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6 pioneras del fotorreportaje

Astrid Donoso Henríquez Por Astrid Donoso Henríquez

Como muchos otros ámbitos de la vida, el mundo del fotorreportaje ha sido un terreno de hombres. La misma fotografía parece haberlo sido, o al menos eso es lo que nos cuenta la historia de notables mujeres que han sido reconocidas y valoradas en el gremio. A continuación, un acercamiento al trabajo de seis de ellas. [Foto portada: Jessie Tarbox Beals]

Durante años, el lugar habitual de las mujeres solía ser el de “ángel del hogar”: madre, dueña de casa y esposa, y cualquier otra cosa que se desviara de ese camino significaba el convento o, simplemente, la calle. Pero como siempre, hay excepciones, algunas de esas mujeres lograron forjarse un camino en la fotografía, teniendo pequeños espacios donde podían ejercer como fotógrafas. De más esta decir que esto para algunas mujeres de mayores recursos económicos se transformó en un pasatiempo y sus imágenes hoy las contemplamos con placer por la información que nos da de un momento histórico cultural. En cambio, para otras, se transformó en un motor de cambio, de ideales, una forma de exponer una posición política y un estilo de vida.

Si hablamos de fotoperiodismo o fotorreportaje el tema se vuelve un poco más extremo porque implica que las mujeres dejen muchas veces el hogar para embarcarse en proyectos, en aventuras en terreno donde, por lo general, solo los hombres eran incluidos. Y eso, aun en pleno siglo XXI conlleva un estigma que es difícil de borrar en el colectivo cultural. Solo un dato que habla de esto: en sus más 54 años de vida, el prestigioso galardón de la World Press Photo ha premiado solo a 4 mujeres como fotógrafa del año.

Y como todo breve recorrido, la idea es dar algunas luces de mujeres que abrieron campo en este quehacer y que para muchas, en sus inicios, significó poder alcanzar grados de independencia antes impensados.

Anna Atkins nació en 1799 y fue la primera mujer en publicar un libro con fotografías, y por ende, es considerada hoy la primera que concibió la importancia de fotógrafa a la hora de ilustrar un libro. Con un padre científico, Anna se dedicaba a la botánica y quedó fascinada por las posibilidades de la entonces nueva fotografía. Al ver el Manual de algas británicas, libro de William H. Harvey,  a Anna le pareció que le faltaba ilustraciones o imágenes que dieran cuenta de qué hablaba exactamente. Es entonces que Atkins crea su propia versión con cianotipos, concibiendo el primer libro de fotografía de la historia, Photographs of British Algae: Cyanotype Impressions. Sin embargo, su trabajo fue firmado como A.A., por lo que a su muerte, pocos sabían que ella era la autora de este trabajo tan innovador.

Cianotipo de Anna Atkins, en «Photographs of British Algae: Cyanotype Impressions», 1849-1850. Créditos: Spencer Colection, The New York Public Library.

Si Anna Atkins es considerada hoy la pionera de la fotografía y el fotolibro, la también inglesa Christina Broom lo es del fotoperiodismo. Christina llegó a la fotografía por necesidad, luego de que su marido sufriera un accidente. Ante la necesidad de generar recursos, tomó prestada la cámara de su esposo y de forma autodidacta comprendió los primero rudimentos de la fotografía, instalándose con un puesto en las cercanías del Palacio de Buckingham donde vendió postales con fotos que ella misma había sacado. Este puesto lo mantuvo entre los años 1904 y 1930.

Las fotografías que más se recuerdan hoy de Broom son las de las sufragistas. Aunque nunca se supo con certeza si simpatizaba con la causa, el solo hecho de otorgarle tiempo con sus fotografías habla de la importancia que tenía para ella y, gracias a eso, hoy tenemos sus registros históricos. Su lente fue testigo de eventos tan cruciales como la masiva marcha de marzo del 23 de julio del 1910 donde más de diez mil mujeres se reunieron. En 36 años, Broom tomó más de cuarenta mil fotografías, dejando un legado enorme e instalando la figura de la mujer fotorreportera en una época crucial de la Inglaterra de la época.

