Lecturas colectivas

A A

Escarbar en la memoria puede ser tan doloroso como enriquecedor. Me metí a un taller de lectura donde los libros se tratan de eso, de recuerdos de los autores que me retrotraen a mis propias vivencias. En un espacio íntimo, todas y todos compartimos las vulnerabilidades de nuestras memorias, como una forma de conocernos personal y colectivamente.

Créditos: Consuelo Olguín

Leer es una actividad principalmente solitaria. Pero hace dos meses me metí a un taller de lectura y esa idea mutó a que también puede ser colectiva, que puede ser un espacio de encuentros y desencuentros con quienes han leído lo mismo que yo.

Me inscribí sola, sin conocer a nadie. Nos juntamos miércoles por medio en la casa de la tallerista, quien nos entrega los textos por correo electrónico. “La idea es conocernos a través de la lectura”, me dijo Carolina Mouat, la tallerista, el primer día que fui al final de esa sesión. La frase me quedó dando vueltas durante días porque si bien podía ser obvia era primera vez que lo veía de forma tan clara.

Leo para entenderme. Hace años que leo con esa necesidad, quitándole el carácter de pasatiempo, de recreación. Como si fuera una actividad vital. Me siento mal cuando no leo en mucho tiempo, me siento en falta, como si tuviera una deuda monetaria que no me deja dormir.

Pienso que escarbar en la memoria puede ser tan doloroso como enriquecedor.

El taller es temático. Leemos libros que tratan sobre la memoria. Pienso que escarbar en la memoria puede ser tan doloroso como enriquecedor. Los textos que hemos visto, lo quiera o no, me retrotraen a mis propias vivencias y me remueven sentimientos, emociones que parecían estar selladas. Se me vienen a la mente imágenes, diálogos, paisajes, situaciones. Personas, por sobre todo.

Cuando leí Estampas de niña, de Camila Couve, volví a repasar ciertos pasajes de la infancia a los que regreso de vez en cuando. Algo así como el archivo mental que tengo sobre mi niñez y que con esta lectura se fueron desplegando como breves fragmentos visuales, que no duran más allá de diez segundos.

Recordé los veranos en el pueblo donde nací, y al que seguí yendo varios años después de cambiarme a otro lugar. De pronto lo que tenía calificado como poco relevante se fue desenvolviendo como momentos formativos que revelan algunos aspectos de mi personalidad. Recordé esas tardes que me parecían tediosas, aburridas, como si todo estuviera muerto, y que con la única amiga que tenía en el pueblo nuestro máximo pasatiempo era comprar con mil pesos una bolsa llena de dulces. Los comíamos mientras jugábamos Nintendo, absolutamente hipnotizadas por la tele, perdiendo etapas, ganando otras, haciendo trucos con los botones para ganar más vidas. Por varios años iba un mes entero del verano para pasar tiempo con mi papá que vivía ahí. Pero en mi memoria tengo pocos momentos con él, porque me dejaba hacer lo que quería –pensaba en ese entonces–, aunque ahora creo que era porque él nunca estaba. Desaparecía.

Ese miércoles todas hablamos de la infancia. Yo no conocía a nadie, pero me gustaba mucho escuchar las historias de las otras talleristas. Todas tan honestas y conscientes. Supongo que el tiempo hizo lo suyo y que cada una podía relatar pasajes que ya habían sido procesados. La intimidad que revelan los autores en sus textos es valiosa, pero me parece igual de valiosa la intimidad que mis compañeras comparten miércoles por medio y cómo también relatamos nuestro presente.

En el taller todas y todos hablan. Lo primero es decir si el libro nos gustó o no. Alejado de un foco académico, la conversación pimponea entre el análisis del texto, hablamos sobre quién lo escribió y cómo nos espejea o no el tema que se narra, qué fibra tocó y qué aspectos nos hicieron ruido.

No todos los libros nos simpatizan. En Aromas, Philippe Claudel ejercita la memoria con una palabra para cada letra del abecedario. Pero se siente forzado y poco íntimo, recordando solo desde una zona de confort que no lo vulnera. En esa sesión una compañera hace notar las características del autor: hombre, blanco, europeo, heterosexual. Todas las hegemonías en una persona, que reproduce una visión de mundo que las mujeres ya no aceptamos.

El taller tiene otro componente que lo cruza de manera natural: el feminismo. Casi todas, si es que no todas, nos identificamos con el movimiento. Inevitablemente hay una mirada más aguda sobre los discursos machistas que permean la literatura: cómo se presenta a la mujer, al cuerpo femenino, en qué escenas aparecen mujeres, cómo se refieren a nosotras, qué diálogos nos dan.

Otro miércoles leemos El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Por primera vez en este taller busco información sobre la autora antes de enfrentarme al texto. Hay quienes creen que la obra debe separarse del autor. Pero cuando se trata de la memoria como género literario es imposible: el narrador es el autor, quien está contando una parte de su vida inmiscuyéndose en sus capas más subterráneas.

La intimidad que revelan los autores en sus textos es valiosa, pero me parece igual de valiosa la intimidad que mis compañeras comparten…

Veo un documental sobre Joan Didion, luego leo el libro. Cuando lo leo, lloro. En el libro la escritora desmenuza procedimental y sentimentalmente la muerte de su esposo. Es desgarrador. Pienso en la última muerte que me tocó vivir. Pienso en los dolientes de esa muerte, que son mis familiares. Pienso que la muerte es un espectáculo que desencadena reacciones extrañas en las personas. Joan Didion confiesa que a pesar que en su capa más superficial aparenta estar llevando el duelo de la mejor forma posible, en su fuero interno cree que John, su esposo muerto, puede volver, y que cuando lo haga va a necesitar sus zapatos. Por eso no los bota.

Esos no fueron los únicos libros que leímos en el taller. Hubo más: Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra; Varia imaginación, de Sylvia Molloy y ahora resta Dicen de mí, de Gabriela Wiener. Fácilmente se podría extender y podría –podríamos– seguir profundizando en nosotras mismas. Porque leer recuerdos ajenos me obliga a escarbar en los propios. Porque escarbando en los recuerdos propios, sean épicos, cotidianos, insignificantes, podría llegar a entender una parte de mí que se difumina con el tiempo, partes inexactas que se transforman en el recuerdo del recuerdo, lejanos, inalcanzables.

Autor: Consuelo Olguín (5 Entradas)

Periodista UC de medios escritos. Ha trabajado en El Mercurio y en El Dínamo, transitando por las secciones de actualidad y cultura. Cursó el diplomado en Periodismo en Cultura, Crítica y Edición de Libros, de la Universidad de Chile. Luego participó en el taller de narrativa contemporánea que dicta la editorial Los Libros de la Mujer Rota.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *