Sprinters. Los niños de Colonia Dignidad

Ampliar imagen
Autor: Lola Larra Año: 2016 Editorial: Hueders Reseña de: David Agurto

Todos los marginados tienen su propia historia y merecen ser contadas. A veces pienso que esta es la consigna que mueve a Lola Larra a escribir. Unos cuantos niños y adultos encerrados en un sector rural cercano a Parral, parecen ser los personajes ideales para un relato, aún más cuando sus líderes han sido relacionados con el nazismo, la dictadura de Pinochet, actos de abuso de poder y pedofilia.

Larra ya había sorprendido el año 2014 junto a Vicente Reinamontes con la publicación de Al sur de la Alameda. Diario de una toma (Ekaré), la historia de los estudiantes de un liceo al sur de la ciudad, contada en un diario por Nicolás, el mejor portero de fútbol del colegio, y en la cual se hace referencia al movimiento estudiantil del año 2006 conocido como ‘revolución pingüina’. Un relato ficcional que toma como pie forzado un acontecimiento histórico pero que no llega a los talones de la crudeza y aguda historia de los niños de Colonia Dignidad.

Firma de libro «Sprinters». Créditos: Adnradio.cl

Sprinters. Los niños de Colonia Dignidad (Hueders, 2016) es, sin duda, una novela necesaria. Ninguna palabra del texto les devolverá la infancia, la vida, dinero y libertad perdidos a tantos alemanes y chilenos que vivieron bajo el yugo de Paul Schäfer en un régimen feudal y de esclavitud desde comienzos de la década los sesenta, cuando se fundó Colonia Dignidad. Pero sí tiene un tremendo valor: dar a conocer la cotidianidad de mundo entre rejas, que hasta hace poco fue un total universo desconocido.

La historia escrita en tres códigos –ficción, no ficción y la ilustración de Rodrigo Elgueta que refleja el storyboard de una película–, tiene sus cimientos en una investigación periodística que Claudia Larraguibel, el verdadero nombre de Lola, llevó a cabo hasta el año 2007. Muchos de los datos que leemos en la narración son un espejo de lo que realmente ocurrió. El abogado Fernández, por ejemplo, es quien realmente ha hecho un apostolado, trabajando de lunes a domingo, buscando justicia para quienes les fueron vulnerados completamente sus derechos humanos.

Fragmento del storyboard de Rodrigo Elgueta.

La historia gira en torno a una periodista, hija de exiliados, a la que se le ha encargado realizar el guión para una película sobre la vida en la colonia –proyecto que finalmente termina en nada–, y la amistad –si se puede considerar de ese modo–, con Lutgarda, una colona que va desentrañando uno de los enigmas del recinto: la muerte de Hartmut, uno los pequeños niños que falleció en misteriosas circunstancias y que hasta hoy no se tiene claridad, debido a las diferentes versiones. La única certeza en torno a su  muerte es que Lutgarda quiere colocar una placa en su tumba ya que fue enterrado en completo silencio y sin memorial.

La novela es un acercamiento a las atrocidades de Colonia Dignidad, conocida hoy como villa Baviera. El cambio de nombre se debe a las denuncias contra Schäfer por los constantes abusos: hombres y mujeres trabajaban 16 horas diarias, a pleno sol, labrando la tierra, o en cualquier otra función. Todos trabajaban gratis. A los colonos se les estafó y el Tío Permanente y sus aliados más cercanos se enriquecieron a costa de muchos. Si no obedecías, eras golpeado. Si te violaban y quedabas embarazada, debías abortar, o en algunos casos, te aislaban hasta que naciera el bebé al que no conocías. Si lograbas escapar, te buscaban y cuando te encontraban te daban la paliza de tu vida. Colonia Dignidad fue un centro de entrenamiento para militares en dictadura. Fue un centro de tortura de detenidos, algunos aún desaparecidos. Es el lugar en toda Latinoamérica donde se ha incautado el mayor número de armas. Todo lo que cuento no es novedad. Las personas que siguieron hace más de una década la detención del Tío Permanente, como se hacía llamar, lo sabrán.

Tobías, uno de los personajes, en un intento de fuga.

Pero sin duda, la mayor atrocidad más allá del tráfico de armas y los castigos a los colonos, fue el abuso y las constantes violaciones a los sprinters, los niños favoritos del tío Paul, que debían acompañarlo a todas partes, cumplir sus mandados y por las noches dormir con él. Los niños solo eran un objeto, tal como el pequeño Hartmut que recibió una bala en su cabeza. Jamás cayó solo del camión en el que se encontraba y jamás se reventó el cráneo con una piedra. Todo está en el libro que, si bien es ficción, no todo lo es. Es cosa de leer atento los documentos legales y entrevistas que Larra intercala en cada capítulo. Qué sosiego deja el libro al saber que muchos se han preocupado por dar a conocer la historia de unos cuantos vulnerados en un pequeño pueblo al sur de Chile.