Sobre sillas y talleres

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En junio, la premiada escritora Sara Bertrand realizó un taller de escritura y memoria creativa, en Troquel. Cada sábado guió a un grupo de entusiastas a enfrentarse a una hoja en blanco, con la necesidad de darle vida a una idea o a una historia. En esta columna, nos habla de esa necesidad de escribir y traducir en palabras aquello inasible: impulso y acto a lo que todo escritor debe hacer frente.

Ilustración: Marcelo Parra

Ilustración: Marcelo Parra

Dicen que Óscar Wilde afirmaba que para escribir se necesitaban dos cosas: tener algo que decir y decirlo. Ya está. Receta más simple y cierta difícil encontrar. El escritor es alguien que dice. Entonces, ¿cómo se enseña a decir? Ahí está la trampa. No se puede.

Hay una carta –súper divertida– que Cortázar le mandó a un escritor argentino, viviendo como vivía en París, libro tras otro, premios y más premios, no ya un cronopio, sino una marca, pluma garantizada. Decir su nombre era invocar una estética, ese mundo dicho y reafirmado. Entonces, dedicaba parte de su tiempo a responder misivas, y entre ellas, esa al pibe carcomido por las dudas. El joven escribe, pero duda de todo lo que sale de sí mismo. ¿Duda de su conversación, rabia, ausencia? Quizás de eso y mucho más, el asunto es que quiere saber si aquello que deja en el papel, puede llamarse, efectivamente, “literatura”. Y Cortázar le responde que no debiera atender a las dudas, es más, que debieran importarle un pepino. Imposible avanzar acusando recibo de los reclamos del juez interior y lo que imagina que dirán las personas que conoce. ¿Pensarán que son mamarrachos, que suena pretencioso, relamido? ¿Lo criticarán por meter las narices donde no le corresponde? ¿Y si la gente no dice nada? Si escribe para no ser leído, podría resultar un ejercicio mortal. La pisada que no deja huella de la que hablaba Bolaño, es “el horror, el horror” de Conrad. Pero Cortázar tiene un remedio brutal y eficaz, le recomienda al joven escritor que cada vez que aparezcan sus dudas, se levante, tome la silla y se dé un fuerte golpe con ella. ¡Un silletazo!

Los talleres de creación literaria, escritura creativa, o como se les llame, son, básicamente, silletazos. Un puntapié al escritor muerto de miedo. Escribir es pavoroso, ciertamente, porque lo que genera una obra, su pulsión o sangre, es la necesidad de decir. Es el impulso de ese acto delirante frente a la hoja en blanco. El escritor toma aire, se inclina y comienza. Un acto físico que, finalmente, es pura metafísica. Porque lo que necesita -y perdonen que sea vehemente-, pero al momento de sentarse lo que el escritor experimenta es una necesidad parecida al hambre o al enamoramiento, es decir, una fuerza feroz que lo conduce por caminos que ni siquiera le pertenecen, son suyos, sí, pero también de otros: el escritor necesita transmitir una idea, plantar una emoción. La imagen que lo desvela es tan propia que podría arrancársela como un pedazo de piel, pero ese acto unitario, lo sabe, forma parte de algo mayor que su obra individual. El artista hace parte de una conversación/meditación que lo trasciende. Y se aparta. Necesita silencio.

Pregunta: ¿cuándo deja de escuchar los sonidos de afuera y comienza a oír su voz interior se ha vuelto sordo al mundo? La experiencia demuestra más bien todo lo contrario. En la medida que toma distancia, el escritor es capaz de enfocar la realidad convirtiéndola en una imagen distorsionada, un juego de realidades, una fantasía, que pervierte el sentido común o lo exalta. Una subversión que no es indiferente a sus lectores, en otras palabras, está llamada a hacerles estallar la cabeza, o, en última instancia, a conmoverlos. Y ese resultado es personal. Esa forma de apropiarse de la realidad, sus conjeturas, aun cuando la conversación propuesta esté en el aire y nos convoque a todos, es única. Por eso, el escritor teme o duda, se come las uñas o bebe o fuma como condenado. Porque se expone, muestra, se equivoca. Una imagen 3D que los críticos, si es que la obra recibe comentarios, desmenuzaran para conocer su personal manera de empalmar o afinar, como decía Seamus Heaney: “cuando queremos que el poema no solo sea placentero, sino apremiadamente sabio, no sólo una sorprendente variación de la música del mundo, sino una nueva afinación del mundo mismo”.

El aprendiz ensaya, quiere decir como tal autor, proponer lo que tal otro, pero mientras no encuentre una voz, su propia afinación, será uno de tantos probando suerte en el escenario. El taller ofrece un silletazo a sus dudas. O, a veces, volverlas más oscuras e imposibles, porque en los talleres se lee, se escribe, pero sobre todo se critica: “Ningún escritor poderoso es un mal lector (…) Los escritores intensos son primero lectores creativos.

“A veces te dicen que no leas tal o cual cosa porque es una mierda, pero eso es un mal consejo para mis alumnos. Hay que leer todo. No hay que olvidar que con la mierda se produce combustible”, escribe Fabián Casas. Los talleres son una excelente oportunidad para escuchar lo que tienen que decir los lectores creativos. Para leer textos fallidos, para aprender de ellos también, pisarse los talones y descubrir mucha paja en ojos ajenos. Pero, al mismo tiempo, permiten a sus alumnos esos momentos gloriosos cuando sienten a sus escuchas reír o emocionarse con un fragmento que salió de un pie forzado o de un ejercicio en clases.

No se puede enseñar a ser escritor, se llega a serlo por porfía. Por perseverante, si se quiere, pues, como todo oficio, requiere de una cadena interminable de pruebas erradas, textos mal estructurados, historias que, aunque son buenas ideas, no llegan a expresarse de la mejor manera. ¿Y qué? Seguir escribiendo. Cada mañana, cada noche, dale que suene en el teclado, perdiendo el tiempo cuando un zorzal aparece en la ventana y voltea la cabeza para escuchar. Escuchando un loop de The Wall, Radiohead, qué sé yo, Leonard Cohen.

Cada uno encuentra su manera de volver por el camino de la herida o la rabia o lo que sea que quiera expresar; y el taller literario y todas sus sillas dispuestas a caerle encima y cerrarle la boca a sus peros y cerros de explicaciones, le acompañan para dar sentido a esa manera propia, ese modo único que es la forma en que escribe. Saber, finalmente, que al igual que Cortázar –guardando distancia– cada uno es una estética, un modo de resolver las cosas, de componer el cuadro. Ese es el sacudón: que cada tallerista, al final del curso, confíe en lo que quiere decir y se atreva a decirlo.

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