Un viaje por la Guatemala literaria y real

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Nuestra colaboradora Soledad Rodillo recorre Guatemala y paralelamente va leyendo a escritores guatemaltecos. En dos entregas nos narrará cómo resultó esta experiencia que le permitió mezclar las ciudades visitadas con las descritas por autores como Rodrigo Rey Rosa o Miguel Ángel Asturias. Colores, árboles y pájaros, pero también el pasado de una cultura marcada por la violencia, la acompañan en esta ruta por el país cuyo nombre viene del náhuatl Quauhtlemallan: lugar de muchos árboles.

Santa Catarina de Palopó. Créditos: anywhere.com

Una madrugada en Santa Catarina de Palopó, en el lago Atitlán, escuché los cantos de decenas de pájaros que volaban arriba de la casa donde me quedaba. Estaba despierta y me sorprendí de que el resto de mi familia siguiera durmiendo, indiferente a esta tremenda batahola, imperturbable por esta inmensa explosión de gritos y aleteos. Estaba despierta, pero no volví a escucharlos las siguientes madrugadas –solo unos pocos cantos y movimientos suaves, nada que se comparara a lo que había sentido la primera vez– lo que me hizo pensar que quizás ya llevaba muchos días viajando por Guatemala –por sus ciudades y por sus libros– y ya se me estaban mezclando los sueños con la realidad.

Recorrer Guatemala y a la par ir leyendo a escritores guatemaltecos fue una idea rara, pero que resultó sorprendente. Hacía muchos años había leído Otro zoo, de Rodrigo Rey Rosa (Seix Barral, 2007), y todavía recordaba el cuento de la niña perdida en el zoológico. Pero al releerlo durante este viaje lo encontré más vívido, con claras referencias a esta Guatemala que ahora visitaba (pese a que en ningún lado se dice dónde están situadas sus narraciones). El relato hacía varios guiños a esta cultura que se fundó sobre una de las civilizaciones más ricas del mundo, la maya, de la que todavía quedan vestigios –en sus ruinas, su arte, su idioma y su mitología–, y que ha enfrentado a lo largo de los siglos un pasado colonial, cientos de desastres naturales entre terremotos y erupciones volcánicas, sangrientas dictaduras y una violenta guerrilla.

En “Gracia”, cuento de Rey Rosa, aparecen los pájaros ruidosos (“los gritos de los pájaros se oían claramente por encima de los gritos de los niños”), los mismos que me despertaron una mañana en Atitlán, que me sorprendieron por su variedad de tipos y colores cuando visité la selva de la zona de Petén, o que se acercaron a tomar agua en la fuente del derrumbado convento de Santa Clara en Antigua. Están los pájaros porque están los árboles (Guatemala en náhuatl es Quauhtlemallan, lugar de muchos árboles): árboles como los chicozapotes, de los que se obtiene el chicle, y que forman el bosque húmedo que nos protegió del calor cuando recorrimos el sitio arqueológico de Yaxhá en Flores; árboles como el bajo cuya sombra el padre del cuento de Rey Rosa busca a su hija desaparecida, mientras observa los pétalos color rosa de sus flores derramadas por el suelo formando “una especie de alfombra sangrante sobre el hormigón”, y que recuerdan las coloridas y trabajosas alfombras de flores que llenan las calles de Antigua durante la Semana Santa.

La ceiba, el árbol sagrado de los mayas. Créditos: tierrasmayas.com

Árboles como la ceiba –el árbol nacional de Guatemala–, que se puede ver en la mayoría de las ruinas de los tantos conventos coloniales que hay en Antigua, como la del exconvento de Santo Domingo, hoy convertido en hotel de lujo y museo. La ceiba, árbol de tronco grueso y ramas muy pobladas, es nombrado en el Popol Vuh, el libro maya que cuenta el origen mitológico del mundo, y también ocupa un lugar importante en el cuento “Buceo”, incluido en el reciente libro de Rodrigo Fuentes, Trucha panza arriba (Sophos, 2016). En este relato una familia decide volver a Antigua a celebrar las fiestas de fin de año y uno de sus hijos sorprende a sus padres y a su hermano con un regalo que los dejó estupefactos: había decorado con zapatos “la ceiba de siempre” que estaba al medio del patio, convirtiéndola en un curioso árbol de Navidad. “Hasta lo más alto llegaban esos zapatos, no sé cómo alcanzó ahí”, cuenta el hermano narrador: “Dos de mis tenis colgaban de una rama torcida, y en otra más lejana pude ver un par de tacones de mi mamá, haciendo equilibrio. Ella se quedó un rato observándolo todo y luego se dio media vuelta y caminó al cuarto. Pero mi papá siguió ahí, mirando el árbol (…)”.

