Violeta por sus cercanos

A A

En 1982, tres reconocidos investigadores recolectaron testimonios de familiares y amigos de Violeta Parra. A modo de un patchwork fueron uniendo retazos de su estilo inclaudicable, su carácter férreo y de las decisiones fundamentales que tomó en su vida. En ese entonces, una recién egresada de periodismo, nuestra colaboradora Milena Vodanovic, usó el ejemplar como referencia para construir su propio reportaje sobre la folclorista para el boletín de la Vicaría de la Solidaridad. Hoy, revistamos algunos pasajes de Gracias a la Vida. Violeta Parra, testimonio para capturar la esencia de la creadora chilena.

Violeta Parra Disco. Fundación Violeta Parra

Créditos: Fundación Violeta Parra

En 1984, cuando recién egresada de Periodismo trabajaba en el Boletín Solidaridad, de la Vicaría, me encargaron escribir un artículo sobre Violeta Parra. Tuve la suerte de encontrar todavía testigos cercanos —van quedando pocos— que pudieron relatarme de primera mano cómo era puertas adentro esta genio chúcara.

Entrevisté a quien fue su nuera, Marta Orrego, mujer de Ángel Parra y madre de Javiera y Ángel; también a su amiga Frida Sharim y a otra muy cercana, cuyo nombre no recuerdo, con quien conversé largo rato en una casa de piedra y madera, llena de flores, cerca de Avenida Egaña. Como guía y fuente documental me acompañó un libro, en ese entonces recientemente publicado, editado en 1982 por Granizo-Ceneca: Gracias a la Vida. Violeta Parra, testimonio, de Bernardo Subercaseaux, Patricia Stambuk y Jaime Londoño. Es un valiosísimo texto en que la vida de Violeta es narrada cronológicamente en la voz de sus cercanos.

Años más tarde, debe haber sido por ahí por 2006, cuando en Revista Paula le encomendamos a la brillante periodista Claudia Donoso que escribiese un reportaje largo y poderoso sobre esta mujer tan única, le presté el libro como referencia. Después de leerlo, Claudia me planteó confundida: “¿Y para qué vamos a hacer un reportaje nuevo si en este libro ya está todo?”.

***

Sobre la vida de Violeta Parra se han escrito libros buenos y otros no tanto. Si alguien quisiera hacerse una idea acabada de su ímpetu visceral, su creatividad refulgente y su modo completamente propio de vivir, debería leer más de uno. Está la magnífica biografía de Fernando Sáez, La Vida Intranquila (reeditada este año por Planeta); las dos que publicaron sus hijos: El libro mayor de Violeta Parra, de Isabel (una compilación de cartas, documentos y otros textos lanzada en 1985 y reeditada en 2009 por Cuarto Propio) y Violeta se fue a los Cielos, escrita por Ángel (Catalonia 2006), que dio origen a la película homónima de Andrés Wood. También Yo Violeta, el texto novelado de Mónica Echeverría (Plaza y Janés, 2010), la imprescindible compilación de entrevistas Violeta Parra en sus palabras, que publicó el año pasado Marisol García, bajo el sello Catalonia-UDP y la obra de Roberto Parra, llamada Vida, pasión y muerte de Violeta Parra, del sello Tacitas.

Pero este texto, Gracias a la Vida —que es una joya, del que en 1982 se tiraron apenas 3.000 ejemplares, que muchos desconocen y que no ha vuelto a reeditarse— tiene una fuerza única. Construido como un relato coral (al modo que suele recurrir la premio Nobel bielorrusa Svetlana Aleksiévich) todo en él es testimonio. Uno detrás de otro se suceden los recuerdos de quienes amaron a Violeta, compartieron con ella e incluso antagonizaron. No hay un narrador ni párrafos explicativos que hagan de nexo entre la voz de uno y otro. Es la edición impecable del entramado de citas sucesivas —un montaje de cortado y pegado finísimo e inteligente— lo que hace posible seguir la lectura como si de un cuento se tratara. El libro juega a lo mismo que hacía Violeta: rescatar una tradición oral.

