La fábula de la democracia: entrevista al escritor Ray Loriga

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El escritor español Ray Loriga estuvo en Chile promocionando su último libro Rendición (2017)el que ganó el Premio Alfaguara 2017. Autor de culto para muchos, y con libros tan esenciales como Tokio ya no nos quiere (1999) o Días aún más extraños (2007), conversó con nuestra colaboradora Astrid Donoso a propósito de su último libro y sobre la imposición de la felicidad en nuestra sociedad.

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Ray Loriga, en el hotel The Singular Lastarria. Créditos: Astrid Donoso/ Fundación La Fuente

Apenas subimos a la terraza del hotel los anteojos se instalan nuevamente. Cigarrillos Camel, una cerveza y el sol sobre nuestras cabezas. Ray Loriga (Madrid, 1967) siempre ha tenido una presencia un poco más de rockero que de escritor, algo que en otra época le valió convertirse en casi un figura de culto con su estilo que algunos llamaban heredero de la generación beat y lo vínculo al “realismo sucio” español de la época, y que se traducía su lenguaje desgarrado que narraba historias de sexo, drogas y cierta violencia.  Sus primeras novelas, Lo peor de todo (Alfaguara, 1992) y Héroes (Alfaguara, 1993), le valieron el aprecio de críticos y de una generación.

En Chile, su trabajo causó un enorme impacto en cierto grupo de escritores que por aquellos días escribían en la mítica Zona de Contacto. Alberto Fuguet, quien presentó el premiado libro Rendición hace poco en Santiago, subrayó la importancia y la hermandad que esa generación de escritores y periodistas nacionales sentía con la figura y la obra del escritor madrileño. Hoy, luego de más de 20 años, Loriga sigue manteniendo ese aire de rockero empedernido, de outsider, tarareando canciones cada vez que puede, como si realmente fueran parte de un telón de música, un verdadero soundtrack. Esta misma entrevista tiene una banda sonora. Primero lo anuncia un Bob Dylan de la época más folk que luego él mismo comenzará a canturrear recién iniciada la conversación.

libros ray loriga

La génesis de un libro

El recientemente premiado libro, Rendición, deja un gustito amargo, a post modernidad, a remover agua antiguas que ya bien presagió George Orwell en su 1984. Es un libro que no concluye cuando lo terminamos y se nos vuelve a aparecer en pequeños detalles y hábitos de la vida cotidiana. De alguna forma, nos recuerda que el futuro que temimos en obras de ciencia ficción de hace algunas décadas es más real y que quizás es nuestro presente y apenas nos damos cuenta. Un poco de retrofuturismo hay en él, si bien no puede considerarse en ningún caso como una historia de ciencia ficción, como hoy no podemos considerar que lo es Un Mundo Feliz, del británico Aldous Huxley (autor que el día de la entrevista, un 26 de julio hubiera cumplido 123 años).

Huxley, como J. G. Ballard, son en alguna medida otras herencias que bien podemos ver en Rendición, con aroma a fábula, una forma de ver “cómo cambiamos según las circunstancias”, algo así como sucede en Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift.

rendición de ray lorigaEl narrador que protagoniza Rendición no tiene nombre. No se nos presenta y jamás escuchamos que lo llamen por su apellido o siquiera un apodo. El país en que habita tampoco es nombrado ni las personas que lo rodean. Solo tres nombres son verbalizados, pero ninguno de esos tres personajes habla. Dos están en un destino desconocido en medio de la catástrofe de toda guerra y otro, aparece como un elemento de tensión en medio del bosque, siempre enmudecido.

La historia nos llega en una especie de rumor de la conciencia donde relata el protagonista, hombre de campo, narra la partida junto a su mujer y ese niño que adoptan, trasladándose desde del prado labrado a la ciudad trasparente. “Ayer hablé de Orlando de Virginia Woolf, a quien admiro muchísimo y es una de mis favoritas, pero es porque es lo primero que leí pero pensaba más en algo así como Al faro o Las Olas”,  dice Ray Loriga cuando habla de esa voz que cuenta la historia. En estos dos libros ese “rumor del pensamiento” es lo que conduce toda la narración y permite adentrarnos no como meros espectadores sino que tener la misma perspectiva del narrador que está viviendo su vida, tal como sucede en Rendición.

