Los “chicos” de Silvina Ocampo

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Los personajes infantiles van a ser muy importantes en la obra de la escritora argentina Silvina Ocampo. Y van a aparecer, con sus historias feroces y nada de inocentes, tanto en sus ficciones adultas como en sus cuentos para niños.

Silvinota

 

Silvina Ocampo (1903-1993) sentía una real fascinación por los personajes infantiles y por la infancia: un tema al que volvía siempre, tanto en sus poemas como en sus narraciones cortas y sus novelas. Ya desde sus primeras cuentos, como “Cielo de claraboyas” (en Viaje olvidado, 1937), la escritora va a presentarnos a personajes como Celestina, la pequeña de pies descalzos que salta a la cuerda y corre mientras su tía intenta hacerla dormir, y la tragedia que se cierne sobre esta niña cuando no acata las órdenes del adulto. Y luego vienen muchos más. Las hermanas Libia y Cándida, Ester, Cecilia, Elena, Catalinita, Jacinto, Aurelia, Eladio y tantos otros niños que van a aparecer a lo largo de su obra: “los chicos” -como Ocampo los nombraba- con sus risas y sus llantos, con sus historias feroces y nada de inocentes, y con su extraña relación con los adultos en sus ficciones.

Para Silvina Ocampo la infancia parecía estar separada de la adultez por un hilo muy delgado.

Para la escritora argentina la infancia parecía estar separada de la adultez por un hilo muy delgado, y por eso en sus obras se puede observar una relación entre ambos mundos más flexible y cercana de lo acostumbrado. Y no es casual que varios de los cuentos que escribió durante su prolífica carrera terminaran apareciendo –sin sufrir ninguna modificación- tanto en sus libros “para adultos” como en sus libros “para niños”, porque como escribió Ernesto Montequin en el prólogo de La torre sin fin, Silvina Ocampo “no establecía jerarquía entre ficciones mayores y menores”, Uno de estos cuentos es “La liebre dorada” -que apareció primero publicado en 1959 en el libro La furia y luego en 1977 en la colección de cuentos infantiles La naranja maravillosa-, la historia de una liebre que arranca de una jauría de perros asesinos y donde aparecen esas contradicciones propias de Ocampo donde, por un lado, se advierte que “éste no es un cuento para niños” y, por otro lado, la narradora no quiere omitir los detalles crueles al niño al que relata la historia, “que tiene siete años y que siempre me reclama cuentos” y a quien no quiere ocultarle que aunque los perros “no eran malos”, habían “jurado alcanzar a la liebre solo para matarla”.

 

Hermana menor de la escritora Victoria Ocampo y mujer de Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo es considerada, hasta hoy, una de las escritoras más importantes de Argentina. Nacida en Buenos Aires el 28 de julio de 1903 en el seno de una familia de la clase alta adinerada, la escritora escribió novelas, poemas y cuentos –muchos cuentos- para adultos, y solo en su vejez cuando la hija de Bioy Casares la convirtió en abuela, editó cuatro colecciones de cuentos infantiles: El cofre volante, El tobogán, El caballo alado y La naranja maravillosa, además de un libro de poemas –Canto escolar-, dedicado a niños mayores, y una novela La torre sin fin, publicada en Buenos Aires 14 años después de su muerte.

Ocampo escribió novelas, poemas y cuentos y solo en su vejez editó cuatro colecciones de cuentos infantiles.

Pero incluso antes de escribir para niños, la literatura infantil era un asunto que le interesaba desde siempre, y no es casual que los cuentos de hadas hayan sido una gran influencia en toda su obra literaria. Ocampo, por ejemplo, va a tomar el tema de la crueldad –propio de las historias infantiles- y lo va a llevar a distintas obras narrativas, donde va a aparecer algún niño sufriendo la maldad de alguien en su espacio familiar y doméstico: niños que sufren brutalmente porque se les imponen rutinas de los adultos, como las siestas, o que incluso mueren, como en “Cielo de claraboyas” por no irse a dormir; niños que no entienden lo que pasa a su alrededor, como en el cuento “Esperanza en Flores” y donde el propio narrador parece gozar cruelmente con la candidez de la protagonista.