Hay algo antropológico en este texto que remite un poco a ese clásico llamado Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, que en los años 60 sirvió de candelero a todos los jóvenes que se entusiasmaron con la idea de denunciar la desigualdad dejando que sus sujetos de estudio, oprimidos de toda laya, relatasen ellos mismos sus avatares, en vez de auscultarlos con lente experto.

Violeta Parra presentación

El lenguaje es límpido pero coloquial y la narración vivaz y presente, como si todos los actores secundarios de la vida de Violeta estuvieran sentados junto a un fogón rememorando y contando. Y uno, escuchando. Todos con su poncho, su choca. Quizás removiendo entre las brasas una tortilla al rescoldo.

Los recuerdos de los entrevistados se van enlazando también con décimas, canciones y cartas de la protagonista con el objeto, dicen los autores, de ir “confirmando o corrigiendo, de un modo siempre original, lo señalado por los informantes”. El valor del texto —ya enorme por su poesía interna, por la lucidez iluminadora de tantos recuerdos mínimos, por las experiencias contrapuestas y la fuerza del cariño— crece a medida que han ido pasando los años por el mérito de haber recogido a tiempo las versiones de testigos hoy extintos, cuya memoria, por tanto, es irremediablemente insondable.

Hablan aquí la madre de Violeta, Clara Sandoval: “Ahora no sé por qué me acuerdo que nació con dos dientes. Verdaderos dientes. Uno se la cayó como a los treinta y tantos años y el otro… con el otro se fue”. Hablan también los hermanos: Hilda, Lalo, Nicanor, Roberto; sus hijos Ángel y Carmen Luisa; sus maridos Luis Cereceda y Luis Arce; los folcloristas Alberto Zapicán, María Cristina de Largo, Rosa Lorca, Margot Loyola. También el musicólogo Gastón Soublette, el fotógrafo Sergio Larraín, el investigador Tomás Lago y otro puñado de cercanos de primera línea.

Gaston Soublette Limache

El musicólogo Gastón Soublette, en su casa de Limache. Créditos: Instituto de Música, UC (IMUC).

La vida misma se cuela por los relatos:

Hilda Parra: “No le gustaban las muñecas, pero hacía ropa pa´muñecas. Las muñecas éramos nosotras, con los demás chiquillos. Así que en eso se entretenía ella, porque nosotras no tuvimos el gusto de recibir un juguete cuando chicas, ni saber lo que era una Navidad, ni saber lo que era una fiesta de niños”.

Luis Arce: “Hacía 28 días que había salido de Chile cuando se nos murió la Rosita Clara. Le mandaron a avisar por carta, pero parece que no le explicaron bien, así que pensó que había sido culpa mía”.

De una carta de Violeta: “Ayer fuimos a buscar las otras tapicerías a la casa de la Borumage en Laussane. Cuando volvíamos con el paquete sobre el techo de la camionetita, a cien kilómetros por hora, se voló el paquete. Un grito de espanto y una frenada. Eran las doce de la noche y la nieve ocupaba el primer plano en el paisaje”.

Rosa Lorca: “La Violetita siempre me preguntaba de todas esas cosas, las palabras que hay que decir cuando hay mala suerte en la casa, cómo ahuyentar al demonio… todo eso. Ella venía seguido hasta que comenzó a salir fuera. Ahí ya me costaba más pa´verla porque venía y se iba ligerito”.

Alberto Zapicán: “Dentro de esos arrebatos temperamentales tenía caídas como en silencio, más que tristeza, amargura; no por ella misma, sino por lo que veía”.

Y así…

En este centenario alguien debiera reeditar este libro. Para que podamos volver a recordar a Violeta en voz de sus amigos. Como si estuviéramos en una peña, atentos todos a la paya, la décima, la canción.

Libro Milena VP

  

Autor: Milena Vodanovic (7 Entradas)

Periodista y magíster en Gestión de Negocios. Trabajó en las revistas Solidaridad, Apsi y Paula, dirigiendo esta última por 8 años, entre 2007 y 2015. Es docente en el Magíster de Edición UDP y recientemente en la Escuela de Periodismo UAH. En el último tiempo se ha abierto a nuevas formas expresivas, como ceramista y dibujante. En 2016 publicó el libro La Vida a Mano, colorea, borda, estampa (Hueders). Foto: Alejandro Araya


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>