Un libro que recibió en su último cumpleaños es el detonante para que nuestra colaboradora Soledad Rodillo vuelva a la escritora británica Angela Carter. A los 18 años, Soledad leyó su antología Niñas malas, mujeres perversas (Sudamericana, 1986), libro que la condujo a conocer a sus grandes escritoras de cabecera; y hoy, gracias a una cuidada edición de la editorial Impedimenta, nos relata sobre los recuerdos de la niñez que despertó su Cuentos de Hadas (2016).
Cada cierto tiempo alguien me pide que le recomiende un libro. Si conozco bien a la persona y, en especial, sus gustos y lecturas, me resulta fácil hacerlo. Pero si no sé qué lee, cuánto lee, o incluso si de verdad le interesa leer, me suelo quedar en blanco. ¿Debiera recomendarle un best seller para que se enganche con alguna lectura o me guío por lo que a mí me interesa y corro el riesgo de que no le guste? El año pasado regalé El Nervio Óptico (Laurel, 2016) a cinco amigos queridos que también son buenos lectores, y solo tres me llamaron para comentarme lo bueno del libro (uno incluso me invitó a comer). Los otros, ni siquiera lo abrieron. No los juzgo. Yo tampoco leo todo lo que me regalan. Pero, lo que sí, suelo darle una oportunidad cuando el libro me lo recomienda o me lo regala alguien que me conoce.
¿Cómo elijo lo que yo leo? Leyendo. Leyendo las críticas de libros de diarios y revistas, viendo lo que están publicando mis editoriales regalonas, husmeando la huella de un autor que me apareció en otro libro, leyendo lo que leen mis autores favoritos: siguiendo un hilo —a veces ordenado, a veces tan enmarañado como el ovillo de lana de mi gata— que me lleva de un autor a otro y de un libro al siguiente.

Hace unos días estuve de cumpleaños y un gran amigo me regaló Cuentos de Hadas, de Angela Carter (Impedimenta, 2016), un librazo de tapas duras, 600 páginas y simples ilustraciones en negro que me llevó, casualmente y por segunda vez en un mismo mes, a Angela Carter, a quien no había vuelto a leer en 25 años. Y el regalo no pudo haber sido mejor ni más sorprendente. En el libro la escritora inglesa (1940-1993) —que vivió en Europa, Japón, Australia y Estados Unidos— recopila y reescribe un centenar de cuentos de hadas provenientes de la tradición oral de lugares tan disímiles como Rusia, Asia, América , los pueblos esquimales del Inuit, las tribus africanas de Swahili, los montes de Ozark y también de Francia e Inglaterra; y nos lleva de vuelta a esos cuentos populares, a los cuentos de hadas, a las historias orales: “a ese lazo más fundamental”, como escribió la Carter en el prólogo del libro, “que tenemos con los imaginarios de los hombres y las mujeres corrientes cuya labor ha dado forma a nuestro mundo”.

Y ahí están estos cuentos fantásticos de Armenia, Lituania, México, Mordovia y Japón, estas historias de leche ordeñada de vaca y agua de pozo, de niñas que parecen caer muertas por un pinchazo de uña, de mujeres que ejercen de hombres cuando los maridos están ausentes, de hombres que se transforman en hienas (y que nos hacen recordar el cuento de Leonora Carrington): historias donde solo la brujería, las pócimas y los poderes sobrenaturales podían hacer cambiar el futuro de una joven, una relación de pareja o un problema de infertilidad.
“No os ofrezco estas historias con un espíritu nostálgico”, escribe Angela Carter al final del prefacio, aunque es imposible leer estos cuentos y no acordarse en algún momento de la infancia y de los cuentos geniales y terribles que alguna vez leímos (imposible incluso no emocionarse cuando de improviso te encuentras con el cuento Vasilisa, la bella, uno de los cuentos favoritos de mi niñez y te acuerdas de ese libro negro con tapas duras, Cuentos rusos (Lumen, 1981) que nunca dejabas que nadie tocara). “Sí os las ofrezco como un espíritu de despedida, como recordatorio de cuán sabias, listas, intuitivas, a veces líricas y excéntricas, en ocasiones locas de remate fueron nuestras abuelas y sus bisabuelas, y como contribución a la literatura de la Madre Ganso y sus polluelos”.
¿Cómo elijo lo que yo leo? Casi por pura casualidad o ¿será causalidad? Difícil desenredar esa madeja de lana. Solo sé que a los 18 leía la antología de Angela Carter Niñas malas, mujeres perversas y me abrí a un camino de escritoras poderosas y transgresoras, y que hoy a los 43 acabo de terminar de leer su antología de Cuentos de Hadas, que me hizo ir y regresar de mi niñez, y que en todo este tiempo mi rueca no ha parado de girar, hilando historia tras historia dentro de mi interior.


