Manuel Borrás, editor: “El catálogo es el mejor libro que puede escribir un editor”

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Manuel Borrás estuvo de visita en Chile en agosto pasado, presentándose en la Cátedra Abierta de la UDP y no solo participó de un desayuno con librerías y espacios culturales, sino que se dio el tiempo de conversar con nosotros sobre la editorial Pre-textos, su línea editorial y sus proyectos futuros.

Manuel Borrás. Créditos: Cabildo Insular de La Palma

Respeto por el lector. Una de las constantes en que deriva la conversación con Manuel Borrás, editor de la prestigiosa editorial Pre-textos, es justamente el valor que da a tener respeto por ese otro, el lector. Y por esa trayectoria de cada uno, una biografía lectora, que nunca es realmente la misma que otros. No leer lo que todo el mundo lee, tal como bien señala esta frase atribuida al escritor nipón Haruki Murakami: “Si solo lees los libros que está leyendo todo el mundo, solo podrás pensar como lo hace todo el mundo”.

Pre-textos es un editorial que tiene un catálogo de lujo, absolutamente de culto, que pasa de la filosofía a la narrativa y poesía. Abierta a nuevas voces inesperadas y a otras consagradas, como por ejemplo Nick Cave con su Y el asno vio al ángel o Autobiografía de Rojo de la canadiense Anne Carson –quien recientemente visitó nuestro país con gran revuelo al participar en la última versión de Filba Santiago–. Y otros escritores imperdibles como Jean Améry, José Watanabe, Willa Cather o Juan Bonilla.

Comencemos por el principio

Borrás se licenció en Filosofía y Letras de Valencia en Filología Moderna, especializándose en alemán e inglés. A muy temprana edad sintió el deseo de hacer algo más que solo estudiar y realizar los múltiples trabajos académicos en germanística y expresionismo alemán y austriaco. Con solo 17 años se unió a un grupo de amigos y entre los tres organizaron una editorial con marcado interés en lo literario. Pero corrían los años del franquismo y dar vida a una editorial, siendo tan jóvenes, fue causal de mucha sospecha. Tantas, que incluso ameritó una visita a casa de sus padres, algo que quizás con otra edad y en otra posición, amedrentaría a cualquiera. Pero Manuel Borrás contaba con el apoyo de estos y la convicción de querer editar aquellos libros que le importaba leer y que otros leyeran.

—¿De dónde nace tu amor por los libros, la literatura y la lectura?
—Siempre que se me plantea esta pregunta tengo la necesidad de mencionar dos nombres. Mi madre, Carmen Arana y el de una cocinera que estaba empleada en la casa familiar que se llamaba Eugenia. Ella era de Montijo –un pueblecito de Extremadura– y nosotros la teníamos bautizada como Eugenia de Montijo, como la reina española. Mi madre fue la que me indujo a la lectura por la vía natural de la escritura, mientras Eugenia complementó ese estímulo. Ella era una narradora nata, contaba muy bien historias y yo me quedaba totalmente ensimismado oyéndola. Y muchas de esas historias se me aparecieron cuando fui ahondando en ellas y resultaron ser clásicos españoles. Eran de allí, de ese pozo de donde surgían. Luego le perdí la pista de ella cuando tenía 10 o 12 años.

—Hablabas en el encuentro con libreros de que faltan más profesores como mediadores que incentiven a lectura. ¿Cómo fue en tu caso?
—Después a lo largo de mi vida, recuerdo el colegio alemán donde me eduqué y donde le tuve especial cariño a un profesor. Era un seductor nato y nos leía en voz alta a los grandes narradores y grandes cuentistas alemanes. Él fue el que luego me incorporó mi posterior amor por Alemania y su literatura.

—Los libros y la literatura parecen muy presentes en tu vida.
—Siempre hay un amigo, una amiga que te recomienda un libro. La familia de mi madre (que son vascos) todos sus hermanos también eran lectores. Recuerdo a mi tío Valentín fue quien por primera vez me regaló a Baroja y para mí fue un descubrimiento y una convulsión también. Fue casi el descubrimiento de la novela. Y después, de siempre, la historia de todo lector está jalonada por felices encuentros. Con gente que te van induciendo desde un punto o desde otro para la lectura. Si tú tienes, claro, inoculada, esa pasión. Fui una persona muy afortunada porque yo nací a la literatura por las dos vía naturales; la oral y la escrita, y he tenido una grandísima suerte de encontrarme en mi camino, aunque maestros menos, he de decirlo con harto dolor de mi corazón. Me hubiese gustado tenerlos más.

