La biblioteca de Alejandro Zambra

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La biblioteca del escritor Alejandro Zambra, autor de Formas de volver a casa, La vida privada de los árboles y Facsímil, está dispersa por toda su casa. Es una colección que ha ido creciendo lentamente, a partir de libros que Zambra empezó a comprar gracias a trabajos de verano que hacía cuando estaba todavía en el colegio. Hoy son libros que admira y con los que dialoga mientras escribe.

AZambra-Postlarga

Siempre me gustó leer, aunque no sé por qué, ya que no tengo una familia de grandes lectores. Aunque, en mi caso, todo lo que tiene que ver con lo artístico se conecta por el lado materno. Mi abuela materna escribía cuentos y poemas, pero no recuerdo haberla visto leyendo. En cambio, mi padre no leía, pero le parecía importante leer o por lo menos, quería que yo leyera. En general, había una buena onda con la lectura. Una vez me dijo: “En esta casa siempre habrá dinero para libros”. Tiempo después, tuvo que retirar sus palabras.

El primer libro que me compró mi padre fue en El Toqui, un supermercado de Maipú, donde había una tómbola con la colección “Libro amigo” de la editorial Sopena, con portadas tipo cómic. Me dejé llevar por la primera impresión de la tapa y le pedí que me comprara La cerilla sueca y otros cuentos, de Chéjov.

Encuentro que es un espectáculo hermoso observar a personas leyendo, aunque es algo bien provinciano de mi parte.

En la época que estaba en el colegio, al no tener plata, los libros eran súper caros para mí. Entonces, cuando empecé a juntar libros había períodos en los que trabajaba los veranos para no pedirles dinero a mis papás. También, otra cosa que hice fue comprarme ropa americana usada, aunque anduviera mal vestido, con la plata que me daban una vez al año, con la idea de ahorrar y comprar la mayor cantidad de libros posible. Una vez gané 20 lucas en un concurso del colegio y recuerdo haber comprado una antología de Ezra Pound. Fue muy gratificante. Lo que sobró, lo gasté jugando pool con amigos.

Decidí estudiar literatura en tercero medio. No tenía una idea ingenua de cómo iba a ser la carrera. Me aproximé más a la formalidad de la literatura en sí. De hecho, fue excelente que me coincidieran el leer por placer y el leer por obligación para algunos ramos. En la universidad leí libros y novelas con la idea de intercambiar, saber qué opinaban de los textos.

A los 21 años, cuando me preguntaban: “¿lo has leído todo?”, decía que sí. En ese tiempo tenía 100 libros y todos los había leído. Era como estar formando una biblioteca ideal.

Juntar libros

¿Por qué junto libros? Esa pregunta me la he hecho muchas veces, ya que en varias ocasiones los libros me han condicionado a buscar espacios donde pueda acumularlos.Cuando más joven sentía la necesidad de tenerlos para ir construyendo mi personalidad, pese a que en mi casa no había muchos. Aunque no soy ajeno a la belleza del libro. Es algo culposo de confesar. De ese tema hablo en La vida privada de los árboles. Dentro de la historia, el personaje principal recuerda momentos de juventud donde su padre llega con libros para armar una biblioteca y cree que ésta es la identidad de una familia, está basada en los hijos y en los libros.

No soy ajeno a la belleza del libro. Es algo culposo de confesar.

En el año 83, ocurre algo súper importante en mi casa. Tenemos la primera biblioteca de la colección literaria “Ercilla” con libros café, rojo y beige que compró mi papá. A medida que iba teniendo libros, los iba atesorando. Incluso coloqué -como a los 10 años- una repisa en mi pieza solo con libros que me gustaban. Incluso, creo que es en el único aspecto donde me considero ser materialista.

El juntar libros pasa a ser algo más bien natural. En el momento que te dedicas a escribir, es necesario buscar un dato o releer algún texto de vez en cuando. Ahora, siendo estricto, hay libros de mi biblioteca que no voy a releer y otros que no he leído aún.

En todas las habitaciones tengo libros. Es una biblioteca bien desordenada y desastrosa. Siempre estoy en constante plan de ordenarla, pero es mucho trabajo. Por eso creo que genero un orden cada vez más extraño y saturo los espacios con libros. Prefiero y trato que estén todos juntos, aunque acumulen mucho polvo.

Mi biblioteca es referencial. Cuando escribo, leo harto. Dialogo mucho con los libros. Cuando no escribo, leo aún más, pero con otra disposición. Es un espacio donde se justifica su acumulación, pero que no necesariamente es funcional. Una maña que tengo es estar siempre rodeado de libros. Cuando estoy en otro lado, donde no los hay, siento la urgencia de necesitarlos, aunque no sea realmente tan así… tan urgente.

Es un espacio que cuido y preservo. Son libros que tienen una historia de vida. Aunque no anoto las fechas cuando los compro, si recuerdo dónde o por qué lo estaba leyendo. Es una especie de reflejo constante. Me preocupo incluso de los muebles y de que cada ejemplar este en buenas condiciones.

Mi biblioteca es referencial. Cuando escribo, leo harto. Dialogo mucho con los libros.

Donde tengo más claridad, por motivos laborales, es en una pieza de arriba. Tengo un estante con revistas y otro con literatura chilena-latinoamericana. Antes los tenía ordenados por temáticas, viajes o países limítrofes: Chile, Perú, Argentina y Bolivia, pero me aburrí porque no calzaban las repisas. Acá también están los libros donde he participado con amigos o de mi autoría. Al lado, hay literatura de España y poesía chilena y, abajo –frente al comedor- hay libros en francés, alemán e inglés. También mini libros de Quimantú.

Hay un principio de orden, pero que todavía no actualizo. Cuando viajo, mi amigo y escritor Diego Zúñiga, se queda acá cuidando la casa y la biblioteca. Cada vez que viene chequea los nuevos que incorporé. Él conoce muy bien esta biblioteca, a tal punto que lo llamo para saber dónde está alguno que no encuentro en ese minuto.

 Complicidad emocional

Creo que soy fetichista, sin duda. Toda la historia de los libros que me pertenecen es emotiva. Recuerdo una anécdota cuando tenía 20 años. El día que murió Jorge Teillier estaba en la casa de Ramón Díaz Eterovic. No sé quién más estaba. La cosa es que estábamos tomando whisky y observo que en su biblioteca tiene dos ejemplares de Cartas para reinas de otras primaveras, libro que no había podido encontrar en ninguna librería; y él me miró y se dio cuenta que tenía un deseo tremendo de tenerlo y me lo regaló. Fue un bonito gesto.

Tengo cierta disposición bibliófila con poetas que me importan mucho. Por ejemplo, tengo primeras ediciones de Teillier, Millán, Lihn o La nueva novela, de Martínez. No me importa tener una primera edición en el sentido abstracto de algún libro. Tampoco me interesa tener una primera edición de Neruda. Tiene que ver con la materialidad del libro objeto: la textura, calidad y tipo de papel o la tipografía. Esas cosas no me dan lo mismo.

Autor: Luis Mario Venegas (9 Entradas)

Periodista y Magister en Edición de la Universidad Diego Portales. Esta sección es parte de su tesis “Vivir con libros: Bibliotecas personales de 13 escritores chilenos”.


 

 

 

 

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