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Apostar por nuestros jóvenes y devolver la política al mundo de las ideas

Sara Bertrand Por Sara Bertrand

Corromper a los jóvenes quiere decir una sola cosa: intentar que no entren en los caminos ya trazados, que no se consagren a obedecer las costumbres de la ciudad, que puedan inventar algo, proponer otra orientación. Alain Badiou Los patos son disciplinados, nadan, vegetan, se alimentan y avanzan en grupo, aunque pareciera que no van...

Corromper a los jóvenes quiere decir una sola cosa:
intentar que no entren en los caminos ya trazados,
que no se consagren a obedecer las costumbres de la ciudad,
que puedan inventar algo, proponer otra orientación.
Alain Badiou

Los patos son disciplinados, nadan, vegetan, se alimentan y avanzan en grupo, aunque pareciera que no van hacia ningún sitio cuando se mueven unos metros hacia adelante y otros para atrás. De todos modos, su forma de mapear las aguas tiene algo de avanzada militar: en línea, seis a un lado, seis al otro, una especie de bumerán que se abre hacia los costados. A veces reemplazan la línea por el círculo, esa formación es menos eficiente, escasamente se mueven así, pero, en cambio, dibujan una esfera perfecta que juega a aparecer y desaparecer. Su rutina es predecible y fascinante: se hunden partiendo por los extremos, derecha o izquierda, y segundos después, aunque a veces pasan minutos, emergen de la misma ordenada manera. El agua los envuelve, el viento los sacude y se dejan llevar por la marea, el oleaje. La situación se repite sin variaciones, día tras día, hora tras otra.

Llevo un registro mental de sus movimientos. Cuando alguno queda atrás, cuando otro se hunde y aparece lejos del grupo y nada con apuro hasta alcanzarlos, cuando van en esa hilera perfecta y la boca de un lobo de mar se traga a dos o tres, un solo bocado, una derrota sin aspavientos. Los patos no gritan, apenas aletean y vuelven a formarse, como si aquellos que se fueron nunca hubiesen estado ahí. No sé si llegada la noche, en su guarida, harán una especie de rito recordando a los caídos u otra forma de duelo, lágrimas, pero no ofrecen ninguna muestra de dolor en ese momento, cuando el elegante movimiento del lobo se lleva a unos cuantos. Y esto es impresionante, porque los lobos de mar miden tres metros de largo por trescientos kilos de grasa, pelaje y colmillos, y en la playa o sobre las rocas suelen ser muy torpes; pero en el agua su cadencia es la de una exquisita bailarina.

La primera vez que presencié el asesinato, miraba hacia el canal, sentada en una reposera, corría brisa, ni frío ni calor. Era una tarde perfecta, hasta ese momento, cuando patos y lobos se mostraron en toda su extrañeza. Un golpe que me colocó en las antípodas, quería gritar como lunática, alertar a alguien, pero no existe algo así como una policía del mar que persiga al lobo ni recoja testimonios de parientes y amigos patos. La distancia entre su forma y la mía era abismal.

Durante siglos hemos estado mirándonos el ombligo, absortos en nuestra naturaleza, nuestros cuerpos, nuestra civilización y en ello hemos puesto todo empeño y gracia. Solemos pensar en absolutos, como si nuestro lugar en este planeta fuera ese, dueños del mundo. No hemos pensado como piensan los perros, las clemátides, una flor abriéndose poco a poco al misterio. Tampoco pensamos como piensan las cortezas de los árboles ni las conchas de mar ni la cordillera que admiramos deleitándonos como si estuviera plantada ahí solo para nuestro goce. Ni qué decir de pensar como otra raza, otra piel, otra belleza. Solemos mirar con prejuicios heredados nuestra pertenencia a un país, ciudad, clase social o educación y pareciera que no tuviéramos nada que aportar ni destruir, como si estuviera todo dicho. Tampoco pensamos como piensan los hombres ni las mujeres, solemos esperar que cada quien se comporte según su sexo, porque está normado, porque se escribió, publicó y archivó. Y así vamos, ni adelante ni atrás, igual que los patos cuando forman círculos y dejan que la marea los lleve.

Hablamos del origen de las creencias de las personas, como si la experiencia estuviera predeterminada, como la altura o el tamaño de los pies, o se absorbiera automáticamente de la cultura, como el lenguaje. Como si construir el significado de la realidad no tuviera que ver con una elección consciente y deliberada.
David Foster Wallace

Aprender a pensar parece tarea sencilla, accesible a cualquier ser humano con acceso a educación. Damos por sentado que el jardín de infantes, escuela o universidad dota de criterios necesarios para evitar algún tipo de tiranía o prisión, como si aprender un currículum fuera garantía de amplitud de pensamiento y no es así. No es así. Si así fuese, el mundo no estaría en el estado de crispación en que se encuentra, con focos de violencia y malestar por todas partes, un resentimiento generalizado que esconde una profunda frustración frente al orden que vivimos, al sistema imperante.

