Robert Darnton: “No es una utopía hacer disponible para todos nuestra herencia cultural”

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El historiador norteamericano Robert Darnton es el principal impulsor de la Biblioteca Pública Digital de América, proyecto que busca democratizar la información y hacer que el material de las bibliotecas, museos y archivos de Norteamérica esté disponible para todo el mundo online y de manera gratuita. Una tarea que no ha sido fácil. En esta entrevista, Darnton explica cómo puede crecer este proyecto, además de reflexionar sobre el futuro de las bibliotecas y sobre su trabajo como historiador del libro y la lectura.

Por Pablo Espinosa y Germán Gautier.

Robert Darnton has written a book called "The Case for Books"

[Crédito foto: Rose Lincoln/Harvard Staff Photographer]


El 18 de abril del año 2013 se lanzó oficialmente el sitio web de la Biblioteca Pública Digital de América (DPLA). Así se concretó un proyecto sólo comparable a la antigua biblioteca de Alejandría. Fue posible gracias a la colaboración de varias bibliotecas, museos y fundaciones de Estados Unidos, pero particularmente gracias a la determinación de quien ha estado a la cabeza: Robert Darnton, historiador y director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. En una charla en Valparaíso, como parte del festival Puerto de Ideas, Darnton habló de forma entusiasta sobre este ambicioso proyecto. “Tenemos los recursos económicos y tecnológicos para hacer que todas las colecciones de nuestras bibliotecas sean accesibles a los norteamericanos y a cualquier persona en cualquier lugar del mundo con acceso a internet. Esa es la misión de la DPLA”, ha dicho Darnton al respecto.

Como historiador, Darnton ha realizado una destacada carrera en el campo de la historia del libro y la lectura. La mayoría de sus investigaciones son sobre el siglo XVIII francés. Algunos de sus títulos son La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa (FCE) y El coloquio de los lectores (FCE).

Entrevista a Robert Darnton from Fundación La Fuente on Vimeo.

—¿Cuáles han sido los principales problemas para hacer crecer la DPLA? ¿Con qué barreras se han enfrentado para llevar a cabo esta, digamos, utopía?

—Parece una utopía. Suena imposible hacer toda nuestra herencia cultural disponible para todos los seres humanos. Y es un hecho que la DPLA está inspirada por cierto entusiasmo utópico. Pero es muy posible. Tenemos la capacidad, gracias a internet; tenemos soporte financiero, de fundaciones; tenemos los libros, de grandiosas bibliotecas que estamos unidas; y tenemos la voluntad de hacer que esto suceda. No es tan loco como suena. Es práctico porque es una organización horizontal en la que se unen todas las colecciones digitales de más de 1.000 bibliotecas, museos y archivos en un solo sistema. El usuario, entonces, con un click, puede llegar a los documentos que busca. Esto tomó mucho trabajo para lo que contamos con excelentes especialistas en ingeniera computacional. Y cuando subimos el sitio —el 18 de abril del año 2013— funcionó. Y desde entonces hemos estado creciendo y creciendo. Ahora tenemos cerca de 8.000.000 de objetos disponibles.

Nuestra principal dificultad ha sido legal, porque el copyright cubre la vida entera de un autor más 70 años.

Ahora, esto no significa que ha sido fácil. Nuestra principal dificultad ha sido legal, porque, como saben, el copyright cubre la vida entera de un autor más 70 años. Eso significa en la práctica que la mayor parte de los libros están cubiertos por el copyright por al menos 100 años. En los Estados Unidos, esto significa que la DPLA no puede tener disponible la mayor parte de la literatura del siglo XX. Ese es nuestro problema principal porque, por supuesto, nosotros respetamos el copyright.

Entonces, tenemos que encontrar alguna vía alternativa. Una de las posibilidades es tener la autorización de los autores, que ellos voluntariamente entreguen el uso de sus copyrights a la DPLA. “Eso es ingenuo”, me puedes decir; pero no lo es tanto. La verdad es que los libros no se siguen vendiendo después de unos pocos meses o años. Máximo 3 años. Hay, por cierto, excepciones, en el caso de autores famosos. Pero la mayoría de los autores, quizás un 95%, simplemente no hacen dinero de sus libros después de poco tiempo. Lo que quieren entonces son lectores. No quieren que sus libros estén en una biblioteca acumulando polvo. Así que organizamos algo llamado “La alianza de los autores”, en la que los autores voluntariamente pueden entregar el uso de sus copyright s a la DPLA. Eso junto a otras medidas nos puede llevar a una solución, pero todavía nos queda un largo camino.

—Pensando en el actual panorama, en el que coexisten libros electrónicos y libros impresos, ¿corren riesgo las bibliotecas?

