El imaginario de Juan Carreño

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En un paisaje suburbano, donde los personajes esquivan la muerte en cada esquina y sobreviven vendiendo un cubo de daiquiri o recogiendo verduras desechadas en la feria, la poesía de Juan Carreño adopta una original y descarnada voz etnográfica. Su primer libro -Compro fierro, 2007- destila la experiencia de la calle, “donde nacen las mejores condiciones para escribir”. Este es el imaginario de un poeta que forma parte de una generación espontánea, “solidaria hasta en los huesos”.

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—¿Qué te motivó a escribir?

—La adolescencia y el deseo de una vida, mínimo, peligrosa.

¿Te consideras un escritor? ¿Desde cuándo?

De los 16 años. Estaba en segundo medio estudiando en un colegio adventista de La Pintana, al año siguiente debía elegir una carrera técnica y me parecía demasiado cómodo aceptar, siendo tan chico y a una edad en que uno está confundido y con puras ganas de despertar curao en la playa, el hecho de convertirme en mano de obra en un principio barata, pero que ahora sustenta a mis amigos, a mis hermanos, a sus familias.

—Describe el paisaje donde suelen situarse tus personajes.

—A veces navegan en lancha por el río Ucayalli y tienen plata y están tranquilos y enamorados porque les fue bien con un cajero automático; están en restaurantes donde son garzones y chorean copete; están en call centers donde los despiden por fumar paragua en el baño; están en la 210 a las tres de la mañana y sólo quieren cantar y hacer el amor con cualquier ser viviente; están en la quebrada de Macul bajo la cascada; están con amigos que juegan a la pelota y hacen canciones sobre el Basura, los blocks y viejos hipnotizados por la turca; están de reponedores de supermercado de donde saldrán grandes poemas incendiarios; están juntando plata para virar a la ciudad de Kobani y unirse al ejército femenino; son expulsados del festival de cine de Rengo por lascivos e irrespetuosos; están besando maniquíes en Arica; están en la carretera pero el país les pesa como cicatrices en el rostro; están entrando de noche a robarse los data show de un jardín infantil de la Junji; vigilan las casas de ricos y poderosos y anotan sus itinerarios; vomitan y besan y rayan la publicidad del metro; andan en bicicleta y esquivan a la muerte; roban en los supermercados con gracia y experticia; recogen verduras desechadas en la feria; venden cubos de daiquiri en las calles y en las calles intentan hacer el amor.

—¿Cuáles son para ti las mejores condiciones para escribir?

Desde el trabajo, desde la experiencia en la calle, desde esos espacios de tiempo en que no se escribe, es donde nacen las mejores condiciones para escribir.

—Estar enamorado, tener copete y plata, viajar en micro, metrotren o camiones, poder parar en cualquier lado, hablar con gente y siempre escuchar, como un etnógrafo, pero también perderme, estar solo en el cerro, tratar de comer sano y leer, releer, aún hay rutas sin animitas que uno pude recorrer en bicicleta. Las condiciones para escribir nunca pueden ser buenas o malas, simplemente son. Lo importante es trabajar, dar la pelea desde el trabajo, en mi caso no solamente literario, hay períodos en que casi no escribo porque hay que organizar el Feciso (Festival de cine social y antisocial), la escuela popular de cine, conseguir plata vendiendo libros o cubos de daiquiri en la calle, pero siempre es desde el trabajo, desde esos espacios de tiempo en que no se escribe, de donde nacen, desde la experiencia en la calle, las mejores condiciones para escribir.

A menudo me pasa que durante las noches, cuando ya estoy acostado y a punto de dormir, entrando al primer sueño, en el umbral de la conciencia y el monstruo negro que hay más allá, en que observo palabras e imágenes y en donde me digo gueón, aquí hay algo, despierta, despabila, escribe esa frase, describe esa escena, lo que igual es difícil, uno está cansado y quiere ceder al sueño, al que hay que vencer y derribar para levantarse, prender la luz y escribir. Y lo trato de hacer. Pero cuando despierto de risa o llorando es más difícil y los resultados de esas experiencias no siempre me han sido satisfactorios.

—¿Cómo imaginas que es la música o el sonido de tus textos?

