La arquitectura de la precisión: entrevista a Samanta Schweblin

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Samanta Schweblin es la escritora argentina más comentada del momento. Dueña de una literatura minuciosa y oscura, su carrera ha cruzado más allá de las fronteras hispanohablantes y su primera novela Distancia de rescate (Random House, 2014) fue calificada por el diario inglés The Guardian como terrorífica y brillante, peligrosamente adictiva. Nos reunimos con la autora porteña en pleno verano santiaguino y conversamos sobre sus cuentos, su debut como novelista y sus nuevos proyectos.

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) egresada de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires, ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes 2001. Fuente: Wikipedia. Créditos: The New Yorker

Samanta llega rauda a la entrevista, cargada de bolsas y de libros. Pronto me doy cuenta que en esas bolsas hay más libros. Cada visita por un nuevo lugar es la oportunidad de recorrer librerías, de oír recomendaciones y descubrir autores. Samanta no desaprovecha un segundo y junto a una amiga llegan al hotel en una tarde de calor infernal en Santiago. Samanta escribe con una precisión que asusta. Eso dicen algunos. Su prosa es certera y cada palabra se justifica. Cuando las lees, te das cuenta que nada está de más y todo lo que pone en el papel calza perfecto, como si hubieses estado armando un puzzle y sólo ella sabe la respuesta. Y es así.

Samanta Schweblin tiene ya varios libros de cuentos a su haber, y es reconocida principalmente por sus historias breves. De hecho Siete casas vacías (Páginas de Espuma, 2015) ganó el Premio Internacional e Narrativa Breve Ribera del Duero.  El manejo que tiene sobre el cuento es magistral, tanto que la ha convertido en la autora argentina más destacada a nivel internacional. No es arbitrario decirlo. Ser la primera escritora latinoamericana en quedar como finalista al prestigioso galardón inglés Man Book Prize 2017 por su novela Distancia de rescate (traducida como Fever Dream por Megan McDowell) amerita tan frase.

La precisión de la palabra

Sus primeros estudios fueron de cine. Y mientras todos ansiaban en dirigir historias, nadie pensaba en escribirlas; fue en ese espacio donde se desplegó el talento de Samanta. Ella sí tenía algo que decir y aprovechó aquellas instancias en contarlo. Entonces del cine y el guion, pasó a la literatura. Quizás por eso la agudeza del lenguaje, la perfección de los detalles y los clarososcuros.

—Haber dejado el cine por la literatura parece un paso algo natural, leyendo tus relatos.

—Sí. Fue un buen camino, aunque me generó muchas dudas en el medio. Yo estaba en la disyuntiva pues iba a estudiar letras, que hubiera sido lo más normal, o cine. Y a mí me parecía que letras era una carrera teórica y lo que me interesaba era contar una historia y la teoría no tiene nada que ver con la cocina de la literatura. Tiene que ver con lo literario, es otra mirada, pues el cine se trata de cómo contar una historia y allí aprendí mucho sobre estructura, sobre la valoración del tiempo, de dónde se pone la cámara, donde uno cuenta algo y qué dice esa cámara en esa posición. Esos son decisiones también, dicen algo.

Hay cuentos crudos como el de la pequeña niña en Un hombre sin suerte que se incluyó en Siete casas vacías y que ganó el Premio Juan Rulfo el año 2012, o el tremendo Nada de todo esto donde una madre y una hija se aventuran en la casa de una extraña. Sus cuentos rompen con la normalidad en que aparentan habitar. Como cuando lanzamos una piedra a un tranquilo lago; una piedra mínima lanzada al chocar contra el agua irrumpe y ya nada es igual. Samanta tiene algo peligroso en su modo de escribir. La cualidad de armar un mundo particular que se parece al normal, a este en que vivimos, pero donde algo no cuadra del todo. Una especie de rendija por la que se escapa lo cotidiano y se filtra lo extraño, lo perturbador.

—¿Cómo llegas a la literatura y al cuento?

—Empecé a leer a empujoncitos de mi familia. Mi abuelo materno fue de quien tuve mi formación emotiva y artística. Recuerdo que él me leía muchísimo. Leía poesía, era fanático de Gabriela Mistral. Mi mamá era una gran lectora también  y me leía muchísimo. Tenía esa pequeña biblioteca de clase media argentina en que estaban todos los que ahora son clásicos del boom: algún librito de Cortázar, alguno de Juan Rulfo, algunos ejemplares de Kafka. Esos fueron los libros de literatura adulta que llegaron por primera vez a mis manos. Y que fueron fundamentales, hicieron mella en mí. Y después empecé a ir a talleres literarios alrededor de los 17 años y con ellos vino la oleada norteamericana. Se leía muchísimo en ese momento y así llegaron Carver, Cheever, Salinger, Flannery O’Connor. En mí, hay algo de esas combinación de lecturas y que se traduce en mi escritura. Me encanta el mundo latinoamericano: su voluptuosidad, oscuridad, sus mundos intrincados. Pero yo tengo una prosa muy clara, muy minuciosa que viene de esta otra escuela.

