Patricia Espinosa: “Los narradores chilenos están pegados en la autoficción”

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Estudiosa de las publicaciones nacionales e internacionales, advierte que la escena literaria chilena pasa por un mal momento. El predominio de la misoginia y la saturación del yoísmo pareciera tener capturado a los escritores y escritoras. De estas últimas, sin embargo, destaca una escritura emergente que, al menos, pone en tensión el discurso patriarcal.

Patricia Espinosa

Patricia Espinosa lee entre 16 y 20 libros al mes. Lo hace por su trabajo de académica en la Universidad Católica, por su trabajo como crítica literaria y por gusto. Con ese amplio espectro de libros que acumula exponencialmente, Espinosa no solo conoce sino que estudia al detalle lo que se publica en Chile. Como una científica en su laboratorio, examina cada texto con microscopio, desmenuza sus partes y los sitúa.

Desde esa vereda advierte que la escena literaria chilena desde hace años pasa por un mal momento debido a una serie de características que enumera: la misoginia explícita y soterrada, la falta de experimentalidad de los escritores que los lleva a repetir fórmulas, la masividad de primeras obras en desmedro de la continuidad, la saturación de la autoficción y del yoísmo. Todo eso hace que la literatura sea percibida como una especie de hobby, señala.

Sin embargo, rescata la emergencia de escrituras de mujeres, cuyas narraciones constituyen un universo atractivo tanto en lo teórico como en lo práctico, dado que se articulan colectivamente para tener un espacio propio y construyen discursos que se tensionan con el patriarcado. Pero a Patricia Espinosa le hace falta más literatura feminista porque pese al despliegue que ha tenido este movimiento en el país, dice, la literatura chilena vive desfasada de sus tiempos.

–¿Cómo percibe la actual escena literaria en Chile?
–Una cosa que considero importante es la diversidad de editoriales independientes que hay. Muchas de ellas se han ido consolidando; tienen colecciones y algunas de ellas trabajan de manera bastante rigurosa, sobre todo las dedicadas a poesía. Otro aspecto positivo que podría considerar, es la emergencia de la escritura de mujer. Siento que en el ámbito narrativo ha surgido, desde el 2000 en adelante, una cantidad amplia de mujeres narradoras, ya sea en el cuento o la novela. Es un corpus riquísimo para leer, analizar y para poner en contrapunto con lo que histórica y políticamente está sucediendo.

Considero importante la diversidad de editoriales independientes que hay.

Ahora, el campo cultural es tremendamente misógino. Eso es una carga que las narradoras y poetas deben estar constantemente enfrentando: la invisibilización de sus trabajos, muchas veces la negativa a publicarles textos o no invitarlas a leerlos. De alguna forma las mujeres se han ido organizando y han ido generando su propio espacio para poder visibilizar sus escrituras. Hay un nivel de calidad que es superior a las publicaciones de autores masculinos, hay todo un universo bastante atractivo, teóricamente hablando.

Furia del Libro. Créditos: Paniko.cl

–¿Qué aspectos negativos advierte?
–Que la narrativa masculina es tremendamente misógina, violenta con la figura femenina, homofóbica y xenófoba. Ahí hay trabajos que hacer, quizás a los autores les faltan lecturas, profundizar analíticamente lo que están escribiendo, una autocrítica a nivel personal y editorial. Los escritores son muy poco arriesgados, técnicamente. No hay experimentalidad, una problematización de los tiempos, con las voces. Son literaturas muy simples en términos estructurales. Creo que es una falencia importante que haya tanta ingenuidad teórica para entrar a elaborar un texto. Y con eso no estoy diciendo que tengan un magíster en Literatura y un doctorado, es simplemente un mínimo bagaje de lecturas, tanto literarias como teóricas. Eso se termina notando en estos procedimientos de aprendices de cuentos. Está saturado de primeras novelas, pero no hay continuidad de obra. Me parece que la literatura muchas veces se toma como una tarea de un terapeuta, que dentro de la terapia le da una tarea de sanación y le dice ‘escribe tu vida’, entonces la gente mientras está en esta etapa de crisis, escriben y lo publican y se olvidaron para siempre. Entonces la literatura pasa a ser una especie de hobby y se nota.

