Germán Marín: La escritura como un destino prefigurado

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Hoy Marín vive al ritmo que el cuerpo y el ánimo le permiten, pero siempre bajo la ley de ser un escritor riguroso en la creación literaria. En esta conversación recorremos sus últimas publicaciones, pero, por sobre todo, su vida como editor y escritor, que se inicia en las salas de la Biblioteca Nacional de Chile.

Germán Marín. Créditos: Diego Bernales

Con ochenta y cuatro años de edad y la salud precaria –entre otras cosas con severas dificultades de visión–, Germán Marín sigue escribiendo, aunque reconoce un agotamiento general. En la última década ha publicado más que nunca antes y ha reeditado varias de sus obras más significativas. Este año, por ejemplo, reeditó la que fuera su primera novela, Fuegos artificiales (1973), que estuvo poco tiempo en circulación, ya que la publicó Quimantú poco tiempo antes del golpe. Este 2018 apareció también Póstumo y Sospecha (Planeta), la historia de dos personajes de orígenes disímiles, pero que terminan unidos, por un asunto de sobrevivencia, en el mundo de los billares santiaguinos de mala muerte. Muy diferente fue la publicación en 2017 de una novela que había permanecido guardada por años, Tal vez sí, tal vez no (Planeta). Una obra que se distingue entre sus creaciones por el tono humorístico para presentar a su protagonista, la Nona, una mujer divertida en lo detestable que puede llegar a ser.

Hoy Marín vive al ritmo que el cuerpo y el ánimo le permiten, pero siempre bajo la ley de ser un escritor riguroso en la creación literaria. En esta conversación recorremos sus últimas publicaciones, pero, por sobre todo, su vida como editor y escritor que se inicia en las salas de la Biblioteca Nacional de Chile.

—¿Había muchos libros en tu casa? ¿Cómo te hiciste lector?
—No, yo empecé mis lecturas a consecuencia de la vagancia. Cuando fui dado de baja por mala conducta de la Escuela Militar, quedé libre a nivel escolar. Mi padre me dijo que tenía casa y comida, pero me advirtió que él no se responsabilizaría más de mí. Quedé libre y salí a caminar. Salía a caminar durante el día y como andaba casi siempre sin dinero, iba a la buena de Dios. En una de esas caminatas me llamó la atención un edificio: era la Biblioteca Nacional y, como me quedó gustando, entré a mirar. Te prestaban libros, pero yo era menor de edad aún, tenía unos 16 o 17 años, y necesitaba que un adulto se inscribiera por mí. Entonces, le pedí a mi madrastra si me podía acompañar para poder sacar libros. En la biblioteca empezó una verdadera adicción. Pasó el tiempo y me entusiasmó una sección de revistas extranjeras: francesas, italianas, y se me abrió otro mundo.

De pronto me entró interés por Europa y pensé en irme. Hablé con mi padre y él me dijo “bien, yo te firmo un poder para que salgas; que te vaya muy bien allá”. Pasó un año y me fui, con ayuda de mis tías. Estando en Buenos Aires no sabía qué iba a hacer. Había un letrero de un hotelucho cerca de la estación de Retiro. Pésimo. Llegué ahí.  Conseguí un trabajo en el puerto. Había un negocio enorme donde una mujer te facilitaba una mesita, una radio y unos sobres con veinte antenas de radio para vender. Tuve la suerte de ubicarme en la 9 de julio y Corrientes, de ambulante, frente al obelisco. Al tercer día ahí, lateado y arrepentido, pasó un amigo, Joaquín Prieto, hermano del cantante Antonio Prieto. Nos juntamos a la noche siguiente y me dijo, vamos a ir a tal lugar, donde actúa mi hermano. Justo necesitaban a alguien para abrir una discoteca rendez-vous. El dueño me contrató para que entre las 5 de la tarde y las 9 de la noche pusiera discos y me hiciera cargo de la iluminación. Trabajé ahí durante dos años.

Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Créditos: Colección Sameer Makarius

Para entonces ya me estaba convirtiendo en un lector profesional. Me inscribí en la universidad y conocí gente del libro. Tuve muy buenos profesores, como Castagnino, Borges, que me hizo clases de literatura inglesa. Borges era desordenado como profesor, cambiaba de tema, no tomaba pruebas. Era muy simpático, muy pelador del mundo político. Luego empecé a colaborar con una editorial pequeña de los radicales. En ese entonces no sabía que quería ser escritor ni tampoco que estaba desarrollando tareas editoriales. Las cosas simplemente se estaban dando. Nacía el editor sin darme cuenta. Algo así como un destino.