—Pensaba de hecho en una autora como Grace Paley

—Ah claro, pero ella es posterior, de otra generación

— Sí, pero en ella está algo similar a tus cuentos. Lo cotidiano interrumpido por lo extraño

—Es verdad. Ella lo usa mucho en sus cuentos.

—Hace ya un tiempo dijiste en una entrevista que tratabas de alejarte de lo femenino, cuando en tu literatura justamente lo cotidiano, lo familiar y filial habita en tus cuentos. Algo que se vincula mucho con lo que se ha llamado femenino.

—Eso fue hace un tiempo, pues tenía este prejuicio sobre lo que otros habían catalogado como literatura femenina. Yo no había hecho la diferencia entre lo que la literatura femenina, que es una literatura de género como lo es el policial o la de terror, y la literatura escrita por mujeres. Y a mí me producía mucho rechazo, porque me aburría, me parecía mal escrita, no me interesaba ¡ni un poquito! Pero claro, ya tras el segundo libro me empecé a dar cuenta de que todos mis temas eran de una idiosincrasia femenina, que tenían que ver con la mujer, que hablaban de la maternidad, del embarazo no deseado, las relaciones padres-hijos, madre-hija, adolescencia femenina, el aborto. Todos esos temas estaba ahí  y aparecen de manera natural, pues al final soy una mujer escribiendo.

Samanta estuvo en Chile como jurado del Premio Paula, y en esa presentación le consultaban justamente sobre los temas, si estos eran preconcebidos a la hora de escribir.

—Y yo le decía que justamente me entero de cuáles son los temas cuando leo las críticas en los diarios. ¡Mirá lo que estoy hablando, no! Qué curioso otra vez hablando de esto -dice mientras bebé otro poco de su café en taza blanca, en una sala blanca y helada del hotel en que nos hemos sentado. Afuera, entre los grandes ventanales, vemos a los transeúntes rehuir el sol, protegerse de la luz que cae feroz sobre el pleno cemento capitalino.

No es novedad que hoy es el momento de rescate de la literatura escrita por mujeres. Muchas de ellas, que habían pasado antes desapercibidas, son ahora salvadas del olvido y se instalan orgullosas junto a nuevas escritoras. Todo este fenómeno, que no solo ha sido nacional, ha tenido algunos detractores. En España, por ejemplo, estos debates por la prensa han tenido como tristes protagonistas a Javier Marías o a Arturo Pérez Reverte hablando de que hoy se publican a demasiadas mujeres y de que habría que leer a las canónicas, como si Jane Austen, las hermanas Brönte o la misma Virginia Woolf no sufrieran los embates de ser mujeres escritoras en un mundo de hombres. Le planteo esta polémica. Samanta ríe y me dice: Se están poniendo nerviosos.

—¿Qué te parece todo este ir de columnas, respuestas y declaraciones?

— Me parece que está genial lo que está pasando. Hace diez años atrás cuando me preguntaban cuáles eran mis autores preferidos había una o dos mujeres en mi lista. Y esto es finalmente porque nosotros no elegimos nuestras lecturas. Y no es porque los libros nos eligen a nosotros y toda esa idea romántica. Esto es porque hay un mercado detrás, que dice qué se lee y qué se publica. Y después uno va y compra esas novedades pensando que está eligiendo: uno no elige lo que lee, es muy difícil elegir de verdad lo que lees. Ya que estoy en Chile, me acuerdo de que hace muchísimos años descubrí a María Luisa Bombal, yo hablaba de ella y nadie la conocía. Nadie sabía quién era, ¡ni en el mundo literario! Y eso ha cambiado muchísimo y yo llegué a ese libro de pura casualidad. Mi destino era no encontrarlo. Y las mujeres escritoras en esa época parecían como estas tías locas que uno escucha hablar y de la que luego se da cuenta estuvieron diciendo verdades todo el tiempo, solo que uno no las escuchó porque estaba escuchando al señor de la familia.

