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Bibliotecas del mundo: Oodi, la oda de Helsinki a sus lectores

María José Ferrada Por María José Ferrada

Nuestra colaboradora, María José Ferrada recorre una biblioteca de la capital finlandesa donde las estanterías conviven con impresoras 3D, paredes inteligentes y espacios pensados para lectores y ciudadanos de todas las edades. [Créditos portada: Tuomas Uusheimo]

La Biblioteca Oodi de Helsinki se encuentra en el centro de la ciudad, exactamente frente al parlamento. Según los finlandeses, no hay que pasar por alto ese dato: parece que los dos edificios se estuvieran mirando y pudieran hablar. Oodi, con sus 10.000 metros cuadrados, 100 mil libros al alcance de cualquiera y 2,5 millones de visitantes al año, parece decirle al Eduskuntatalo —edificio del parlamento—, cada día, que su construcción fue una muy buena idea. Y basta mirar: las personas circulando hablan tanto o más que las cifras.

La idea tomó tiempo: el sueño de una gran biblioteca central fue presentado en 1988 por el entonces Ministro de Cultura de Finlandia. La planificación se inició diez años después y recién en enero de 2015 el Ayuntamiento de Helsinki, con apoyo del Estado, decidió construir la biblioteca, que se transformó en el proyecto emblemático del centenario de la independencia del país. Las puertas se abrieron finalmente al público el 5 de diciembre de 2018. Apenas un año más tarde, Oodi recibió el Public Library of the Year Award, premio otorgado a las mejores bibliotecas del mundo.

Los finlandeses son usuarios entusiastas de las bibliotecas —explica una guía—, de las que se calcula que cada residente toma prestados en promedio 16 títulos al año. En este contexto, uno en que no importa si es otoño, invierno, primavera o verano para que los ciudadanos acudan a los libros, Oodi no solo representa la importancia de la biblioteca en la sociedad finlandesa: también demuestra que la función misma de lo que entendemos por biblioteca ha cambiado. Es, como dicen sus creadores, una biblioteca del futuro.

El recorrido comienza en el primer piso. Ahí hay un cine, mesas de ajedrez, un restaurante, un espacio para jóvenes —con videojuegos y gafas de realidad virtual— y un punto de información donde se puede preguntar, entre otras cosas, cómo funciona la biblioteca. El sistema es sencillo: para acceder a los préstamos y servicios basta con estar inscrito en Helmet, la red de bibliotecas de Helsinki. Y quien quiera puede simplemente instalarse a leer, trabajar o mirar el horizonte que se ve desde el tercer piso, conocido también como «el cielo de los libros».

Exterior de la Biblioteca Central de Helsinki Oodi. Créditos: oodihelsinski.fi

Pero antes hay que pasar por el segundo piso. Allí los visitantes pueden sentarse en una especie de grada o participar en alguna de las actividades del Taller urbano: un conjunto de espacios abiertos con impresoras 3D, cortadoras de láser y de vinilo, además de equipos para hacer música electrónica. En este piso también es posible usar salas para reuniones o talleres.

Y está el Cubo, una sala con paredes inteligentes que puede transformarse, gracias a la realidad virtual, en prácticamente cualquier espacio. Recién entonces —aunque ya parece suficiente como para que cualquiera, lector o no, quiera quedarse un rato más— llegamos al tercer piso: los libros.

En ese tercer piso, además de estanterías con libros en 23 idiomas, hay partituras, películas, y, otra vez, juegos. También árboles vivos, un café y asientos desde donde sentarse a leer o mirar la ciudad. Es el Balcón del ciudadano, explica la guía, un lugar desde el que se puede mirar el cielo de Helsinki. En este mismo nivel, ya al final del recorrido, está la sección infantil: una especie de bosque en el que juegan los niños pequeños. Y aunque intenté alejarme del estereotipo de la felicidad nórdica, la verdad es que parecen bastante contentos.

Decido quedarme un rato más y comprar un café, que me llevé al Balcón del ciudadano. Me pregunto si el nombre tiene que ver con la vista que da directamente al edificio del parlamento o con que, como repiten desde el mundo de las bibliotecas, aquí y en todas partes: la ciudadanía pasa por el acceso al conocimiento.  Un conocimiento que está en los libros, pero también a estas alturas —quién sabe si la biblioteca del futuro también habla de eso con su edificio vecino— en el uso de las nuevas herramientas, la conversación entre los jóvenes que siguen en las gradas del segundo piso e, incluso, en la observación tranquila de las nubes.

Vuelvo a entrar al tercer piso de la biblioteca del futuro y un libro de Tove Jansson, una especie de autora nacional, creadora de los Mumin, una familia de troles blancos que durante el invierno duermen y el resto del tiempo se internan en el mar o en el bosque en busca de extrañas aventuras.

Un niño se me acerca —pasa a veces: a los niños les parece raro que un adulto lea, para sí mismo, libros infantiles— y me dice, para que quede muy claro, que él también habla español. Le gustan los Mumin, explica, y su personaje preferido es Snufkin, un niño viajero que vive en la naturaleza. Yo le cuento que no tengo un personaje preferido, pero sí una época: el invierno, en que los Mumin invernan. Duermen, le digo al niño, y sueñan con una biblioteca. Le pregunto cómo se llama esa biblioteca y el niño responde: Oodi.

Antes de despedirse el niño me pregunta si he visto a los robots que devuelven los libros. Tiene razón: una especie de pequeños vehículos autodirigidos transportan los libros a través de la biblioteca y los llevan hasta los mesones donde se encuentran los bibliotecarios. 

Una última curiosidad: el nombre Oodi fue elegido mediante un concurso en el que participaron los futuros usuarios, entre mil seiscientas propuestas —una selección de ellas puede leerse en las paredes de una de las escaleras de caracol— y significa «oda».

Créditos: oodihelsinski.fi

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María José Ferrada

María José Ferrada es periodista y escritora de libros infantiles. Su trabajo ha sido publicado en Chile, Brasil, Argentina y España, y ha sido premiado tanto en nuestro país como en el extranjero.

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