Gabriela Wiener, escritora: “Hay que mostrarlo todo”

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Protagonista de sus textos, escarba en sus zonas más oscuras y las expone a sus lectores. Esa es una de sus formas de hacer activismo y rebelarse a un mundo que exige a las personas ser exitosas, positivas, fuertes. Dueña de una escritura visceral dice que si no se pone en jaque, si no arriesga, entonces no tiene sentido contar nada.

Gabriela Wiener formó parte de la delegación peruana que participó en Filsa 2018. Créditos: Paul Vallejos

Hubo una época en que a Gabriela Wiener (1975) le enseñaron que para escribir en periodismo tenía que hacerlo con distancia, observando desde un escondite donde ella nunca sería la protagonista de la historia. Pero no pudo. O más bien no quiso. Completamente alejada de esa clase de textos, la escritora peruana se ubica en el epicentro del relato y explora su yo más íntimo, escarbando en sus fragilidades.

Wiener no teme exponerse. Dueña de una escritura visceral, en Llamada perdida (Estruendomudo, 2014) habla de su curiosa obsesión con el número 11, de su relación poliamorosa, de su trastorno de dismorfia corporal, del miedo a la muerte, de la ansiedad de vivir en otro país. Y lo cuenta todo porque dice que si no arriesga, si no se pone en jaque, entonces no tiene sentido escribirlo.

Y ponerse en jaque fue lo que hizo en Dicen de mí (Estruendomudo, 2017) una serie de entrevistas donde sus cercanos reflexionan sobre ella y lo que provoca su existencia en sus vidas. Ahí fueron los otros quienes revelaron todas las Gabrielas que la habitan y que al leerlo se siente como una montaña rusa, una provocación, porque Gabriela Wiener, feminista, inmigrante, chola, bisexual, usa las palabras como un arma cortopunzante.

Tu literatura está cruzada por la exposición de lo íntimo, de tu intimidad no ficcionalizada. ¿Qué valor tiene para ti?
—La intimidad es totalmente mi método de trabajo y es el material con el que escribo todo. Nunca he podido escribir desde la distancia, siempre he tenido que involucrarme. De hecho, sí, podría haber contado las cosas desde afuera, pero no me sale. No siento que sea auténtico. Al principio hacía periodismo Gonzo que le llaman, que era meterme en unas historias aparentemente salvajes. Pero ya incluso cuando escribía sobre eso, había un punto en que me remitía a cosas mucho más pequeñas o cotidianas o íntimas. Yo siempre he estado en el texto. Con el tiempo se han ido cerrando mis historias hacia lo más íntimo, familiar, personal. Cómo no hacer una narrativa de lo personal. De alguna manera el esfuerzo es convertir eso que es individual en una experiencia que sea colectiva.

—A veces hay morbo por saber cómo es la vida de x escritor, cuáles son sus luces y por sobre todo sus sombras, pero tú entregas todo el material. ¿Tus lectores llegan a conocerte bien luego de leer tus textos?
—Suele pasar eso, que cuando alguien que ha hecho novela o ficción te dice que esto es ficción. Se parte de una base, de una fuente vital, como todo escrito. En mi caso esos filtros se reducen. Creo que sí hay una invitación a acceder realmente a un material de mi vida verdadera porque es también mi propio esfuerzo por compartirla. Es esa vida lo que me interesa contar, no más. La narradora es la persona, pero también somos muchas cosas, somos muchas Gabrielas. Dentro de nosotras habitan varias individuas, a veces contradictorias. Mi literatura es desde el yo, con el yo, contra el yo. Las personas que vienen a mí siempre me dicen que sienten que me conocen, y tienen toda la razón porque por lo menos mi esfuerzo es volcarme completamente en mis experiencias. Obviamente que hay dimensiones de mí que no están, pero que a lo mejor irán apareciendo. Eso tiene mucho de performático, de exposición de mi fragilidad. Sigo teniendo miedo e inseguridades, algunas mordazas. Es lo normal, pero creo que cada vez menos. El trabajo es ir sacando más cosas de mí misma y del mundo para ponernos en cuestión.

