La mujer de la guarda: atrapados en el azul

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La mujer de la guarda nos llegó este año sin aspavientos y sin publicidad, a pesar de ser una obra escrita e ilustrada por dos chilenas, Sara Bertrand y Alejandra Acosta, que ya tienen una trayectoria muy reconocida en el ámbito literario e ilustrado de nuestro país. Ayer, el libro fue anunciado como ganador del premio New Horizons / Bologna Ragazzi, de la Feria Internacional del Libro de Bolonia, Italia.

La explicación que yo supongo es que fue editado por Babel Libros, una casa colombiana con -lamentablemente- escasa distribución en Chile. Lo bonito de esto es que el libro se erige como una obra que destaca por sí misma, sin necesidad de recurrir a esos eventos faranduleros de la LIJ que, en ocasiones, no constituyen un aporte significativo adicional a la obra literaria y que, finalmente, esconden la mediocridad de un libro. Tal como el azul se va abriendo paso sigilosamente, este libro llega en silencio; apenas lo sentimos. Hasta que lo abrimos.

Tal como el azul se va abriendo paso sigilosamente, este libro llega en silencio; apenas lo sentimos. Hasta que lo abrimos.

Esta genialidad es obra de la editora María Osorio que, para su nueva colección Frontera ilustrada, quiso renovar los paradigmas de lectura y de lectores, para moverse en los límites del álbum y de una novela joven adulta. En una edición muy cuidada, con el papel preciso y el tamaño perfecto, La mujer de la guarda es una sorpresa desde el momento en que nos sumergimos en las ilustraciones de Alejandra Acosta. Porque este no es un álbum como cualquier otro: inicia su narración con ocho dobles páginas. Ocho dobles páginas cargadas de historia; herméticas, misteriosas, inquietantes.

Es así entonces como se estructura esta obra: ocho dobles páginas iniciales ilustradas por Alejandra Acosta, cincuenta y dos páginas de texto de Sara Bertrand y ocho dobles páginas finales que, gracias a la lucidez de Acosta, se conforman como un reflejo especular de las primeras, generando una continuidad perfecta para el relato circular.

Las letras aparecen de la boca de la abuela de Jacinta. Ella será la encargada de contarnos el primer encuentro entre Jacinta y la mujer más bella del mundo, arriba de su caballo azul. Un encuentro que duró solo unos segundos, pero que son suficientes para que la niña tome ese azul y, al igual que nosotros, los lectores, se deje guiar por él. Anhela el azul, espera que aparezca de nuevo, para decirle tantas cosas: que tiene miedo, que está sola, que extraña tanto a su mamá, que las mamás no tienen que morirse, que quiere volver a jugar, que necesita que su papá deje de esconderse.

La mujer de la guarda se lee con calma y en silencio para dejar aparecer todas las imágenes que nos son tan familiares. En un lenguaje que funde lo cotidiano y lo poético, Sara Bertrand nos sumerge en la historia de Jacinta y sus hermanos, transportándonos a esa infancia de bicicletas, de bolsón, de marraqueta con mantequilla y dulce de membrillo, de monitos en la tele, de leche con grumos.

Y es por eso que uno le toma tanto cariño a este libro: porque sentimos el olor de la leche, porque vemos el amarillo brillante de la mantequilla derritiéndose en el puré de papas de verdad; porque una vez más estamos a escasos treinta centímetros del televisor, viendo monitos, esperando escuchar la voz que nos dice que nos pongamos más atrás, porque vamos a quedar ciegos de estar tan cerca.

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Pero al mismo tiempo, el azul nos transporta a un espacio sin nombre, a las antípodas de lo cotidiano, a esos intersticios de la realidad de los que tanto nos enseñó Cortázar. El azul nos atrapa en un ambiente inquietante que recorre todo el libro, que nos invade cuando las letras se vuelven azules, porque la historia que Jacinta les cuenta a sus hermanos antes de dormir también nos atrapa en este espiral de narraciones que se cruzan, que se entrelazan, para convocarnos a ese imaginario de niña que enriquece la experiencia literaria.

El azul nos tira hacia adentro cuando Jacinta quiere que la abracen porque su mamá le hace falta todos los días; cuando las sombras se alargan y la casa cruje, cuando Jacinta se contiene una y otra vez, porque tiene que cuidar de sus hermanos. Cuando sueña con cambiar las últimas palabras de su madre.

Cuando llegamos a las ocho dobles páginas finales y seguimos aferrados al azul, nos espera la mujer de la guarda. El azul se ha ido expandiendo y los espacios ensombrecidos de la casa se cubren de flores y de hojas azules. El velo que cubría el inicio se ha ido disipando y descubrimos la belleza del espejo entre las ilustraciones iniciales y las finales. Y todo tiene tanto sentido. El caballo es la señal de que la mujer continúa ahí y será ella quien, de ahora en adelante, se encargue de abrazar a Jacinta.

La tradición popular tibetana habla de una mujer, con un ojo en la mano que todo lo ve, que va sobre un caballo azul al lugar donde alguien la necesite. Es una mujer que sana, con sus dedos moviéndose como notas musicales. Las autoras hicieron crecer esta figura de una manera conmovedora, en un libro que logra que nos reconozcamos, en un libro que hacemos nuestro y que nos llama a volver a leerlo, a volver a mirarlo, para volver a estar atrapados en el  azul.

Autor: Carolina Ojeda (13 Entradas)

Estudió literatura y pedagogía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Máster en Libros y Literatura para niños y jóvenes en la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente se desempeña como directora del Centro Troquel. Mantiene el blog personal: pensandolalij.com


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