Los personajes infantiles de Marta Brunet

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Marta Brunet (1897-1967) escribió novelas y cuentos —tanto para adultos como para niños—, y creó cientos de personajes de todas las edades. Pero, tal como ella alguna vez confesara, su personaje favorito fue siempre el mismo: Solita, la niña que aparece en su novela Humo hacia el sur, en los cuentos de Solita Sola y quien es la destinataria de la colección infantil Cuentos para Mari-Sol.

Marta Brunet presentando su libro Cuentos para Marisol, 1938

Marta Brunet presentando su libro Cuentos para Marisol, 1938

Solita es una niña auténtica, atrevida e inquisidora: la única menor de edad que aparece en Humo hacia el sur, la novela que publicó Brunet en 1946. Una niña lectora y amante de la naturaleza que, desde su vida acomodada, critica la sociedad patriarcal a la que pertenece y se rebela de las convenciones, y que a ratos nos recuerda a Marta Brunet y también a todas esas mujeres que desde lo cotidiano esperan hacer grandes cambios en su sociedad.

“Si alguien me preguntara a cuál de las criaturas de mis libros prefiero, diría sin vacilaciones: a Solita”, escribió Brunet.

Solita, la única hija de Ernesto Pérez y María Soledad, es descrita en Humo hacia el sur como una niña de ocho años que gusta de montar a caballo, leer e imaginar; que detesta jugar con muñecas y los “melindres maternos” que la obligaban a andar en un “caballejo” en vez del gran caballo de su padre; y que tiene su cabeza llena de fantasías, gracias a las “desordenadas lecturas subrepticias, hechas en el fondo de una alacena, mediante métodos misteriosos que hubieran pasmado y escandalizado a sus padres”.

Solita es una niña sola, como lo fue Marta Brunet durante su infancia en los cerros de Chillán y para muchos estudiosos de la obra brunetiana es el alter ego de su creadora. “Si alguien me preguntara a cuál de las criaturas de mis libros prefiero, diría sin vacilaciones: a Solita”, escribió Brunet en el comienzo de Solita Sola. “Yo la creía terminada en la última página de Humo hacia el sur. (…) Pero he aquí que la niña ha vuelto. En no sé qué alfombra mágica, con su casa rodeada de árboles, con Ernesto y María Soledad, con la Mademoiselle, la Clorinda y Bartolo, y su corte que comienza con ‘Don Genaro’ el gato, sigue con el perro ‘Togo’ y termina con el ‘Mampato’, sin olvidar la gata que se llama ‘Gata’”, escribió en el prólogo de estos cuentos.

Las niñas brunetianas

Pero además de Solita, Marta Brunet creó muchos otros personajes infantiles en sus novelas y cuentos, y en todos ellos uno puede encontrar la mirada crítica e insurrecta de esta prolífica escritora chilena que recibió el Premio Nacional de Literatura en 1961. En su extensa bibliografía, la autora va a mostrar varios tipos de niños, pero todos, en menor o mayor grado, van a ser personajes que observan críticamente su entorno y que ansían su libertad.

Esta ansia de independencia puede verse, en especial, en las niñas brunetianas. Niñas que enjuician, imaginan y leen como Solita y Francina, la protagonista de uno de los cuentos de Reloj de Sol. O que son libres y fantasiosas como Solita y que a lo largo de Humo hacia el sur intenta rebelarse del modelo de mujer doméstica que le impone su madre y la sociedad. Niñas que se sienten solas y a las que los adultos no escuchan ni responden sus preguntas, como le ocurre a Margarita del cuento “La nariz” y a María Casilda de “La niña que quiso ser estampa”. Y que sueñan, imaginan, leen y tienen ganas de crear.

Las niñas brunetianas suelen estar abandonadas o solas. Y son observadoras, no son niñas fáciles de engañar. En “La nariz”, Margarita es una niña obsesionada con las narices. Para ella, las narices son importantes porque “siempre dicen la verdad. No saben hacer guiños, como los ojos, ni sonreír, como la boca. Cuando toda la cara dice mentiras, sólo la nariz se porta bien y dice lo que siente”. Al igual que ella, Solita también ansía la verdad: las lecturas de “veras” que solo puede leer escondida en la biblioteca del papá y no “aquellas sosas y desabridas que le da la mamá, que le da el papá, odiosamente instructivos, o los que le presta la Mademoiselle, de tapas rojas con grabados en oro, siempre historias de niñitas tan atolondradas como tontas escritas por una señora que debió nacer con una papalina en la cabeza, como la de la Coronela, y otra papalina en el alma momificada”.

Las niñas creadas por Brunet encuentran la libertad en la lectura.

Las niñas creadas por Brunet encuentran la libertad en la lectura, en la creación —como cuando Margarita descubre en su viaje a la montaña que su obsesión por las narices puede convertirse en una arte—, en la naturaleza y en su relación con los animales. “En la casa paterna reinan la madre, las leyes, la costumbre, la rutina —escribió Simone de Beauvoir—, en cambio, en medio de las plantas y los animales, (la niña) es un ser humano, se ha liberado a la vez de la familia y de los varones, es un sujeto, una libertad”. Y por eso Solita sueña y lee a escondidas de sus padres, y pasa el mayor tiempo posible en el jardín de su casa, en las pesebreras del campo y en lo que ella llama “su feudo”: un cuadrado de terreno cerrado con alambre y bardas de grosellas y frambuesas y donde la niña juega con su perro Togo y su gato Genaro.

Autonomía de la mujer escritora

Solita, al ser una niña, le da la oportunidad a Brunet para mostrar una mirada más rebelde y libre sin despertar desconfianza y quizás también como una forma de mostrar la búsqueda de autonomía de la mujer escritora en un campo literario más bien adverso. Lo mismo ocurre con el personaje de Margarita y su nacimiento como mujer creadora, como artista, y las dificultades que, se insinúan, tendrá que atravesar la protagonista en su camino de independencia. Para Brunet la creación es una manera de sobrevivir en un espacio cultural predominantemente masculino.

Y en ese sentido, parece advertirnos de los riesgos de optar por una vida falsa, sin verdad, del perjuicio que conlleva una vida ligada al silencio y a la inmovilidad. La muestra más clara aparece en su cuento “La niña que quiso ser estampa”, donde su protagonista, María Casilda, se esmera en parecerse a una estampa, es decir, en ser como las niñas modelo de los cuadros y libros. “Tenía que estar triste, suspirar, poner una mano en el corazón, contemplar la tarde desteñida de tonos, quedarse pálida y enflaquecer, tomar vinagre y desear morirse, porque la vida para ella no tenía ningún objeto. Así eran las heroínas de las novelas color de rosa que la abuela, a su insistencia por leer algo que no fueran cuentos infantiles, había terminado por entregarle”. Y nuevamente Brunet parece advertirnos del peligro que se esconde tras ciertos modelos perjudiciales de mujer, tras las lecturas de novelas rosa, y de finalmente, tras optar por una vida vacía.

Autor: Soledad Rodillo (56 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Lectora empedernida, dedica su tiempo a escribir artículos culturales para diarios y revistas especializadas. Es colaboradora estable de nuestro blog.


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