—¿Se pierde mucho al mostrar toda tu vulnerabilidad y de paso mostrar la intimidad de quienes rodean?
—Es algo que siempre está ahí, que es una preocupación. Cuando escribo sobre los demás, intento siempre tener una conversación y partir de ciertos acuerdos. No se me ocurre ahora mismo imponerme demasiado. Hay veces que he intentado mantener al margen a ciertas personas, por miedo a herirlas. Siempre al final en ese balance priorizo la relación, la vida, y finalmente que la literatura se vaya a la mierda. Son cosas que de repente te ponen en un lugar que podrías perderlo todo porque hay escritores, como el noruego Karl Ove Knausgård, que hizo como 8 novelas de su vida por las que perdió a toda su familia y tuvo que conseguirse a una nueva entera, porque te pones al límite. Sí, es verdad que pierdes, pero también ganas un montón de cosas. Mientras tú te estés mostrando, el otro también va a acceder a que lo muestres.

Me siento dentro de una tradición de artistas que trabajan con lo vital

—Se te ha preguntado mucho sobre cuáles son tus límites cuando escribes de tu intimidad, que son, por sobre todo, tus fragilidades. ¿Qué piensas de eso? ¿Será que nos cuesta lidiar con la intimidad ajena?
—Me siento dentro de una tradición de artistas que trabajan con lo vital, que su vida es la materia de lo que hacen. En ese sentido, para mí ese tipo de arte está legitimado por su capacidad de transgresión de los límites. Si no arriesgo, si no muestro algo que me ponga en jaque, entonces no tiene ningún sentido contar. A un artista de la performance no le estás preguntando hasta dónde vas a llegar con esto y por qué. Aunque a mí siempre me han preguntado ‘qué sentido tiene que cuentes tu vida’ o ‘qué sentido tiene desnudarte así, por qué te pones en ese lugar’. Me gusta mucho la definición de performer, que me dijo un amigo performer hace muchos años, y que es que este es alguien que muestra su propia vulnerabilidad y al hacerlo muestra la de las otras personas. Para mí es importante situarnos así, como gente que tiene estos otros lados, porque de alguna manera eso nos acerca y porque también es un revulsivo político. Este es un mundo que te pide ser fuerte, potente, positivo. Y contar que somo frágiles también es hacer política, es hacer activismo porque es salir de tu cascarón de mierda e intentar más o menos visibilizar maneras de vivir, de ser, en medio de un mundo totalmente opresivo, en franco retroceso en todas las cosas que tienen que ver con libertades y derechos. Ya lo vemos alrededor: se ha derechizado otra vez todo el continente y han llegado fascistas que usan su discurso contra estas sensibilidades. Hay que mostrarlo todo.

Dicen de mí es un ejercicio que pocos se atreverían a hacer: saber cómo te perciben los que te rodean. ¿Desde dónde surge esa inquietud?
—Era algo que cayó por su propio peso porque yo llevaba mucho tiempo haciendo esas exploraciones en torno al yo. Un poco aburrida ya de entrevistar a gente que hablaba de otros temas, les propuse a la gente de mi vida hablar sobre un solo tema que era yo. Nunca he creído en los discursos de autoayuda de ‘no te preocupes por lo que piensen los demás de ti’. A mí siempre me ha preocupado, de una manera real y profunda, saber en realidad qué hay detrás de cualquier acción, persona, pensamiento. Me interesaba planteárselo a gente que yo tenía muy cerca y que podíamos tener una conversación real. Puede ser una experiencia de encuentro bastante interesante. Por un lado, sacié mi propio morbo y, por otro, fue como un fact checking de mi propia vida porque pude comprobar lo que yo pensaba de esas relaciones. No era solo sobre mí, sino también del vínculo que tenía con esas personas. Esas personas también se retrataron a sí mismas. Fue un proceso de escritura conjunta. Se dio una dinámica de mucho juego, tensión y de lucha interna con todos estos personajes de mi vida. De alguna manera queda un Frankenstein de mí, porque ahí hay varias Gabrielas: la que ellos han inventado, la que yo he inventado. Esto es casi como un puzle, un collage, que es otra manera de construirme.