Fuegos artificiales prefigura al autor que va a aparecer después

—¿Cómo te inicias en la escritura?
—Empecé a escribir cuentos. El diario El Siglo tenía un concurso nacional con un muy buen jurado. Me presenté y quedé finalista; el relato fue publicado. Esa vez ganó Enrique Lihn, al año siguiente lo gané yo. El cuento se llamaba “Tiempo muerto”. El concurso coincidió con una situación con el PC. Yo era secretario de organización en una comuna y había aceptado una oferta para ir a trabajar a China. Se me planteó que fuera a la URSS por un año y tuve la mala ocurrencia de decir que no iba por viajar ni por turismo; que lo que me interesaba era el proceso en China. Y se lo dije a José Cademartori, parlamentario y miembro del comité central, justo cuando se dirimía el concurso. Por ello no me querían dar el premio. Entre los jurados estaban Francisco Coloane y Enrique Lihn, que lucharon para que yo resultara ganador. Recibí la carta de Enrique en Pekín anunciándome el primer lugar.

En China trabajé en una editorial en lenguas extranjeras, en la revista Pekín informa y después colaboré en otra que se llamaba China reconstruye. Ahí revisaba los textos de escritores chinos traducidos a varios idiomas, entre ellos el español y yo los pulía. Fue allí cuando empecé a escribir un texto que se convirtió en Fuegos artificiales.

—¿Por qué no publicaste antes de 1973?
—Al regresar de China, al poco tiempo, entré a la Editorial Orbe. Publicamos algo de Coloane, de Edwards Bello. Después entré a trabajar a Universitaria, que editaba una colección de literatura latinoamericana que se llamaba Cormorán y, además, hacía la revista. Yo era editor de la revista, que hacíamos juntos con Enrique Lihn, y que era solamente de literatura, salvo para la elección de Salvador Allende cuando hicimos un número con temas de política. Hace unos tres o cuatro años me pidieron autorización de El Mercurio para publicar una entrevista que hicimos a Onetti.

—¿Quiénes eran tus amistades literarias entonces?
—Mis amigos más cercanos eran Jorge Teillier y Lihn. Pero a Enrique le cayó mal mi amistad con Teillier, problemas de faldas entre los dos. También tenía amistad con Raúl Ruiz, Waldo Rojas, José Román, Martín Cerda, Luis Domínguez y Hernán Valdés. Otro amigo era Carlos Droguett, que era muy odiado, por pesado, le tiraba la pachota a todos. No había mujeres que participaran mucho, a veces la Colorina (Stella Díaz Varín), un personaje bravo; agresiva, peleadora. A veces me veía con el viejo Manuel Rojas; era simpaticón, duro. Con Coloane casi no tuve ninguna relación y con Donoso muy poco. A él más bien lo empecé a conocer cuando volví a Chile. Ya estaba muy disminuido. Ese fue un período muy farrero, muy alcohólico; no consumíamos drogas, solo vino. No había envidia en el grupo, era amistad.

—Este año publicaste una reedición de Fuegos artificiales, ¿cómo lo evalúas tantos años después?
—La edición original la publiqué en 1973, en Quimantú, en la colección Cordillera. La publicación fue fácil. Simplemente se lo pasé al director, que era Alfonso Calderón, con quien no teníamos una relación estrecha. Lo considero un libro que anuncia el modo de escritura que más adelante empecé a tener, prefigura al autor que va a aparecer después.

—Tras el golpe te fuiste a México y posteriormente a España, ¿cómo fueron esas experiencias y por qué terminaste en Europa?
—Cuando vino el golpe, y por los allanamientos que sufríamos, decidimos vender la casa y la librería que teníamos con Juanita. En México estuvimos unos dos años. Luego nos fuimos a España porque mis hijos, Germán y Arturo ya debían entrar a la universidad y en la UNAM había mucha revoltura que se solucionaba con disparos. Además, ya se esperaba la muerte de Franco. México era estimulante culturalmente. Conseguí trabajo en la prestigiosa editorial Siglo XXI. Llevaba casi un año ahí, cuando me ofrecieron irme al diario Excélsior, al departamento editorial. En México publiqué dos libros. Uno fue Chile o muerte, un libro gráfico, una historia gráfica del país, crispado con la posibilidad del golpe. Llevaba fotos de Arminio Cardoso, muchas eran de personas anónimas. Después publiqué otro, sobre la CIA en Chile.

