Enrique Vila-Matas: “Soy un lector especial, leo distorsionando lo que leo”

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Con más de 30 libros publicados, Enrique Vila-Matas no baja la guardia y sigue innovando en sus propuestas. En Chile estuvo participando en el FILBA y promocionando su último libro, Kassel no invita a la lógica. Conversamos con él sobre lectores y lectura, sin dejar de preguntarle por Niña, su primera incursión en la literatura infantil.

Crédito foto: Elena Blanco

Crédito foto: Elena Blanco

El 31 de agosto, Enrique Vila-Matas recibió el premio Formentor de las Letras —el mismo que recibió antes Borges y Samuel Beckett— por “renovar los horizontes de la novela”, en palabras del jurado. Fue con Historia abreviada de la literatura portátil, en 1985, que Vila-Matas comenzó a ganar popularidad en Chile y el mundo, el primer libro en el que mezcló ensayo y ficción. Algo que continuó explorando en títulos como Barlteby y compañía o Dublinesca. “Hay que ir hacia una literatura acorde con el espíritu del tiempo, una literatura mixta, mestiza, donde los limites se confundan y la realidad pueda bailar en la frontera con lo ficticio, y el ritmo borre esa frontera”, escribió en un artículo.

Vila-Matas estuvo en Chile participando en FILBA y promocionado su nuevo libro, Kassel no invita a la lógica (Seix Barral), donde relata su experiencia como artista invitado en la Documenta de Kassel, centro mundial cada cinco años del arte contemporáneo. Su relación con Chile ha sido estrecha. Es conocida su amistad con Roberto Bolaño y su libro El mal de Montano comienza en la playa de Tunquén. Sobre esta novela, nos cuenta: “Nació el día en que llegué al Océano Pacífico por primera vez. Quedé fascinado por el ruido, por el movimiento, por ese rumor sordo de antiguas batallas, que decía Neruda. Ahí surgió también el personaje Tongoy, el hombre más feo del mundo, el acompañante de Montano en la novela, una especie de Sancho Panza, que está basado en Daniel Emilfork, el actor chileno nacionalizado francés”.

Niña (Alfaguara) es el primer libro que Vila-Matas escribe para el público infantil. Es parte de la serie de Alfaguara “Mi primer…”, en el que han participado escritores como Mario Vargas-Llosa y Javier Marías. “Me resultó difícil —nos explica— porque no tenía previsto escribir nunca para niños. Tuve que entrenarme. Tenía que ser muy claro para no hacer que los niños tropezaran. Ser sencillo me resultó difícil. El libro está basado en una historia que me contó mi padre, que ahora tiene 93 años. Me contó que él no quería aprender el alfabeto porque pensaba que todas las letras del periódico que leía su padre eran las que tenía que aprender. Creía que el alfabeto tenía miles y miles de palabras. Sobre este equívoco monté la historia de Niña, una niña que no quiere aprender el alfabeto. Traté de contarla bien, sobre todo, porque si al niño no le gusta, cierra el libro y no lo acaba”.

Imagen interior de "Niña", libro infantil escrito por Vila-Matas e ilustrado por Anuska Allepuz

Imagen interior de “Niña”, libro infantil escrito por Vila-Matas e ilustrado por Anuska Allepuz

 

—Más de una vez has mencionado al lector verdadero o con talento, ¿cómo es este lector?

—Distingo entre el lector pasivo y el activo. El pasivo está muy claro que es el que ve televisión y está tumbado en el sofá esperando que le den algo y no participa para nada en lo que le echan. El lector activo es un lector que ha existido siempre, aunque en los últimos tiempos ha tendido a desaparecer, que es el que participa en el libro que lee porque el libro le obliga a pensar, a recomponer una situación que le han relatado y cambiarla. Es el que participa de la lectura.

En Kassel no invita a la lógica —mi último libro, que es sobre arte contemporánea—, propongo un tipo de espectador que no se contenta con ver una instalación o pintura, sino que el mismo decide qué es aquello que está viendo, ya que sobre todo el arte contemporáneo permite a veces especular sobre qué puede ser aquello. Es un tipo de espectador que ante ese vacío de interpretación que hay delante, lo llena de con su interpretación, con su visión de lo que puede ser aquello que ve. Entonces, el que hace el cuadro es también el propio espectador. El que hace la instalación o el que le da sentido es el propio espectador. Y con el libro ocurre lo mismo. Se trata de leer participando de lo que te propone el autor.

—Riba, el protagonista de tu libro Dublinesca, define a este lector con talento como “un lector que permite en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente diferente a la suya propia”.

—El que lee se encuentra con una cosa maravillosa que es la conciencia de otro. La lectura tiene este poder mágico de conectarnos con una conciencia diferente a la nuestra, que, por mucho que no sea la nuestra y por muy distinta que sea, nos aporta una gran apertura hacia lo ajeno, hacia lo otro.