—Las bibliotecas, por supuesto, enfrentan grandes dificultades. Algunas dificultades son de financiamiento. En momentos de recesión económica los presupuestos municipales se redujeron en cuanto a apoyo a bibliotecas municipales. Pero fue entonces, sin embargo, que muchas instituciones municipales descubrieron que las bibliotecas son queridas por su gente. Y que dan un servicio importante. Estos servicios se han adaptado al mundo digital. Así que hoy el bibliotecario es también capaz de dar guía en el ciberespacio. Si un lector quiere buscar algo en el mundo del contenido digital, no siempre es suficiente Google. Google está bien sólo para algunos propósitos, pero no para todos. Si quieres hacer investigación, necesitas ayuda. Y un bibliotecario te puede guiar a fuentes confiables y relevantes para tus necesidades. Las bibliotecas son capaces también de entregar funciones como ayuda para encontrar trabajo. En los Estados Unidos muchos desempleados ya no pueden buscar trabajos en los diarios, porque ahora ese tipo de avisos emigraron a la web. Entonces, si estas desempleado y no tiene computador o internet vas a tu biblioteca local.

Hoy el bibliotecario es también capaz de dar guía en el ciberespacio. No siempre es suficiente Google.

—¿Deben hacer un esfuerzo las bibliotecas para proteger el libro impreso y no caer en la hegemonía del mundo digital?

—Creo que las bibliotecas tienen una función vital en preservar y hacer disponibles libros impresos. Eso es porque a la gente le gustan los libros impresos. La noción de que todo el mundo quiere leer online es absurda. En estos momentos más gente que nunca en la historia está leyendo libros impresos. Así que tenemos un mundo en el que lo digital y lo impreso coexiste. Y en mi opinión se complementan. No son enemigos. Así que las bibliotecas tienen una función vital continuando comprando libros y haciéndolos disponibles. Y vemos que eso es lo que está pasando. A la gente le gusta el códex (el libro impreso tal como lo conocemos hoy), una máquina inventada en la misma época del nacimiento de Cristo que hoy todavía le va muy bien. Y la razón de que haya sobrevivido es que es una gran manera de poner la información impresa.

—¿Las bibliotecas deben hacerse cargo también de preservar la cultura local?

En la DPLA desarrollamos aplicaciones complejas que funcionan de una manera sencilla. Nuestra organización es horizontal, se esparce por todos los Estados Unidos. No es una organización vertical. Tenemos lo que llamamos Community Reps, que consiste en voluntarios que salen a pequeños pueblos y ellos trabajan con el público local de las bibliotecas incentivándolo a traer diarios, fotos y correspondencia de sus hogares —sacada muchas veces de áticos o bodegas— a la biblioteca para, con la ayuda de la DPLA, escanear el material, catalogarlo y preservarlo. Y es algo que crece orgánicamente a nivel local. Ha sido un gran éxito y creo que desarrolla una conciencia comunitaria sobre la historia y la cultura local. Al mismo tiempo, se integra en el sistema nacional e internacional que es la DPLA. Creemos que es a nivel del de la base social donde la DPLA se ha vuelto más significativa.

Resumen Puerto de Ideas Valparaíso 2014 from Puerto de Ideas on Vimeo.

Lectores

—¿De qué forma ha cambiado la forma de leer?

—Los que trabajamos en el campo de la historia del libro hemos desarrollado un sub-campo llamado la historia de la lectura. Que es muy difícil, porque los lectores comúnmente no dejan evidencia de su experiencia. De todas maneras, hay material disponible que indica cómo la gente leía en el pasado. Y lo poco que sabemos nos permite afirmar que la lectura ha cambiado con el tiempo y en muchos momentos hubo diferentes tipos de lecturas.

La meta es liberar a la gente para que lea a su manera; no tratar de imponer un modo de lectura.

Hoy tenemos una gran variedad de maneras de leer, que varía también de lugar en lugar. Los índices de alfabetización son altos, ¿pero eso significa que la gente toma ventaja de su habilidad para leer? No necesariamente. Creo que hay mucha lectura recreacional, lo que es fantástico. Puede ser superficial, pero si a la gente le da placer, es maravilloso. Lo que es más raro es un tipo de lectura continua y profunda en la que la gente trata de apropiarse de los textos y asimilarlos en su propia comprensión del mundo. El tipo de lectura que se supone que hacen los estudiantes universitarios. Y esa lectura profunda se hace mejor, creo, con libros impresos. Libros en los que das vueltas las páginas, para orientarse en la estructura de un trabajo general. Incluso libros que puedes subrayar, si son tuyos. No es que crea ingenuamente que todos leerán a Kant y a Hegel. La meta es liberar a la gente para que lea a su manera; no tratar de imponer un modo de lectura.