Nostalgia, juegos y mendigos

En su obra, Ocampo va a echar mano al tema de la nostalgia y la infancia. Aunque lejos de parecerle un espacio perfecto o paradisíaco, va a ser siempre un lugar mejor y menos hipócrita que el que habitan los adultos. En su cuento “Icera” –que Ocampo incluyó en Las Invitadas y La naranja maravillosa –una antología para adultos y una antología para niños, respectivamente- el narrador va a contar la historia de una niña pobre que no quiere crecer y que se empeña en usar la ropa de muñeca que le regalaba el vendedor de la juguetería del Bazar Colón, y que piensa que “si diariamente se calzaba los zapatitos, si se ponía el vestido, los guantes y el sombrero de muñeca, forzosamente siempre seguiría siendo del mismo tamaño”.

Ocampo se interesa por esa habilidad de los niños para cruzar los límites entre las distintas clases sociales.

En sus cuentos, Silvina Ocampo no menosprecia ni a los niños ni a sus juegos, en especial aquellos que son de roles. Ella misma, que de niña prefería pasar el día entre los sirvientes de su casa en vez de estar con sus hermanas mayores, se va a interesar por esa habilidad de los niños para cruzar los límites entre las distintas clases sociales o de aparecer en situaciones o lugares diferentes. En La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo (Ediciones UDP, 2014), la escritora Mariana Enríquez va a mostrar esta fascinación de Ocampo por la pobreza y, en especial, por los mendigos: una fascinación que también aparece en su literatura, donde sus personajes infantiles van a desear ser pobres o al menos escapar de su vida social normal. “Ser pobre, andar descalza, comer fruta verde, vivir en una choza con la mitad del techo roto, tener miedo deben de ser las mayores felicidades del mundo”, escribe la niña Porfiria en el “El diario de Porfiria Bernal”. “Pero nunca podré ambicionar esa suerte. Siempre estaré bien peinada y con estos horribles zapatos y con estas medias cortas”. En su diario –que escribe por sugerencia de su institutriz- Porfiria Bernal dice detestar la riqueza, así como la realidad. Y por eso para enfrentar su aburrida vida burguesa, el encierro y el aburrimiento, ella prefiere imaginar que está en “un jardín de rosales y sauces y que un joven descalzo y muy pobre me lleva de la mano”.

Silvina Ocampo

Silvina Ocampo

En sus obras para niños, Ocampo no habla del colegio o de la educación. Sí escribe de árboles, estancias y circos.

Esta fantasía infantil de ser pobre que está en el cuento “El diario de Porfiria” es similar al deseo que aparece en el poema autobiográfico de Silvina Ocampo “La casa natal” (“solo me gustaba todo lo que era pobre/ los harapos, los pies desnudos como el cobre”), y que nos habla de la propia ansia de libertad de la autora. En sus cuentos –tanto para adultos como para niños- Ocampo desmitifica la inocencia infantil, y retrata a los adultos como seres más inocentes que los niños, y que incluso –como la institutriz de Porfiria Bernal- se sienten amenazados por ellos.

En sus obras para niños, Silvina Ocampo no utiliza ningún tono paternalista ni moralizante. Tampoco habla del colegio o de la educación. Sí escribe de árboles, estancias y circos, usa nombres simbólicos y graciosos, y nos cuenta de niños como el que aparece en “El niño prodigio” que es más inteligente y diestro que su madre y que, como muchos “chicos” ocampianos, es más adulto que cualquier otro adulto del lugar.

Autor: Soledad Rodillo (51 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Lectora empedernida, dedica su tiempo a escribir artículos culturales para diarios y revistas especializadas. Es colaboradora estable de nuestro blog.


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