Entrevistas

Alejandro Zambra: “El mundo siempre ha sido extraordinariamente difícil de leer”

Daniel Hidalgo Por Daniel Hidalgo

Desde el confinamiento y la distancia de Ciudad de México, lugar que habita desde hace tres años, conversamos con el escritor chileno Alejandro Zambra, a partir de su nueva novela, Poeta chileno, un recorrido por una escena literaria y momento histórico con la sutileza y luminosidad que el autor nos viene ya acostumbrando. [Foto portada: Paz Errázuriz]

Parece ficción pero no lo es. Pocos días antes de que en el mundo estallara una pandemia con alcances desconocidos para todos, llegaba a las librerías Poeta chileno (Anagrama, 2020), la nueva novela del escritor Alejandro Zambra. Antecedida por las celebradas Bonsái (Anagrama, 2006), La vida privada de los árboles (Anagrama, 2007) Formas de volver a casa (2011) y la más experimental Facsímil (Hueders, 2014), así como por los cuentos Mis documentos (Anagrama, 2013) la novela continúa un proyecto literario cimentado en la memoria reciente y el deseo literario. Para ello, se vale de Gonzalo, aspirante a poeta y padrastro de Vicente, configurando un relato veloz y muy entretenido, donde se sumerge en la idea de familias adoptivas y reales, en las comunidades afectivas y en cómo el individuo pasa a ser, de una u otra forma, colectivo.

A sus 44 años, Alejandro Zambra vive en Ciudad de México y es una de las voces más importantes de la literatura hispanoamericana. Por los contextos, suspendió su viaje a Chile con la intención de promocionar su libro con entrevistas como esta. Sin embargo, en tiempos de virtualidad y distancia, de reinventar lo colectivo, esto no impidió que nos conversara sobre cuarentena, temores, humor y libros.

Hola, Alejandro. ¿Cómo has pasado estos días de cuarentena y pandemia? ¿Se ve distinto México a Chile en este sentido?

—Se ve distinto, sí, aunque no puedo mirar con ojos mexicanos. Sigo muy metido en Chile. Mi plan era mexicanizarme sin “deschilenizarme”, pero ha sido posible solo por momentos. La mayoría del tiempo sigo sintiendo que todo sucede especialmente en Chile, sobre todo a partir del estallido. Hablo a diario con mis amigos, que por suerte son muchos y, por momentos, consigo la traicionera ilusión de estar allá. Tenemos un hijo de dos años que lo ha pasado bien, porque la escuela no le gustaba nada y nos tiene todo el día a nosotros y a su abuela, que vive al lado. A veces nos peleamos los turnos para cuidarlo, porque las horas de juego son alegría pura, vertiginosa. La responsabilidad de darles voz a varios peluches me permite abstraerme al menos por un rato de lo que está pasando. El resto del día frente al computador, en cambio, es angustioso.

—El escritor Emmanuel Carrère se preguntaba hace unos días si nacerán libros interesantes sobre este período. ¿Qué cree tú?

—Claro que sí. La pandemia ha masificado temas que parecían muy literarios. La incertidumbre, la espera, el encierro, la distancia y, sobre todo, el tiempo. Esta experiencia tan global y al mismo tiempo individual, tan aparentemente internacional y solitaria, todas esas contradicciones que la literatura siempre ha tenido en cuenta, se han vuelto masivas y estoy seguro de que eso tendrá consecuencias en los libros que leeremos en el futuro inmediato. Me gusta pensar que estos meses se ha escrito y leído mucho. Me gusta pensar en adolescentes empezando sus diarios de vida, pero también en viejos que escriben por primera vez. Es mucha la gente que, a su manera, ha desarrollado una reflexión obligada sobre el tiempo y el espacio. Es demasiada la gente que ha debido prestar una atención anormal al lugar donde vive. Es demasiada la gente, ahora mismo, mirando por la ventana o sobreprotegiendo a las plantas en los balcones. Se hace necesaria la escritura. Bueno, al menos para mí es difícil pensar sin escribir. Escribir es tomar notas, nada más, luego ves si sirve para algo. Crítica y autocrítica tienden a confundirse, eso es desafiante, es importante. El hecho de que encerrarse sea un privilegio, por ejemplo: hay mucho que pensar y escribir acerca de eso.

—Para entrar en tu nueva novela: ¿de dónde viene esa necesidad de escribir sobre poetas?

—Es mi comunidad de origen y, a decir verdad, creo que nunca he salido de ella. En primera instancia, me interesaron las palabras aisladas, su brillo inesperado, luego los tonos, la música, la repetición. Mi deseo narrativo fue tardío y no estuvo tan vinculado con el cine o con la televisión, por ejemplo. Me resulta difícil no idealizar el hallazgo puro, deslumbrante, original, de la poesía; el descubrimiento de su valor subversivo, vivificador, de su especificidad y la entrega apasionada a esa actividad inútil, valorada por unos pocos y despreciada por casi todo el mundo. Por lo demás, la gran mayoría de los poetas chilenos ‒con la excepción de Huidobro y algunos otros‒, no eran de clase alta, en parte por eso ser poeta me parecía una posibilidad real en la adolescencia. Era un mito verosímil, por así decirlo.

