Paisajes mistralianos

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Gabriela Mistral era una gran observadora de la naturaleza. Esto se percibe particularmente en su libro póstumo, Poema de Chile (1967), donde las palabras se aproximan al terreno de lo visual con el fin de describir el paisaje. La lectura de Mistral es una invitación a dar una mirada atenta a nuestro entorno y una apuesta por que lector y caminante se transformen en un mismo sujeto.

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[Legado Gabriela Mistral, Colección Biblioteca Nacional de Chile]

Nuestra obligación primogénita de escritores es
entregar a los extraños el paisaje nativo
(G. Mistral)

Es ya sabido el interés de Gabriela Mistral por la flora y fauna endémicas. En todos sus libros de poemas podemos advertir una fina y atenta mirada al entorno geográfico que se ha verbalizado poéticamente en el texto. Pienso, por ejemplo, en el poema “El espino” que encontramos en la sección IV titulada “Naturaleza” del libro Desolación (1922):

El espino prende a una roca
su enloquecida contorsión,
y es el espíritu del yermo,
retorcido de angustia y sol.

A lo largo de los versos de este poema, la voz lírica describe la acacia caven, especie que puebla gran parte de la Zona Central de Chile. A través de metáforas, personificaciones y referencias culturales, el texto denota una observación que podría tener un equivalente en el discurso propio de la botánica. El lenguaje científico se transforma en poesía, aupando un espíritu de divulgación.

El Poema de Chile conjuga, como pocas veces ha sucedido en la historia de la literatura, el arte del mirar y el arte del decir

Sin embargo, Poema de Chile (1967) es la obra donde se aprecia con mayor evidencia tal rasgo de la poética mistraliana: una voz lírica fantasmal recorrerá el territorio nacional de norte a sur para describir el desierto, sus campos, montañas, ríos, árboles, pájaros, chinchilla fugitiva, minerales y hierbas. Se trata pues de una Gabriela que, una vez muerta, ha regresado bajo la apariencia de un fantasma para llevar a cabo esta caminata acompañada de un niño que es, a la vez, ciervo e indio. Debido a tal compañía, el poemario tiene un marcado carácter dialógico: la mama (así es llamada la Mistral a lo largo de los poemas) irá mostrando pedagógica y poéticamente al niño nuestros tesoros geográficos. Esta obra conjuga, como pocas veces ha sucedido en la historia de la literatura, el arte del mirar y el arte del decir. Las palabras se aproximan al terreno de lo visual; la enunciación sólo es posible en la medida que también se lleve a cabo un ejercicio visual estimulado por la naturaleza.

Poema de Chile es una manifestación concreta de aquello que la autora proyectó y denominó como estampa, un género descriptivo con un enorme alcance pedagógico que transita entre lo visual y lo verbal: “Se han de dar primero las estampas, todas las posibles, abundantes, numerosas estampas, sin las cuales no habrá en la sala objeto verdadero sobre el que el niño aúpe conocimiento alguno. Sobre la lámina yo pondría la aventura o el relato muy coloreado- de la costumbre animal, ya sea dando el trozo escogido de una buena antología Zoófila o el cuento de bestias que el profesor se sepa. Sólo después de esta doble estampa de la bestezuela, la estampa grabada y la oral, yo entraría en la descripción técnica haciéndola vigorosamente enjuta, como el trazo del aguafortista, porque es engorrosa siempre para el niño; de ella pasaría, finalmente, a lo del orden y la familia, que como trabajo de generalización es bastante ingrato para el chiquito” (Mistral, “Contar”, 94-5). Los poemas del libro en cuestión serían entonces el equivalente poético de una estampa: una descripción del objeto (pájaro, árbol, etc.) que resalta sus recursos sensoriales (color, tamaño, forma, sonido) y luego una anécdota que refleja finalmente la visión de las voces frente al fenómeno natural con el cual se han encontrado durante su caminata. Por ejemplo, la tenca (mimus thenca) será descrita a través de su color poco encendido y por la sonoridad de su canto. Es decir, este pájaro que habita la Zona Central de Chile es advertido más bien por la belleza de su trino que por su visualidad cromáticamente poco estimulante:

Como que ella nada fuese
por la color deslavada,
quédate bajo el peral
hasta que cante en su rama

