Mujeres y memoria

A A

¿Qué saben las mujeres de la memoria? Podríamos contestar: todo y nada, indistintamente, sin miedo a equivocarnos. Sabemos de historias heredadas por nuestras madres, abuelas, tías. Sabemos –porque lo hemos vivido–, de abusos, alcoholismo y golpizas. Sabemos –sin necesidad de que sean nuestros–, de niños, chupetes y mudas. Sabemos –sin que nos expliquen–, que la paz está a milímetros de la guerra, que todo se transforma en cualquier momento. Sabemos que la verdad es tan personal como colectiva, lo mismo que las mentiras. Sabemos que al hablar de sexo invocamos un tipo de erotismo del que poco saben los varones. Sabemos de tolerancia, porque no somos forma, o más bien, a pesar de la forma, somos agua y podemos ponernos en el lugar de otros. Sabemos que no hemos conducido la guerra, aunque la suframos, aunque estemos combatiéndola mano a mano, protegiendo a nuestros hijos, aliviando a los heridos. Sabemos que podemos mirar desde tan alto que alcanzaremos cierta sabiduría y estar tan abajo como para conocer la oscuridad, la calle.

No hay historias sin mujeres, sin embargo, no hemos sido nosotras las que hablamos. Muchas veces son ellos, los varones, quienes hablan por nosotras y nos callan, porque nuestro lugar está con los débiles, porque pedimos piedad cuando ellos braman justicia. Y no importa que sepamos que esa justicia no siempre nos cubre, aunque la practiquemos a diario, sabemos que nuestro nombre quedará inscrito a un costado. La memoria, durante siglos, ha permanecido anclada a ellos, a pesar de que las mujeres estemos presentes en la lengua, el puñal, la cama.

Hace algunas semanas hubo cierta polémica al suspenderse los conciertos de Gustavo Cordera en Chile, el cantautor argentino dijo tiempo atrás –con esa forma de decir tan varonil–, que el verdadero remedio para la histeria era la violación. En otras palabras, que muchas mujeres necesitaban ser violadas. La idea de que en el imaginario femenino exista la violación como posibilidad de acercamiento sexual es tremendamente masculina, pero también habla de un desconocimiento absoluto de parte de los varones sobre cómo funciona el placer sexual en las mujeres. La capacidad de sublimación y juego implicados en nuestra sexualidad es muchísimo más delicada que cualquier tipo de brutalidad o pornografía. A las mujeres nos gusta la narración, no solo verbal o escrita, sino la que ofrece nuestra piel, nuestros muslos, nuestra espalda curvada por una exhalación. Y eso requiere tiempo y elegancia. Sobre todo, agua.

Que alertemos acerca de esa ignorancia y pidamos respeto es apremiante en el estado de crispación en que se encuentra el mundo, cuando el hombre en vez de caer con misiles en territorios vecinos, arrasando poblaciones, mujeres y niños, debiera pelear contra una herencia que hace tanto daño a la lengua. Porque nosotras no somos sujetos violables, creerlo es una estupidez, además de una matonería tan arbitraria como esos bombardeos en un desierto millonario que pelean un puñado de hombrotes que no piensan ni en la guerra ni en la paz ni menos en el sexo, sino en algo más burdo: el dinero.

Creerán que me distraigo al involucrar a Siria con la memoria, las mujeres y la misoginia, pero no. Las conexiones de todos estos asuntos están ardiendo en nuestras pantallas, en cada bomba, cada niño, cada mujer que cae. Me explico: hace muchos años, cuando la televisión y fotografía causaban estragos al mostrar el mundo al instante, Susan Sontag escribió un hermoso ensayo titulado Ante el dolor de los demás (2004), pocos libros me han parecido más iluminados que aquel que leí siendo estudiante. La Sontag advertía de los problemas de una sociedad que asistía al horror en vivo y en directo: ya no se trataba de historias ni habladurías; no eran soldados que regresaban mudos o lunáticos a sus casas ante la vista conmovida de sus padres, sino que se trataba de mirar, como en una función, los cuerpos mutilados, la sangre derramada, el daño garantizado por esa maquinaria del mal engendrada para la guerra.

Somos efectivos para matar, lo hemos demostrado y, peor aún, esas muertes hoy ocurren delante de nuestros ojos. No es posible esquivar la mirada. Nuestra única respuesta posible es la desesperación y la rabia. ¿Y qué nos queda por hacer?, una manifestación tribal y primitiva: abrigar a los nuestros, proteger nuestras casas. Aunque no seamos nosotros ni nuestros hijos los que estén en peligro. El mundo al instante es la pesadilla del aislamiento, de la autodestrucción, de la desconfianza sobre ese espacio que transmite de continuo su enfermedad y demencia. Y, por ahí, por esa delgada línea, se cuelan la memoria y las mujeres.

Ya no queremos que hablen por nosotras, no más. No queremos que hablen de nuestro sexo, que nos digan cómo alcanzar el orgasmo. No queremos que mueran nuestros niños, aunque no sean nuestros; no queremos vernos involucradas en luchas de poder y dinero que no tienen que ver con nuestros cotidianos, sino con la codicia de cuatro matones que gobiernan y se dividen el mundo. No queremos olvidar. Estamos aburridas de ese ejercicio obligado desde tiempos inmemoriales, porque si de algo sabemos las mujeres, es de salir adelante, precisamente, a costa de nuestra memoria. De hacer a un costado tantas malas noches, la incertidumbre de no saber cuánto daño nos hará el garrote, cuánta furia despertará esa tarde. Ya no más.

Estamos aburridas de ese ejercicio obligado desde tiempos inmemoriales, porque si de algo sabemos las mujeres, es de salir adelante, precisamente, a costa de nuestra memoria.

Ahora es cuando recuperamos nuestro relato, porque a un costado de toda esa narración masculina del mundo, nosotras hemos relatado la guerra y la paz, la miseria y el heroísmo. Son muchísimas mujeres las que pelearon por ofrecer su versión de la historia, mujeres tachadas de brujas, enviadas a conventos por subversivas, maltratadas por culpa de la lengua y, sin embargo, cada generación tuvo mujeres que se apartaron para contar. Quizás sus palabras no se escucharon con fuerza, quizás no golpearon la mesa, quizás el garrote que caía sobre sus espaldas les quitaba el aliento, quizás, tantos otros quizás, pero ahora ya no más. Las voces femeninas se multiplican por todos los continentes, sobre todo el nuestro y –perdonen este entusiasmo y desliz chauvinista–, pero las latinas hemos demostrado que tenemos una lengua poderosa, que nuestras historias son tan contundentes como lúcidas, que nuestra memoria es necesaria para la conversación humana.

Quiero creer que seguiremos sumando voces, que, en un par de décadas, la historia la escribiremos a cuatro manos: mujeres y hombres reunidos. Que sabremos hacerle frente al poder cuando se manifiesta arbitraria y estúpidamente aludiendo argumentos mentirosos para atacar a nuestros niños, nuestro sexo. Quiero pensar que haremos honor a nuestra raza de seres humanos pensantes, que somos capaces de idear algo más que misiles súper silenciosos. Que somos capaces de imaginar una sociedad donde no todo se transa o se vende.

 

Autor: Sara Bertrand (17 Entradas)

Estudió Historia y Periodismo en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Combina la escritura de libros infantiles y juveniles con el trabajo periodístico. Su último libro "La mujer de la guarda", editado por Babel, recibió el primer premio en la categoría New Horizons, de los Bologna Ragazzi Award 2016.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *