Al sur de la Alameda

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Autor: Lola Larra y Vicente Reinamontes Año: 2013 Editorial: Ekaré Reseña de: Pablo Espinosa

Hay algo extraño e inquietante en la imagen de alguien que escribe. Quien escribe, al igual que quien lee, prescinde del mundo, se margina y corta el vínculo con lo real, con su alrededor.

Al sur de la Alameda comienza antes de la primera página del libro. En su portada se refleja misteriosamente la historia que leeremos a continuación. La silueta de lentes larga vista posándose en el rostro de un joven que sostiene un cuaderno y un lápiz y, de fondo, sillas y mesas incrustadas en una reja (uno de los símbolos de la toma). La portada es tan sugestiva, como las guardas y el epígrafe que cita en francés el poema “Toque de queda”, de Paul Éluard.

Quien sea que emplea los binoculares desde su departamento, logra observar al interior de este colegio, que hace tres días está en toma, a Nicolás, un muchacho “que vaga solitario, como perdido, y escribe”. Es de noche y Nicolás está solo en la sala 6 sobre su saco de dormir con el cuaderno abierto.

Con esta secuencia de imágenes, que durante todo el libro logra un excelente resultado y complemento con el texto escrito, comienza el relato de la una jornada en toma. “Nos pasamos el día en reuniones; es una especia de enfermedad que no sé si podré soportar”. Nicolás, arquero estrella del equipo de fútbol de su colegio, está en una toma en plena revolución pingüina del año 2006. Hay algo extraño, algo inquietante. Nicolás, que ocupa la posición más solitaria dentro de un equipo de fútbol, se la pasa escribiendo, solo, en un espacio donde habitan otros treinta y cinco alumnos. ¿Por qué?

“Hace una semana no hubiera imaginado que iba a estar aquí. Hace una semana, cuando empezaron las protestas y cuando se decidió la toma del colegio, yo pensaba, como mis amigos, que todo este alboroto del Centro de Alumnos, era algo que no tenía nada que ver con nosotros. Ahora no sé qué pienso. Todo fue culpa de Paula. Paula, la francesa”.

Así, caemos rendidos ante una novela gráfica que se lee desde dentro y desde fuera; desde el plano personal de un diario de vida y, al mismo tiempo, describiendo los temores, medios de organización, la resistencia al frío y el hambre, los debates políticos e ideológicos, los pequeños triunfos que suceden en una toma. Es una novela arriesgada, inteligente. No caricaturiza, sino que describe con detalle.

Lola Larra y Vicente Reinamontes, escritora e ilustrador, saben de lo que hablan, y el lenguaje empleado así lo demuestra. Es literatura, los autores crean casos específicos e historias particulares donde se cristalizan redes y mundos posibles. Hay sueños de por medio, sueños como individuo y también como sociedad. Esa es la apuesta de la editorial Ekaré Sur también, apostar desde la narrativa a complejizar y situar en sus colecciones hechos reales; duros, pero reales.

Mientras la movilización estudiantil está en su máximo apogeo, Nicolás, a medida que escribe y vive, cambia.

En un pequeño colegio privado al sur de la Alameda, las cosas cambian. Mientras la movilización estudiantil está en su máximo apogeo, Nicolás, a medida que escribe y vive, cambia. Ya no ve a sus compañeros de la misma forma. El guatón Mellado no es el último del banco embutido en sus auriculares, sino quien dicta en la biblioteca clases de historia y conecta, de paso, a Nicolás con su propia historia familiar. Paula, por otro lado, es la revelación, la maga, quien permite el vínculo de un mundo privado e individual a uno colectivo y solidario. El amor que surge entre ellos es producto de esa contradicción.

“Siete días pueden cambiarte”, concluye el protagonista. “Ha pasado un año desde entonces y ahora más que nunca creo que la batalla por una educación de calidad para todos, por un país más justo, es algo posible”. La futura reforma educacional será en gran medida por el compromiso de los propios estudiantes de Chile, aun cuando Nicolás sea honesto y diga: “No puedo evitarlo, las asambleas me siguen aburriendo muchísimo”.