—¿Y cómo nace la editorial? Eras muy joven cuando comienzas con ella…
—Yo entré muy joven a la universidad. Con 16 o 17 años y me sentía muy vacío. Entré a estudiar como un chico joven e idealista con la idea de que iba a entrar en la casa del saber y que iba ser investido de no sé cuántas cosas; pero me di cuenta de que en vez de darme me quitaban. Fue hasta tal punto que le planteé a mi padre muy seriamente abandonar la universidad. Y él, con mucho criterio –y quizás porque por los 50 años que nos llevamos mi padre podría ser además mi abuelo–, me dijo: “mira Manuel; creo que eres una persona suficientemente capaz como para ‘pasar el Rubicón’ de la universidad y a mí me da igual que tengas una licenciatura. Creo que eres demasiado joven como para atribuirte ya un fracaso. Yo te propondría una estrategia de supervivencia vital, que te matricules libre. Ve yendo a las clases por las que tú optes y sin darte cuenta vas a terminar la carrera”. Y además en paralelo, me dijo: “invéntate algo”.

De izquierda a derecha, Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez. Almería, años 70. Créditos: Verlanga.com

Es entonces cuando nace el germen de formar una editorial, con amigos y socios de toda la vida. Manuel se une a Manolo Ramírez, el primero desde Humanidades y Filosofía, mientras el segundo abandona decepcionado Biología y se cambia a Letras. Apenas estando en primer año de universidad, se asocian con otro muchacho, algo mayor “que a nosotros nos parecía un anciano de 23 años”, Eduardo Hervás. Él fue quien se acercó, al observar sus inquietudes y lecturas, para invitarlos a colaborar en un modesto proyecto editorial universitario.

—Él era poeta –nos explica Manuel– y la idea era publicar sus cosas, las de sus amigos. Y nosotros en ese momento, con esa curiosidad universal que tienen los chicos, dijimos que sí. Y nos involucramos en ese proyecto inicial que terminó frustrado porque Eduardo era ultrasensible, hiperestésico te diría, y cayó en una gran depresión que le llevó al suicidio. Al año de estar en esta actividad, Eduardo se nos suicida.

—¿Qué los motivó a seguir después de ese golpe?
—Puedes imaginar lo que supuso para dos chicos de 17 y 18 años esa experiencia tan dramática y que a nosotros nos había sido totalmente ajena en nuestras familias. Él era una persona tan joven. Cuando estaba buscando una estrategia de supervivencia en la universidad y con ese golpe, recuerdo que le decía a mi padre: “¿qué hago?”. Lo que me dijo fue concluyente para mí, para Manolo y para Silvia (Silvia Pratdesaba que ya había entrado en el grupo) también. Nos dice: “¿Por qué no seguís con el proyecto que se abandonó con la muerte de Eduardo? Si lo lleváis adelante y surte efecto, será el mejor homenaje que le podéis rendir”. Y ese fue un argumento definitivo para mí.

Construyendo un catálogo

¿Qué hacíamos nosotros publicando un libro sobre la historia de la ciencia cuando queríamos irnos por otros derroteros?

Manuel es generoso con las palabras, con los consejos, con las recomendaciones literarias. Hay algo de maestro en él, de motivador total ante los libros y la buena literatura, esa que te remece, que te habla como si fuera un amigo, y te tradujera. Nos reunimos en el hotel en que se hospeda esos días de agosto. Un patiecito donde corre un pequeño hilo de agua que de alguna forma conduce la conversación, ajenos al torbellino de compromisos agendados, en un pequeño oasis, donde podemos hablar de libros, de autores y de su visión como editor. Nos rodean plantas, flores y una pequeña selección de libros en diversos idiomas que invita a los viajeros a detenerse, leer un poco y quizás trocar un libro, dejar otro. Todo parece a tono para promover nuestra conversación.

Esa generosidad apasionada que lo llama a compartir lecturas, lo ha convertido en el editor que es y el peso de su trabajo en el medio hispanohablante. Con un catálogo que ya tiene más de 40 años y un extenso número de autores y libros publicados.

—¿Cuáles eran los principales objetivos de la editorial cuando comenzaron?
—Partimos con la recuperación de la memoria del exilio español y de América. Esos eran los dos temas genéricos en los que nos queríamos mover. Cuando nos dieron el permiso nos daban dos años para poner un libro en circulación, pasado este tiempo había que comenzar a hacer nuevamente los trámites. Y entonces nos pusimos a trabajar. Ya tenía contacto con gente del exilio como María Zambrano, Juan Larrea, Jorge Guillén, es decir mucha gente. Todos nos decían “sí, sí, qué bien”, nos animaban y todo, y “pero cuando tengáis un catálogo nosotros les daremos un libro”.