–¿Qué temas se están relatando en Chile?
–La tendencia es la autoficción, que son relatos en primera persona. Hay una concordancia entre el autor o la autora y la voz narrativa, entonces es una suerte de versión ficcionada de la vida del autor. De repente uno puede decir que esto surge ante la incapacidad de ficcionar: voy a lo que tengo más cercano, que es mi propia vida. Me parece interesante también, pero creo que hay todo un universo por explorar y que los narradores y narradoras chilenas están pegados en la autoficción. Casi todos los primeros libros son autoficción. Se vuelve reiterativo, tedioso incluso. Siento que es una etapa que tendrá que pasar, ojalá que luego, para que salgan de este yoísmo, esa voz narrativa narcisa que parece tener un universo tan restringido en término de ficcionalización.

La literatura se vuelve un lugar de memoria, particularmente la narrativa.

–¿De qué temas faltan que hablen las personas que escriben, y de qué temas deberían dejar de escribir?
–Hay mucha narrativa sobre la infancia. Es como una tendencia hacia lo retro, a recuperar la infancia en dictadura, lo que se denomina en términos de teoría literaria postmemoria. Son libros que me parecen bien interesantes porque permiten rendirse al pasado desde otro lugar, ya no desde el protagonismo sino desde el ser hijo. Es el relato del hijo o de la hija que se enfrenta a sus padres, quienes sí fueron protagonistas. Entonces, estos hijos e hijas a través de la literatura saldan cuentas con sus padres, más que con la historia del país. Hay bastante literatura sobre el cuestionamiento de las opciones políticas de los padres en contraposición a un cierto descuido familiar, y los personajes tienden a exponer un mundo de infancia solitario, ensimismado, la indiferencia de sus padres, la preocupación por la militancia, esta suerte de vida claustrofóbica en el espacio doméstico y descuidado de figuras paternas y maternas. Se percibe una sensación de un reclamo de haber vivido una desafección que, de alguna forma, influye en el presente de los personajes. Significa una vida de desarraigo que los lleva a ser adultos en crisis constantes de identidad. Ese tipo de narrativa me parece interesante porque la intimidad de un personaje dialoga con la historia del país, y de alguna forma impone un debate que como país no hemos tenido con respecto a la dictadura. La literatura se vuelve un lugar de memoria, particularmente la narrativa.

–¿Y de los temas ausentes? Lo pregunto por el proceso de migración que hay en Chile y del cual no se ha escrito prácticamente nada.
–La literatura chilena vive procesos a destiempos, va desfasada respecto a lo que ocurre socialmente. Entonces estos efectos de lentitud implican que haya muy poca obra sobre la migración, por ejemplo. Hay una antología de cuentos que me pareció muy buena que llama Vivir allá que es sobre migración y fue compilada por Antonio Briones y Felipe Reyes, también hay un pequeño libro, Charapo, que son relatos de Pablo D. Sheng, estudiante de literatura de la UC. La migración la tiene como preocupación un autor nortino, Rodrigo Ramos Bañados, él escribe novelas y vive en Iquique. Los escritores nortinos sí tienen como preocupación la migración, pero en el caso de Santiago es un tema que no ha tenido el desarrollo que podría tener. Falta bastante. Igual que el tema feminista. Hay narrativa sobre los procesos de sometimiento que vive la mujer, y tácticas de subversión hacia ese sometimiento y al sistema patriarcal que se le impone, pero derechamente como novela feminista… Creo que es una zona que está en proceso.