—Hoy son muchos los niños y adultos lectores de libros ilustrados. ¿Ves peligro en ellos, es una manera de perder contacto con la palabra escrita?

—No, no veo ningún peligro. Me encantan las imágenes y me parece que pueden enriquecer un libro. Puedes argumentar que las imágenes simplifican las cosas y hacen la lectura más superficial, pero yo no veo evidencia de eso. Creo que las imágenes enriquecen la experiencia de lectura.

Y hoy, gracias a la tecnología, es muy simple agregar imágenes, sonidos, videos y todo tipo de cosas a un texto. Podemos hacer la experiencia de lectura bastante más complicada y, creo, más fructífera para muchas personas.

De hecho, uno de mis libros recientes es sobre comunicación a nivel de las calles en el París del siglo XVIII. Aunque es algo académico, creo que es divertido para todo tipo de lectores porque mucha comunicación en ese tiempo se hacía a través de canciones. La gente improvisaba nuevos versos a canciones que todos sabían. Encontré muchas colecciones de estos nuevos versos en los archivos. La pregunta era cómo sonaban. Y fui capaz de encontrar las partituras musicales y luego gracias a un amigo grabar las canciones. Así, alguien puede leer mi libro y luego ver al final un anexo con las canciones e ir a internet y escucharlas. De esta forma la experiencia de tratar de entender el París del siglo XVIII es mucho más rica de lo que hubiese sido antes de la existencia de internet. Este es sólo un ejemplo, peor hay muchas personas que están sacando ventaja de usar distintos modos de comunicación simultáneamente para alcanzar lectores de una nueva manera.

Como historiador te caracterizas por tu buena pluma ¿Es importante para un historiador saber contar una historia?

Lo que yo quiero entender es el mundo como era entendido por la gente común y corriente.

No existe una fórmula mágica para escribir historia. De todas formas, la producción del trabajo histórico es en gran parte narrativo, por lo que saber contar historias es fundamental para los historiadores. Le damos sentido al mundo contando historias, es lo que hacen los padres cuando le cuentan historias a sus hijos, por ejemplo.
Personalmente, no empiezo por tratar de contar historias; sino que encuentro historias para contar. Como mucha de mi investigación es de archivos, los archivos están llenos de historias fascinantes. No contadas, por supuesto, de la forma en que yo la contaría, y por eso tengo que reordenar las partes. Pero están ahí. Hay millones de humanos viviendo vidas interesantes y el trabajo del historiador es, en parte, comunicar la riqueza de esas vidas mostrando cómo las cosas pasaban.

Creo que saber contar historias sirve para involucrar al lector, pero también para hacer sentido de las cosas. Puedes hacer sentido de manera abstracta, pero eso no tiene mucho poder. Yo creo en la importancia de la narración para comunicar la textura de la vida y de cómo la gente entendía la vida centurias atrás.

—Conseguir esa textura de la vida del pasado es tu especialidad. Y en gran parte lo logras porque te centras en los detalles de la vida de los hombres comunes y corrientes.

—Es difícil decir exactamente dónde obtuve esta fascinación por la gente común, el hombre o la mujer en la calle. Algunos de mis críticos han dicho que soy un historiador populista, que no pongo atención a las figuras intelectuales complejas. Puede que sea cierto, porque yo no pretendo hacer la historia de la filosofía. La admiro, creo que es importante, pero lo que yo quiero entender es el mundo como era entendido por la gente común y corriente. ¿Cómo encontrar a esta gente? Está en los archivos y resulta fascinante tratar de entender a este tipo de personas. Pero sus vidas no están en todos los archivos. Tienes que ser selectivo y afortunado para encontrar las fuentes indicadas. De todas maneras, no es imposible. En mi caso, he estudiado principalmente archivos franceses y su riqueza es infinita. Cada vez que me sumerjo en ellos y consulto cajas quedo atónito por la riqueza de la evidencia de la gente común.

Soy un historiador de archivos, así que recurro a manuscritos, paso años leyéndolos. Creo que cuando haces eso te impregnas de un sentimiento del pasado. El peligro es tener demasiada confianza en ese sentimiento, creer que realmente sabes cómo funcionaban las cosas. Y por supuesto no tienes contacto directo con esa realidad. Uno de mis anécdotas favoritas del escritor Flaubert es la siguiente: alguien le dice: “Monsiuer Flaubert, veo que no ha publicado mucho recientemente”, y Flaubert le responde: “He estado marinando”. Yo creo que los historiadores deberían marinar, deberíamos sumergirnos en los archivos y realmente conocer la sensación del objeto. Suena misterioso, pero si has leídos miles de documentos, realmente sucede. Te permite minimizar el anacronismo. El gran peligro de los historiadores, en mi opinión, es proyectar al pasado una perspectiva que es sólo adecuada al presente.

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