Toma tu libro favorito (o el bien y el mal de los cien años)

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Hace un par de semanas, la gestora cultural Paulina Roblero caminaba por la calles de Liverpool (Reino Unido) a la espera de iniciar un curso sobre públicos en los museos, cuando se topó -en la vitrina de una librería- con las nuevas ediciones que conmemoran el centenario de Roald Dahl. Así, de pronto, retrocedió a sus diez años, a la niña que encontró en la historias del autor inglés su refugio.

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Años y matemáticas. Pienso en los cien de Roald Dahl. Sus cien son buenos, los mejores. Sus cien me llevan a los diez míos y cómo nos encontramos. Años que ya pasaron para ambos. A mis diez, él llevaba cinco fuera de este mundo, pero habitaba el mío. “Toma tu libro favorito”, con el eco de esa instrucción metí a la mochila El Súperzorro, edición de Alfaguara que me habían comprado el año anterior. En la portada un zorro de brazos cruzados, jeans y chaleco. En la esquina inferior derecha un autoadhesivo con mi nombre para que no se confundiera con el resto.

“No pesques. Lee. Toma tu libro favorito y lee”, fue el consejo que me dio cuando le conté que en el colegio un grupo de compañeras me molestaba. A mis diez años, la rutina matinal consistía en entrar a la sala, agacharme y recoger la caja de zapatos forrada en papel lustre con todos sus contenidos esparcidos por el piso y dar vuelta mi banco que figuraba patas arriba contra una pared. Pero eso ella no lo sabía, ese detalle lo había omitido.

También me dijo “No hay mal que dure cien años, ni tonto que los aguante”. Lo repitió varias veces durante un buen tiempo. Era su interpretación del refrán, su forma de darme consuelo mientras miraba cómo pasaban las horas y él no llegaba a la casa. Creo que al decirlo en voz alta también era cómo ella esperaba ser consolada. No fueron cien años, fue uno solo, ese maldito 1995. Para ella, para mí. Pero ahí, mientras la escuchaba, no sabía de fechas de vencimiento y pensaba con terror cuántos años de ese siglo los iba a pasar recogiendo mis cosas, en silencio.

“Lee”. Lo leí todos los días, una y otra vez. Lo terminaba y lo leía de nuevo. Mi libro favorito. Me lo llevaba al recreo, a la clase de Educación Física cuando no me elegían para ser parte de los equipos de fútbol, para llenar los silencios en el furgón. Lo llevaba conmigo, tatuado en la cabeza. Los túneles que cavó Súperzorro para mantenerse a salvo de los granjeros fueron también mi refugio, “una vida nueva, una vida subterránea”, como dice en su discurso triunfal. Se dio un festín. Yo también.

Vuelvo a leer el mismo libro, pero ya no soy la misma lectora, ya no tengo miedo a lo que me pueda encontrar cada mañana.

Los personajes de Dahl sufren, viven tragedias de menor o mayor envergadura: penurias económicas, afectivas, situaciones que dejan agujeritos en el pecho o que te dejan sin cola. Pero no son víctimas, no se les tiene lástima. Les deseas lo mejor, son entrañables, los acoges, los cuidas. En ellos estaba-está uno: Charlie, Matilda, un niñoratón arrancando de las brujas, un zorro arrancando de los granjeros. Uno está ahí. Resilientes todos, sobreponiéndose ante hechos que pueden transformar por completo la manera en que se relacionan con el mundo. Dahl escribió sobre superhéroes sin capas y con poderes que todos tenemos, pero que a veces olvidamos ocupar: astucia, creatividad, humor. El zorro fue-es-será siempre mi favorito. Sin cola y sin miedos. Y Dahl, un superhéroe con máquina de escribir.

Pili DahlAños y matemáticas. A mis treinta y dos, él lleva veintiséis fuera de este mundo, pero sigue habitando el mío. Hace un par de semanas nos volvimos a encontrar. Me senté en el piso de la librería en Liverpool, “toma tu libro favorito y lee”, me acordé de ella. En su idioma original, tapa azul y con ilustraciones de Quentin Blake, lo tomé y lo metí a mi mochila. Los cien que alguna vez temí ya pasaron, esos malos que al final duraron sólo uno. Porque uno no es tonto y porque otro refrán dice “tragedia más tiempo igual comedia”. Hace años que me río fuerte y recojo anécdotas como antes recogía mis lápices del piso. Súperzorro hizo del túnel su propia caja de zapatos forrada en papel lustre, la tragedia la transformó en comedia y sigue de fiesta y sigue comiendo, igual que uno. Cómo no le voy a dar la gracias a Dahl.

Celebro los cien de él, los cien buenos, magníficos que tanto consuelo me trajeron en sus túneles. Vuelvo a leer el mismo libro, pero ya no soy la misma lectora, ya no tengo miedo a lo que me pueda encontrar cada mañana. Al contrario, abrazo las sorpresas, espero con ganas los desafíos y lleno de música los silencios.

Así somos los superhéroes.

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