—Como un viejo que comienza con una galletera a cortar fierros a la una de la mañana en mi población. O como esas canciones que a las 7 de la mañana continúan sonando en mi casa a la hora en que los ferianos se instalan y nosotros estamos cantando en el patio. La vida de los ferianos no siempre es alegre, por eso se hacen evangélicos, van de la mano con la ambición que está proponiendo la iglesia evangélica y el cristianismo protestante en las poblaciones. Y eso es peligroso para la poesía. Imagino que la música no me permitirá morir, por eso pienso en mi hermano Mono en la batería (baqueta, caja de cartón); en Fabiola, xilófono y coros; y en Nicasio, guitarra y voz, durante el primer ensayo de nuestra banda “Alunizaje”, que creamos hace un par de semanas, donde cantamos: “Yo no quiero pololear/sólo me quiero pelar/en El Tabo, Cartagena/sólo ir a inspirar/a los cabros en bikini/a las cabras con el short/la fogata en el bosque/sólo aumenta mi ilusión”, que es un acercamiento a la creación de gente sin mucha experiencia musical (mi hermano Mono tiene 11 años), que creo que es lo más importante de lo que hago y hacemos con mis amigos, perderle el respeto a dios, a los vecinos fachos y a sus hijos de mierda, los carabineros, intentamos pasarnos por la raja la objetividad y cantar lo más fuerte posible. Si imagino la música de mis escritos sería algo así como el canto improvisado, desbordante de rabia y de amor que creamos con la gente que más quiero.

—Tus poemas ocupan el lenguaje de la calle. ¿Por qué te interesa ese lenguaje y cómo afinas tu oído para recogerlo?

comprofierro—Esta es una pregunta algo pilla. Es penca decir “poeta joven”, como también “lenguaje de la calle”. Es como la asociación que a veces me pasa con los términos de “riesgo social” o “peligro de extinción”. O “choro”, “flaite”, “cuma”. A la burguesía y la clase dominante le conviene que la gente reniegue de su origen, que se aplique justicia callejera, que alucen, golpeen y escupan a la gente que pierde, porque al final son los más, y los más riesgosos. La pirámide aberrante.

Y si se pudiera definir “lenguaje de la calle” como algo específico que ocurre fuera del espacio privado, casi rayando en el folclor y el naturalismo turístico, creo, que en este caso, no utilizo ni me sirve el lenguaje de la calle. Yo trabajo con los materiales que tengo a mano, resultado de un contexto histórico, de una experiencia específica y de un punto de vista sugerido por la ignominia imperante en una sociedad conservadora, pacata y culposa. Y el oído no se afina, un nido lleno de patos, de aves migratorias, sólo persigue primavera.

—¿Te sientes parte de una generación de escritores jóvenes? / ¿Qué tienen en común o qué los diferencia?

—Creo en Pancho Ide, en Tuto Altamirano, en Nicolás Vergara, en Daniel Rojas Pachas, en Daniela Catrileo, en Miguel Bórquez. Me siento parte de una generación que verá la guerra y que participará de ella. Carrasco, Héctor y Elvira Hernández. Me siento parte de una generación dominada por la vida y entrega al amor, políticos, siempre. Creo en la Sole Fariña, el Lucho Chueca, en Jorge Vargas, en Cardani. Generación que se organiza y se ayuda, solidarios hasta en los huesos. Creo en Cristóbal Soto, Henrickson, los Juanes Malebrán y Podestá. Generación atemporal y sin respeto a la muerte ni tradición. Lihn, Gómez Morel, Vallejo. Generación de la experiencia y el error, nos equivocamos hasta para equivocarnos. Gu Cheng, Hai Zi, Ge Mai, Luo Yi-He. Creo en una generación que no se dedica a esperar una ancianidad a la intemperie, ebria y documentada a lo Colorina. No. Generación anti generaciones espontáneas, un camino largo y polvoriento para llegar a casas de amigos donde si queremos un libro lo pedimos, donde podemos con los niños practicar juegos de mesa, excursiones a la montaña o cementerios, reír, aprender a utilizar las armas. Creo en Camilo Brodsky, Rodrigo Hidalgo, Cristóbal Gaete. Una generación que puede compartir un plato de sopa y una cerveza sin tener la necesidad de estar asesinando en la conversación, inútilmente, a hijos de puta que no merecen nuestro desgaste y saliva. Creo en Manuel Rojas, Bruno Vidal, en el Zancudo Atómico de Urtaza. Creo en una generación que principalmente debe quitarle espacios a la muerte, esa mal nacida.

Autor: Marcelo Parra (13 Entradas)

Diseñador gráfico de la Universidad Tecnológica Metropolitana. Ha participado de diferentes proyectos relacionados a la cultura y el mundo gráfico. Actualmente trabaja como diseñador e ilustrador en Fundación La Fuente, además de ser vocalista y letrista de la banda Delatores.


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