Opté por irme a España por el idioma y porque se visualizaba que iban a haber cambios allá y que el asunto en Chile era para largo. Entré a trabajar como subdirector de edición en la editorial Labor y permanecí allí como doce años. La experiencia fue buena, era un trabajo muy intenso. Yo estuve gran parte de ese período sin escribir, pero leyendo y viajando mucho, conociendo nueva literatura, y eso me ayudó mucho. Recién cuando me retiré de Labor –porque cambió de dueños y los nuevos eran del Opus Dei–, me puse a escribir la trilogía Historia de una absolución familiar. Al principio no sabía para dónde iba. Me costó mucho el inicio. Tenía que retroceder en la historia y, finalmente, empecé escribiendo sobre mi abuelo italiano y la familia que llegaron a Buenos Aires y luego a Chile. Pero me di cuenta de que necesitaba el ala paterna y recurrí a la realidad de mi abuelo; a Alberto, mi padre, y una hermana de él. Así se completó la idea de los orígenes familiares. El protagonista de la novela aparece años después. El juego de narradores es anterior a la escritura. Supe que iba a tener que emplear esas voces de los protagonistas. Es la obra a la cual le he dedicado mayor esfuerzo y estoy contento con el resultado. El primero y el segundo tomo –Círculo vicioso y Las cien águilas– los publicó Planeta. No continué con el tercero de inmediato porque me metí en otros temas, salieron otros libros. En La ola muerta, el tercer volumen, me demoré un año y tanto y lo publiqué en Sudamericana.

—¿Hiciste amigos con los escritores mexicanos y españoles?
—A Octavio Paz llegué con una carta muy elogiosa de Braulio Arenas de quien era amigo; a Pitol lo conocí poco, estaba enfermo. Me hice amigo de la gente de la editorial ERA, de Monsiváis. A quien conocí mucho, e hicimos gran amistad, fue a Rulfo. Era un buen conversador y pasamos vacaciones frente al lago Chapal. Me entretuve más en México que en España. En Barcelona tuve que trabajar mucho, fue muy duro, pero fue un período provechoso, conocí a varios escritores en España, como Juan Benet, aunque nunca fueron relaciones muy estrechas.

Después vine a Chile y me entusiasmó volver. Hice un primer viaje cuando todavía estaba Pinochet. Viajé en avión de Barcelona a Buenos Aires, pero algo pasó y nos dejaron en Asunción. Yo venía solo y me fui a Buenos Aires, estuve unos días allá y me fui en tren a Mendoza. Vi una oficina de autobuses que hacía el viaje a Santiago y como era más barato, me vine en bus finalmente. Al llegar a la frontera me detuvieron como una hora, parece que estaba en la lista. Cuando me preguntaron dónde me iba a alojar dije una mentira: que me quedaría en la casa de mi familia y di el nombre un tío de ultraderecha, dueño de la industria de fideos Imola.

La segunda vez que vine no tuve problemas. Fue después del plebiscito. La familia no quería volver. Me dijeron que probara un tiempo y así lo hice. Mi mujer llegó a los meses. No me arrepiento de la decisión.

Roberto Merino y Germán Marín, 2006. Créditos: Miguel Sayago

—Este año publicaste la novela Póstumo y Sospecha donde aparecen nuevamente personajes marginales, ¿qué hay en ellos que te lleva a revisitar ese ambiente?
—No sé por qué he abordado ese mundo. Muy rara vez he conocido gente así. Trato de darles cierta densidad, son medio superficiales, como lo que le pasa a nuestro amigo Marcelo Mellado. Le falta densidad a los personajes, se asemejan mucho el uno con el otro, sobre todo en su último libro de cuentos.

Póstumo y Sospecha son personajes parecidos entre sí, aunque de orígenes muy distintos. Sospecha empieza a tener una vida propia una vez que el padre lo deja ir, se siente libre y la libertad se lo come vivo. Póstumo viene de otro mundo. El nombre viene de Shakespeare. Siempre me quedó el nombre y pensé: algún día le voy a poner así a un personaje. En el último libro de Diamela Eltit los personajes tienen nombres como Casimiro Barrios o Ángela Muñoz, son nombres que reflejan poco, son de guía telefónica. Póstumo y Sospecha se prestan mucho para pensar en eso. Son personajes marcados por el destino. De ahí no van a salir bien. Tampoco van a tener un desenlace súbito de la mediocridad. Hay varios chanfles en la novela donde se advierte que el narrador está hablando en representación de los protagonistas. Dejé el final abierto porque me gustan, no les tengo miedo. En Chile les tienen mucho miedo, todo tienen que ser cerradito. En el libro de cuentos que estoy escribiendo ahora la mayoría son abiertos.