Tenca [Crédito foto: Cristian Amunategui García Huidobro]

Tenca [Crédito foto: Cristian Amunategui García Huidobro]

Considerando lo anterior, podríamos indicar que conocer esta obra de Gabriela Mistral es una buena oportunidad para hacer paisaje, puesto que el lector reconocerá la descripción mistraliana en el entorno que mira y recorre. Así, lector y caminante se transforman en un mismo sujeto cuya capacidad de mirar transforma un paraje natural en paisaje. En suma, hacemos paisaje cuando reconocemos en el espacio que miramos algo que ya conocíamos gracias a la tradición y la cultura: un cuadro, el pasaje de una película, una descripción literaria, una sensación ya experimentada durante nuestra infancia… * ¿Qué nos permitiría reconocer la obra Poema de Chile cuando recorremos nuestro territorio con sensibilidad paisajística? A excepción de algunas descripciones tales como la del Aconcagua y el Volcán Villarrica, no se trata de los grandes y extensos paisajes panorámicos que acusan el poder de un sujeto posicionado en un exclusivo mirador. La Mistral nos propone más bien una mirada atenta a los detalles de nuestro entorno: la leche que derrama el tallo de una higuera al ser cortado, las palmas de Ocoa que son “altas como gritos rectos”, los trigales por los que anda la gorda perdiz en toda sus variedades, la sombra fresca de los maitenes, las fragantes hojas del boldo, el canto negro del tordo, el suave canto del Bío-Bío que no asusta, el agua verde de los cisnes del Llanquihue, el cormorán que en tribu le gusta volar, algunas localidades más bien pequeñas (Chillán y Tomé entre otros) que, junto a los campos, construyen una patria chica, espacio de contención mayor si se le compara con la Nación.

La palabra en Poema de Chile tiene el poder de restituir la relación original entre el sujeto y el espacio

La palabra en Poema de Chile tiene el poder de restituir la relación original entre el sujeto (lector y caminante) y el espacio. En este sentido, es una obra crítica a un proyecto de modernización que no siempre ha sido respetuoso con una naturaleza vulnerable y delicada. Gabriela Mistral, por lo tanto, rescata la dimensión ética del paisaje, ya que este, sea representación plástica o descripción verbal, mirada o intervención, construcción cultural o espacio natural, tiene el poder de transformar nuestro medio ambiente (espacio que garantiza sobrevivencia) en espacio de vivencia plena. Sin el paisaje, tal vez no lograríamos configurar nuestro ethos. El paisaje mistraliano supone entonces una comunión con nuestras especies nativas en la que participan todos nuestros sentidos. Pero también es una comunión con nuestros muertos. Ellos se manifiestan o delatan paradójicamente en la desaparición que da lugar al paisaje. No olvidemos, pues, que gran parte de las palabras que componen este poemario corresponden ficcionalmente a la enunciación de una muerta.

* Alain Roger definirá el concepto de paisaje como reconocimiento cultural. Ver Breve tratado del paisaje. Madrid. Biblioteca Nueva, 2007.

Bibliografía:

  • Mistral, Gabriela. “El espino”. Antología Mayor. Gabriela Mistral. Poesía. Ant. Gastón
  • von dem Busche. Santiago: Cochrane, 1992. 100-01.
  • “La tenca”. Antología Mayor. Gabriela Mistral. Poesía. Ant. Gastón von dem Busche. Santiago: Cochrane, 1992. 577-8.
  • “Palmas de Ocoa”. Antología Mayor. Gabriela Mistral. Poesía. Ant. Gastón von dem Busche. Santiago: Cochrane, 1992. 506-8.
  • “Contar”. Magisterio y niño. Santiago: Andrés bello, 1979. 94-7.
Autor: Sebastián Schoennenbeck (1 Entradas)

Doctor en Literatura y profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Durante los últimos años, ha puesto su atención en el paisaje y su vinculación con la narrativa chilena, dando lugar a ensayos como “Paisaje, nación y representación del sujeto popular. Visiones de un Chile imaginado” y “Un debate sobre paisaje: un camino para su comprensión en Marta Brunet y Mauricio Wacquez”. Es autor del libro “José Donoso: paisajes, rutas y fugas” (Orjikh, 2015).


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