Registro fotográfico de las sufragistas, por Anne Atkins. Créditos: museumoflondon.com.uk

Mientras en Inglaterra Broom fotografiaba a las sufragistas, en el continente americano Jessie Tarbox Beals era la primera fotógrafa estadounidense en convertirse en reportera gráfica publicada en su país. Comenzó a trabajar como profesora en una escuela en Williamsburg, Massachusetts y la chance de comenzar con la fotografía fue casi cosa del destino: ganó una cámara por una suscripción a la revista Youth’s Companion y si bien era pequeña y bastante rudimentaria, Beals aprendió a usarla para dejar registro de su entorno como maestra. Luego la cambió por una de mejor calidad, una Kodak pero siempre con la idea de que solo era en un pasatiempo hasta que asistió a la exposición Mundial Colombina en Chicago y se entusiasmó con la posibilidad de recorrer el mundo con su cámara.

Su primer trabajo como fotógrafa fue un encargo del Boston Post, quien le pidió fotografiar la prisión estatal. En 1901 es contratada como fotógrafa del Buffalo Inquirer y el Courier, donde trabajó hasta 1904. Su mirada era nueva y a diferencia de los periodistas, su relato comenzaba con la fotografía, algo inédito en la época. Tarbox logró establecer un estudio y continuar trabajando, aunque debió cambiar de rumbo y se centró en fotografiar jardines y locaciones lujosas, y cambiar su agitado e inquieto espíritu aventurero, por el dar charlas a fin de de ganar el sustento necesario para ella y su hijas. Tristemente, no solo murió en la pobreza, sino que mucha de su obra se perdió o dañó por falta de un lugar estable donde almacenar su enorme trabajo.

Fotografía de Jessie Tarbox Beals (Nueva York, 1910). Créditos: Howard Greenberg Gallery.

Unas de las primeras agencias de Estados Unidos que proveía de fotografías a los periódicos de la época, fue la creada por el periodista George Graham Bain. Tal como señala Gisèle Freund en su imprescindible libro La fotografía como documento social (Ed. Gustavo Gili, 2014), Bain funda esta agencia donde, entre los fotógrafos profesionales contratados, estaba Frances Benjamin Johnston, una de las primeras mujeres fotógrafas en el país que lograron hacerse de un nombre en ese campo.

Frances tenía una herencia muy potente que es importante relevar para su propia biografía y es que su madre, Frances Antoinette Benjamin, comenzó en el periodismo como corresponsal en el Congreso, siendo reconocida como la primera mujer en escribir sobre asuntos políticos nacionales. Frances,tras sus estudios de Arte en París y Washington, comenzó a escribir artículos periódicamente hasta que por fin encontró en la fotografía una forma de expresarse y de dar un giro en su carrera. Frances comenzó entonces a fotografiar todo y a todos, especialmente haciendo retratos antes de obtener sus primeros trabajos como freelance y viajar por Europa. En ese viaje aprovechó de visitar colecciones de fotografía de los museos, colecciones privadas y a los mismos fotógrafos. A su regreso, crearía su propio estudio en Washington convirtiéndose en la única mujer fotógrafa de la ciudad. Era tan conocida que en 1900, junto a la fotógrafa de origen indio Zaida Ben -Yusuf, fueron cocuradoras de la exhibición de 28 mujeres fotógrafas en la famosa Gran Exposición de París.

Su interés abarcó no solo los retratos sino que pronto sumó a su interés la arquitectura, además de retratar a los indígenas nativos americanos. A diferencia de Tarbox, la obra de Benjamin fue reconocida en vida y gozó de gran prestigio. Tanto así que se convirtió en miembro honorario del Instituto de Arquitectura Americana por su trabajo documental de preservación de estas construcciones.

