Padres con mantos de Castilla: Poemas de Jorge Teillier y Gonzalo Rojas

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Se acerca el Día del Padre, una fecha especial para escarbar en la producción poética nacional en busca de poemas que evocan ya no la figura del padre ausente o el padre autoritario, sino que obras que nos traigan a la memoria ese padre heroico, casi mitológico, que llega al final del día bajo la lluvia, con un manto, soportando la vida sobre sus hombros. Juan Morel, sociólogo de nuestra fundación e integrante del comité Troquel, escribió sobre estos hallazgos en dos poemas de Jorge Teillier y Gonzalo Rojas.

Jorge Teillier. Créditos: Tiempo21araucania.cl

No son escasas en la literatura y en otras manifestaciones de nuestra sociedad las representaciones de padres como figuras meramente autoritarias, cuando no ausentes. Pero de forma paralela a estos modelos, han existido otros que también se ven reflejados en la literatura: padres que –sin abandonar esa figura de macho proveedor que las generaciones han cuestionado–, se nos presentan de manera casi heroica en los relatos de sus hijos, apareciendo bajo la lluvia, cubiertos con un manto, soportando la vida sobre sus hombros, volviendo al hogar tras largas jornadas de trabajo, por sus hijos y, en algunos casos, por todos los hijos de una tierra que lamentablemente no es de todos.

En la poesía nacional hay dos poemas que quisiera recordar. Dos poemas que no solo hablan del padre, sino que coinciden en mostrarlo desde la visión del niño que observa para arriba a un padre casi mitológico: “Retrato de mi padre, militante comunista” (1962), de Jorge Teillier, y “Carbón” (1949), de Gonzalo Rojas.

No es el padre ausente ni el autoritario, ni el “enemigo” edípico de Freud, sino que es esa imagen heroica que el hijo tiene de su progenitor. Esa figura que adoramos e idolatramos durante la infancia y que termina cuando tomamos consciencia de las imperfecciones del mundo y nos damos cuenta de que los padres no son perfectos como creíamos, de que no estarán para siempre, que estamos solos. Y ahí hay un riesgo y una gracia, ese día comenzamos a diferenciarnos de esa imagen paterna-materna que seguíamos sin dudar, tal como los patos que siguen a la pata cuando todavía no saben volar solos. Pero no. El padre que aparece en los poemas de Rojas y Teillier llega heroico bajo la lluvia sureña, protegido –en ambos casos–, bajo la  “honradez” de una “manta de Castilla”.

No soy experto en mitologías pero, como todo adulto, alguna vez fui niño y tuve un padre que llegaba a casa. No necesariamente llovía, y vestía con chaquetas, no con mantos, pero llegaba a casa. Como muchos, recuerdo esa edad en que mi padre era una especie de héroe que a veces me llevaba con él a trabajar, o a viajar acompañados por mi abuelo a lugares como Rancagua. No recuerdo por qué, pero aún tengo la imagen de mí mismo observando desde la ventana del auto las calles de la ciudad de infancia de mi padre. Y logro recordar también esa imagen casi mitológica que tenía de su padre ese niño de 4, de 5, de 6 o 7 años; ese que responde la profesión de su padre cuando le preguntan qué quiere ser cuando grande, antes de las matemáticas abstractas, antes de las metáforas y de la palabra lenguaje. Antes de comprender que no todos los mitos tenían un sustento en la materia.

Los poemas de Teillier y Rojas me parece que hablan desde esa altura: la que da a las rodillas, la que mira para arriba. Esa altura, que es la distancia que también distorsiona las percepciones. Esa mirada desde abajo que implica una admiración que a veces desaparece con el tiempo, pero a veces también vuelve a aparecer de nuevas formas.

No sé si es casualidad o una referencia la conexión entre estos poemas, el tono de padre mitológico, la importancia del entorno, de la tierra, del mundo presentándose desde los distintos sentidos: “escucho, lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces”, dice Rojas sobre el río veloz que “brilla como un cuchillo”, para empezar el poema que hablará de la llegada de su padre con “olor a caballo mojado”. El poema de Teillier es más bien visual y resuenan en múltiples sentidos al decir “tardes de invierno”, “aromos de primaveras perdidas”, “ciruelos florecidos para siempre”, manzanos y silencios que detallan el entorno en que aparece el Sr. Teillier en un Dodge 30, con el que recorre las tierras de la frontera, dejando esa sensación sonora y olfativa de motor antiguo en el sur mojado.

Gonzalo Rojas. Créditos: Nodalcultura.am

Los poemas de Teillier y Rojas me parece que hablan desde esa altura: la que da a las rodillas, la que mira para arriba.

 

Sin embargo, en los poemas se muestran dos conexiones distintas con la tierra. En “Carbón”, la tierra parece ser un equivalente al padre, o quizás su contrario complemento, la madre. Es ese río que lo recorre como un beso de niño, “cuando el viento y la lluvia me mecían”, dice. En Tellier, el entorno –tal como como en gran parte de su obra–, es tanto la realidad provincial como el escenario mitológico de un paraíso que se confunde entre el que se ha perdido (el de la infancia) y el que vendrá (el del socialismo). Siendo este último el mundo real, pero condecorado con las esperanzas justas y fraternas de este padre comunista que –el poeta anhela– pueda llegar a habitar esa esperanza jugando tejo, comiendo asado al palo en “el silencio interminable de los campos”.

Y como en los mitos, estos padres mitológicos, son también héroes enfadados. Uno, el de Rojas, “embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso/ contra la explotación (…) debajo de su poncho de Castilla”. El otro, de Teillier, “honrado como manta de Castilla”, hablando a sus amigos mapuches sobre el “tiempo en que la tierra/ se multiplicará como los panes y los peces/ y será de verdad para todos”; o cantando con voz desafinada la Internacional  “en planicies barridas por el puelche,/ en sindicatos o locales clandestinos,/ rodeado de campesinos y obreros,/ maestros primarios y estudiantes”.

Sueñan, estos hijos, el sueño también de los padres. Habitan, estos hijos, las mismas esperanzas. Esa tierra mitológica por venir, ese momento de ciruelos eternamente florecidos, ese “paraíso sobre la tierra” de hombres y mujeres multiplicados en hijos, en que el “minero inmortal” Juan Antonio Rojas habite “esta casa de roble/ que tú mismo construiste”, o en que el Sr. Fernando Teillier “vea crecer los manzanos/que ha destinado a sus nietos”.

Más que un artículo o una reseña, este texto solo pretende aprovechar esta instancia relativamente infame (el Día del Padre) para invitar a leer estos dos poemas, estas dos miradas de niños-adultos que retratan tanto a los padres como la admiración del niño que lo observa, invitándonos a recuperar ese recuerdo, esa visión, esa altura del hijo que mira desde abajo a su padre, esperando en la casa a que vuelva de su jornada en ese mundo que aún no se construye.

Autor: Juan Morel (2 Entradas)

Sociólogo y Licenciado en Estética. Ha participado en proyectos de mediación artística y lectora, e investigado sobre historia cultural de Chile. Tiene un gran interés por la música y la poesía. Trabaja en la Fuente desde 2015.


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