—Difícil comenzar a armar un catálogo. Eran muy jóvenes.
—Claro. Yo les decía un poco desesperado que si ellos no nos lo daban, nunca tendríamos catálogo; salvo Juan Larrea, que lo menciono siempre con agradecimiento porque él confió en nosotros desde el principio. Fue un hombre de una generosidad absoluta. En ese momento con todos los permisos y sin libros, vimos que la única ventana era traducir, muchos que se mencionaban en la universidad y de los cuales no teníamos acceso porque no habían sido traducidos al español. Eso nos parecía una injusticia. Yo podía leer en alguna lengua pero mucho de mis compañeros no. Esa falta de acceso era algo que había que resolver, por eso en los primeros libros de Pre-textos hay muchas traducciones.

—Muchas francesas.
—Sí, incluso nos tacharon de afrancesados. Pero voy a decir algo a favor y de reconocimiento a mis colegas franceses. Nosotros llamamos a la puerta de ingleses, alemanes, pero los franceses fueron los únicos que nos dieron un margen de confianza y accedieron a que tradujéramos sus libros.

—Pero eso toma tiempo.
—Y sí. Las traducciones tienen su tiempo, su proceso. Y poco a poco nos vimos en el abismo de tener que sacar un libro y no lo teníamos. Entonces este amigo nos dice que se ha enterado que en el departamento de Historia de la Medicina que hay un libro terminado, que parece ser interesante. ¿Qué hacíamos nosotros publicando un libro sobre la historia de la ciencia cuando queríamos irnos por otros derroteros? Pero estábamos tan desesperados que nos fuimos ver el libro. Lo leí y me gustó.

—¿De qué se trataba ese libro?
—Era un libro misceláneo sobre el vertiginoso desarrollo de la ciencia en España en el siglo XVI y XVII. Era un libro curioso, un riesgo y un peligro a la vez porque podía desviar el planteamiento que nosotros queríamos dar a la editorial. Pero finalmente accedimos y estaremos siempre agradecidos porque nos salvó de volver a cero, con todas las dificultades de sacar un permiso en aquellos tiempos. Y claro, tuvo una venta muy tímida. Aún hoy, pero muy a cuentagotas, se nos lo va pidiendo porque es un libro de referencia dentro de la comunidad científica.

De resistencias, pedagogías y riesgos en la edición

Manuel se refiere al rol del editor como el de un pedagogo, un seductor como aquel profesor alemán que lo motivó a descubrir la vasta literatura alemana. Alguien capaz de invitar a otro a hacer sus propios caminos como lectores. “Quien lee bien, piensa bien. Leer poesía hace mejores ciudadanos” afirma, para luego sentenciar la frase que marca esta conversación: “El catálogo es el mejor libro que puede escribir un editor.”

—Has hablado del editor como un pedagogo. ¿Qué implicancias tiene esto?
—Para mí editar es una de las formas de hacer pedagogía, una de la muchas formas. El pedagogo es el seductor, si no hay seducción por la pedagogía, pues acaba allí. Eso lo he dicho e insisto en esto, no es algo que yo diga o que me haya inventado sino que ya esa tesis venía de los griegos y que me parece dilucidadora. El seductor es aquel que es capaz de crear un nuevo estado. Siempre que se te seduce, incluso en el régimen pasional, uno se queda perplejo. Se induce a la perplejidad y ese momento, que a veces pasa desapercibido para quienes se creen pedagogos o maestros, es muy importante. Aprovecharlo para inducir un conocimiento. La perplejidad crea las condiciones más favorables para inducir o compartir un conocimiento con otro. Educar es guiar pero muchas veces se confunde con imponer, por desgracia.

—Eso pasa constantemente, a todo nivel.
—Lo primero es prohibir obligar a leer. Esto es algo que me ha tocado defender en algunos foros donde se habla de fomento lector entre jóvenes y chicos. Esa es una condición sine qua non. Lo que hay que crear son las condiciones para que una muchacha o un muchacho se sienta atraído por la lectura. Es verdad que hoy existe una competencia feroz, que es la pantalla ensimismadora, y con todas las promesas que nos venden los gurús de la tecnología. ¡Hay muchos niños y niñas que no saben lo que es un libro, que no tienen acceso a un libro!