—¿Qué representa el hotel Palermo que aparece en varias novelas tuyas como Notas de un ventrílocuo, Adiciones palermitanas y ahora Póstumo y Sospecha?
—El hotel Palermo me viene bien porque me da una salida narrativa. Me sirve de puerta abierta de emergencia. Quizá hay un mundo que mostrar. Son alternativas para los personajes en caso de necesidad. Es un mundo decadente.

Tal vez sí, tal vez no, publicada el año pasado es distinta al resto de tus obras y la escribiste muchos años antes. ¿Por qué la publicaste recién ahora?
—No sé por qué no la quise publicar antes, debo haberme interesado en otra cosa. He escrito cosas que tras escribirlas y retomarlas no me han gustado y las he desechado. No tengo papeles guardados, no quiero dejar porquerías. De Bolaño están publicando barbaridades.

—Al retomarla ¿cambió mucho la novela?
—Al revisar siempre voy cambiando. No sé cuánto modifiqué el fraseo, pero no gran cosa. Es una novela distinta dentro de mi obra. Es otro mundo. La visión es humorística. Hubo ese interés para no tomar muy en serio a la protagonista, la Nona, que está basada en mi madre. Lo escribí después de que ella murió. Es un personaje de clase media, complicada, egoistona en cierta medida. Es más o menos mi madre, como calculaba que fue. Fue una mujer adelantada a su época. Debí poner más de sus actividades comerciales, ahí la agarro para la chunga, pero tenía talento comercial. No era una feminista. Trataba de mandar ella.
Nadie de la familia se molestó porque todos los familiares ya están fallecidos. Los distintos finales que incluí los hice para hacer más discutible la cuestión de quién la mató, quién la odiaba más.

—Entre tus libros ¿hay alguno que sea más personal para ti?
—No tengo un libro más personal, más sentido. No tengo memoria para seleccionarlo. Hay distintas opiniones. Hay gente a la que le gusta todavía El Palacio de la Risa (UDP, 2014), a otros les gusta El Guarén (FCE, 2012). No tengo un libro que yo mismo pudiera señalar.

 —Estás con más problemas de visión, ¿cómo te afecta eso?
—Nunca pensé en la ceguera. No sé cómo asumirlo. Veo películas y lloriqueo, no por emoción, sino por los problemas para ver. No sé cómo vivir lo que me queda. He dejado de leer los diarios por falta de interés.

—¿Pero sigues escribiendo?
—Relatos largos, de prosa larga, con otros temas, por ejemplo, la última casa donde vivía cuando me fui de Chile, en Perseo, en Las Condes, que era la única por el sector que entonces era una zona eriaza. Hoy tengo una mirada más agotada por todo esto que me está ocurriendo. El agotamiento físico lo noto a diario. En mi comportamiento literario, escribo menos, con menos deseo. No sé si me quedó algún proyecto pendiente. Yo creo que la escritura era un destino. Algo prefigurado. Empezó de muy jovencito, cuando descubrí la Biblioteca Nacional.

—¿Y cómo se llamará el libro de cuentos?
—Un oscuro pedazo de felicidad.

Autor: Andrea Viu (2 Entradas)

Periodista por la Universidad de Chile. Magíster en literatura latinoamericana y lingüística hispana por Brigham Young University, diplomada en publishing por University of Yale, EE.UU. Directora editorial de Alfaguara infantil y juvenil (1999-2005), Directora editorial de Alfaguara y Penguin Random House (2005-2016). Profesora de edición en el magíster en edición de la Universidad Diego Portales y directora del diplomado en edición en literatura infantil y juvenil de la misma casa de estudios. En la actualidad es editora independiente y directora de Epígrafe, empresa de servicios editoriales.


Un comentario para “Germán Marín: La escritura como un destino prefigurado

  1. Roxana

    Amé leer la entrevista. Su historia de vida , parece una novela.
    Gracias

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