—Sin embargo, has cultivado ambas figuras, al menos has escrito poesía y narrativa: ¿existen diferencias entre poetas y narradores? ¿Sería distinta una novela titulada Narrador chileno?

—Tal vez sería más corta y más fome, y habría que buscarle otro título…  No sé, yo juego con tipologías y personajes, pero no pretendo perfilar en abstracto al “poeta chileno”. Me interesa más bien cómo funciona ese mundo, esa comunidad que no idealizo, pero defiendo el tipo de honestidad que posibilita. Para mí la literatura se ha dado como un hecho colectivo en ese trayecto cotidiano desde la soledad de la pieza en que escribes, al bar o al taller donde los compartes lo que escribes. Esa caminata desde el yo al nosotros, me parece provechosa, decisiva y esencial. Y claro, también es un mundo violento, sobre todo cuando te pones el traje de poeta y juegas a los titanes del ring o a la angustia de las influencias. No niego el heroísmo del poeta, pero no me interesa tanto; es un mito tan masculino y tan cómico.

Anagrama, 2020

Lo que más me interesa de las comunidades literarias es justamente su condición de comunidad, de familiastra ampliada que escenifica algo que parece un diálogo de sordos pero no lo es. No creo que ser escritor sea algo por definición más valioso que ser cocinero, obrero o vendedor de seguros. Hay gente egoísta e individualista y abyecta en todas partes. Pero sí creo que las comunidades artísticas o civiles o de cualquier naturaleza que reflexionan sobre lo que hacen, que están verdaderamente dispuestas a discutir y a cambiar de opinión, son extraordinariamente valiosas. No hemos renunciado al potencial transformador del juego, al deseo de seguir aprendiendo a hablar. Me gusta ese énfasis de Antonio Candido en “El derecho a la literatura”, que construye la base de humildad que debe guiar el trabajo de un escritor: la idea de que el derecho a la literatura es un derecho humano, lo que por supuesto borra de un plumazo las diferencias entre alta y baja cultura. El mundo siempre ha sido extraordinariamente difícil de leer, pero esa complejidad ahora salta a la vista. Ya nadie puede esconderla o matizarla, por eso a veces la gente se entusiasma con las promesas de algún imbécil que dice tener todas las respuestas o todas las soluciones.

—¿Es Chile un país de poetas?

—No lo sé, pero incluso fuera de Chile “poeta chileno” suena a marca, a sello de calidad… Recuerdo, en todo caso, un artefacto brillante de Felipe Cussen que concluía que en todas partes existía la frase: Argentina es país de poetas, Venezuela, Estonia, China, Hungría, Polonia es país de poetas… Así que tal vez vivimos en un planeta de poetas. Igual, si me enfoco en mi generación y en las anteriores ‒porque me parece evidente que todo esto está cambiando‒, mi impresión es que los poetas suelen ser más gregarios y más versátiles. Esa es quizás una particularidad chilena: los poetas son más entradores y los narradores más solitarios. Son muchos los poetas chilenos que, aparte de hacer poesía, escriben crónicas o columnas de opinión y, por cierto, abundan los narradores-poetas; mientras que buena parte de los narradores no leen poesía y tal vez nunca intentaron escribir un poema y quizás por eso su idea del ritmo suele ser demasiado literaria. Los narradores se apegan más rápido y más fielmente a algún molde que no abandonan fácilmente, mientras que los poetas experimentan más y estudian más, conocen mejor la tradición que intentan subvertir. No hablo solo de tradiciones nacionales. Por ejemplo, no conozco un solo poeta de mi generación, ni de las anteriores, que no haya leído Trilce (1922) o La tierra baldía (1922), pero sí conozco a varios narradores que nunca leyeron a Faulkner ni a Virginia Woolf, ni a James Joyce.

—Con respecto a lo que pareciera novedoso en Poeta chileno, está la extensión, que te llevó a plantearte en otras lógicas narrativas, me imagino. En Bonsái o Formas de volver a casa se apreciaba una suerte de contención y sugerencia, en cambio acá pareciera ser abundante en lo narrativo, con arcos que se abren a otras zonas. ¿Tomaste postura distinta a la hora de escribirla?

Presentía el predominio de cierta oralidad chilena, por lo demás muy parecida a como hablo o como hablaría si no dudara ni balbuceara tanto. Igual es un narrador que ya estaba en otros libros míos, sobre todo en algunos cuentos de Mis documentos, como en “El hombre más chileno del mundo”, en “Gracias”, tal vez también en “Vida de familia”, o en algunos tramos de Facsímil. El narrador de “Comprensión de lectura número 2”, por ejemplo, ese relato sobre una nulidad matrimonial, es muy parecido al de Poeta chileno. La diferencia más evidente, en todo caso, es el empleo del diálogo directo de forma más sistemática.