–A raíz de la nueva ola del movimiento feminista, es común ver en las vitrinas de las librerías textos del estilo “feminismo para principiantes”. ¿Oportunismo o una vocación de escuchar?
–Era inevitable que el mercado intentara rápidamente fetichizar y convertir en un objeto de consumo la lucha feminista. Uno ve ropa y camisetas con Simone de Beauvoir. En los tiempos neoliberales que corren, era imposible que el mercado no intentara apropiarse. Para el mercado debe ser una moda, para mí no lo es y para muchas mujeres no lo es tampoco. Pero sin duda el mercado explota aquello que le parece una tendencia y la moda del momento y aparecen con estos textos de feminismo exprés, que creo que están más dirigido a hombres que a mujeres. Las mujeres generalmente no arman su discurso teórico feminista comprando en las librerías. Las búsquedas son en bibliotecas, en trabajo comunitario. Por eso me parece que puede estar más dirigido al lector masculino que quiere darse un barniz de feminismo para tener una pequeña base para tirar su veneno hacia el discurso feminista.

–¿De qué manera se detecta el machismo que se cuela en la literatura?
–El nivel de machismo es impresionante en la literatura chilena, obviamente de autores masculinos, pero también hay autoras que están colonizadas por el pensamiento patriarcal y que asumen un tipo de escritura y temática que están adscritas históricamente a las mujeres, que es el espacio de los sentimientos, los libros de corte psicológico, donde la mujer está ligada al espacio doméstico o al mundo de los afectos.

En la narrativa masculina es feroz la misoginia y aparece la configuración del personaje femenino de manera negativa: las mujeres están ligadas al engaño, las mujeres son figuras que seducen, pero para provocar el mal, son infieles, son prostitutas. Hay un cuestionamiento a la mujer autónoma, que se independiza o que desea hacerlo. Son libros que se ciñen a una hegemonía de belleza cliché, estereotipada, anglosajona, pero para ellos lícita. Entonces las mujeres bellas tienen una configuración, y por otro lado están las mujeres que pertenecen al mundo de mal, que son mujeres oscuras, que tienen rasgos ligados a pueblos originarios o a circuitos del mundo popular, son personajes casuales. Esa misoginia está prácticamente en el 80% de los narradores. Yo no me dejo de sorprender cuando advierto la configuración negativa, toda la simbología orientada hacia el lado del mal. Me parece triste, y repulsivo también, que la narrativa de autor masculino circule por esos caminos.

Amistad, junto al zine «Manual de autodefensa feminista». Créditos: Microeditorial Amistad.

En el fondo, el trabajo editorial es casi una coautoría.

–Es recurrente verla en lanzamientos de fanzines, ¿qué valor le da a ese formato?
–Fui al lanzamiento de Editorial Amistad y encuentro maravilloso lo que hacen. Para ellos el libro es un objeto de arte. Hay como un afecto hacia la materialidad y están preocupados también de construir una línea editorial y de tener un discurso, permitiendo que emerjan libros desde distintas visiones de mundos y que el libro sea una suerte de artefacto donde uno puede vislumbrar una identidad editorial pero también la del autor o autora. En el fondo, el trabajo editorial es casi una coautoría. El fanzine es un formato que sí está pegado a que salgan pocos ejemplares, que tenga una circulación más restringida. Destaco mucho la preocupación estética, esa pasión por el objeto. Ahora, hay editoriales que sacan fanzines más cercanos a una estética de la precariedad o con una estética más violenta, pero para otros la materialidad del libro es casi estar trabajando con una joya.

–Se trata de publicaciones que escapan de lo hegemónico, pero que de todas maneras apuntan a un nicho. No son masivas. ¿Está bien que se queden en esa esfera?
–Yo creo que sí. Ojalá que existieran más microeditoriales, sería excepcional que pudieran potenciarse. Incluso incentivar la posibilidad de gestar un libro, de convertirse en autor o autora. Es todo un universo por desarrollar y me parece una cosa valiosa que se pueda reunir gente que estudió arte con alguien que estudió comunicaciones. Hay una multiplicidad de voces, de puntos de vista y perspectivas que enriquece la propuesta y va a atraer a un grupo lector diverso. Ese sesgo variopinto lo veo como un mérito.

