Ruta de la cueca: Vuelta en ocho

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No hay primera sin segunda, dicen los cuequeros. Llega septiembre y, como todo primer domingo de mes, María Esther Zamora –célebre folclorista nacional, amante y referente de la cueca–, abre las puertas de su casa para quien desee disfrutar de la cocina chilena y, por supuesto, de nuestro baile nacional. A continuación, la segunda parte de la Ruta de la cueca, en la pluma de David Agurto.

María Esther Zamora. Créditos: Roberto Candia

Resulta fácil llegar a La casa de la cueca. Queda en plena Avenida Matta en la comuna de Santiago, cercana a la calle Lira. Se puede llegar a pie o en auto, y es posible estacionar en una de las pequeñas y tranquilas calles aledañas. Por un monto razonable nos espera un tremendo banquete a la hora de almuerzo. Como es menester, invito nuevamente a una de mis amigas para asegurarme la pareja de baile. No tengo la astucia del huaso para sacar a bailar, así que utilizo esa estrategia.

Nos toca compartir una mesa con otra pareja, una de enamorados que no se hablan mucho, pero que disfrutan de la comida. Se demoran un poco en atendernos, pero es porque que el espacio está repleto. Por fin, nos llega el vino de la casa, un par de copas de pisco sour, y la entrada de palta reina rellena con pollo desmenuzado. Como los precios de la palta se han demorado en bajar, disfruto del sabor y cremosidad del fruto verde. Todo bien con el pisco sour, hacemos un par de brindis hasta que aparece ella, la dueña de casa, la actual reina de la cueca, María Esther Zamora. La miro con ojos de infancia, incrédulo, sorprendido. No es casualidad que Gepe, uno de los referentes actuales de la música chilena, se haya dejado guiar por las enseñanzas de la cuequera.

Terminamos la entrada y rápidamente nos traen el almuerzo. Hay una banda tocando que no logro identificar. La Vale, mi acompañante, eligió chupe de mariscos y yo carne a la cacerola con papas cocidas. La carne es abundante, pero las papas no. Acompañamos con ensalada surtida y nos servimos otra copita de vino. Intercambiamos un par de palabras con los comensales vecinos y empezamos a degustar de los platos. Gran sabor por cierto, especialmente el chupe de mariscos. Sin embargo, las cuecas aún no se escuchan y me pregunto qué pasará. Vendrán pronto, supongo.

Con la misma mirada de admiración, la Vale me dice “mira quién está ahí, el trombonista de la tele”. Avergonzado por mi ignorancia, después supe que estaba hablando de Héctor “parquímetro” Briceño, uno de los músicos más destacados en la televisión chilena, en fondas y cabarés capitalinos y porteños. Briceño aparecía durante los años setenta y ochenta en gran parte de los programas de la televisión chilena –por no decir en todos– y ha destacado siempre por su virtuosismo en el jazz y el swing.

Héctor “Parquímetro” Briceño. Créditos: Panamericanworld.com

Se da inicio a las primeras vueltas, en círculo o en ocho, pero bien apretujados.

Dejamos por unos instantes el almuerzo de lado y nos ponemos de pie para ver tocar a Parquímetro, en especial, porque ya está a su lado, para cantar a dúo, María Esther. Ambos juegan con el público invitándolos a cantar y bailar en una graciosa dinámica. Las fotografías van y vienen. Mientras esperamos el postre, me dirijo al baño. Me lavo las manos cuando se oye la primera cueca, y ya sé que es tarde para la primera patita. Pensé que la Vale me miraría con cara de decepción, de cómo la invito a La casa de la cueca a bailar y no estoy, cómo puedo hacer una Ruta de la cueca y a la primera me desaparezco. Pero al contrario de lo que esperaba, la veo sonriente. Me dice que ya bailó, que la sacó un viejito de sombrero y que baila súper bien.

Y ahí me quedé pensando en el plan fallido de haber llevado a la bailarina para asegurarme una pieza, hasta que diviso al señor, un tatita con pinta de huaso bailando con todas las jóvenes, y pienso que él sí es cuequero de verdad, que anda sin rodeos. Así que pesco el pañuelo rojo que me compré en El huaso Enrique y salgo a bailar. Que no haya pista de baile no es impedimento. Los pasillos de la casa de Esther y Pepe Fuentes, su marido, se llenan. Comienzan los paseos y aplausos hasta que se da inicio a las primeras vueltas, en círculo o en ocho, pero bien apretujados.

Bailamos tres pies de cueca. Nos sentamos a descansar y una vez más apreciamos la ornamentación tradicional de fonda que adorna toda la casa. Es un lugar increíble. Antes de empezar el escobillao’ o cepillao’, les recomiendo este lugar para los que no saben bailar cueca. En la semana los miércoles y viernes a partir de las 20.00 horas pueden aprender a bailarla por solo tres mil pesos. Lleven efectivo eso sí.

Son casi las seis de la tarde y es hora de pagar. Me acerco tembloroso a la caja, donde doña María Esther maneja todo. Está retando a unos garzones, así que en vez de calmarme, me inquieto más. Le doy las gracias por la jornada, le pago los almuerzos y le comento que me gustaría entrevistarla algún día. Ella feliz, que septiembre es muy complicado porque tiene demasiado trabajo. Pero me deja una tarjeta con el teléfono y el correo de La casa de la cueca. Ya habrá tiempo para eso.

La casa de la cueca. Créditos: Chile al tiro

 

Autor: David Agurto (8 Entradas)

Licenciado en Letras (PUC), profesor (UAHC) y magíster en Edición (UDP). Escribió el, aún inédito, libro de poemas Raptada y actualmente escribe su segundo libro de poesía y su primer disco de rap. Ha trabajado como profesor de lenguaje y actualmente se desempeña en el área de Proyectos Sociales de La Fuente.


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