Tara Westover: La joven que se educó para salvar su vida

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La historia de Tara Westover y su camino por educarse hasta llegar a la universidad es sorprendente y puede leerse en Una educación. Soledad Rodillo nos presenta las memorias de esta mujer, éxito de ventas del 2018, leído por los Obama y Bill Gates en sus vacaciones de verano, y elegido entre los mejores diez libros del año por el New York Times y la revista Time.

Tara Westover. Créditos: Jude Edgington

A los 16 años Tara Westover tuvo una revelación mientras trabajaba –bajo el fuerte sol de Idaho– separando la chatarra del fierro en el desguace de su padre: debía estudiar. Hasta esa edad, la menor de los ocho hermanos Westover no solo no había ido nunca a la escuela ni había recibido algún tipo de educación en su casa, sino que además tenía escaso contacto con todo lo que estuviera fuera de la granja donde vivía. En pleno siglo XX, Tara Westover –hija de un mormón fanático y de una partera– había crecido en su casa sin teléfono ni libros, salvo El libro del mormón, y solo conoció la televisión poco antes de la caída de las Torres Gemelas. Lo que la llevó a educarse no surgió por un gusto especial por el conocimiento o el estudio –porque hasta desconocía de eso– sino porque vio ahí una oportunidad de salir de su casa y enfrentar la ignorancia de sus padres y sus falsas creencias, que casi la llevan a la muerte en más de una ocasión.

La historia de Tara Westover (1986) y su camino por educarse y llegar a la universidad –que incluso la llevó a estudiar en Cambridge y Harvard– es sorprendente y puede leerse en Una educación (Lumen), las memorias que publicó el 2018, y que no solo se convirtió en un inmediato éxito de ventas en Estados Unidos e Inglaterra –y fue el libro que leyeron los Obama y Bill Gates en sus vacaciones de verano–, sino que además fue elegido entre los mejores diez libros del año por el New York Times y la revista Time.

En estas memorias Tara Westover reconstruye, a través de algunos apuntes que había tomado en un diario y los recuerdos de ella y sus conocidos, los días de terror e incertidumbre que vivió durante su niñez y adolescencia en su casa de Idaho, a la sombra de la montaña Buck’s Peak, y a merced de un padre fanático religioso que se preparaba para un inminente fin de mundo abarrotando la casa con conservas y armas de fuego e inculcando a su familia un temor delirante hacia el gobierno de Estados Unidos.

Por esta obsesión paterna es que los Westover no iban al hospital ni asistían a la escuela: el gobierno no debía tener registro de ellos, y Tara, que había nacido en casa, recién obtuvo su certificado de nacimiento –con una fecha de cumpleaños arbitraria– cuando decidió entrar a la universidad. El plan del padre era llegar a ser autosuficientes ante un inminente fin de los tiempos: tener una gran reserva de comida, gasolina y armas, y hacer sobrevivir a su comunidad a punta de “medicina alternativa” y otras seudociencias. La madre, obligada por el padre, trabajaba como partera y además fabricaba aceites esenciales para “curar” todo tipo de enfermedades. Pero Tara sospecha de su faceta de curandera: ve cómo su madre revuelve aceites que luego receta para cualquier cosa; y, pese a que la admira como partera, se asombra de que mujeres como su cuñada, que había tenido un parto en casa que casi le había costado la vida, volviera a arriesgarse con otro parto lejos de un hospital.

Pero por sobre todo desconfía de este padre que cada invierno sufre de una severa depresión de la que solo se recupera después de pasar unos días de descanso en Arizona y que en dos ocasiones casi los mata a todos de regreso a casa a por su fijación a viajar en el auto de noche. Un padre que los hace trabajar seleccionando chatarra en un desguace, y que pone en riesgo la vida propia y la de sus hijos con un trabajo sumamente inseguro. Un padre que ante todo citaba “Si es la voluntad de Dios” antes de exponerlos a peligros que eran del todo evitables, y al que Tara decide enfrentar luego de tener una revelación en el desguace, donde se da cuenta que la única manera de salir de ahí era estudiar en la universidad.

Huir de casa y educarse

También se cuestiona el ambiente familiar en el que creció, donde no solo reinó la ignorancia sino también la violencia

Pero su camino para educarse no fue fácil. A sus 16 años apenas sabía leer y no tenía idea de gramática, ciencia o matemáticas. Además no contaba con el apoyo de nadie, salvo de su hermano Tyler, quien años atrás también se había ido de casa para estudiar en la universidad. Con los libros de él, más otros que compró trabajando como babysitter, y El libro del mormón –el único texto que había en su casa– empezó a descifrar, leer y aprender. “Visto en perspectiva, me doy cuenta que esa fue mi educación, la importante: las horas que pasé sentada a un escritorio prestado esforzándome por descomponer y analizar las rígidas corrientes de la doctrina mormona a imitación del hermano que me había abandonado. Estaba adquiriendo una aptitud fundamental: la paciencia para leer lo que aún no entendía”.

Y aunque su padre la amenaza con desatar la ira de Dios si iba a la universidad, en estas memorias tempranas Tara Westover narra cómo da la prueba de admisión y, a la segunda oportunidad, es seleccionada para entrar a una universidad mormona de Utah, donde por primera vez escucha la palabra “holocausto” y ve mujeres con faldas cortas, y debe esforzarse más que nadie para entender porque desconoce de todo –la historia, la ciencia, el arte–, y al leer Los miserables, por ejemplo, el personaje de Jean Valjean le suena tan real como Napoléon.

Mientras más aprende más rabia siente Tara hacia sus padres. En su diario anota: “No entiendo por qué de niña no me permitieron  recibir una buena educación”. También se cuestiona el ambiente familiar en el que creció, donde no solo reinó la ignorancia sino también la violencia, encarnada por un hermano mayor manipulador y agresivo, que maltrataba a sus novias, a sus hermanos y a ella misma ante la impasible mirada de sus padres.

El esfuerzo de Tara Westover la lleva a estudiar en Cambridge, y luego en Harvard. Pero este camino para lograr este éxito académico debió aprender no solo de autores y libros, sino también a vestirse y actuar como una joven “normal” de su edad. Debió aprender a socializar, a no tener miedo de hablar de ella o de su familia, a ducharse todos los días (y usar jabón), y a tomarse un analgésico cuando tuviera dolor de cabeza. Pero sobre todo, y lo más difícil, fue tener que aprender a confiar en las personas y en este mundo –al que tanto le habían enseñado a temer– y a cortar con su pasado para convertirse en una mujer con educación, pese a que por ello sus padres la consideraran la viva encarnación del mal.

Ciudad de Los Ángeles, 1980. Créditos. thetimes.co.uk

 

Autor: Soledad Rodillo (54 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Lectora empedernida, dedica su tiempo a escribir artículos culturales para diarios y revistas especializadas. Es colaboradora estable de nuestro blog.


 

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