–La Filsa se ha perfilado por años como el evento literario más importante del país, pero este año se restaron dos de los cuatro gremios que tradicionalmente participan. ¿En qué posición queda?
–Desde mi perspectiva, las editoriales chilenas hace rato debieron haber abandonado la Filsa. Está la Primavera del Libro y la Furia del Libro. Siempre pensé en la posibilidad que debieron hacer ferias en paralelo, ya que las condiciones que la Filsa proponía a las editoriales chilenas eran francamente humillantes. La decadencia venía hace rato: desde que la Filsa empezó a cobrar entrada, después ese eslogan tremendamente violento de “Filsa pal que lee”. En algún momento tenía que venir una pequeña explosión. Había que boicotearla, como una señal hasta que no se rearticule  como corresponda, donde se valore a las instancias relacionadas con el libro y a los propios asistentes a las ferias.

–La crítica que ronda a Filsa es que se le da más relevancia a otros aspectos ligados a la espectacularización, más que al fomento a la lectura.
–El afán espectacularizante es inmenso, desde llevar autores con “fama” editorial, pero más como personajes que como escritores, con literaturas bastante débiles, pero personas que pueden llamar la atención. Esta cosa del espectáculo definitivamente terminó por contaminar todo en la feria del libro. Entonces, debería ser un proyecto que se piense con cuidado, reformularlo el comité que organiza todo esto y pensar qué destino quieren darle a esa feria. Desde un punto de vista personal creo que no debería hacerse, no le veo ninguna contribución. Los escritores no están valorados por el valor de su escritura, sino por lo que son como figuras mediáticas y eso termina alejando. Lo comparo con otras ferias de libro y creo que la Filsa perdió el aura. Ahora claro, para potenciar lo que son lectores obviamente está todo el universo de las políticas culturales que eso es a nivel país, pero eso está lleno de falencias también.

Primavera del Libro. Créditos: El Mostrador

 

Autor: Consuelo Olguín (6 Entradas)

Periodista UC de medios escritos. Ha trabajado en El Mercurio y en El Dínamo, transitando por las secciones de actualidad y cultura. Cursó el diplomado en Periodismo en Cultura, Crítica y Edición de Libros, de la Universidad de Chile. Luego participó en el taller de narrativa contemporánea que dicta la editorial Los Libros de la Mujer Rota.


8 comentarios para “Patricia Espinosa: “Los narradores chilenos están pegados en la autoficción”

  1. Luis Seguel Vorpahl

    De acuerdo, muy de acuerdo

  2. Pía Muñoz

    Admiro profundamente a Patricia. Nuevamente da en el clavo con una autopsia del circuito literario.
    Se agradece el reportaje.
    Saludos

  3. Jack Elkyon

    Muy bueno el reportaje. Soy un escritor del sur y me gustaría ponerme en contacto con Patricia Espinosa. Gracias.

  4. Muy buen análisis. buenas preguntas también, da gusto leer una buena entrevista.

  5. Mario García Devia

    Gracias. Que buen artículo. La narrativa chilena que describe Patricia Espinosa, me hizo pensar también, en la narrativa literaria (guiones) que vemos en el mundo cinematográfico chileno.

  6. Vilma Arancibia

    Fome hasta la saciedad, cero humor, repetitiva, confusa, horrorosamente provinciana, ignorante de ignorancia insondable, latera profesional, didáctica de prekinder con su feminismo primitivo y pavorosamente básico, sin estilo, gracia ni inteligencia alguna, salvo para pontificar sobre sus temas barriales…¿quién diablos es esta señora? Ah, lo acabo de ver, es de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que se convirtió en lo que es gracias a la dictadura, que, con seguridad, esta dama venera.

    • Tony Beiza

      Te imagino escribiendo esto, tristísima, paralizada en tu envidia, una y otra vez, mientras el café se te enfría, sin encontrar el hilo de una posible crítica, hasta que son las 2 am y tanto, el café está frío, hace sueño y una tirria insoportable, entonces presionas enter igual – qué más da – y te vas a dormir con la convicción de que mañana leerás más (probablemente vuelvas sobre este artículo), no 16 a 20 libros al mes, ojalá de 17 a 21.

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