Entrevistas

6 preguntas a Roberto Innocenti ( y una casualidad)

María José Ferrada Por María José Ferrada

La poeta María José Ferrada visitó al ilustrador italiano Roberto Innocenti y lo entrevistó en su lugar de trabajo. Innocenti da consejos a los ilustradores jóvenes y deja claro lo importante que es para él la libertad creativa: “Un ilustrador debe, antes que nada,  ilustrar para sí mismo”. Roberto Innocenti (Bagno a Ripoli, 1940) es ...

La poeta María José Ferrada visitó al ilustrador italiano Roberto Innocenti y lo entrevistó en su lugar de trabajo. Innocenti da consejos a los ilustradores jóvenes y deja claro lo importante que es para él la libertad creativa: “Un ilustrador debe, antes que nada,  ilustrar para sí mismo”.

Roberto Innocenti (Bagno a Ripoli, 1940) es  amable, risueño, acogedor. Y es también uno de los ilustradores más importantes del mundo, reconocido con los máximos galardones que hay para su oficio, entre los que se cuenta el premio Hans Christian Andersen en el año 2008 y el Premio Libreter, por La niña de rojo, este año.  Su obra más importante ha llegado hasta los hispanohablantes gracias a la editorial Kalandraka, Historia de Erika (2005); Las aventuras de Pinocho (2008); La casa (2010); Canción de Navidad (2011), 2013), a Fondo de Cultura Económica, El último Refugio (2003) y aLóguez, Rosablanca (1987).

El ilustrador vive  en un pueblo cercano a Florencia, en una casa toscana, y hasta allí nos llevó para que conociéramos su lugar de trabajo: un segundo piso en el que destaca una ventana desde donde se puede ver la campiña italiana. Pienso que aunque la ventana es pequeña,  la luz que ilumina el espacio es un privilegio. Y que es esa luz la que se ha colado en las ilustraciones de Roberto Innocenti, un hombre comprometido, reflexivo y crítico de su tiempo como pocos.

Luego de ver bocetos, primeras ediciones, libros traducidos incluso al japonés, ruso o georgiano, que muestra con satisfacción sincera, casi infantil, le pregunto algunas cosas que creo pueden servir como orientación para quienes comienzan en el oficio en el que él se ha convertido en maestro. Estoy nerviosa, pero su amabilidad y sencillez rápidamente me hacen sentir en confianza. Comienza la entrevista:

¿Qué le diría usted a un ilustrador que comienza?

—Le diría que a dibujar se aprende dibujando y que es fundamental tener ganas de contar una historia. Porque ilustrar es comunicar y para comunicar hay que mirar el mundo, estar con los ojos abiertos. Mirar muchos libros sí, pero no para copiar, sino para ver qué quieren decir y cómo lo dicen.

Ilustrar es comunicar y para comunicar hay que mirar el mundo, estar con los ojos abiertos

Cada país tiene sus características propias, pero es importante no quedarse encerrado en eso, porque el texto va traducido, pero la ilustración debe ser capaz de hablar, de comunicar, a personas que están fuera de ese círculo.

Y le diría que después de dibujar y dibujar, no basta con saber dibujar, hay que conocer, aprender siempre, porque para comunicar hay que tener algo que decir. Hay que forjar un mundo interior rico y luego, intentar volcar eso en el papel.

—Lo vi en la Feria del Libro Infantil de Bolonia ¿a qué va a Bolonia un ilustrador consagrado como usted?

—A vender mi trabajo, como todos los demás (se ríe con una risa contagiosa). Es un lugar donde uno puede encontrarse con las grandes editoriales. Pero esas editoriales no me interesan, más bien me interesan las editoriales pequeñas en las que puedes trabajar y conservar tu libertad. Porque esa es otra cosa que no debe perder un ilustrador. Y es difícil porque acá en Europa hemos pasado por momentos históricos que han coartado abiertamente nuestra libertad, pero cayó el muro, terminaron los fascismos  y pensamos, por fin somos libres de decir lo que queremos. No era tan simple la libertad de decir algo, que es finalmente lo que hacemos nosotros los artistas; sigue siendo, aun en estos tiempos,  algo complejo.

Usted es un ilustrador muy crítico de su tiempo ¿eso le cerró puertas en sus inicios?

—Eso me sigue cerrando puertas, incluso hoy (vuelve a reírse).

—Volviendo a Bolonia. Me pareció que podía verse por una parte una producción muy homogénea, propia de las grandes editoriales, y  por otra, libros muy arriesgados y  elaborados en términos plásticos, pero que no lograban comunicar o emocionar ¿qué piensa usted?

Un ilustrador debe, antes que nada,  ilustrar para sí mismo, él debe ser su propio público.

—Pienso que los ilustradores muchas veces tienen miedo de no gustarle a las editoriales y con eso volvemos al tema de la libertad. Un ilustrador debe, antes que nada,  ilustrar para sí mismo, él debe ser su propio público. Si hace eso tal vez quedará fuera de la moda y no logrará llegar a 10.000 personas, pero si logra llegar a mil o a cien, entonces esas cien serán importantes porque habrá llegado a ellas con lo que él quería transmitir, con su historia y no con la historia que le dicta el mercado.

—Para terminar ¿me contaría en qué está trabajando ahora?

—Estoy trabajando en un pequeño poema de un barco que ha visto todos los mares del mundo, todos los puertos y todas las batallas. Se trata de un barco que navega durante toda una vida y llega un momento en que decide que es hora de conocer lo que hay en el fondo del mar. Ese es el hilo conductor, a partir de ahí puedo hacer un paseo por la historia, el viaje puede comenzar por ejemplo, en el año 1930 y durar sesenta años. Imagine todo lo que ha pasado en sesenta años en el mar, todo lo que ha visto ese barco.

—Le falta el viaje al fondo, el más difícil.

(Innocenti ya no contesta y vuelve a reír con esa risa  cristalina, risa de niño).

Termina la mañana. Iremos a comer la comida típica de su tierra y luego nos dejará en la estación de tren. Camino a Florencia leo en una entrevista sobre su vida, en la que encuentro lo siguiente:

“Dibujaba siempre y copiaba un poco de todo. Recuerdo que en quinto de primaria participé en un concurso de dibujos para niños convocado desde Chile y resulté ganador. Lo convocaba el Ministerio de Instrucción Pública. Me lo dijeron en la escuela. El director, o el maestro me invitaron a participar y yo hice “Garibaldi a caballo” porque estaba estudiando el Resurgimiento. La escuela lo envió a Chile con mi nombre: el niño Roberto Innocenti, clase de quinto, escuela elemental “Giovanni Villani”, Firenze.

Después de mucho tiempo, cuando ya no lo esperaba, llegó un diploma en español, escrito en letra gótica, en el que aparecía mi nombre. Me convertí en un héroe de dos mundos, como Garibaldi, y los compañeros me preguntaban, pero ¿dónde está Chile?: ¡Madonna!, está en la otra parte del mundo, les respondía.

Recuerdo que en la escuela festejaron mi premio”.

Sigo el viaje, imaginando al Innocenti de los diez años, su dibujo de Garibaldi, el diploma que salió de algún ministerio chileno allá por los años cincuenta y que viajó, igual que el barco del poema, para llegar a manos del niño que se convertiría en el gran ilustrador. Imagino (y me parece que escucho), su risa al recibirlo, la felicidad de sus compañeros de escuela.

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María José Ferrada

María José Ferrada es periodista y escritora de libros infantiles. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Brasil, Argentina y España, y ha sido premiado tanto en nuestro país como en el extranjero.

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