Frances Benjamin Johnston, «Autorretrato (como ‘nueva mujer’)», 1896. Créditos: Wikipedia.

Homai Vyarawalla es considerada hoy la primera fotógrafa periodística de la India. Nacida en 1913, cuando todavía regía el imperio británico en el país, tuvo un larga vida con numerosos premios entre los que se cuenta no solo el Lifetime Achievement Award del Ministerio de Información y Radiodifusión de la India, sino que también el galardón Padma Vibhushan, el segundo premio civil más importante del país, poco antes de su deceso en 2012.

Su primera fotografía para un periódico dio inicio a su carrera tras haber cursado estudios en Arte, escuela donde era la única mujer. Su trabajo fue casi siempre freelance, logrando notoriedad y reconocimiento  especialmente por sus imágenes de la vida en Mumbai. Luego, trabajó activamente durante la segunda guerra mundial en el Servicio de Información Británico, apenas la guerra tocó suelo asiático. Sin embargo, durante todo ese período sus fotografías siempre fueron firmadas por ella y su marido, dando cuenta del machismo que imperaba.

Su trabajo tiene decenas de retratos políticos cruciales y pocos escaparon a su cámara durante el siglo XX, obteniendo fotografías que hoy se consideran icónicas como la muerte de Gandhi, otras las que dan cuenta de la independencia de la India o como la imagen de la partida de Lord Mountbatten, el último virrey británico.

Mountbatten entre la multitud, fuera de la Casa del Parlamento, 1947. Foto: Homai Vyarawalla.

Eulalia de Abaitua nació en 1853  y es considerada una de las fotógrafas vascas pioneras del trabajo documental, con años de observar la sociedad y los pequeños pueblos de su zona en España. A diferencia de la gran mayoría de las primeras fotógrafas, pudo ejercer con total libertad viniendo de una familia privilegiada, donde su vocación fue tomada como un pasatiempo y no como una manera de ganarse la vida. De esta forma, logró sacar fotos a su antojo y fotografiar lo que realmente quería y cómo quería, sin trabas ni censuras de por medio.

Documentó las tradiciones, costumbres y fiestas de su época, con retratos al natural. Ella quería retratar la realidad, la vida rural, el trabajo diario, dando especial protagonismo a las mujeres. Por ende, su trabajo da cuenta de cierta espontaneidad, pues trabajó privilegiando exteriores y la luz natural, dando cuenta de los cambios en la vida frente a la acelerada industrialización, evidenciado la violencias de estos cambios en la vida de sus contemporáneos. Hoy, su trabajo, que compila más de 2500 imágenes, es parte de al colección del Museo Vasco de Bilbao, su ciudad natal.

«Saga familiar de Catalina Biriga», por Eulalia Abaitua. Foto: Museo Vasco de Bilbao.

De origen Italiano, Tina Modotti es una fotógrafa mexicana que unió con intensidad su vida y su trabajo. Siempre activista, su obra da cuenta de ese compromiso social. A corta edad debió comenzar a trabajar primero en una fábrica textil, para luego mudarse a San Francisco y pronto Hollywood donde incursionó por primera vez en el cine. Es en esos años en que conoce a Edward Weston con quien trabajó como modelo y de quien aprendería fotografía dando inicio a su carrera.

Cuando Tina vuelve a México ingresa al partido comunista, entablando amistad con intelectuales y artistas de la época tan importantes como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Oroz, Frida Kahlo, Antonieta Rivas Mercado y Diego Rivera, entre otros. Es allí donde comienza a encontrar su propio sello en su obra, alejada de la antigua y notoria influencia de Weston en su fotografía, y la que se volcó a documentar los sectores más vulnerables de esa zona, tanto indígenas, en los trabajadores, siempre evidenciado el discurso social activo que la caracterizó, unido a una composición de gran cuidado.

