Tres libros que no pensaba leer

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En medio del calor del segundo mes del año, nuestra colaboradora Soledad Rodillo busca entre sus estantes y veladores algún libro para leer. Book Depository se ha atrasado con los despachos de sus libros para vacaciones y ella, ya a punto de partir a la playa, encuentra tres títulos que le llaman la atención; y que en su diversidad de estilos, de temática y de autores, dan cuenta de la necesaria libertad de elección. Aunque sea por casualidad.

Zapallar. Créditos: Ladera Sur

Cada febrero me preparo de un buen arsenal de libros para partir a la playa por un par de semanas con mis hijas y sus infaltables amigas invitadas. Los libros son mi especie de armadura frente a este verdadero team de verano formado por ocho adolescentes para quienes las vacaciones son puro grito y baile —y canturrear Moral Distraída a toda hora— y mi excusa para resguardar un par de lugares de silencio en la casa —mi pieza y el living— y escapar del desorden constante, el parlante sonando en la terraza todo el día y el interminable sonido del secador de pelo cada noche. Los libros también son mi compañía para hacer hora mientras espero que vuelvan de carretear.

Pero algo pasó este año que me quedé sin libros. Los que había encargado a Book Depository estaban retenidos en una bodega de correos y minutos antes de partir a la playa no tenía nada nuevo que leer. Llevaba un tiempo pegada con escritores latinoamericanos nacidos en los 70 y 80 y sus historias de barrios, boliches y viajes, y de repente me vi buscando en mi biblioteca algún libro que hubiera quedado rezagado. Y ahí estaba Tierra desacostumbrada (Salamandra, 2010) el libro de relatos de Jhumpa Lahiri que había comprado hace varios años y que no sé por qué no había leído.

Jhumpa Lahiri es una autora hindú-americana, nacida en Londres el 11 de julio de 1967. Hija de padres bengalíes, creció en Rhode Island (Estados Unidos), adonde se trasladaron sus padres cuando ella contaba con sólo dos años. Estudió lengua inglesa, escritura creativa y literatura comparada en la Universidad de Boston.

Demás está decir que el libro me encantó. Relatos bien escritos, sobrecogedores y simples sobre padres, hijos y hermanos de inmigrantes bengalíes que viven en Estados Unidos y Europa, con realidades e identidades muy disímiles y un distinto grado de cercanía o apego a su origen indio. Son historias de familias, de vecinos, de amantes: cuentos que hablan de los éxitos económicos o académicos de estos inmigrantes —también de pérdidas y grandes dolores—, pero siempre, aunque sea disimuladamente, del aporte bengalí a la sociedad occidental

Cuando terminé el libro volví a leer el epígrafe del comienzo, que es una cita tomada de La Aduana, de Nathaniel Hawthorne. “La naturaleza humana no dará fruto, al igual que la patata, si se planta una y otra vez, durante generaciones, en la misma tierra agotada. Mis hijos han tenido otros lugares de nacimiento y, hasta donde alcance mi control sobre su fortuna, echarán raíces en tierra desacostumbrada”. La cita queda perfecta si hablamos de inmigración y de las ventajas de la multiculturalidad. Pero también si la aplicamos a nuestras vidas, cuánto más ricas son nuestras conversaciones cuando estamos sentados en una mesa diversa en edades, sexos, pensamientos. Cuánto más ganamos cuando salimos de nuestro barrio, de nuestro círculo de conocidos y vemos lo que pasa más allá. Pero es más fácil decirlo que practicarlo. A medida que mis hijos crecen me cuesta ver que siguen caminos distintos a los que en mi mente les he trazado. Eligen sus lecturas, sus amigos, y hasta sus vacaciones. “Qué bueno que no siga tus pasos”, me dice mi amigo Rodri cuando le cuento que el mayor de mis hijos entra a una facultad de periodismo distinta a donde yo estudié. Y tiene razón, es mejor que cada uno siga su propio camino, pero cuesta asumirlo cuando eres malaza para los cambios.

Los días están nublados en la playa y las adolescentes no se pierden noche de discoteque. Busco en esta casa algún otro libro para leer y encuentro uno que había dejado mi marido en navidad. Muriendo por la dulce patria mía (Laurel, 2017) un libro sobre Arturo Godoy, el boxeo chileno e Iquique, tres cosas que no podrían interesarme menos, pero que me cautiva de inmediato. Escrito con maestría por Roberto Castillo, quien aparece como narrador e investigador de una historia magnífica donde intenta reconstruir la vida del campeón chileno de box a través de mitos y verdades, cartas, entrevistas, diarios y uno que otro encuentro (como la descabellada comida  que tuvo el propio Castillo con el nonagenario manager de Godoy en su departamento de Nueva York), y que forman un conjunto gracioso, triste, glorioso y, a mi parecer, muy auténtico de lo que fue el gran Arturo Godoy.

Veo que en Twitter algunos de los que sigo se han puesto a leer La Divina Comedia siguiendo una invitación que hizo el ensayista @maurette79 a hacer una lectura, simultánea y masiva, del famoso libro de Dante Aliguieri. Y aunque no tengo el libro en la playa, sigo a @autodante que sube un canto al día en Twitter y me uno a esta lectura compartida que comenzó el 1 de enero y que espera terminar con el canto 100 el 10 de abril.

Y pienso en la frase de Hawthorne y la asocio con la lectura. No hace mal leer, de vez en cuando, lecturas desacostumbradas. Buscar otras editoriales, leer un clásico de hace 700 años en Twitter, abrirse a otros escritores. Y después volver a casa con la sensación de haber viajado y sembrado y entonces, retomar lo tuyo con la cabeza más abierta y leer con felicidad esa Emma de Jane Austen que habías olvidado en el velador.

Autor: Soledad Rodillo (48 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Lectora empedernida, dedica su tiempo a escribir artículos culturales para diarios y revistas especializadas. Es colaboradora estable de nuestro blog.


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