Si nos hubiésemos detenido a pensar desde el otro, probablemente hubiésemos entendido hace mucho la distancia que nos separa del mundo animal, su geografía y flora; comprendido que fronteras son el mar, la cordillera de los Andes, el desierto del Sahara, los hielos siberianos o la selva amazónica. Espacios gigantescos e indómitos que nos ubican rápidamente en la fragilidad de nuestra especie, porque una frontera natural es por definición una lección de humildad. Y perpetuamos la enseñanza de una geografía política donada por la guerra y sus flores del mal. En los globos terráqueos que manosean los niños, pasando sus dedos de un continente a otro, hay tanta sangre como los millones de litros que circulan en los habitantes que los pueblan. Entonces, salir de esa configuración mental, como advierte Foster Wallace, es una cuestión que se decide. O se enseña.

La crisis que atraviesa nuestra sociedad –pienso en mi país, pero incluyo a los de la región y resto del mundo–, es compleja. No se limita a las demandas del pueblo, bajos sueldos, alzas en los precios del transporte, comida, precariedad en la cobertura de las necesidades básicas; estos son síntomas de algo más profundo, es el traspaso del mundo de las ideas al mundo del dinero y, en consecuencia, a la falta de un marco sociopolítico que haga sentido. Una crisis que no tiene más liderazgo que la llama encendida en la manifestación popular, con incendios que se encienden con furia y se apagan con más violencia, militares en las calles y el ruido de helicópteros entrando por las ventanas, escenas que duelen porque recuerdan con qué ligereza nos vamos contra los cuerpos, subestimando el espacio público, su diversidad y riqueza.

Probablemente, para entender el malestar de la sociedad civil debiéramos remontarnos a la Revolución Francesa, ese momento que marca el quiebre del orden tradicional en busca de una igualdad y libertad que todos los seres humanos añoramos poseer. Pero en algún punto, olvidamos la política, enterramos la idea de dios, es decir, la de un orden capaz de cargar de sentido místico a nuestros relatos, y saltando de una piedra a otra, desestimamos toda narrativa para reemplazarla por la lógica del dinero. Pensamos que ese sistema que carece de símbolos y ritos, bastaría para ordenarnos y hacernos sentir que el esfuerzo valió la pena; pero la existencia es compleja, igual que las sociedades, frágiles conjuntos de reunión y cuando el dinero se expresó en cada uno de nuestros espacios, cuando se convirtió en el común ordenador de nuestros movimientos, desapareciendo el bien común y saturando el bien privado, el bienestar personal se tradujo en individualismo. En ese espacio sin riesgo, fricciones ni gratuidad, porque todo o casi todo está mediado por una transacción, alejamos caulquier gesto colectivo. Porque cuando el lobo, en un elegante movimiento se traga a un par de patos y estos se reordenan en línea –aunque nos parezca durísimo de ver–, entendemos que en el agua prevalece un orden social que los trasciende y para el cual cada integrante de esa fauna aporta como buenamente puede.

Necesitamos jóvenes que asuman la tarea de reunirse, organizarse, pensar y decidir. Necesitamos un orden que nos satisfaga y cargue de sentido. Devolver la política al mundo de las ideas, alejándola del dinero y los intereses personales es urgente, pero para ello se requiere un esfuerzo supremo en educación. Aprender a pensar, es decir, salir del espacio propio para entender el espacio público que habitamos, y elegir qué hacer y decir, requiere educación, educación, educación, educación. Quisiera repetir esa palabra al modo de los poetas experimentales en un loop interminable y ensordecedor, pero entendámoslo así: para preparar a nuestros jóvenes estudiantes a que desarrollen pensamiento político, que interpelen sus propias creencias e interpreten ese rol de la juventud tan necesario para las sociedades –que oscila entre el construir lo que nos significa y destruir lo que nos anquilosa–, urge una buena educación. Demasiadas décadas dormimos el sueño de la sociedad de consumo, la arrogancia de apropiación, es el momento de volver al lápiz y al papel, que nuestros muchachos y muchachas puedan trazar sus caminos y proponer una nueva orientación.

Y para ello, no da lo mismo qué leer. Para nutrir el pensamiento crítico se requieren literatura pura y dura. Que no se nos olvide nunca.

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Sara Bertrand

Estudió Historia y Periodismo en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Combina la escritura de libros infantiles y juveniles con el trabajo periodístico. Su último libro "La mujer de la guarda", editado por Babel, recibió el primer premio en la categoría New Horizons, de los Bologna Ragazzi Award 2016.

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