Créditos: Literary Hub

Distancia de rescate es la nouvelle con que Samanta quedó finalista en el más prestigioso galardón literario de Gran Bretaña, el Booker Prize. En inglés, la novela tiene otro nombre: Fever Dream, y es pequeño gran relato hipnótico y aterrador. Aterrador porque nunca comprendemos del todo qué es exactamente lo que está sucediendo a medida que leemos, y del cual no nos podemos apartar ni dejar de lado. Es oscuro, y va dejando rastros, huellas en nuestra lectura, a medida que avanza con una narrativa críptica, de arquitectura perfecta y que poco a poco va atando cabos en la cabeza del lector. Hay algo de La Amortajada en ese texto, pero si es posible, es aún más sombrío y desesperanzador, no sólo por el tono sino por el trasfondo: el escenario genéticamente manipulado de campos de soya argentinos, de agua contaminada, de degeneración.

—Distancia de rescate es una novela que plantea un tema muy actual, político y social. El campo que ha dejado de ser lo que era, como lo hace John Berger en su libro Una vez Europa ¿Cómo se gestó?

— El campo, que era lo más idílico y bucólico, ya no lo es. Yo ya tenía muy presente, como ciudadana argentina, el tema de los agroquímicos: me impresionaba e indignaba, pero por sobre todo me daba mucho miedo. Pasar por un supermercado y ver que todo los tomates se ven iguales, perfectos y ¡no saben a nada! Es terrorífico. Esto es algo que yo tenía ahí, latiendo. Y la idea nació con un cuento que falló (ríe), como cualquier novelista que viene del cuento le debe pasar esto: uno siempre trata de escribir un cuento, que es lo que te gusta, esa cosa brutal, contundente. Y a veces salen mal y se necesitan 150 páginas más para lo que debía contar en 20. Le daba vuelta y vuelta, y no había manera hasta que apareció la voz de David y se convirtió en un momento de inspiración donde uno descubre una clave.

La voz de David tiene una voz muy particular….  una voz terrorífica.

— Ingenua y terrorífica al mismo tiempo. Es la de un niño que habla como adulto, una voz carrasposa que tenía una sabiduría que parecía venir de otro lugar, incluso por ahí de la muerte. Que tenía información vital. Cuando surge él, entendí que todo debía ser un diálogo entre Amanda y David. Yo ya sabía de qué iba a tratar la historia y bueno, comencé a atar cabos, no.

— Y de pronto era una novela y no un cuento.

Samanta queda en silencio un rato antes de contestar.

— Quizás como cuentista fui muy conservadora, en el sentido en que recibo las ideas. O sea, que cualquier idea era entonces un cuento y punto. No había nada que discutir. No estaba abierta a que pasaran otras cosas. Y este “cuento” se zarandeó de un lado a otro, casi como si estuviera luchando con una soga hasta que dice: señores esto ocupa 200 páginas (ríe). ¡Fue brutal! Si bien fue un cuento que costó mucho construirlo en mi cabeza, una vez que estuvo se escribió rapidísimo.

Campos de soya en Argentina. Créditos: losandes.com.ar

— Esta novela, como tus cuentos, tienen todo esas atmósferas inquietantes. Todos comparten esa característica que los une. ¿Eres consciente de la angustia que provocan tus relatos?

— Es un estado que busco. Muchas veces son búsquedas intuitivas, pero para mí eso es lo más importante en una historia. Porque lo vivo yo como lectora. Hay libros que uno los lee y pues sí, son muy interesantes, incluso uno elige recomendarlos por razones más lógicas y hay libros que lo leíste en blando. Y a mí me gusta lo segundo. Temblando la emoción, temblando el miedo y los nervios. Me gusta ese impacto directo sobre el cuerpo. Me alucina que las palabras puedan tener un efecto tan fuerte.

— Y ahí esta la relación con el lector de la cual hablas.

— Y esa es pura tensión. Para mí es pura relación con el lector. Lo más bonito que tiene la literatura es que el escritor invoca, pero el lector convoca. Si yo te dijo “no hay una tetera sobre esta mesa”, vos ya elegiste tu tetera. Y eso es algo que ni el cine ni ningún otro arte va a poder equiparar. Esa tetera es tuya. Única. Pero está ese espacio para que vos la puedas poner en la mesa, incluso cuando la estoy negando no puedes evitar pensar en ella.

Samanta advierte que sí existe una literatura poética, “la cereza del postre”, lo más bonito. Pero al final -subraya- la literatura está hecha del mundo de lo material. La literatura es acción y me parece que es en ese juego en que el lector está poniendo tanto sobre la mesa, que en es espacio se le dé participación y así el lector sea una parte activa de eso que se está construyendo. Está todo el tiempo ahí, porque si no está; se viene abajo la estructura.