—Dicen que una persona se construye por cómo se percibe a sí misma, cómo proyecta su identidad y cómo la perciben los otros. ¿Las respuestas fueron muy diferentes a lo que creías que los otros pensaban de ti?
—Sí, por momento fue una sorpresa descubrir cosas que no tenía ni idea. No sabía que yo había sido uno de los temas principales de la terapia de mi hermana con su psicóloga, por ejemplo, de tal manera que nuestra relación la había dañado y hecho bien también, que era algo ambivalente. Todo eso es duro de escuchar. Y tener una conversación como la que tengo con mi hija, que es súper chispeante, divertida pero que también es una competición de egos.

—¿La literatura te sirve como terapia, en este repensarte y relatarte incansablemente?
No, el término de terapia no me gusta mucho. Yo creo que no ayuda demasiado. Aunque en realidad que sean textos que funcionan un poco como catarsis perfectamente te pueden volver más loca, al seguir dándole al pensamiento. Puede ser liberador, por momentos, sobre todo cuando alguien más te lee y encuentras que esas personas también, gracias a que tú has hablado de cosas, se han liberado de eso. Entonces ahí sí que hay una experiencia sanadora mutua.

Llamada perdida habla desde lo épico, como cuando te mudaste de Lima a Barcelona, pero también de lo cotidiano, como esa rutina de ser madre. ¿Cuál de esos dos polos te mueve más para escribir?
Creo que lo que ha cambiado en mis escrituras es que son cada vez más políticas, en un sentido más explícito. Siempre lo fueron, pero desde hace un tiempo tengo una escritura más militante y esta cotidianeidad me sirve para hablar de temas sociales y políticos, la precariedad, la migración, el machismo.

—Tu relación poliamorosa también está presente en los libros. ¿Es una declaración de principios?
Más que nada de ideales, de cómo quiero vivir, cómo quiero amar y criar a mis hijos. Casi siempre al margen de un sistema que quiere normalizar las familias, las vidas y las camas de la gente.

—¿Es, en primera o última instancia, rebelarse a la convencional forma de amar que nos heredan?
Claro, intentar hacer la revolución desde el amor también. Visibilizar estas historias de que nosotros no entramos en este sistema heteronormal de relacionarnos de manera monógama y que las iglesias se metan a cómo debes criar a tus hijos. Desde luego que es estar al margen y decir ‘esto no me interesa para mi vida’. Sí hay un trabajo por visibilizar estas formas de vida. De hecho, yo me organizo con gente de maternidades y paternidades disidentes de la heteronorma. Tengo grupos con padres y madres trans, gays, lesbianas y estamos en una investigación de cómo podemos intentar decirle al mundo que estamos aquí y trabajando para que dejemos de hablar que lo normal es eso otro.

—Entonces tus textos están cruzados desde el margen: ser inmigrante, ser feminista.
No le diría margen. Esto está en el centro del debate. Tenemos que ser capaces de contar desde nuestra particularidad. No hay manera que yo no cuente desde mi realidad, mi cuerpo cholo, migrante, bisexual, porque es desde ahí de donde estoy narrando. Está claro que son otros los que nos dicen que ese es el margen, son otros los que nos dicen qué son minorías. Si para estar en el centro hay que ser como lo que dice Bolsonaro, entonces por supuesto que me voy de ahí y que soy una disidente de todo eso.

Autor: Consuelo Olguín (6 Entradas)

Periodista UC de medios escritos. Ha trabajado en El Mercurio y en El Dínamo, transitando por las secciones de actualidad y cultura. Cursó el diplomado en Periodismo en Cultura, Crítica y Edición de Libros, de la Universidad de Chile. Luego participó en el taller de narrativa contemporánea que dicta la editorial Los Libros de la Mujer Rota.


 

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