La decisión de abandonar el campo, ese mundo del trabajo manual de labrar la tierra y encaminarse a un nuevo lugar es impuesta, y no hay resistencia ni quejas. Cada orden que recibe no obtiene reticencias. El protagonista parece entumecido, con una modestia pesada y absurda, algo avergonzado, siempre creyendo que todos saben mejor qué hacer que él mismo, por lo que se deja llevar. Y tal como fluyen sus pensamientos, su vida misma avanza sin que tome jamás el control. “El gobierno le ha dicho algunas cosas, luego le dice otras pero al final, cuando le falla todo, es siempre ella, su mujer la que decide.  Él está siempre lleno de excusas“ dice el autor— algo así como “El Hombre sin atributos de Musil”.

rulfo y huxley

La ambigüedad del nombre del libro no es casual. Loriga siempre llamó así a este libro, jugando con esas variables que daba la palabra. “No es derrota dice es solo aceptar que otra causa es superior a la tuya. Y después tiene otro lado, donde rendirse no tiene nada de malo: pues uno se puede rendir de admiración, de amor. Puede ser de respeto, de aplauso. O de rendir cuentas también.  Es palabra que tiene muchas vertientes que por ejemplo no tiene la palabra derrota”.

¿Dónde nace esa voz del protagonista de Rendición?

Estaba buscando una voz que no había trabajado antes y buscaba una historia que le perteneciese a esa voz. Necesitaba alguien que estuviera muy unido a la tierra pues luego debía trasplantarlo, desenraizar al personaje. Y para eso debía primero hundirlo en la tierra, no. Así empecé a hilvanar la idea de la diáspora de la traslación. Tomar este personaje y llevarlo a un contexto totalmente opuesto y así surgió la idea de la ciudad trasparente.

Hablaste en una entrevista sobre Juan Rulfo y su influencia en esta voz del protagonista del libro

Había leído en la escuela a Rulfo, a los 16 o 17 años, y luego lo he releído varias veces. Y hay algo en esa voz rulfiana que me apasiona. No lo he escrito con Rulfo delante, pero me apetecía ir por una voz de ese tipo. Algo entre lo simbólico y lo fantasmal, pero también muy real. Como esa fábula muy pegada al suelo, con ese  sonido y esa cadencia. También había algo ahí de la literatura de Thomas Bernhard. Y también me flotaba en la cabeza el ambiente de Tarkovski con la Zona (Stalker, 1979) o del Sacrifico.

Claro, está la escena de la quema de la casa…

Curiosamente en las dos películas que he dirigido quemo algo. Hay una especie de fascinación por  imágenes en llamas- ríe. En la primera quemaba a un hombre en un sueño que era el padre de unos niños (La pistola de mi hermano, 1997), y pues en Teresa: el Cuerpo de Cristo (2007) quemaba a una señora en una pira que era lo que se estilaba en aquella época. Hay una idea de sacrifico, de ritual y de exorcismo. Como en la noche de San Juan en que se saltan hogueras y así dejas el pasado atrás. Y claro, en el libro ellos deben quemar su casa y se la quedan mirando embobados “el asombro se ha puesto en lugar donde yo esperaba que llegase la pena, y es que ha ardido tan de prisa  (…) Supongo que así desaparece todo”. 

el sacrificio

Los otros como un espejo

— En la ciudad transparente no existe el dinero, y todo es dado por un gobierno que no vemos pero que rige todo. El protagonista tiene ropa y comida, e incluso cervezas gratis en un bar que descubre y comienza a visitar. Las calles son todas iguales, todo brilla pulcramente, todo es tan higiénico que han eliminado el olor y nada huele. Ni la mierda en que se ve obligado a remover por su trabajo, ni la mujer amada, ni las flores. Con cada ducha algo de ese sentido se diluye para siempre, así como al poco tiempo los mismos sentimientos. La tristeza de alguna forma ha sido censurada y todos parecen felices en esta nueva vida, lejos del campo, y donde todo aparece tan fácil y sin esfuerzo.

En estos trabajos designados a El y su mujer los dejan en puestos tan distintos como metafóricos. Él, siempre empequeñecido siempre se excusa, contraponiendo su importancia frente a las decisiones de los demás. Así, el protagonista de esta historia es conducido en su propia vida hacia lo inevitable. Todo se va diluyendo en un estado de complacencia y felicidad generalizada donde él, sin embargo, ya no está tan contento, aun cuando tiene todas sus necesidades cubiertas. Su propia apatía, su falta de celos o ira lo conduce a alejarse, a marginarse de una multitud que sigue viviendo felices la vida que le han impuesto. Cada mañana ver a sus vecinos en el baño, en la ducha, en sus casas de cristal es un poco verse a sí mismo. Aun así, la distancia se ensancha pues en estas paredes trasparentes puede ver cómo todo siguen su vida, y lo privado es público, incluso aquello que duele y que ya no nos hiere. Y esa falta de dolor es algo que el protagonista resiente y lo aleja de los otros. Y como subraya el autor, ese mundo de cristal permite darnos cuenta de “hasta qué punto necesitamos la mirada de los demás para verificarnos a nosotros mismos”.