La inmensidad del lago Atitlán

El cuento de Rodrigo Fuentes (1984) continúa en Atitlán, a tres horas en auto de Ciudad de Guatemala: un lago inmenso y de alta pureza, rodeado de tres volcanes –Tolimán, Atitlán y San Pedro– y 12 pueblos cuyos habitantes se han organizado en cooperativas de tejidos, bordados, café, cacao y plantas medicinales que ofrecen incansablemente a los turistas.

Rodrigo Fuentes nos muestra cómo el horror y la belleza pueden convivir en una misma familia, así como también en un país como Guatemala.

Hasta allí llegamos a pasar unos días de descanso a la vuelta de nuestro viaje a la selva, en Petén. Y hasta ese lugar llegó también Mati, el protagonista de “Buceo”, quien sin tener licencia de buzo como su amigo Tavo, se sumerge en la inmensidad del lago como “un hombre cualquiera, un hombre montado en la cresta y con ganas de llegar hasta el fondo de las cosas”. “En esos años acababan de descubrir unas vasijas mayas en la costa este del lago, por Santa Catarina de Palopó, y se hablaba mucho sobre una ciudad maya sumergida”, nos cuenta el narrador de este cuento: “Alguna gente por ahí había encontrado pedazos de cerámica en la playa, con diseños en tonos rojos y ocre, y se pensaba que un centro ceremonial había existido en una isla cerca de la orilla”.

Lago Atitlán. Créditos: Flickr Nery Mejía.

La idea de esa ciudad sumergida fue el motivo por el que se lanzó al agua esa madrugada de diciembre y fue el tema que eligió el autor para sumergirnos en una historia triste, cruel y tierna. Narración que junto a los otros seis cuentos del libro nos muestra cómo el horror y la belleza pueden convivir en una misma familia, así como también en un país como Guatemala, que ha sido bendecido en recursos naturales y cultura, pero que ha sido masacrado por la pobreza, el narcotráfico y la violencia.

En el auto que nos lleva a Atitlán escucho conversar al conductor con su compañero de trabajo. Hablan en k’iche’, el dialecto que aprendieron de sus madres y en el que fue escrito el Popol Vuh o Popol Wuj, como lo bautizó Sam Colop, quien reescribió en lenguaje poético este libro fundacional de la cultura maya que muchos en Guatemala conocen de memoria, pero que no todos han leído porque el 12% de los adultos –como el conductor de este auto y su acompañante–, son analfabetos. Vuelvo a escuchar el k’iche’ durante los paseos en lancha a los pueblos que rodean el lago Atitlán, donde las vendedoras te acosan para que compres sombreros de paja, café, huipiles, mantas multicolores bordadas con pájaros y joyas inspiradas en el Sol, la Luna y en los diferentes animales –micos, jaguares, serpientes– que aparecen a lo largo del Popol Wuj.

Un comercio incesante que pareciera venir de siglos atrás, tal como las movidas noches de mercado en Atitlán que Miguel Ángel Asturias describe en sus Leyendas de Guatemala, cuando el lago se llenaba de barcas de comerciantes que iban y venían: “Barcas de vendedores de frutas. Barcas de vendedores de vestidos y calzas. Barcas de jadeítas, esmeraldas, perlas, polvo de oro, cálamos de pluma llenos de aguas aromáticas, brazaletes de caña blanca (…). Barcas de vendedores de cuerdas de Maguey, cibaque para esteras, pita para hondas, ocote rajado, vajilla de barro pequeña y grande, cueros curtidos y sin curtir, jícaras y máscaras de morro”.

Vajillas, plumas, figuras de jade y máscaras que me recuerdan los vestigios mayas que días antes vi en el Museo Arqueológico y en el Museo del Popol Vuh, ambos en ciudad de Guatemala, y en una colección privada que está en Flores. Porque en Guatemala es posible ver reliquias arqueológicas en varios lados: hasta los mismos guías de turismo que conocí se jactaron de haber encontrado alguna pieza arcaica en sus tantos paseos: el más joven, una vasija en la zona de Petén; el más viejo un adorno de jade que guardaba bajo siete llaves…

Créditos: Flickr Byron Batz.

 

Autor: Soledad Rodillo (47 Entradas)

Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Lectora empedernida, dedica su tiempo a escribir artículos culturales para diarios y revistas especializadas. Es colaboradora estable de nuestro blog.


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