Pero sí creo que las comunidades artísticas o civiles o de cualquier naturaleza que reflexionan sobre lo que hacen, que están verdaderamente dispuestas a discutir y a cambiar de opinión, son extraordinariamente valiosas. No hemos renunciado al potencial transformador del juego, al deseo de seguir aprendiendo a hablar. 

—En los primeros momentos de la novela, Gonzalo pasa de la adolescencia a ser un padrastro, o un padre a medias. ¿Por qué decidiste esa figura? ¿Qué te permitió plantear esta paternidad impostada?

Porque me interesa muchísimo ese rol, ese lugar: mostrarlo, comprenderlo, discutirlo. Discutir la masculinidad y la legitimidad desde ahí. También el protagonista de La vida privada de los árboles ‒que es la novela mía que yo más quiero‒, es un padrastro. Ser madrastra o padrastro o madre o padre adoptivos son experiencias tan radicales, tan hermosas, tan valientes. Por supuesto también admiro a las mujeres que deciden abortar y a los ‒por desgracia‒ escasos países que permiten y apoyan sin reservas esa decisión. Creo que también son valientes quienes deciden no tener hijos, me parece un camino sensato, tal vez el más sensato de todos, pero me gustaría que se hablara más de padrastrías y paternidades no biológicas, en especial de adopciones, sobre todo considerando lo burocráticos y enrevesados que son esos procesos en casi todo el mundo.

—También el tema del humor está muy presente en las intervenciones del narrador de la novela y en ciertas situaciones. ¿Te planteaste en hacer una novela con ese tono o son cosas que se dan de forma más natural?

O sea, si entendemos el humor como una distancia, me interesa recorrerla entera, como lector y como escritor. Si diez fuera el sarcasmo y cero la ausencia de humor y uno el humor inherente al hecho de sacar la voz –el aliento, digamos–, me interesan los permanentes cambios de posición. Es un mecanismo, un baile muy fino y harto difícil de describir desde la composición, aunque desde la recepción el efecto es clarísimo: quien consigue hacerte reír probablemente también es capaz de hacerte llorar y viceversa.

¿Te parecen algunas novelas más cómicas que otras? Si es así, ¿me podrás recomendar algunas?

—Hay sentidos del humor con los que conecto más naturalmente. No hablo de literatura humorística ni de escritores humorísticos sino de buenos o grandes escritores a secas, todos muy distintos, no sé si son comparables entre sí. Cynthia Ozick, Dino Buzzati, Romain Gary, Enrique Vila-Matas, Hebe Uhart, Virginia Woolf, José Santos González Vera, Levrero, Cervantes. Qué sé yo. El sarcasmo precioso, la ironía suprema de Jamaica Kincaid, David Foster Wallace, Aira, Lydia Davis, Jane Austen, Ribeyro, Juan Emar. La sabiduría generosa de Natalia Ginzburg, la tristeza cómica de Emmanuel Bove. Me reí a gritos leyendo las entrevistas a Raúl Ruiz. Pero tú querías que recomendara libros: La conjura de los necios (1980), Departamento de especulaciones (2016) Memorias póstumas de Blas Cubas, Proyecto de obras completas (2003), Tristram Shandy (2016), Mi perra Tulip (2010), Estupor y temblores (1999), El maestro y Margarita (1966). Libros que leí hace poco: Leo y olvido (2017), Mi año de descanso y relajación (2019) Cátedras paralelas (2018). En fin, perdona que me haya extendido, seguro que olvidé más de la mitad. ¡Nicanor Parra!

—Al terminar la novela, uno queda con la sensación de que es un ejercicio de memoria. De atrapar algún tipo de momento histórico pero también de lugares, personajes, experiencias, una fotografía de un mundo que se extravió. Me genera curiosidad cómo ha sido ese camino: ¿Se vuelve a esos espacios, como escritor, una vez concluida la escritura?

—Escribir esta novela fue un modo de estar en Chile y de hablar en chileno. Y claro, termina en 2014, justo cuando empecé a irme, por así decirlo. Y la escribí estos últimos tres años en México, ya sin ticket de vuelta. No quiero que Chile se vuelva un lugar más bien imaginario para mí, en ningún sentido, pero a la vez pienso que es muy improbable que vuelva a vivir allá. No tengo idea si estoy o no contestando tu pregunta. A ver, lo voy a intentar: yo creo que los libros hay que publicarlos cuando ya no son tan tuyos, pero cuando los publicas y los pierdes hay una parte de ti que quisiera recuperarlos y esa es la parte que empieza a generar el movimiento que te conduce al libro siguiente.

El escritor Alejandro Zambra. Créditos: La Tercera.
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Daniel Hidalgo

Profesor y escritor (Valparaíso, 1983), es autor de "Canciones punk para señoritas autodestructivas" y de la novela "Manual para robar en el supermercado". Ha escrito en Paniko, Zona de Contacto, El Mostrador y El Dínamo. Hoy inaugura una nueva sección: Puño y Letra.

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