Novelas distópicas: The Giver y el mundo que no queremos

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La novela The Giver (Everest) es uno de los antecedentes directos de Los Juegos del hambre, Divergente y Delirium, entre otros libros juveniles que se sitúan en un futuro socialmente devastado. Y al igual que estos títulos, The Giver, de 1993, se convirtió recientemente en película. El siguiente análisis nos lleva a comprender lo que comparten este tipo de novelas, llamadas distópicas, y lo que su realidad, aparentemente lejana, es capaz de mostrarnos.

Lois Lowry, autora de «The Giver»

Desde mi primera lectura de 1984, de George Orwell, hace ya varios años, las novelas distópicas tienen algo que me atrapa. Por sus personajes, su construcción espacio-temporal, su mirada al mundo que se deja atrás. Con The Giver, de la estadounidense Lois Lowry, me decido a ordenar y a escribir.

The Giver es una novela distópica, al menos desde la mitad hacia adelante. Una más, podríamos decir. Una más, desde la mirada de la paraliteratura que asienta Gemma Lluch en Mecanismos de adicción en la literatura juvenil comercial. Una más que repite el modelo narrativo repetitivo, vertiginoso y de suspenso.

Pero antes de entrar a la novela, miremos desde más lejos y contextualicemos. Hablamos de novela distópica cuando nos encontramos con narraciones que describen mundos devastados socialmente; mundos que espacial y físicamente pueden ser perfectos: ordenados y limpios, pero que son vacíos de cualquier relación social pues están regidos por gobiernos totalitarios que castigan cualquier espacio de comunicación no reglada por el Orden. En otras distopías encontramos mundos destruidos por algún desastre ecológico, por ejemplo; escenarios desolados por algún bombardeo, lleno de muertos y de suciedad. Pero más allá del escenario concreto en que se desarrolla la historia, lo que toda novela distópica tiene en común es el vacío propio y social de los personajes; la fotografía de una vida mecánica, donde la uniformidad es lo más valorado: vestirse igual, pensar igual, hablar igual, comer igual. No deben existir diferencias que puedan atentar contra el orden establecido.

Por otro lado, la especialista valenciana Gemma Lluch, pone el acento en la paraliteratura. El prefijo para- implica estar ‘fuera de’, ‘al margen de’. Por lo tanto, entendemos que la paraliteatura es aquella que está fuera los márgenes o los cánones literarios. En este caso, las lectura paraliterarias juveniles son definidas como las que se encuentran fuera del canon escolar.

Primer punto a tener en cuenta: la novela The Giver es de 1993. Es decir, se publicó 15 años antes que Los juegos del hambre, que viene a ser la novela que dispara la producción de narrativas paraliterarias distópicas clones.

Ya desde la primera página se huele algo distinto con esta novela y es que se inicia como una utopía, es decir, muestra un mundo idílico, donde todos son iguales y hay un interés común. Además, el protagonista es hombre, algo muy poco frecuente en la avalancha de jóvenes heroínas que hemos visto saltar, correr, luchar, disparar, en Los juegos del Hambre, en Delirium, Divergente, etc.

También podríamos decir que la trama es más novedosa. Llegamos al mismo punto, pero a través de otros medios, lo que, literariamente, siempre es bien recibido.

En The Giver las personas no deben tener la opción de escoger, puesto que podrían equivocarse.

Jonás, el protagonista, es un chico de 11 años que vive en la Comunidad. Una Comunidad donde el concepto de Igualdad es realmente real. Todos son iguales, todos viven igual y todos tienen lo mismo; hasta ahí la utopía. Sin embargo, asoman las primeras sospechas cuando leemos que todos comen lo mismo, hacen lo mismo, y todos ven lo mismo. La Comunidad ha eliminado completamente cualquier percepción que pueda generar una diferenciación o la opción de escoger algo por sobre otra cosas. El punto más revelador de esta Igualdad es que los miembros de la Comunidad no ven colores. Para ellos, todo es incoloro, por lo que no hay árboles de distintos verdes y tampoco hay personas de distinto color de piel. Otro elemento que marca la imposibilidad de sensaciones es la inexistencia del frío y del calor; y también la represión del deseo sexual. Cuando Jonás siente su primer Ardor debe comenzar a tomar la pastilla que todos toman cuando inician su maduración sexual. De este modo, ya no habrá más ardores ni la posibilidad de atracción entre dos personas.

El concepto de fondo radica en el hecho de que las personas no deben tener la opción de escoger, puesto que podrían equivocarse. Para eso esta el Concejo de Ancianos que, tras la Observación, elige el trabajo, el cónyuge y los hijos que tendrá la Unidad Familiar.

«No nos atrevemos a dejar que la gente escoja»
-¿No sería prudente? – sugirió el Dador.
– Desde luego que no sería prudente – dijo Jonás con convicción-. ¿Y si se les dejara escoger a su cónyuge y escogieran mal? ¿O si – continuó, casi riéndose de semejante absurdo- escogieran su trabajo?»
– Asusta, ¿verdad? -dijo el Dador.
– Asusta mucho. No me lo puedo imaginar. Es verdad que hay que proteger a la gente de la posibilidad de escoger mal.
– Es más seguro.
– Sí, mucho más seguro.”