Manuel Ramírez, Silvia Pratdesaba y Manuel Borrás. Créditos: Nacho Goberna

—Mencionaste en el encuentro esta mañana a los lectores circunstanciales, donde todos leemos lo mismo; todos pensamos lo mismo.
—Claro, no se establecen diferencias. Creo que esas unanimidades, primero, son peligrosas, y segundo, no hay quien se las crea. Si existe un criterio tan consensuado  hay algo que está fallando por un lado. Pero por otro, está siendo muy eficaz esta colonización que estamos sufriendo. En muchos seminarios a los que he asistido les digo a los chicos: “a ustedes se les ha vendido la idea de que con internet podéis estar en todos los sitios a la vez, conectado a mil sitios. Pero si no estás de verdad en ninguno de los sitios, de qué os sirve”. Eso es como venderles el espejismo de la ubicuidad sin realmente alcanzar absolutamente nada. Se ha llegado a tal magnitud el fragmentar la conciencia. E incluso, algo que es tan maravilloso en la infancia y adolescencia que es la curiosidad, ahora está dispersa, quebrantada. Muchos de mis colegas que están en educación ven que los estudiantes de hoy son incapaces de escribir un discurso con cierta ilación, porque son inhábiles de leer algo.

—¿Hay esperanzas?
—Veo síntomas de reacción contra todo eso, muy tímidos, pero los estoy viendo. El otro día, sin ir más lejos, uno de mis amigos más jóvenes comentaba que se había quitado de todas las redes sociales: InstagramFacebook y todo eso. Y otro, al ver que este lo había hecho, decía que también lo iba a hacer. Claro, esto es una minoría. Porque para mí no hay nada más dramático, algo que para algunos es desopilante, ver a una parejita en un bar, que estén los dos con el aparato y ni siquiera se miren a la cara.

El editor literario asume un pacto de amistad con la literatura lo que lo obliga a ser tremendamente sincero.

—Como la ya clásica discusión de si la cultura analógica va a sobrevivir a la virtual.
—Pues yo no sé. No soy profeta, pero si ustedes acaban convenciéndose de que el sexo virtual es mejor que acostarse con otro y estar con ese otro, pues yo francamente eso nunca lo voy a cambiar. Quizás sea una visión romántica pero yo creo que la literatura requiere de un soporte físico. Necesitamos una relación física con las cosas. Primero: hay cinco siglos de cultura tipográfica que ha dado muy buenos resultados y no tiene por qué alterarse, no hay una razón objetiva para hacerlo. La incursión del libro en el digital fue una discusión interesantísima de una industria determinada que había hecho una inversión y lo que quería era barrer el libro de por medio, sin haber   considerado a algunos que de buena fe apoyaron esa iniciativa, sin haber pensado en las consecuencias. Y acaso, ¿no podemos convivir en paz y equilibrio? ¿Por qué ese ánimo beligerante? Porque yo no estoy en contra de las tecnologías. Eso sería idiota. Esta siempre viene en ayuda del hombre y desde luego que en lugares donde es difícil tener una biblioteca de papel o en muchos sitios inaccesibles, pues ahí la pantalla nos va a ser muy útil para leer. Porque eso sí: un buen libro es tan bueno proyectado en una pantalla como leído en papel. Pero yo necesito tener el soporte en las manos, en mi relación romántica con los libros. Y bueno, porque me gusta olerlos.

—Y volvemos a la idea de que el editar es una forma de mediar.
—Y claro. Se puede editar virtualmente y hacerlo bien, pero por desgracia no siempre  es así. Mucha gente ingenuamente dice que en la biblioteca de Babilonia están todo los libros a nuestra disposición y podemos bajarlos. ¿Pero vosotros habéis analizado qué os están dando? ¿Qué traducciones? ¿Qué ediciones? ¿Están seguros de que están completos los libros?

—En definitiva a saber qué estamos leyendo.
—Muchas veces son ediciones obsoletas, con traducciones inadecuadas y donde falta una cantidad de textos. Pues muchas veces están timándoles, como se les ha timado también a veces analógicamente. Y se les sigue timando.

—¿Cómo concilias la edición, la lectura y los viajes?
—Estoy en esta etapa en que mi labor en la editorial se reduce a leer, a seguir determinando la excelencia de los libros que se van incorporando al catálogo, a hablar con vosotros, a tener trato con los autores. Pues creo que un editor literario debe acompañar a sus autores, en la presentaciones, en los momentos difíciles. El editor debe estar cerca del autor.

