuina es un homenaje, una relectura de obras influyentes. Igual pienso que la obra genuina de un autor es una obra continua, que ha de ser tomada en su conjunto. Es raro que el talento de un autor no se plasme en el largo recorrido. Impedimenta es una editorial que cree en el largo recorrido, en el largo plazo. Nunca nos ha interesado “dar la campanada” con una sola obra y descuidar el resto. Por eso publicamos toda la obra de Cărtărescu, toda la obra de Penelope Fitzgerald, toda la obra que podemos de Iris Murdoch, de Stanislaw Lem o de John Fowles. Creemos que se trata de la opción responsable. Respetuosa. De tesis.

— ¿Hay autores latinoamericanos que les gustaría publicar?

—Hay muchos escritores iberoamericanos a los que adoro. Y a los que me encantaría tener en Impedimenta. Desgraciadamente, la mayoría de ellos tienen ya editor y no nos es posible hacernos con ellos. En mi última visita a Chile estuve hablando con algunos de ellos, pero rápidamente recibieron ofertas de editoriales más grandes que la nuestra, y entiendo que optaran por ellas. Nuestra fortaleza está en la prescripción, en el trato al autor, pero no tenemos tanto músculo comercial a priori como algunos de nuestros competidores. Aun así, hay algunos, como Eduardo Berti, que son fieles a la editorial y que siguen confiando en nosotros. Espero que por mucho tiempo.

El caso de Elena Poniatowska fue excepcional: su agente conocía nuestra editorial, le gustaba como editábamos y nos propuso puntualmente rescatar su Querido Diego, te abraza Quiela, que me parece una pequeñita obra maestra. Es uno de los libros que más quiero de mi catálogo.

— ¿Cómo ha sido recibido su catálogo en Latinoamérica?

Hay ciertos autores que en Iberoamérica se están convirtiendo en importantes: Cărtărescu, Lem, Soseki. Para nosotros, la manera en que llegan nuestros libros a “la otra orilla” es crucial. Al principio nuestra presencia era testimonial, pero poco a poco hemos empezado a percibir el cariño del lector latinoamericano hacia nuestras propuestas.

—¿No ha sido un problema las traducciones?

Siempre hemos sido extraordinariamente sensibles, a la hora de realizar el trabajo de traducción, al “oído americano”

— Siempre hemos sido extraordinariamente sensibles, a la hora de realizar el trabajo de edición, al “oído americano”. Eso no significa que no cometamos errores y que muchas veces sonemos muy locales, pero al menos lo intentamos. Nuestras editoras son muy cuidadosas cuando encuentran expresiones demasiado castizas o locales. Hasta a mí me suenan mal. Aun así, he de reconocer que yo, como lector, sí que he experimentado (esta vez con inmenso placer), esas sonoras traducciones argentinas o mexicanas de los libros que no llegaban a España y que llegaban de tapadillo o, cuando llegó la democracia, los que uno podía encontrar en las bibliotecas españolas: los libros de Losada, de Sudamericana, de Siglo XXI, de Fondo de Cultura Económica…

— En tiempos en los que la cultura pareciera tener cada vez menos espacio en los medios de comunicación, ¿ha sido más difícil llegar a los lectores?

—Desgraciadamente, el papel del periodista cultural como prescriptor, como recomendador, se ha ido perdiendo a lo largo de los últimos años. Cuando yo empecé a editar libros, en 2001, una página en los suplementos del sábado suponía ventas instantáneas, a lo largo de la semana siguiente, prestigio automático, funcionaba como efecto llamada. Hoy como mucho ayudaría a reforzar la marca. Las razones de este fenómeno son múltiples. Primero, los cambios de consumo cultural, y las nuevas maneras de acceder a la información: internet, las redes sociales… La prescripción se ha democratizado, el consumo de periódicos y revistas culturales se ha desplomado, se venden menos periódicos, los medios dedican menos espacio a la cultura y finalmente el foco de la recomendación se ha trasladado al punto de venta.

— Impedimenta, recientemente, inauguró una colección infantil y de narrativa gráfica. ¿Qué los llevó a abrir estas colecciones?

Creo que vivimos en una edad de oro de la narrativa infantil

—El elemento “visual”, ese prurito estético que siempre hemos tenido, son determinantes en esta decisión de diversificar nuestra apuesta y abrirla a las colecciones gráficas. Yo soy lector de novela gráfica desde hace años y me fascina la extraordinaria brillantez de los nuevos ilustradores. Y la tremenda profundidad de muchos artistas del cómic que expanden ese lenguaje para llegar a lectores puramente literarios. En cuanto a los libros infantiles, creo que vivimos en una edad de oro de la narrativa infantil: se edita mejor que nunca, existe una creatividad exacerbada, la calidad de las ediciones es increíble y la competencia en las librerías es brutal. Nuestra idea con estas dos colecciones era ser selectivos, no exhaustivos, y apostar por los pequeños tesoros.

— En la colección infantil han publicado obras clásicas de la literatura infantil, como Pedro Melena, publicado originalmente en el siglo XIX. Un libro que creo que no muchos editores se hubieran atrevido a publicar.

—No tengo hijos y por tanto no me dejo llevar por “la teoría” de lo que se supone que ha de gustar a los niños. Apuesto por aquello que me parece reseñable desde el punto de vista gráfico y que ofrece “algo más” que la educación en valores o el supuesto valor educativo del libro. Concibo el libro como un vehículo de deleite, no solo como un instrumento didáctico, y puede que haya huido conscientemente de eso. Es por esto que también recuperamos clásicos un poco “gamberros” (“problemáticos”) y políticamente incorrectos, como el clásico Struwwelpetter, el Pedro Melenas, que, si no hemos editado antes, es porque apenas ocupaba 24 páginas en su original, y no ha sido hasta que Gustavo Puerta Leisse nos vio y nos propuso “complementarlo” con la visión de otros diez ilustradores contemporáneos, que no nos lanzamos a editarlo. Y ha sido un completo éxito.

Autor: Pablo Espinosa (40 Entradas)

Licenciado en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, magíster en Periodismo de la PUC y magíster en Literatura de la Universidad de Chile (c). Es uno de los fundadores del proyecto Ojo en Tinta: podcast, revista digital y programa de TV. En la actualidad, es editor del sitio Chile para Niños, del programa Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile.


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