La lectura tiene el poder mágico de conectarnos con una conciencia diferente a la nuestra.

Un día observe hace mucho tiempo en Amsterdam que un hombre o una mujer que baja los ojos para leer nunca te va a atacar. Es alguien que quiere saber algo de otra persona, de alguien que ha escrito y dice algo. Quiere escuchar a otro. Está lejos de la agresividad. El que lee es alguien abierto a otras maneras de pensar y formas de estar en el mundo. Leer es una forma de respeto a lo que dicen los otros. Y la forma más atractiva de vida que he encontrado es la que se mueve en torno a la imaginación, la memoria, el pensamiento, los libros, las películas, la música, el arte.

—Te has definido como un lector con imaginación, creativo.

—Yo soy un lector un poco especial porque leo un poco distorsionando todo lo que leo, no leo exactamente lo que hay allí, sino que vuelo un poco sobre lo que está allí. Y al final acabo leyendo una cosa distinta o la interpreto mal y me conduce a una interpretación diferente. A veces me distraigo demasiado con lo que leo y acabo pensando en una historia mía. Y acabo dejando de leer para escribir. Porque una de las cosas que me ocurre al leer es que si me gusta mucho lo que leo, me entran unas ganas inmensas de hacerlo yo. Y esto es algo que es casi congénito. Leo y pienso “esto es tan bueno” y me recuerda por qué un día descubrí que era extraordinario leer y escribir. Me recuerda el momento original, entonces necesito volver a la escritura. Es decir que en el fondo, se alimenta la escritura de la lectura y viceversa. Al final soy un lector que escribe.

A veces me distraigo demasiado con lo que leo y acabo pensando en una historia mía.

Me preguntan muchas veces por las citas literales de mis libros (hay también citas inventadas). Hay frases que uno lee que siente suyas, porque piensas exactamente lo mismo y están muy bien dichas. He creado una especie de cuaderno digital donde anoto muchas de las frases que encuentro, con el propósito de trabajar con ellas más adelante, de incluirlas en algún libro en un momento oportuno. Eso ha sido interesante porque he acabado creando un cementerio de frases no utilizadas. Tengo un documento Word lleno de frases perdidas que habría querido utilizar y no he utilizado y que sería como un documento que podría titularse “lo descartado”.

—En tu artículo “Un plato fuerte de la China destruida”, que es un homenaje a Bolaño tras su muerte, te propones arder en tus escritos como Bolaño ardía en los suyos. Es curioso que ocupes la palabra arder al referirte a la escritura, que suele ser más bien un ejercicio frio de relectura y reescritura.

—Tiene ese encanto la literatura, los momentos en que uno queda conmovido por lo que acaba de escribir, sorprendido por lo que ha dicho o escrito, por la inspiración, por dónde ha llegado aquello, de dónde puede proceder. Y quedas convulso, emocionado, superado por momentos de escritura. Eso sería en parte también lo que entiendo por arder. Por jugar fuerte, jugar de verdad. Como lo decía Bolaño: “Atención que aquí nos estamos jugando la vida, esto no va en broma”.

¿Dirías que con tus libros has creado un nuevo tipo de lector?

He creado un nuevo lector y por eso mi travesía en el desierto durante años de no tener lectores fue poco a poco cambiando. Es como si durante estos 20 o 25 años en los que era un autor muy minoritario fuera creando un nuevo lector, que es lo que creo que hacen muchos escritores que leemos: inventan un lector que no existía antes.

—¿Y cómo es ese lector?

Los imagino de una manera y cuando los veo físicamente ninguno de ellos se parece. El contacto con los lectores aparece en forma de personas que nunca sospecharía que me leen. Personas que me paran en la calle para decirme que me han leído, que yo a primera vista no les daría crédito, y me dicen cosas increíbles. Por lo tanto, yo tenía un prejuicio con respecto a lo que pensaba que tenía que ser un lector mío; que supongo que lo imaginaba vestido de negro, delgado y muy elegante, y en el fondo aparecen señoras maravillosas de cierta edad con unos sombreritos a las que yo no prestaría atención, junto a señores o jóvenes que se acercan para decir algo y siempre me sorprenden. Es un lector muy variado. Que está bien porque mi literatura conecta con muchísimos escritores distintos, conecta con muchísimos mundos y no se cierra a nada.

Autor: Pablo Espinosa (35 Entradas)

Licenciado en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, magíster en Periodismo de la Pontifica Universidad Católica de Chile y magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Es uno de los fundadores del proyecto Ojo en Tinta: podcast, blog y programa de TV. En la actualidad, es editor del sitio Chile para niños, del programa Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile.


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