—¿Y cómo es la relación con la crítica?
—Yo he aprendido mucho de los críticos. Pero de los críticos de verdad. Cuando me han dicho, por ejemplo, esta edición tiene esta falta y otra y tal. A veces lo primero que viene es la indignación, pero después vamos a ver si realmente lo que dicen tiene su fundamento. Si lo tiene, no deja de molestarte pero el problema es tuyo y lo que han hecho ha sido solo señalar el problema. Solo queda agradecerles porque se está comportando con un amigo contigo y no como un enemigo.

—¿Cómo ves a las nuevas generaciones?

—Los que están mostrando mayor ejemplaridad son los editores jóvenes. Espero que no se maleen. El editor tiene la obligación moral da dar a los otros, aun a riesgo de estar equivocado, lo que piense es verdaderamente lo mejor. El editor literario asume un pacto de amistad con la literatura lo que lo obliga a ser tremendamente sincero.

—¿De qué editoriales estamos hablando por ejemplo?
—De las españolas que conozco mejor están Sexto Piso, Asteroide, Periférica, Impedimenta, Errata Naturae, que me parece una editorial muy interesante. Está también Nórdica. Además yo he tenido la prueba, por ejemplo, cada uno de sus editores cuando se han interesado por alguno de mis autores me han llamado y yo no he sido un editor celoso. Si se hace bien un libro da igual quien lo haga pero, por favor, que se haga bien. La naturaleza de la literatura siempre ha sido lenta. ¿A qué obedece tanta velocidad? La urgencia es la de la industria pero no la de la literatura. Nada verdaderamente importante en la vida requiere urgencia, y más en la vida editorial.

—Nuevos proyectos:
—Este año hemos querido llamar la atención sobre la filosofía, donde siempre es más raro encontrar textos. Siempre recibimos mucha poesía y narrativa. Pero claro, la proporción es menor y estamos muy satisfechos con el descubrimiento de tres jóvenes filósofos españoles que vamos a apoyar. Uno ya lo hemos publicado, Daniel Lesmes con su libro Aburrimiento y capitalismo, que es un libro de corte benjaminiano muy interesante. Ahora vamos a publicar un grandísimo ensayo de Antonio Dopazo sobre Bergson y después el de Enrique Ocaña, del cual ya editamos uno llamado Sobre el dolor, y ahora le vamos a publicar un libro que es una crónica de su caída en las drogas. En él se hace un recorrido y una observación por ese mundo terrible, es un libro difícil y que raya en lo políticamente incorrecto, algo que me da igual porque la vida está más allá de lo políticamente correcto. Es un libro muy sobrecogedor.

—¿Y te llevas autores chilenos?
—Muchísimos. Huidobro, Edwards, de autores jóvenes también. Me estoy consiguiendo algo de Luis Oyarzún. Llevo además a Andrea Palet (anfitriona en UDP) y de Nicolás Letelier. Me llevo a varias poetas jóvenes y a una narradora joven que me han recomendado. Siempre que voy a un país voy a impregnarme del país. Y la verdad es que me gustaría incorporar al catálogo más autores chilenos de lo que he editado, como Pedro Lastra por ejemplo, que es un estupendo poeta, o David Rosenmann-Taub. Me gustaría incorporar a generaciones más jóvenes.

—Un editor que se arriesga por decirlo así, ante una obra nueva, ante un nuevo escritor.
—Un editor que se precie debe estar apoyando la edición de autores jóvenes, de aquí y de allá, de todos lados, porque es muy fácil apostar a caballo ganador cuando ya hay un valor consensuado. Lo que se trata es de apoyar, ayudarles en su desarrollo. Nosotros no hacemos mejor su obra, pero sí hemos contribuido a que su obra se leyese. En muchos cursos en que he colaborado le digo a los chicos y chicas que eso es lo que nos ennoblece en nuestra profesión. Y es que somos realmente intermediarios puros entre dos mundos que están separados pero condenados a estar en contacto, que es el de los creadores y el de los lectores. Y tú estás allí, tendiendo un puente y eso es muy hermoso.

Autor: Astrid Donoso Henríquez (46 Entradas)

Periodista, Técnico Bibliotecario, Diplomada en Fomento a la Literatura Infantil y Juvenil (PUC), Máster de Literatura Infantil (UAB) y estudiante del Diplomado de Edición de IDEA (USACH). Lectora voraz y nada monógama de libros clásicos, contemporáneos, poesía, ensayos y rarezas. Trabaja en La Fuente desde el 2012.


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