La precisión en el lenguaje es también algo que la Comunidad privilegia en la Formación de los niños, llamados por la edad que tienen: están los Doses (Niños de dos años), los Treses (de tres años), los Seises, los Onces, etc. El lenguaje no puede ser vago, no puede prestarse a confusiones. La expresión de sentimientos –instancia diaria después de la cena- debe darse con la mayor precisión posible:

«¿Ustedes sienten amor por mí?», preguntó un día Jonás a su padre y a su madre. «¡Precisión del lenguaje, por favor!»
«Tu padre quiere decir que has usado una palabra muy generalizada, tan vacía de contenido que ya casi no se usa. Podrías preguntar ‘¿Están a gusto conmigo?’ O ¿Están orgullosos de lo que hago?’ ¿Comprendes por qué es insatisfactorio usar una palabra como ‘amor’?”

Sin embargo, la precisión no alcanza cuando hablan de ‘Liberar’ a alguien, cuando hablan del ‘Afuera’.

Cuando los Onces van a su Ceremonia de Doce, llega el momento en que serán designados para el trabajo que llevarán a cabo por el resto de sus vidas. Jonás es seleccionado, en su Ceremonia de Doce, para ser el Receptor. Estará encargado de almacenar todos los recuerdos que ha guardado la humanidad desde tiempos inmemoriales. El Dador de recuerdos es un anciano que deberá traspasar a Jonás todo lo que ha guardado en su memoria, todo el peso de la humanidad.

La existencia del Receptor de Recuerdos se sustenta en que todo el resto de las personas no conozca el dolor. Al mismo tiempo, para protegerlas de errores y dolores, las personas son privadas de la vida: del color, del calor, del sol, del viento, de la nieve, de la naturaleza y de los animales. También del amor, por cierto, y de todo aquello que pueda generar emociones íntimas. Nadie miente y nadie concibe la mentira. O eso es lo que todos vemos a través de los ojos de Jonás, hasta que él descubre que eso es una mentira.

The giver es una novela que, con solidez literaria, plantea varios de los aspectos que retoman las novelas distópicas posteriores.

En otro frente de análisis, la novela posibilita establecer ciertos puntos de contacto con la religión cristiana: los nombres de algunos personajes, como el mismo Jonás –protagonista- o Gabriel –personaje que desencadena una sucesión de acontecimientos que cambian el rumbo de la historia- nos recuerdan al Jonás que estuvo encerrado en el vientre de la ballena y al arcángel Gabriel, el ‘mensajero’ de Dios. Una cita que acentúa esta conexión es: «Él había sido seleccionado, como lo fueran otros antes que él, para llevar la carga por los demás.» Nuestro intertexto cultural se vuelca de inmediato en la figura de Jesús, sin generar mayores problemas a la hora de hacer un paralelo entre la figura de Jonás y la del hijo de Dios, según la religión cristiana. Pero eso es harina de otro costal.

The giver es una buena novela que plantea varios de los aspectos que retoman las novelas distópicas posteriores con una solidez literaria que, muchas veces, escasea. Es un buen ejercicio leerla después de leer las otras porque resignifica varias escenas que se nos repiten en los clones de Los juegos del hambre.

En términos del género, las novelas distópicas vienen a ser, finalmente, un juego de tiempos. Un mecanismo que gira en el sentido de las manecillas del reloj; a veces por segundo, a veces por minuto y a veces sin tiempo. Que se devuelve a la velocidad de la luz para plantarnos en el año 2000 o en el 2010 como si fueran tiempos remotos, con personajes que no conocen los libros, ni el sol ni el amor. Un racconto vertiginoso hacia este presente que nosotros vivimos ahora, mirado con nostalgia desde el futuro. Un recurso literario que fija nuestro presente como un pasado mejor.

Andrés Hax, periodista de la Revista Ñ sostiene que “Una de las funciones de la literatura distópica es funcionar como una pesadilla colectiva y una advertencia sobre los peligros de no frenar comportamientos que nos pueden llevar a un mundo muchísimo más atroz que el que estamos viviendo ahora.”

Entonces, podemos entender estas novelas como un llamado de atención a los lectores para que el futuro reflejado ahí no se haga realidad; para tomar conciencia de la sociedad en la que estamos inmersos, con todo lo bueno que tiene esta sociedad –que es lo más destacado del “pasado” de los libros-; del presente no abstracto, del tiempo que olemos y pisamos día a día.

Autor: Carolina Ojeda (13 Entradas)

Estudió literatura y pedagogía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Máster en Libros y Literatura para niños y jóvenes en la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente se desempeña como directora del Centro Troquel. Mantiene el blog personal: pensandolalij.com


5 comentarios para “Novelas distópicas: The Giver y el mundo que no queremos

  1. Esteban Cabezas

    Ojo que la película tiene un final distinto al del primer tomo de The Giver.

  2. Cata.

    Qué buena pluma, Carolina. Amigable para presentar la vinculación entre los títulos que mencionas y además, deja a media luz las referencias de los más conocidos que nos rondan habitualmente. Un buena mirada además para los que amamos los clásicos del género y que miramos con distancia en ocasiones estos «nuevos» miembros del clan. Comparto con gusto tu columna 🙂

  3. lu

    yo pondria que como antecedente de los juegos del hambre «batlle royal»… bordeando el plagio… ja aunque me gustan los juegos del hambre

    • Ebert

      Los juegos del hambre tiene la misma idea que quizo dar battle royal hace un par de años. Con la diferencia que suzzane collins exploto mucho mas la idea .convirtiendola en una de las sagas mas influyentes en el mundo

  4. Camila

    Me gustó mucho la historia de Juegos del Hambre, me pareció muy emocionante ver cada una de las películas que han salido, espero ansiosa la próxima. Otra que también es excelente es la que protagoniza Shailene Woodley Divergente es una gran historia, rebasa por mucho las películas que han sido como esta. Leeré las novelas, que me faltan, será uno de mis propósitos.

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