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Todo el libro sucede en un lugar y un tiempo indeterminado y es inevitable pensar que podría estar pasando ahora. ¿Fue algo intencional?

Podría estar pasando ahora o podría haber pasado hace dos años y no nos hemos ni enterado. Me interesaba toda esta idea de la reeducación. Hace veinte años estuve en Vietnam y no podías alquilar un coche. Entonces te ponían un chofer del partido comunista y en todo este tiempo de viaje entre Ho chi minh y Hanoi, conversamos bastante con el chofer que había sido parte del ejército surcoreano. Había sido suboficial entrenado en los Estados Unidos donde lo sometieron al campo de reeducación y nos contaba de todo eso. Esa idea de la reeducación me fascina: tomar un individuo y en vez de matarlo, pues si bien este hombre estaba equivocado en todo aún puede ser útil. Y entonces viene el lavado de cerebro de la reeducación. Me interesa el otro lado de lo que llamamos educación pues si lo piensas con la educación se pueden hacer tantas cosas. En casos extremos ves hasta qué punto  puede ser educación u orientación. Y  pues me interesan esos límites, dónde está el libre albedrío finalmente.

— A propósito de esto mismo, mencionaste en la presentación del libro a la felicidad obligatoria como enemigo. ¿Crees que la democracia nos impone un estado de conformidad?

— Es que en  nuestras sociedades es así. En sociedades comunistas el esfuerzo te produce satisfacción pues colaboras con una causa más grande que tú mismo que es el pueblo, pero claro el pueblo importante y por ende tienes que estar feliz. Te hacen un par de desfiles, banderitas, te enseñan los tanques, y está toda esta exaltación del esfuerzo común. Nuestra sociedad capitalista es todo lo contrario; es una exaltación del esfuerzo individual, de cómo llegar con ese esfuerzo personal al límite del sacrificio productivo como el que llegaba el comunismo pero con el regalo del consumo. Si te esfuerzas mucho puedes comprar esto. Y comprando esto ¿qué consigues?; pues ser feliz, obvio. Pero esto dura muy poco. Siempre quieres el modelo 4, luego el 5, y comparas que el coche de tu vecino es mucho más bonito que el tuyo o que tu casa no tiene jardín, y si hay jardín necesitas la manguera más moderna y así. Aparentemente somos todos libres pero entonces; ¿a qué le llamamos exactamente libertad?

“¿Y es que con  quién te metes si esta democracia es tan perfecta? ¿Dónde está el enemigo? Allí está la paradoja, esta ciudad es una democracia de la mayoría, de sus consensos. Porque si somos 99 que pensamos de una forma y solo uno lo hace distinto como el personaje, pues la opinión de ese uno no cuenta y es más; ese uno nos sobra. O se adapta a nuestra opinión o es una molestia absurda y entonces lo mejor es que se vaya. ¿De qué sirve la opinión de uno frente al consenso?”

Es inevitable que volvamos a la música. Cuando le pregunto cuál sería la canción o la banda sonora de este libro, Ray Loriga, ya de polera en un invierno extrañamente caluroso sobre esta terraza en pleno barrio Bellas Artes, no lo duda en ningún instante. “Sería Leonard Cohen con The Future o First we take Manhattan”.

— ¿Sientes que este libro es muy distinto a otros  que has escrito?

— Sí. No es enfrentado ni opuesto, pero si hay un cambio de registro severo. Trífero también es así. Y pues nace  esto porque lo quería hacer, quería un giro. Quería probar otras voces y otras texturas. No porque no me gustará lo anterior, sino para salir de la zona de confort y pues porque me apetecía hacerlo y quería probarlo.

— ¿Y qué libros están en tu bolso de viaje en esta gira?

— Pues me gusta mucho la poesía. Estoy con William Carlos Williams, una antología de Mark Strand, un poeta maravilloso que murió hace algunos años y que tuve la fortuna de conocer además. He traído algo de Robert Lowell, poeta que me encanta también. Y claro, una parte bonita de estos viajes es descubrir escritores, pues siempre debo comprarme luego un bolso aparte para los nuevos que me han recomendado amigos escritores o libreros. Entre estos Quiltras (de Arelis Uribe) y Las olas son las mismas (Juan José Richards), ambos de la Editorial Los Libros de la Mujer Rota.

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Autor: Astrid Donoso Henríquez (39 Entradas)

Periodista, Técnico Bibliotecario, Diplomada en Fomento a la Literatura Infantil y Juvenil (PUC) y Máster de Literatura Infantil (UAB). Lectora voraz y nada monógama de libros clásicos, contemporáneos, poesía, ensayos y rarezas. Desde el 2012 trabaja en Fundación La Fuente.


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