En los relatos de Samanta nada es gratuito. No hay nada dejado al azar. Cuando algunos piensan en estos espacios donde el lector juega un rol fundamental se piensa en finales abiertos y nada más alejado de lo que hace ella. Nada en sus relatos está ahí por casualidad o como llave a la imaginación desbocada y sin dirección del lector. “Yo quiero que pronuncie una palabra en particular. No es cualquier cosa. Quiero que en este momento sienta algo en particular, casi lo pronuncie en voz baja: creo que las cosas más importantes de un cuento debería pronunciarlas en silencio el lector, jamás  el escritor. Pero para que el lector pueda pronunciar eso que esperamos debe tener un espacio de silencio”.

— Como un momento de epifanía.

— Claro. El lector debe tener un lugar. Es muy divertido además porque tiene mucho de control y de poder. Decidir que mi lector tenga esa epifanía en este momento y no otro. Entre que corta el teléfono y va hacia el pasillo y ve el cuadro de la madre el lector se dé cuenta que fue ella. ¡Es magnífico!

Créditos: La Voz.com.ar

Berlín, nuevos proyectos y lecturas

Samanta vive hace ya algunos años en Berlín, donde no sólo se dedica a escribir sino que ha armado talleres de escritura para hispanohablantes. Son talleres, no de lectura ni de teoría como tal, sino exclusivamente de producción. De gente que ya tiene su proyecto literario. La experiencia ha sido generosa con ella, pensó que sería algo extraño no poder usar el idioma de forma homogénea, con personas de países tan distintos como argentinos y venezolanos, como españoles y dominicanos.

— ¿Qué ha significado para ti esos talleres?

— Es bien bonito. Pasa algo curioso, pues te imaginarás, cada uno de los asistentes habla un lenguaje diferente, provienen de distintos países y eso al principio me asustaba porque pensaba quien soy yo, que pienso en porteño, para meterme con el lenguaje de un mexicano o un colombiano, por ejemplo. ¿Qué tanto daño puedo hacer ahí, no? Me preocupaba mucho eso. Y por supuesto me di cuenta de que en realidad es una zona delicada, pero es un problema que ocupa solo el 5% de lo que es el taller y de última instancia. Y es muy bonito ver cómo cada uno con su lenguaje, perteneciente a un español tan diferente, ese español se convierte en su propia voz. ¡Eso es bien lindo! Lo que además tienen estos talleres es que son latinoamericanos viviendo en Alemania, y pasa a ser no solo un taller literario sino un reducto en que todos una vez a la semana vuelven a hablar español. ¡Y eso es muy fuerte!

Entre los talleres, la escritura y los múltiples viajes, que le toman casi un cuarto de su tiempo, el año pasado terminó una adaptación de Distancia de rescate para el cine, que se será dirigida por Claudia Llosa, directora peruana conocida por La teta asustada, ganadora del Oso de Berlín (2009). Fue un trabajo de reconexión con todo ese mundo que yo había dejado, señala.

— ¿Estás escribiendo algo nuevo?

— Estoy abocada a otro cuento que ha salido “mal”. Una novela nueva, aún en “verde” que le falta mucho trabajo. Y siempre escribiendo cuentos. Es mi trabajo diario. Siempre estoy con la cabeza un poquito en el cuento y que toman tiempo. Tres o cuatro meses a veces. Entonces, vuelvo a la novela, y eso me da distancia con el cuento. Está bueno esto que encontré  de dar distancia a un cuento trabajando en otro género.

— ¿Qué recomiendas leer o destacas de tus pares?

— La verdad es que me siento muy bien acompañada por mis contemporáneos. En mi generación hay autores que leo y que me encantan Pedro Mairal, Vera Giaconni, Mariana Enríquez, Selva Almada. Y claro están esos grandes autores argentinos con lo que yo me formé y elegí como maestros: Antonio Di Benedetto, Adolfo Bioy Casares, y más tarde Saer, Piglia. De los chilenos: Zambra, Nona Fernández, lo que hace ella me parece buenísimo; Alejandra Costamagna, Lina Meruane…mirá: ¡son casi todas mujeres!

Autor: Astrid Donoso Henríquez (45 Entradas)

Periodista, Técnico Bibliotecario, Diplomada en Fomento a la Literatura Infantil y Juvenil (PUC), Máster de Literatura Infantil (UAB) y estudiante del Diplomado de Edición de IDEA (USACH). Lectora voraz y nada monógama de libros clásicos, contemporáneos, poesía, ensayos y rarezas. Desde el 2012 trabaja en Fundación La Fuente.


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