Trabajó como fotógrafa y editora en a la revista Mexican Folkways y el periódico El Machete, trabajo por el cual hoy se la considera como una de las pioneras del fotoperiodismo social mexicano. Pero su lucha activa en la revolución, vinculada además al anarquismo, la llevó al exilio y emigró a Berlín para luego radicarse en Moscú. Volvería a México bajo un seudónimo, gracias a la anulación del documento sobre su expulsión por parte del presidente de la época, pero al poco andar moriría con tan solo 46 años de un paro cardíaco en un taxi, incidente que hasta el día de hoy sigue siendo confuso. 

Fotografía de Tina Modotti. Créditos: Cultura Colectiva.

Gerda Taro apenas necesita introducción hoy. Su trabajo ha sido por fin relevado y si bien para muchos su obra sigue siendo fruto del trabajo de Robert Capa, hoy ya es sabido que tras ese nombre en realidad se escondían dos fotógrafos, y que Gerda es autora de mucho del trabajo que hoy se le atribuye a un hombre. Gerda fue una joven fotógrafa aventurera intrépida, y que parecía no temerle a la muerte, no por nada la apodaban “el pequeño zorro rojo”. Fue la primera fotoperiodista en registrar con su cámara una guerra y la primera en morir como tal en una batalla durante la Guerra Civil Española. Tenía solo 26 años.  

Gerda nació en Stuttgart, Alemania, en 1910, en medio de una familia burguesa judía de origen polaco. A temprana edad simpatizó con ideas socialistas y se interesó en el movimiento obrero. Corría 1929 y dada la situación en Alemania su familia se muda Leipzig, poco antes de llegada de los nazis al poder. Pero Gerda, de joven siempre temeraria, comenzó a hacer campaña contra le gobierno nazi lo que significo que debieran mudarse nuevamente. Al poco tiempo se fue a París, donde ejerció diversos oficios hasta llegar a trabajar en la agencia Alliance Photo, espacio en que descubrió su vocación y donde conoce al fotógrafo húngaro André Ernő Friedman. Allí nace la leyenda de Robert Capa, una invención de Gerda para atraer clientes y lograr nuevos proyectos fotográficos. Capa era entonces un invento, una especie de fabulación para atraer clientes gracias a la historia de un afamado fotógrafo llegado desde Estado Unidos y que viene a trabajar a  Europa, pero que en realidad es la suma de las miradas de Taro y Friedman, quienes actuaban ante el resto como intermediarios, como representantes de este personaje ficticio.

Lo increíble es que este es el nombre que sobrevivió por décadas, pero hoy Gerda por fin ha ido ganando reconocimiento. Hoy, mientras seguimos descubriendo la fantástica historia de la joven Gerda y de quiénes son los verdaderos “Robert Capa”, muchas de las fotografías más emblemáticas han sido cuestionadas y se cree que algunas imágenes icónicas como “La muerte de un miliciano” es en realidad una imagen captada por Gerda. Hoy  la llamada ‘La maleta mexicana’  que corresponde a tres cajas con casi 4.000 negativos de fotografías de la Guerra Civil Española realizados por Robert Capa, revela que gran parte de ese trabajo es en realidad de Taro.

Al separarse, Gerda renuncia al nombre de Robert Capa y comienza a trabajar de forma independiente, cercana a intelectuales antifascistas de la época como Ernest Hemingway y George Orwell, mientras comercializaba su trabajo bajo Photo Taro. Por su parte, André funda la agencia Magnum. Gerda, siempre en movimiento y en terreno,  muere a seis días de cumplir 27 años, en un accidente durante el repliegue del ejército republicano, mientras un grupo de aviones enemigos sobrevolaban sobre ellos.

Gerda Taro. Créditos: Archivo Fred Stein.
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Astrid Donoso Henríquez

Coordinadora de medios y libros de La Fuente. Periodista, técnico bibliotecario, máster en LIJ, diplomada en Fomento Lector, Edición y Literatura en Lengua Inglesa. Lectora voraz de diversas latitudes y géneros, con afición especial por lo anglosajón.

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