Escribir en blanco y negro

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La anécdota es la siguiente: corren los años sesenta y el mítico director, productor y comediante, Mike Nichols, decide llevar al cine la obra de teatro de Edward Albee Quién le teme a Virginia Woolf. En otras palabras, contar la historia de un matrimonio que ha sobrevivido por esos misterios de las vidas de pareja destruyéndose, componiendo así una caricatura de los estragos que causa el amor en estado salvaje, si es que podemos llamar amor a esa chispa que une a dos personas que deciden aniquilarse por medio de la convivencia mutua. En fin.

El asunto es que Nichols está empeñado en grabar la cinta en blanco y negro. Blanco y negro para Elizabeth Taylor y Richard Burton, ni más ni menos. Dos íconos del cine que, en sus propias vidas, encarnan esa mezcla imposible entre violencia y ternura. Pero, los inversores no están de acuerdo. Quieren color. La cinta debe rodarse en colores, le piden a Nichols aludiendo cuestiones de público, ventas de taquilla, tecnología y vaya a saber uno qué otras cosas más. Pero Nichols no afloja, es más, prefiere alejarse del plató y tomarse unos días. ¿Unos días para pensar y darle el amén a los inversores? No, unos días para que los inversores le tomen el pulso a este director que hará su carrera retratando la miseria de los matrimonios de clase media. La cinta se filma, produce y estrena en blanco y negro y es un éxito rotundo, de hecho, todos sus actores son nominados al Óscar, además del director.

Muchos años después, cuando Nichols ya es una leyenda y ha recibido más premios de los que puede exhibir en su escritorio, un periodista le pregunta por qué. Por qué esa cerrazón. Porque el color no le hubiese restado méritos a la cinta, eso está claro. Y el viejo Nichols responde que necesitaba acentuar el efecto de artificio. Qué manera simple y sensata de decir que una obra, por mucho que nos hable al oído, es antes que nada una construcción.

Detalle columnaLa palabra artificio no es casual. Los artificios tampoco lo son. Sin embargo, muchas veces, los escritores nos vemos obligados a explicarnos. Los lectores quieren saber si hablamos de nuestra familia, si tal o cual personaje es nuestro hermano, primo o padre, ¿qué más da? Digo, para efectos de lectura –no de un trabajo de investigación biográfica–, ¿importa si alguno o ninguno de los personajes tiene un componente real? ¿Dejaría de conversarnos íntimamente ese libro que nos conmovió hasta producirnos una electricidad tal que creemos que su autor está escribiendo nuestra propia existencia, si conociéramos los detalles de su vida? Muchas veces, me he descubierto hurgando en la vida de los escritores que me conmueven con un impulso irrefrenable por impedir que termine esa conversación que sostuve con ese libro que me tocó el alma. Como si por el hecho de conocer detalles, seré capaz de entender esa química, esa atracción sobrenatural que se siente con un buen libro. Pero saber, por ejemplo, que el escritor suizo Robert Walser era un caminante compulsivo, que vivió sus últimos años en un manicomio y escribió parte de su obra en servilletas o boletas, en otras palabras, en papeles desechables, es distinto a leer su obra bajo una lupa biográfica, armando mapas y estableciendo coordenadas: ¡Aja!, escribe sobre locos porque vivió rodeados de orates o, ¡eso era!, incluye padres maltratadores porque su propio padre fue un demonio. Hay cierto morbo en reconocer la nota biográfica en una historia bien contada, es verdad. ¿Sabían que Kafka se entregó a la escritura como un endemoniado en el momento que supo que iba a morir, cuando escupió sangre? Manjares colaterales a la lectura.

El ejercicio de escribir es ir por esa carretera arriba de un Aston Martin totalmente ciegos bebiendo martinis secos y sobrevivir.

Ahora, si efectivamente en aquella novela que amamos el escritor retrata a la que fue su madre, ¿qué tan real resulta el ejercicio cuando parte de la tarea de construcción que emprende implica inferir? Porque no hay bolas de cristal en la escritura, nada ni siquiera el testimonio le permitirá esclarecer los erráticos recovecos que motivaron las decisiones de sus padres, primos o hermanos, no habrá forma que entienda hasta las últimas comas el trastorno que supone perder un hijo o la de desazón del estado crepuscular de un moribundo, por cerca que le roce esa realidad. El escritor, al igual que el científico de laboratorio, se impone la tarea de completar cadenas de ADN y lo hace aventurando porqués, ajustando la mira de su rifle para dar en el blanco. A veces, acierta; otras, no, pero el ejercicio nunca deja de ser un artificio. Un entramado bien o mal construido sobre esa realidad que corre desalmada por una carretera mientras sus conductores van ojos vendados manejando autos de carrera a toda velocidad. El escritor, como sus lectores, comprende mientras avanza, que buena parte de la materia de la que están hechas las personas que ama es efectivamente un misterio. Por eso escribe en blanco y negro, como Nichols. Por eso construye un armatoste que sostiene baches, aquello que se le escapa, pero que rellena con lo que cree es el meollo de los porqués.

En la misma entrevista, Nichols dice que adoptó la comedia porque era una buena forma de hablar de casi todo: podía retratar a matrimonios cayéndose a pedazos, hombres y mujeres miserables, y reír y reír. Pero él no produce para que riamos simplemente, el ejercicio del cineasta es ponernos un espejo enfrente y enrostrarnos lo que sucede íntimamente. Algo similar ocurre con la escritura. Un buen libro nos hará reír y llorar, nos podrá calentar o increpar, pero sobre todo nos descubre: somos develados por esas páginas y nos sentimos descubiertos. Ahí está la gracia de la escritura, pues, si fuese puramente biográfica, si todo lo que leyéramos encontrara un referente real, perdería el encanto, borraría la corriente subterránea que implica imaginar lo que ocurre. El ejercicio de escribir es ir por esa carretera arriba de un Aston Martin totalmente ciegos bebiendo martinis secos y sobrevivir. Como decía Lihn, “porque escribí estoy vivo”.

Autor: Sara Bertrand (22 Entradas)

Estudió Historia y Periodismo en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Combina la escritura de libros infantiles y juveniles con el trabajo periodístico. Su último libro "La mujer de la guarda", editado por Babel, recibió el primer premio en la categoría New Horizons, de los Bologna Ragazzi Award 2016.


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